Dulce María Loynaz dejó en mí una impresión tan profunda, que prefiero no repetir la experiencia
de un encuentro con la poetisa. Quiero guardar para siempre el recuerdo de aquella primera
impresión. Ella ha dicho que me admira ¡cómo entenderlo, si quien lo dice es más grande que
yo! Dulce María Loynaz es hoy, y de todo corazón lo creo, la primera mujer de América. (Juana
de Ibarbourou, 1947)
Inclinada hacia lo misterioso, hacia lo desconocido, interroga a lo impenetrable con acento
tembloroso, en el que palpita un alma torturada, anhelante de un quietismo absoluto, lejos de la
vida, para reflejar no más "inmóvil, impasible, muda, limpia", como el agua quieta del estanque,
"la luz, la sombra, el vuelo de las aves..." (Félix Lizaso y José Antonio Fernández de Castro, 1926)
Dulce María Loynaz, la gran poeta -me resisto a llamarla poetisa- de Cuba, imprimió en España,
antes de abandonarnos la última vez, una novela, Jardín. Para quienes hemos oído hablar de
Dulce María y hemos paladeado la prosa de sus conferencias, no puede extrañarnos su
perfección y elegancia de expresión literarias en esta "novela lírica", en torno a una mujer y a un
jardín, según la autora, pero en realidad sobre el universo entero, rodeando al jardín y a la mujer,
que lo sienten y lo interpretan, con la finísima sensibilidad de la escritora de Cuba, con una
delectación proustiana en esta "recherche du temps perdu", que se completa con lo que podría
llamarse "en busca del mundo maravilloso que nos rodea" y casi nadie ve, a no tener la profunda
y penetrante mirada creadora de Dulce María Loynaz, que ha enaltecido el castellano en este
hermoso libro suyo. (Joaquín de Entrambasaguas, 1952)
Nada más: aunque la escolten ilustres apellidos de alto linaje castrense y eclesiástico. No
necesita esta mujer más que su nombre sacramental, Dulce María, para erguirse desde su orilla
cubana en el orbe latino de la literatura como un astro poniente que nos iluminara desde el mar.
(Concha Espina, 1947)
Para mí, leer Jardín ha sido el mejor "repaso" de idioma español que he hecho en mucho tiempo.
[...] Los Poemas sin Nombre son puras condensaciones de poesía, el puro hueso del asunto.
(Gabriela Mistral, 1951-52-53)
Dulce María Loynaz trae consigo una nueva sensibilidad. En sus versos la realidad y la fantasía
suelen entrelazarse y confundirse a tal grado, que a veces resulta imposible marcar una línea
divisoria entre las dos... (Max Henríquez Ureña, 1954)
Es ciertamente muy difícil, señora Dulce María Loynaz, dar algo a quienes, como ustedes, nos
han traído tanto de eternidad con solo estarse serenos, recogidos, en el rincón oscuro donde la
isla refleja la luz, la sombra... (Eliseo Diego, 1968)
Dulce María Loynaz ha venido a mostrársenos en la plenitud de su vida poética, que enriquece
la ya deslumbradora poesía femenina de nuestra lengua con la gracia sobria esencial felicísima
de una nueva voz, distinta de todas, sorprendente, y cálida de timbre, antillana y sobreespañola.
(Gerardo Diego, 1947)
Dulce María Loynaz ocupará sitio de honor entre los poetas que no hacen escaramuza del
concepto de generaciones y no esgrimen el almanaque a modo de espada de caramelo. Se
verá en ella al poeta constante que da fe de su existencia como tal; al poeta que no claudica,
que sabe que su oficio es digno y sirve ese oficio con dignidad. para nosotros ella ocupa ya ese
sitio privilegiado por la entraña y por el acento privilegiado de su admirable poesía. (Emilio
Ballagas, 1948)
Dulce María Loynaz creo que es hoy la más auténtica voz de la poesía que escriben mujeres
en Hispanoamérica. También, en términos absolutos me parece uno de los poetas -así, sin
instancia de sexo- mejor logrados en la castellanidad transmarina. (Bartolomé Mostaza, 1953)
Poemas sin Nombre: versos de meditación y concentración. (Azorín, 1953)
La obra poética de Dulce María Loynaz es flor de excepción de la cultura nacional. Durante
algunos años ella ha permanecido en silencio, aunque, parodiando su propio poema, puede
afirmarse que la poesía ha estado y está siempre en ella, también como la música en la
garganta del ruiseñor, aunque permanezca en silencio; y que su poesía es ya una presencia
inolvidable del alma cubana, expresada por la voz -y el silencio- de esta admirable creadora, que
no ha cesado de afirmar sus raíces en la tierra de esta patria que su padre contribuyó a liberar.
(Ángel Augier, 1987)