Sonó
el timbre.
El
señor abrió la puerta.
La
escalera estaba muy oscura.
Alguien,
con un pañuelo atado a la cabeza, le entregó una tarjeta
que decía:
«SE OFRECE CANGURA
MUY DOMESTICADA PARA DOMESTICA»
-Pase,
por favor; llevamos un mes como locos sin niñera ni cocinera.
Siéntese.
El
señor abrió de par en par la ventana y de par en par los
ojos.
Ante
él tenía un canguro imponente.
-¡Pero
bueno! ¿Pero cómo? ¿Pero cómo ha llegado usted aquí?
-Pues
saltando, saltando, un día di un salto tan grande que
me salté el mar.
-¡Clo
! ¡Clo ! -el señor parecía que iba a poner un huevo, pero
era que llamaba a su esposa, que se llamaba Dulce Mariana
Clotilde del Carmen, pero él, para abreviar, la llamaba
Clo.
Apareció
Clo y desapareció al mismo tiempo gritando:
-¡Dios
mío, hay un canguro en el sofá! ¡Un canguro!
-Cangura,
señora, cangura, soy niña -aclaró el animalito, estirando
sus orejas y lamiéndose las manos.
-¡Ven,
Clo! Ten confianza...
Volvió
a aparecer Clo muerta de asombro.
-Mírala
bien, parece limpia y espabilada, además a los niños les
gustará; yo creo que conviene que se quede en casa.
Clo,
la señora, miraba a la cangura de reojo, tragando saliva...
-¿Cuál
es su nombre? -preguntó por preguntarle algo.
-Marsupiana,
para servirles.
Y
la cangura se quedó en casa para servirles.
¡Y
qué bien servía!
Desde
la mañana comenzaba a trabajar.
-¡Marsupianaaa!
Tráenos el desayuno a la cama.
Y
la cangura, con su bandeja en la tripa, iba y venía veloz.
-¡Marsupianaaa!
¡Vete a la compra!
Y
la cangura iba y venía veloz con su «bolsa» llena de verduras,
botellas y pescadillas.
-¡Marsupianaaa!
¡Lleva a los niños al colegio! ...
-¡
Marsupiana ! ¡ Lleva a los niños de paseo, lleva el cochecito!
-No
señora, no lo necesito.
La
cangura metía a los dos pequeños en su «bolsa-delantal»
y a los otros dos se los montaba en la potente cola y
saltando de cinco en cinco los escalones se plantaba en
un segundo en el portal.
Cruzaba
la calle de un salto por encima de los coches y por encima
del guardia de la porra. Lo tenía bizco.
Marsupiana
para todo era rápida, trabajadora y obediente. Los señores
estaban muy contentos con ella, le subieron el sueldo.
Y
le hicieron la permanente.
-¡Marsupianaaa!
Date una carrera a casa de mi suegra, que no funciona
el teléfono y tú llegas antes que un telegrama.
-¿Y
qué le digo?
-Lo
de siempre, que no venga.
-¡Marsupianaaa!
-Mándeme, señora.
La
señora tenía una regadera en la mano.
-Mira,
Marsupiana, esta tarde tenemos una fiesta y tú tienes
que ayudarme.
-Sí,
señora; cuando vengan las visitas les quito el abrigo,
los sombreros, los paraguas, todo. Y les sirvo las rosquillas
y la gaseosa... ¡ Estaré de camarero!
-¡No,
vas a estar de florero! Mira, te colocas en este rincón,
ahí, ¡quieta! ¡No te muevas! Y ahora, abre bien la «bolsa».
La
cangura abrió también la boca mientras doña Clo le regaba
la tripa.
-¡Aaaay!
-¿Qué
te pasa?
-¡Qué
está muy fría el agua, señora!
Doña
Clo bajó al jardín y volvió con un gran ramo de flores;
estas flores las fue colocando muy artísticamente dentro
de la bolsa de la cangura.
-¡Aaaay!
-¿Qué
te pasa ahora?
-¡Que
me hace usted cosquillas con los tallos, doña Clo, en
el mismísimo ombligo!
Llegó
la hora de la fiesta y Marsupiana fue el comentario de
los invitados.
-¡Uy,
qué precioso rincón! ¡ Qué maravillosa escultura! ¡Qué
original florero!
-¡Qué
realismo! Parece que esté vivo y coleando...
-Pero...
¿Qué es esto? -preguntaban las más estúpidas.
-Ya
veis lo que es, una cangura disecada, mi marido es cazador
y tiene muchas.
A
Marsupiana cada vez que la llamaban «disecada» le daban
temblores y le entraban ganas de estornudar...
Lo
peor fue cuando una avispa empezó a pasar y repasar a
un centímetro de su hocico.
La
cangura sudaba y bizqueaba siguiendo el vuelo del insecto,
hasta que sintió un terrible picotazo en la punta de la
nariz y, dando un gran salto, se encaramó a la lámpara
del techo.
-¡Socorro,
el canguro se ha desdisecado !
Cuando
la cangura Marsupiana miró hacia el suelo, había una alfombra
imponente de señoras desmayadas; menos doña Clo, que le
dio por reír.
Llegó
el calor, y con el calor bajaron las maletas de los armarios.
Como no les cabían todas las ropas, tuvieron que usar
a la cangura de maletín. La facturaron como equipaje porque
costaba menos que un billete.
Le
pegaron una etiqueta en la tripa con las señas del Puerto.
La
etiqueta se le despegó con el calor y el Jefe de Correos
la mandó a Australia.
Marsupiana
estaba cansada, aburrida y mareada del barco.
Cuando
oyó que se paraban las máquinas, ¡ya no pudo más! Saltó
por una ventana redonda y fue a parar al agua, afortunadamente
cerca de la playa.
Aquel
sitio le era conocido, aquellos montes y aquellos árboles
le recordaban algo...
De
pronto, una nube de canguros la acorralaron y la besuquearon.
Todos
sus primos y demás familiares brincaban de felicidad riendo
a carcajadas con la cola.
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