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Hace un par de años, el crítico
español Rafael Conte señalaba
que en España el mercado
poético es pequeño, casi
inexistente, y se refugia entre los
poetas y profesores, ya que los
medios de comunicación
expulsan de su seno a la poesía.
Y agregaba: «Y sin embargo,
sin la poesía no hay nada. Los
surrealistas se adelantaron a la
vanguardia, los poetas
latinoamericanos al boom de la
nueva novela de aquel
continente, los poetas sociales
españoles a la narrativa social y
los novísimos a la nueva novela.»
No obstante, es
paradójicamente esa indefensión
profesional que señala el crítico
la que tal vez otorgue más
independencia al autor de poesía
que a los cultores de otros
géneros. Al menos no es
frecuente que el poeta tenga
editores que lo apremien ni
tentadoras ofertas que lo
perturben. Es cierto que, ante
esa falta de eco, el poeta corre el
riesgo de que lo invada el tedio,
pero no hay que olvidar que,
como escribió Bergamín, «el
aburrimiento de la ostra produce
perlas».
En la poesía puede haber
invención, no autoengaño;
puede haber influencia, no
contagio. Es el género de la
sinceridad última, irreversible.
En los géneros narrativos, la
simulación, la ambigüedad, el
artificio y hasta las trampas,
pueden llegar a ser virtudes
literarias, porque allí es todo un
mundo el que se corporiza y
canaliza, y en consecuencia la
diversidad es poco menos que
una ley de su entramado
artístico. En cambio, tales
rasgos no siempre se
corresponden con la poesía. No
hay veredicto en profundidad
sin concurrencia de la poesía.
La marginalidad a que se la
somete le otorga una libertad
incanjeable. La poesía no
acepta esa exclusión y se
introduce, con permiso o sin él,
en la trama social. Quizá no
sepa pormenorizar los odios
descomunales, como hace
inmejorablemente la novela,
pero en cambio construye con
pericia los arabescos y las
filigranas del amor. Ni la
novela ni la poesía morirán,
pero sus rumbos son diversos.
Si a la novela la llevan en
andas, la poesía, en cambio, ha
aprendido a valerse por sí
misma: a preguntar, aunque
nadie le responda; a responder,
aunque nadie le pregunte.
Por otra parte, en tanto que
la actual poesía española suele
aparecer como muy segura de
sus rasgos distintivos, de sus
fobias y afinidades electivas, la
que se escribe en América
Latina sigue incansablemente
buscando su identidad. Todo
ello puede hacer que se la
identifique como insegura u
oscilante, pero también le otorga
un dramatismo y una tensión
interna que constantemente la
despabilan y no la dejan
anquilosarse en la monotemática
o en el remanso del escepticismo.
Hace más de medio siglo el
nicaragüense Joaquín Pasos
metaforizaba esa contradicción:
«Somos la tierra presente.
Vegetal y podrida. / Pantano
corrompido que burbujea
mariposas y arco iris. /Donde
tu cáscara se levanta están
nuestros huesos llorosos, /
nuestro dolor brillante en carne
viva, /oh santa y hedionda
tierra nuestra, / humus
humanos.» El mexicano José
Emilio Pacheco lo decía a su
modo: «A todas partes vamos a
no volver», y Claribel Alegría
al suyo: «¿Estaré sola ante la
muerte? Todas las mañanas lo
sabré.» Y no falta un Jaime
Sabines para tomar el tema con
las pinzas de la ironía:
«Cuando tengas ganas de
morirte / no alborotes tanto:
muérete / y ya.»
La realidad es, en cierto
sentido, fundación de la
palabra, pero a su vez ésta (tal
como sostiene Carlos Fuentes al
hablar de Carpentier) es
«fundación del artificio». La
realidad condiciona el ánimo, y
éste, al generar la palabra,
expurga la realidad; pero la
expurga modificándola,
haciéndola más brutal o más
etérea, menos rampante o más
soterrada, o sea imaginándola,
y convirtiéndola, al imaginarla,
en otra realidad que es artificio.
¿Y los poetas? ¿Qué hacen
con la realidad? Es cierto que
hasta no hace mucho la
nombraban bastante menos que
los prosistas. En general, los
narradores parecen haber
adquirido un abono o pase libre
para transitar libremente por la
realidad. No sólo la nombran
sino que la describen y
registran; cuando conviven con
ella, se sienten como en su casa,
y ya que son fabricantes de
ficciones, la pueden modificar
sin pedir permiso. El novelista
es sobre todo un inventor de
realidades, y sólo en segunda
instancia un inventor de
palabras.
Los poetas, en cambio,
cultivan las palabras con
delectación, pero no como lujos
verbales ni reverberos gratuitos;
las cultivan porque constituyen
la base de su juego o de su
desafío. María Zambrano
escribió que cuando «surge la
materialización, azote de
nuestro tiempo [...] la poesía ha
de atajarla con su cuerpo,
dando el cuerpo de la palabra
en el poema». O sea que el
poeta ejerce un cuidado corporal
de la palabra; sólo así ésta
podrá dar lo mejor de sí misma.
