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El autor

Biografía

Pedro Antonio de Alarcón nació en Guadix (Granada), el 10 de marzo de 1833. Su abuelo paterno fue regidor perpetuo de Granada, contándose entre sus ascendientes a don Martín de Alarcón -participante en la conquista de Granada- y don Hernando de Alarcón, capitán de Carlos V. Pedro A. de Alarcón era el cuarto de los diez hijos de doña Joaquina de Ariza y de don Pedro de Alarcón. La situación económica de su familia, arruinada a raíz de la Guerra de la Independencia, condicionará los primeros estudios de Alarcón, ingresando en el Seminario a muy corta edad. Después estudia bachillerato en Granada y, más tarde, Derecho, carrera que tuvo que interrumpir por falta de recursos económicos. Precisamente será su padre quien le aconseje el ingreso en el Seminario de Guadix para buscar en el sacerdocio la solución económica. Solución habitual en la época y que el lector puede identificar con total naturalidad en el personaje Trinidad Muley, sacerdote que forma parte trascendental del mundo de ficción de su novela El Niño de la Bola. Es evidente que el temperamento de Alarcón, así como sus aficiones, le llevaban por otros derroteros, pues en el año 1853 abandona el Seminario y se traslada a Madrid en busca de la fama y gloria literarias. Con anterioridad, y desde el Seminario, había publicado sus primeros escritos en la revista gaditana El Eco del Comercio; incluso, y con no poca precocidad, en el mismo Seminario, compuso piezas teatrales e iniciado una continuación de El diablo mundo de Espronceda. En su primer viaje a Madrid tuvo la intención de publicar la continuación de la obra de Espronceda, deseo que no pudo cumplirse al anticiparse el escritor Miguel de los Santos Álvarez (1818-1892), autor de cierta reputación literaria que había publicado con anterioridad su célebre novela La protección de un sastre (1840).

Tras el fracaso inicial en Madrid, Alarcón regresa a Granada, donde ingresa en la celebérrima Cuerda Granadina, asociación de jóvenes literatos y artistas, un tanto bohemios en su mayor parte, a la que pertenecieron personas famosas en su tiempo, como Fernández y González, Riaño, Manuel del Palacio, Castro y Serrano, entre otros. La Cuerda Granadina desapareció a raíz de la revolución de julio de 1854. Alarcón, a los veintiún años de edad, se puso al frente de la insurrección en Granada, siendo durante varios días el jefe de las turbas revolucionarias. Alarcón se inicia en el periodismo combativo en la publicación El Eco de Occidente y pronto se coloca al frente de los revolucionarios granadinos con aspiraciones políticas, censurando con no poca virulencia a militares y representantes eclesiásticos desde las páginas de La Redención. Vuelto a Madrid, dirige El Látigo, periódico panfletario, antidinástico y anticlerical, cuyo subtítulo era harto significativo: El Látigo, periódico liberal. Justicia seca. Moralidad a latigazos. Vapuleo continuo. En dicha publicación, y al lado de célebres escritores (Juan Martínez Villergas y Domingo de la Vega), lanzará furiosas diatribas contra la reina Isabel II y su gobierno. Sus feroces ataques a la reina le reportarían un duelo con el escritor venezolano Heriberto García de Quevedo, que defendía a Isabel II desde las páginas de El León Español. En el duelo, Alarcón disparó primero, pero erró el tiro. Su rival, consumado duelista, le perdonó la vida disparando al aire, consciente, tal como apuntan sus biógrafos, que ante él tenía a uno de los ingenios literarios más prometedores de su siglo. A raíz de este episodio, Alarcón abandona la redacción de El Látigo, pues sufre una grave crisis moral que le obliga a retirarse y a descansar en Segovia. A su regreso a Madrid, Alarcón aparece profundamente transformado, olvidando su faceta revolucionaria, convirtiéndose en defensor del ideario conservador y en modélico católico. Desde su retiro en Segovia rehizo su novela El final de Norma, cuya primera versión había llevado a cabo en Guadix, publicándola en el periódico El Occidente, en el año 1855. Por estas fechas publica en la prensa madrileña célebres artículos de costumbres, como La Noche-Buena del poeta, El pañuelo, Lo que se ve con un anteojo, La fea, Cartas a mis muertos…, reunidos en el año 1871 con el genérico nombre Cosas que fueron. También por estas fechas, década de los años cincuenta, publica excelentes relatos breves en publicaciones periódicas de la época. El amigo de la muerte, El clavo, La Buenaventura, El extranjero, La corneta de llaves, El asistente, Buena pesca, El año Spitzberg, Dos retratos, El coro de ángeles, La belleza ideal, El afrancesado, El carbonero alcalde, Novela natural, entre otros muchos relatos, aparecerán en esta etapa juvenil, acreditándose como excelente narrador desde las páginas de los periódicos El Eco del Comercio, La América, El Museo Universal, Semanario Pintoresco Español, El Eco de Occidente, La Ilustración… Corpus narrativo en el que se encuentra, sin lugar a dudas, lo mejor de su producción.

