Para Caballero Bonald, el poema es un artefacto autónomo que crece según sus propias leyes (o sus propios caprichos), y por ello mismo se distancia de la obviedad figurativa y de las experiencias biográficas que están en su arranque. Concebida como un ejercicio crítico y contestatario a partir de la memoria, la poesía recoge el recuelo desengañado de la existencia: materia deleznable al fin, cuyo destino más elevado es ser rescatada por la evocación y fosilizada por la escritura.