Los poetas no nombraban
demasiado la realidad, pero
ahora sí la nombran. El
notorio desarrollo de la poesía
conversacional ha tenido una
consecuencia sorprendente: los
poetas se han acercado
peligrosamente a su contorno,
su palabra se ha contagiado de
realidad, y esa relación ha
establecido un inesperado
puente entre autor y lector.
Es en la actual poesía
latinoamericana donde la
realidad aparece más y mejor
ligada a la palabra, y donde ésta
asume, sin aspavientos y con
sencillez, su responsabilidad
esclarecedora y comunicante.
Pero ¿tendrá razón cierta
tendencia cautelar de la crítica
cuando presupone que la
infiltración de la prosa en el
sagrario de la poesía puede
desactivar en esta última las
tensiones internas, el uso casi
hipnótico de la palabra, las
santabárbaras de la magia, la
liturgia de la soledad? Quizá.
No obstante, conviene recordar
que cada texto tiene su contexto y
a él se vincula. Un texto de hoy
no sólo se origina en las tensiones
internas del creador; también
puede emanar del subsuelo de la
calma o de las a menudo feroces
tensiones de la realidad.
Por otra parte, ¿cómo negar
que hay una magia de lo
cotidiano, una liturgia de lo
comunitario? La realidad es un
territorio por el cual casi
inevitablemente el novelista
pasa, pero en el cual casi nunca
se queda. Una vez que se
impregna del aire real, del tacto
real, del suelo real, una vez que
recarga allí sus baterías, procede
a invadir otros territorios, donde
habrá de crear otro aire, otro
aroma, otro tacto, otro suelo,
forzosamente contagiados de lo
real, pero que no serán lo real.
El poeta es tal vez menos
pragmático. Cuando pasa por
la realidad, ésta suele rozarlo,
aludirlo, convocarlo, acusarlo,
indultarlo. Para el poeta la
realidad es una malla de
sentimientos. Y no siempre
puede librarse de esa red.
Transitoria o definitivamente,
permanece en ella, no como un
cautivo, sino como alguien que
busca ser interrogado,
convocado, escuchado, querido.
No obstante, este enredado y
turbador fin de siglo, que da por
concluida la historia, que decreta
el fin de las ideologías y anuncia
la muerte de las utopías, y que
en cambio permanece indiferente
ante la destrucción de los espacios
verdes y la contaminación del
aire que respiramos, este casi
neurótico fin de siglo, es
atravesado de Este a Oeste por
una corriente sobrecogedoramente
frívola. Los Grandes Capitales
lanzan sus campanas a vuelo,
mientras desde la historia (ésa
que, según dicen, ya no existe),
Pirro los contempla con
clarividente tristeza.
Como lógica consecuencia, la
palabra es convocada para
otros menesteres, por ejemplo
para nombrar las nuevas
selecciones sémicas: interdealers,
macroeconomía, front-end,
reestructuración, stand-still,
desaceleración, etcétera. La
palabra recibe la orden de no
pasar más por la Magia sino
por la Caja.
Por otra parte, al sentimiento
le han colgado una nueva
etiqueta: es kitsch, esa palabra
que inventaron los alemanes
para designar lo que es de mal
gusto, de pacotilla. Milan
Kundera ha sido distinguido
como abanderado de esa
descalificación, y quizá por eso
su levedad me resulta
insoportable. No obstante, en
América Latina el sentimiento
todavía sobrevive. Será de
pacotilla, pero sobrevive. En
forma de amor, de solidaridad,
de simple afecto, pero sobrevive.
Hasta un poeta tan lúcido y
riguroso como el mexicano José
Emilio Pacheco no tuvo reparos
en presentar uno de sus poemas
como un Homenaje a la
cursilería, y el argentino
Manuel Puig elevó el kitsch a
categoría de arte en su novela
Boquitas pintadas.
Una y otra vez José Hierro
nos convoca: «Volvamos a la
realidad.» Y es un sabio
consejo. Podemos irnos con las
palabras, soñar con las
palabras, sufrir con las
palabras, desfallecer con ellas,
pero una y otra vez debemos
volver a lo real, para
renovarlas y renovarnos. «La
literatura es trágica», escribió
hace varios lustros el novelista
argentino Juan José Saer, y lo
es «porque recomienza
continuamente, entera,
poniendo en suspenso todos los
datos del mundo». Hoy quizá
podríamos agregar que en
América Latina es sobre todo la
poesía, como cuenca esencial de
su literatura, la que pone en
suspenso los tristes, agobiantes,
demoledores datos del mundo.
Y mientras éste se detiene a
revisarlos y tal vez a clonarlos,
ella, la poesía, alma del
mundo, vuelve a inventar y a
recorrer sus itinerarios, no por
las grandes autopistas del
consumismo paradigmático,
sino por los modestos
andurriales de su bien ganada
libertad.
M. B.
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