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El autor

Semblanza


Rubén Darío en el centenario de Cantos de vida y esperanza

José Carlos Rovira
Universidad de Alicante

Se preguntaba una vez Alfonso Reyes, en Letras de la Nueva España, cuándo la lengua en México deja de ser español y pasa a ser mexicano, y se respondía a continuación que, probablemente, en el siglo XVII, cuando el dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón triunfa en Madrid donde vive, o la décima musa, Sor Juana Inés de la Cruz, publica su obra, también en Madrid, gracias a la condesa de Paredes. Son rastros de una historia que tiene que ver con lo que siempre nos estamos preguntando, es decir, cuándo la literatura hispanoamericana toma el camino inverso y empieza a influir en el marco español y europeo. Porque no es como sabemos el llamado boom de los 60 el que extiende una presencia y una influencia, sino que hay datos previos que nos la sitúan de una forma determinante. Max Henríquez Ureña publicó en 1930, en Madrid, El retorno de los galeones, una interesante metáfora constructiva de la inversión de influencias entre América y España, que el crítico dominicano tenía que rastrear en la colonia pero que, desde luego, situaba ya en el modernismo y en Darío de manera principal.

«En el principio fue Rubén Darío», es un eslogan que he utilizado ya para situarme en este centenario de Cantos de vida y esperanza, en el que el formidable centenario de El Quijote puede tener efectos devastadores para todo lo que no sea la obra de Cervantes. Sí, sin duda, en el principio fue Rubén Darío, en el principio de una modernidad de nuestra lengua que, por él, sobre todo por él, se vio transformada y liberada de las retóricas continuidades de la poesía del siglo XIX. En el principio por tanto de la poesía del siglo XX que, en un ámbito tanto español como americano, se vio por él transformada. En 1905, Darío está en Madrid y publica, pagándose la edición, en una tirada de 500 ejemplares que realiza la Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, sus Cantos de vida y esperanza, los cisnes y otros poemas. Tuve la fortuna de que en 2004 me encargara Alianza editorial una edición de la obra que apareció en diciembre pasado, no sólo con introducción, sino con las 100 páginas de anotación (resueltas como comentario) que consideré necesarias para acompañar a los poemas. Porque quería resaltar con ellas el carácter ejemplar del libro que editaba; porque quería situarlo en el espacio canónico que Darío consiguió con esta obra para la poesía en lengua española. Aquel Darío de 1905 es revelador y patético, dependiente de todos los vicios, dependiente con abundancia de un alcohol que lo estaba destruyendo. Pierde sus papeles que, afortunadamente, ha enviado desde tres años antes a quien será en ese año su cuidador literario, Juan Ramón Jiménez, que tuvo mucho que ver, como sabemos, con la edición de los Cantos..., y que nos ha dado en Mi Rubén Darío imágenes desoladoras del poeta, que contaba 38 años. Imágenes desoladoras como aquellos encuentros en los que, en medio de una conversación, se refugiaba en su habitación y Juan Ramón veía a través de los cristales rayados cómo iba a su mesa de noche a beber whisky y regresaba a la estancia contigua tras enjuagarse la boca, o cuando se lo encontró borracho en la calle de Veneras, «sentado en el suelo, la cabeza en la pared, abierta la levita, y el sombrero de copa y los guantes en el arroyo». Sin embargo, a quien Juan Ramón llama, cuando bebía, «hipopótamo callado», seguía escribiendo el libro que apareció en julio. Hay dos fechas importantes y concretas para el libro de hace un siglo: la primera es el 28 de marzo en el Ateneo de Madrid, cuando Darío hace el estreno universal de un poema que ha escrito en los días anteriores. Según Juan Ramón y Vargas Vila, con diferentes versiones, la noche antes la concluye en medio de una descomunal borrachera. Se trata de la «Salutación del optimista», que lee ese día en el Ateneo madrileño:

Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!

