Ramón García Mateos ha practicado una modalidad de escritura culta y trabada, y otra con aire de canción, más aérea y popularista. Apoyado en la memoria del pasado rural y la precariedad de la infancia, el poeta construye un presente regido por el amor y la exaltación de los sentidos, y avanza hacia un territorio azotado por el aluvión tormentoso de un discurso en que se dan cita la pasión del arrebato y esa otra pasión, más difícil de expresar con palabras, de la conformidad.