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Su obra » Legado | Catálogo | Comentario EL LEGADO DE BALDOMERO LILLO
Berta López Morales
Universidad del Bío-Bío
Empleado en una de las pulperías de la compañía carbonífera, los años de estancamiento y monotonía despertaron en él una insaciable necesidad de leer todo cuanto caía en sus manos, jugando la casualidad más que un papel secundario porque ella le proporciona la lectura de La casa de los muertos de Dostoievski, de Germinal de Zola y Humo de Turguenev, lo que unido a su propio instinto literario lo aleja de las aventuras de Julio Verne y de las intrigas de capa y espada de Alejandro Dumas, transformándolo en un lector exigente que, al mismo tiempo, tomaba apuntes si bien no en el papel, en lo que debe haber sido una memoria prodigiosa, de la oscura y tenebrosa miseria que allí se desarrollaba cotidianamente. Y un día lejos ya, del riguroso mar y de la aún más terrorífica mina, comienza a escribir sobre aquello que nutrió su infancia y juventud, la vida áspera, sin horizontes y despiadada de esos hombres que, arañando las entrañas de la tierra, extraen su riqueza sin esperar otra recompensa que la explotación y un trato inhumano. ¿Cómo escribe Baldomero Lillo, autodidacta, despachador de la pulpería y más tarde jefe de la misma? Imaginamos, en primer lugar, que bajo la influencia de los maestros del naturalismo: narrador en tercera persona y omnisciente, cuya autoridad inobjetable es tan adecuada para crear la atmósfera de realidad y verosimilitud que esta temática reclama. En segundo lugar, que escribe desprovisto de técnicas, afirmado en la reciedumbre y sobriedad del idioma y en la fuerza dramática de sus temas. Y en tercer lugar, que lo hace empujado por las personas más próximas y cercanas a él, porque es de todos conocido que el escritor no tenía pretensiones de fama ni de popularidad. Así su odisea literaria comienza en 1903, cuando la Revista Católica organiza un concurso de género narrativo, donde Baldomero Lillo obtiene el primer lugar con «Juan Fariña. Leyenda» y bajo el seudónimo de Ars. El texto se publicó en la Revista Católica con la siguiente nota que ha sido eliminada en las sucesivas ediciones del mismo:
Estas líneas dan cuenta del origen de muchos relatos del autor que se han nutrido de las historias contadas por mineros o campesinos, ya sea como protagonistas o testigos de los acontecimientos narrados. En la distancia que hoy nos separa de Baldomero Lillo, y justamente con esa perspectiva se puede apreciar mucho mejor el proyecto literario implícito en su obra y sus coincidencias con la generación literaria siguiente, tan preocupada de la chilenidad y de sus representaciones; en efecto, tanto Sub terra como Sub sole y Relatos Populares constituyen la plasmación de la esencia del hombre de nuestro país que trabaja sus campos, sus minas o recoge en sus costas los productos del mar. Sin duda Lillo representa una vanguardia sin estridencias, cuya contribución no ha sido reconocida suficientemente.
Pero no es solamente el magistral poder de crear la tensión
lo que caracteriza a los cuentos de Sub terra ni la precisión
rotunda con que traza a sus personajes, como por ejemplo,
la madre del Cabeza de Cobre, el ciego Juan Fariña,
mister Davis o el mismo mocetón apodado Viento Negro;
en cada uno de ellos, la fragilidad, el rencor, la crueldad
o la rebeldía son, respectivamente, sus rasgos más
sobresalientes. Nos importa la creación
En cuanto a «Cañuela y Petaca», puede afirmarse que es una suerte de antiparábola donde la desobediencia ocupa el lugar central y que al revés de las estructuras de aprendizaje, el mensaje final no condena la conducta de los muchachitos, resolviéndose en un pensamiento socarrón muy propio del campesino chileno:
En los relatos que contienen una estructura de aprendizaje, el relato quedaba abierto a una inferencia que completaba la lectura y que generalmente es una enseñanza relacionada con los valores de la sociedad. En el caso de «Cañuela y Petaca», esto no ocurre ya que la sanción explícita contenida en el gesto iracundo del abuelo, queda borrada por la sonrisa del lector, suscitada por la despreocupación de uno de los niños y su persistencia en la idea de desafío a la autoridad familiar. Si esta actitud se compara con la obediencia ciega de Gabriel y el desenlace trágico que ésta desencadena, habría que leer los cuentos de Sub terra no sólo como un testimonio sino también como un texto destinado a la condena de las actitudes de explotación y abuso con los mineros. En este sentido el orden de los relatos es significativo: «Era él sólo» es el penúltimo de los cuentos y «Cañuela y Petaca», el último.