He contado ya una vez cómo el Darío de nuestra juventud se ve muy confuso por la utilización imparable que el nacionalismo de cuando éramos jóvenes, el español, hace de poemas como la «Salutación de optimista», o la «Marcha triunfal» publicados inevitablemente en nuestras enciclopedias escolares al lado de un dibujo de Darío con el uniforme de Embajador de Nicaragua ante su Majestad católica, el rey de España. Hubo que rescatar a Darío de esa imagen para encontrárnoslo repleto de sentimientos personales en la que considero su obra más importante mediante una escritura que, sin abandonar los mundos estéticos de Azul y Prosas profanas, significa la irrupción de lo personal en su poesía: gozos, culpas, pesares, temores, eros, espiritualidad, historia reciente... todo confluye en aquel libro ejemplar que estaba siendo asumido por el mundo cultural español como la lección de un primer maestro americano. Rafael Cansinos Assens dio cuenta de aquel episodio de 1905, de la lectura en el Ateneo, en su novela Bohemia (aparecida sólo en 2002). La admiración de los presentes tiene la desenfadada frase de Valle Inclán, cuando Darío concluye la lectura: «-¡Magnífico! ¡A ver que dicen ahora esos académicos viejos e idiotas!».

La admiración era la de Valle -a pesar de la despiadada imagen que construye de Darío en Luces de Bohemia- pero era también la de los hermanos Machado, la de Juan Ramón, o Eduardo Marquina. Son raros los ejemplos de rechazo a Darío y, entre las figuras principales, sólo tenemos el de Leopoldo Alas «Clarín», y las distancias de Unamuno y Baroja. Los jóvenes encuentran apasionante su transformación del lenguaje poético, su uso magistral del alejandrino y su dominio de la estrofa clásica, junto al versolibrismo rítmico poderosísimo. He analizado a algunos escritores que se formaron con Darío y concretamente con los Cantos de vida y esperanza bajo el brazo. El niño Neruda, el de los 15 años, o el niño Miguel Hernández, aproximadamente a la misma edad, son ejemplos que he seleccionado para analizar lo que había pasado en el mundo hispánico: los jóvenes poetas y los que iban a serlo se formaban con Darío en la memoria rítmica y lingüística de una imitatio primeriza y eficaz.

Tal día como el 13 de mayo de 1905, Rubén, por enfermedad, no pudo ir a leer en el Paraninfo de la Universidad Central el poema que había escrito para la conmemoración cervantina, para el III Centenario del Quijote. Lo leyó el actor Ricardo Calvo:

Rey de los hidalgos, señor de los tristes,
que de fuerza alientas y de ensueños vistes,
coronado de áureo yelmo de ilusión;
que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón.

Creo que el homenaje de Rubén al Quijote fue lo más sorprendente en literatura que se produjo en la España de 1905. Las «Letanías de Nuestro Señor Don Quijote» resonaron con fuerza en aquel Madrid conmemorativo. Algunos de entre el mundo académico no debieron conciliar el sueño aquel día por el estupor que le habría producido las palabras del nicaragüense leídas en aquel acto:

de las epidemias de horribles blasfemias
de las Academias,
líbranos, señor.

Esta «Biblioteca Rubén Darío» recoge por supuesto un Darío más amplio que el de Cantos de vida y esperanza y, en el futuro, tiene la voluntad de acrecentarse con la totalidad de la obra, con múltiples estudios críticos y con materiales gráficos (manuscritos, fotografías...) hasta llegar a algo que se aproxime al «Darío total» que el soporte informático puede hacer posible. Se completará con ella un trabajo iniciado junto a la Biblioteca Nacional de Chile en 2000, cuando se constituyó una de las primeras «Bibliotecas de autor» de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes con los fondos de y sobre el escritor nicaragüense cedidos por aquella institución. Esperamos que este centenario sea no sólo un motivo para ampliar nuestra Biblioteca sino también un buen pretexto para que otros investigadores americanos y europeos contribuyan a un portal que quiere ser referente para aquellos que deseen realizar un acercamiento riguroso a este gran poeta universal.



 
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