El Correo español, Bilbao, 20 de octubre de 1999
«El hambre envilece mucho»
Rafael Azcona ha resucitado el humor amargo de sus primeros personajes con la edición de
El pisito, El cochecito y Los muertos no se tocan, nene, tres novelas suyas fechadas en los
cincuenta
La pantalla blanca del cine desaparece. Los personajes abandonan su perfecta visibilidad y
vuelven al escenario nebuloso de la imaginación. Rodolfo y Petrita, la pareja que carga sobre sus
lomos catorce años de castísima relación, ya no son José Luis López Vázquez ni Mary Carrillo.
Ni Pepe Isbert es el anciano que mete mano en un fajo de billetes ajenos para hacerse con una
silla motorizada, lo más avanzado para mover la vida de los paralíticos. Todos ellos regresan a
su forma inicial, a las hojas del libro de las que salieron, al territorio difuminado que comparten
el autor y el lector.
Antes de que estas historias se transformaran en dos célebres películas, El pisito y El
cochecito, respectivamente, las dos de Marco Ferreri, su guionista las había imaginado y
publicado en forma de novelas. Ahora la editorial Alfaguara ha tenido la feliz idea de editar la
versión revisada de esas dos obras y de Los muertos no se tocan, nene, de Rafael Azcona, el
guionista imprescindible del cine español, la chispa que ha iluminado los filmes del mencionado
Ferreri, de Luis G. Berlanga, de Carlos Saura, de Fernando Trueba, de José Luis García Sánchez,
de Manuel Gutiérrez Aragón, de José Luis Cuerda.
A principios de los años cincuenta el logroñés Azcona vendió sus pocos libros, se subió a un
cochazo -un haiga- de su tío constructor y se plantó en Madrid con una idea -«Modestamente,
ganarme la vida escribiendo»-. Y todavía hoy al premiado e indiscutido guionista le gusta verse
como un escritor -«imagínese: yo, cuando me pongo petulante, digo que soy un novelista
frustrado»-, confiesa un hombre de más de setenta años que siempre sorprende con las fintas de
su inteligencia, un tipo saludablemente campechano, un claro negativo de la petulancia.
Los cincuenta en Madrid y en toda España fueron años de manchas de chorizo grasiento,
cunado había, que no era siempre, de lucha por un alquiler barato; de familias numerosas de
procedencia campesina; de callistas como el de El pisito: años de miseria sentimental gracias al
rancio y violento nacionalcatolicismo. De todo ello se sirvió Rafael Azcona para hacer sus
novelas amargas y satíricas. «Eso de que el hambre aviva el ingenio se dice para que los
famélicos no pidan de comer, pero la anemia deprime y envilece mucho», matiza.
Él mismo llegó a la capital -«entonces un poblachón manchego, sí, pero tan grande como para
poder cambiar de vida cambiando de barrio»- y pasó sus primeros días con el estómago afligido,
«sin ocasión de utilizar la cuchara o el tenedor durante mes o mes y medio», a base de bocadillos
que lo libraban del hambre.
En parecida situación se encontraban otros escritores como Ignacio Aldecoa, llegado de
Vitoria, o Caballero Bonald, procedente de Cádiz, como recuerda la leonesa Josefina Aldecoa
en un prólogo a Estrafalario (título general con el que aparecen las tres obras) que constituye una
singular pieza de crítica literaria: incisiva, iluminadora, sentida hecha a partes iguales con la
cabeza y el corazón. «Tuve una cotidiana y estupenda relación con Josefina, Ignacio y Jesús
(Fernández Santos). Nos veíamos en el Café Comercial, y cuando lo cerraban nos íbamos a casa
de los Aldecoa, generosos hasta la prodigalidad de su tiempo y de su ginebra, para seguir
hablando hasta el amanecer», incide Azcona.
Esos escritores citados se encuadraban dentro de las corrientes realistas vigentes en la época,
que el autor de El pisito adaptó y aprovechó para sus propósitos. «El realismo, si no se le da una
vuelta de tuerca, se queda en nada. En mi caso, yo creo que lo que he hecho siempre es
distorsionar moderadamente lo trivial».
Quizá el acervo literario de Azcona sea una combinación de amistades -también la de
Mingote, Tono y Herreros- y lecturas, las de Pío Baroja y Valle-Inclán, por ejemplo. «Nada se
lee en balde. Al Valle de La pipa de kif, de El ruedo ibérico, de Farsa y licencia de la reina
castiza y de Los cuernos de don Friolera, lo leí con tanto gusto como a Baroja».
Del crisol de Azcona salen unos personajes que tanto provocan la risa como la ternura, todos
ellos con unas veleidades que pueden parecer ridículas pero que al mismo tiempo son
inconfundiblemente humanas. Por la cesión del alquiler de El pisito, Rodolfo es capaz de casarse
con la octogenaria doña Martina. Por El cochecito, agria ilusión del progreso, don Anselmo
Proharán es capaz de envenenar el cocido de su familia.
A Azcona se le ha asociado con la visión goyesca de las costumbres y con la parodia
cervantina, con el humor negro, el pesimismo y la crueldad. Pero el escritor declara: «Pesimismo,
no. Quizá escepticismo. Nunca he pretendido ser cruel. Es más, no creo haberlo sido nunca. Y
yo no he hecho nunca humor negro. Eso sí, me he ocupado de situaciones negrísimas».