En general, Sub sole es un libro bastante diferente del primero; se podría incluso afirmar que es más literario ya que se observa una mayor elaboración y diversidad en la temática, como asimismo en el trabajo de la escritura; su cuento «El vagabundo» es un buen ejemplo de ello pues, como se ha señalado más arriba, constituye una reescritura de «La mano pegada». En Sub sole se pueden leer también cuentos en que está presente la denuncia social como en «Quilapán», donde el robo de las tierras a la etnia mapuche constituye el tema principal. Al respecto, se puede señalar que éste es un relato de plena actualidad, pues contribuye a la dignificación del pueblo autóctono, borrando los prejuicios y falsas creencias que intentan justificar el despojo del que han sido objeto. Quilapán, como tantos otros personajes de nuestra literatura, es un personaje emblemático: representa el amor a la tierra, a la libertad, el respeto a las tradiciones, el orgullo de la raza araucana y sobre todo al ser humano que no se doblega ante el poderoso. Entre don Cosme y Quilapán existe un abismo: el engaño, el fraude, la crueldad y la falta de respeto a la vida y a la dignidad del otro, del diferente, los separa. «La carroña» que servirá de abono a la tierra según don Cosme es más bien, la metáfora de la memoria colectiva de un pueblo, que se alimenta del valor y el heroísmo de sus hijos. Sin embargo, en «El vagabundo» se muestra la visión contraria: el campesino ignorante y ladino que se aprovecha de la buena fe de las supersticiones y de la ingenuidad de sus semejantes, lo que no es óbice para mantener la prepotencia y la falta de piedad como los atributos del latifundista. No obstante la visión bastante realista acerca del patrón y en general, del rostro del poder, en aquellos relatos en que el narrador opta por la justicia, ésta queda en manos de una entidad abstracta, llámese casualidad, dios o destino, lo cual tampoco es azaroso. Estos cuentos tuvieron una especial repercusión en el ambiente literario de la época, formado por escritores tales como Diego Dublé Urrutia, Eduardo Barrios, Carlos Mondaca, Augusto Thomson, Rafael Maluenda, su hermano Samuel Lillo, etc., quienes comprendieron que en estos cuadros, tanto mineros como campesinos, se manifestaba una fuerza moral más poderosa que la imaginación, capaz de informar sus relatos de una fuerza, exenta de artificios técnicos o estilísticos, pero con una sólida trabazón en la secuencia dramática del asunto. En esta forma de mirar el mundo, Baldomero Lillo no es diferente de los otros miembros de su generación; no se trata de la imaginación sobreexcitada del artista que, tomando conciencia de la explotación del trabajador y del dominio político que ejerce la clase terrateniente escribe sus panfletos. No, sus cuentos responden a la condición social de la época y por lo mismo ni el campesino esclavizado ni el minero casi sepultado en las profundidades de las galerías, podía erigirse en la figura que triunfara o venciera al potentado. Así vemos que don Simón pierde la razón cuando intenta castigar al vagabundo de la mano pegada, pues para el latifundista este artilugio representa la resistencia al poder, tal como lo ha sido la esposa con su salud precaria o el hijo con sus propios intereses, opuestos a los del padre:
Un análisis más fino nos introduce en los trastornos que origina el poder, pero debe bastarnos considerar la locura del hacendado como la sanción que obtiene por su despotismo e intransigencia y si consideramos la época en que se escribe, alrededor de 1907, habría que señalar una gran osadía de parte del autor, pues en forma sutil toma partido en contra de los abusos del poder. Del resto de los cuentos de Sub sole habría que destacar «Inamible». El título, formado por una palabra desconocida y creada por el autor, es sugerente; el vocablo, según su creador intradiegético, hace referencia a aquellos animales que suelen quitarle el ánimo a las personas: culebras, lagartijas, sapos, etc., o que las asustan y al mismo tiempo se burla de un policía pueblerino que, celoso cumplidor del deber, no trepida en inventar palabras que justifiquen su desempeño. Los inconvenientes provocados por «el Guarén» a sus superiores y el beneficio que otorga al «infractor» de la ley constituyen los elementos principales de un relato muy ágil, ameno y original. Por último, respecto de Sub sole es necesario señalar que, a pesar de la crítica obtenida en el momento de su publicación, este es un libro con una temática mucho más amplia que Sub terra, y aunque los estudiosos del escritor echan de menos una prosa más cuidada y el empleo de una mayor técnica, lo cierto es que Lillo no podría haber escrito de otra forma que no fuera ésta, la del corazón y con la fuerza de la verdad que vio y sintió y en la que supo captar con mucha perspicacia el verdadero ser del hombre de campo, del minero y del pescador de nuestro país.
Todos los relatos que forman parte de los libros póstumos mantienen la misma tónica de las dos primeras obras. En Relatos Populares destacan «La propina», «Malvavisco», «Tienda y trastienda», «Mis vecinos» por el sentido del humor que da cuenta de la idiosincrasia del chileno; «En el conventillo» y «Las niñas» por la introducción al tema del hacinamiento, centrado en la solidaridad de los pobres más que en la promiscuidad o en el exceso de información sobre las vidas privadas de sus moradores. «El angelito» y «La chascuda» son interesantes como muestras de la tradición y de cómo surgen las leyendas; pues el último de los cuentos citados, pese a relatar la destrucción de una leyenda deja una idea que, con el transcurso del tiempo, logrará finalmente asentarse en la memoria popular. Otra veta que llama la atención en la obra de Lillo es una especie de aproximación a los relatos de Edgard Allan Poe como «El barril de amontillado», por ejemplo. En efecto, se trata de relatos de horror, entre los que cabe señalar «El calabozo número 5», «El anillo», «Pesquisa trágica», «El perfil», «Carlitos» y también en Sub terra, «El pozo», «Era él sólo»; en Sub sole, «Víspera de difuntos» y en Relatos Populares, «Sobre el abismo». En todos ellos, la crueldad unida a un elemento inesperado crea una tensión especial, un pathos, una sacudida emocional en la que se unen el espanto, la impotencia e incluso una sonrisa amarga. Como puede observarse, Baldomero Lillo cubrió todas las gamas del relato breve: suspenso, humor, costumbres, denuncia social, leyenda con un fondo y trasfondo claramente nacional. La identidad del pueblo, su idiosincrasia, sus bondades y su dolor han sido tratados con finas o toscas pinceladas, pero lo que es innegable, con una fuerza y autenticidad propias de los grandes y verdaderos artistas, lo que fácilmente puede constatarse por la persistencia de su obra. |
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