Requerido por los grandes del cine español, Azcona no encuentra tiempo para escribir
novelas, pero aún mantiene la esperanza de comenzar una nueva un día de éstos. «Cuando llegue
a viejo quizá dedique la jubilación a escribir una que no sé como titulará, pero ya tengo una cita
para encabezarla. Es del optimista Cioran y dice, más o menos, 'Aquel náufrago, recién llegado
a la isla, lo primero que vio fue una horca y, en vez de amedrentarse, se sintió tranquilo: se
hallaba entre salvajes, de acuerdo, pero en un lugar donde reinaba el orden'».
IÑAKI ESTEBAN
Biografía
- Nace en Logroño en 1926.
- Llega a Madrid, en los años cincuenta, con el dinero que había sacado de vender sus pocos
libros. Trabaja al principio de contable en un almacén de cartón.
- Antonio Mingote le abre la puerta de La Codorniz. Su director, Álvaro de Laiglesia, le acepta
como colaborador y le proporciona un empleo en la revista de decoración Arte y hogar. En La
Codorniz publica las historias de uno de sus personajes, que rápidamente se hizo muy popular:
El repelente niño Vicente.
- A finales de los cincuenta le llama el director italiano Marco Ferreri para llevar al cine su
novela Los muertos no se tocan, nene (1956). El proyecto no sale adelante. Pero sí los dos
siguientes, también basados en novelas de Azcona: El pisito, publicada en 1957, y El cochecito
(1960), que apareció dentro de la popular colección de humor La Tortuga. Ese mismo año
apareció otra de sus novelas, Los europeos.
- Frecuenta las reuniones del Café Comercial a las que acudían Ignacio y Josefina Aldecoa,
Antonio Mingote, Jesús y Ángel Fernández Santos y Rafael Sánchez Ferlosio.
- A principio de los sesenta conoce a Luis G. Berlanga. Comienzan su colaboración en películas
como Plácido (1961) y El verdugo (1963). La última de Berlanga, París-Tombuctú, también lleva
guión de Azcona.
- Empieza a pasar temporadas en Ibiza, entonces un lugar barato al que acudían muchos
extranjeros. También viaja a Italia, para él un descubrimiento.
- En una línea muy distinta a lo que había hecho anteriormente, empieza a colaborar con Carlos
Saura. Escribe el guión de Peppermint Frappé (1967), La madriguera (1968), Ana y los lobos
(1972) y La prima Angélica (1974), entre otras películas.
- También ha escrito las películas de José Luis Cuerda El bosque animado (1987) y La lengua
de las mariposas (1999); José Luis García Sánchez: Suspiros de España (y Portugal) (1995); y
Manuel Gutiérrez Aragón: El rey del río (1994).
- En total ha sido el guionista de más de ochenta películas a lo largo de cuarenta años de
trayectoria profesional, aunque nunca va a los estrenos -desaparece de casa y se aloja en un hotel
para evitar los compromisos- y siempre dice que le gusta más leer que ir al cine.
- Es premio nacional de Cine, Goya de Honor de la Academia de Artes y Ciencias
Cinematográficas y Medalla de Oro de las Bellas Artes.
Una mirada certera
Hay en la mirada de Rafael Azcona un poso que es herencia de Quevedo, Goya, Solana y
Valle-Inclán, una rara habilidad para dar siempre con la perspectiva grotesca de las cosas, ese
punto de vista en que la tragedia se vuelve ópera bufa y sus personajes, seres casi siempre
atrapados por el destino, el trabajo, el matrimonio o la posición social, se humanizan hasta
extremos conmovedores.
Berlanga explicaba esa capacidad de Azcona en la solución que daba a la historia de un
matrimonio cuya librería religiosa amenaza ruina al cambiar la liturgia del latín al castellano. La
mujer convence al marido para que se queme a lo bonzo en protesta contra el Concilio y camina
firme hacia el lugar del sacrificio, seguida de su marido, que arrastraba un par de bidones de
gasolina, mientras rezongaba: «Que no, María, que ya verás como volvemos a hacer el ridículo».
Ése es el estilo de Azcona, una mirada certera y compasiva hacia la condición humana, las
convenciones sociales, los perjuicios, el egoísmo y la falta de solidaridad. Sus personajes son
siempre víctimas que nada o muy poco pueden hacer frente a un mundo que ni siquiera les
escucha. Ellos sólo aspiran a un pisito, un coche de inválido, pagar el plazo de un motocarro,
pero para conseguirlo tienen que casarse con la vieja patrona y heredarla, relevar a su suegro en
el oficio de verdugo, envenenar a su familia o recorrer inútilmente toda la ciudad en Nochebuena
para pagar una letra con gastos.
Cuando Azcona llegó a Madrid en 1951 era un poeta de café que pronto descubrió su
capacidad para el humor. Al año siguiente de su llegada entró en La Codorniz, donde inventó un
personaje que se hizo muy popular en toda España y cuyo nombre forma parte aún hoy del habla
cotidiana: El repelente niño Vicente. Un buen día de 1958 llamó a la redacción un productor de
cine que se había leído El pisito y quería llevarla al cine. El productor se llamaba Marco Ferreri
y convenció a Azcona de que debía ser guionista. En justa correspondencia, éste persuadió a
Ferreri de que se hiciera director. Aunque su modestia le hace relativizar siempre la tarea del
guionista, su estilo aflora en todas sus películas, quienquiera que las haya dirigido. Eso es lo que
le ha convertido en uno de nuestros más grandes guionistas.
SANTIAGO GONZÁLEZ