El 5 de noviembre de 1857, Alarcón irrumpe en la escena española como autor teatral. Su primer estreno corresponde a su obra El hijo pródigo que, según sus biógrafos, especialmente Mariano Catalina, fue muy aplaudido por el público, aunque censurado por la crítica. El propio Alarcón lo achacó a una confabulación de sus enemigos, tal como lo constata en Historia de mis libros. Años de prolífica labor y tensa vida entregada a la creación literaria y prensa periódica envuelven la vida de Alarcón a mediados del siglo XIX. En octubre de 1859 se incorpora como voluntario al batallón de Cazadores de Ciudad Rodrigo . Alarcón actúa como corresponsal de guerra, tal vez como el primero en nuestra historia del periodismo. Sus crónicas, escritas en los mismos campos de batalla, se publicarán, primero, en la prensa; más tarde reunidas en un libro con el título Diario de un testigo de la Guerra de África. Cuando regresa de la Guerra de África, herido y condecorado, su fama y popularidad son asombrosas. El éxito editorial del Diario fue proverbial, proporcionándole fuertes sumas de dinero a la par que una notoriedad singular. A raíz de este episodio emprende un viaje a Italia (1860) que daría como resultado uno de los más interesantes libros de viajes escritos en el siglo XIX: De Madrid a Nápoles.

Famoso y rico se instala en Madrid, donde encuentra decidida protección de O'Donnell, Pastor Díaz y otros prohombres del mundo de la política y la cultura. Interviene activamente en la política y, en 1863, hará campaña en pro de la Unión Liberal. Más tarde funda el periódico La Política y es elegido diputado por Cádiz. Contrae matrimonio en 1865, y en el mismo año se le destierra a París. Vuelto a España, toma parte en la batalla de Alcolea y, triunfante la Revolución del 68, que arroja del trono a Isabel II, se le nombra ministro plenipotenciario en Suecia, cargo al que renuncia por un acta de diputado por Guadix. Apoya la candidatura del duque de Montpensier y, fracasada la dinastía de Saboya, aboga por Alfonso XII. Tras este periodo político, Alarcón publica un excelente libro de viajes: La Alpujarra, región granadina que conoció en profundidad a raíz de sus actividades electorales. Obra que se debate entre matices político-sociales y la recreación costumbrista de una región infartada en el corazón de Sierra Nevada. Todo ello demuestra la enorme pasión de Alarcón por los viajes. Pasión que le indujo a escribir un mapa poético de España y un segundo libro con el título Más viajes por España, ampliación del publicado con anterioridad titulado Mis viajes por España, pero, por desgracia, no llegaron a publicarse.

En 1874 publica El sombrero de tres picos, tiene cuarenta y tres años de edad cuando escribe esta pequeña obra de arte, su único éxito indiscutido. En tan sólo diez años desde su aparición se llevaron a cabo numerosísimas ediciones y traducciones a más de diez lenguas. Se basaron en ella varias operetas y, más tarde, serviría de inspiración para el famoso Ballet de Falla, libreto de Martínez Sierra y figurines y decorados de Picasso. Obra clásica en todos los repertorios de los Ballets internacionales. El triángulo amoroso, formado por el corregidor, la molinera y su esposo, el tío Lucas, es, sin lugar a dudas, la obra maestra de Alarcón, «el rey de los cuentos españoles», tal como lo definió E. Pardo Bazán.

En el año 1875 escribe una de sus novelas más populares y discutidas: El escándalo. Novela de carácter tendencioso y moralizante, expresión de las ideas neocatólicas de Alarcón. Incluso se ha pretendido ver en dicha novela una especie de autobiografía novelada de ciertos amores de juventud del propio Alarcón con una dama casada, tal como en su día señaló E. Pardo Bazán. También se han señalado concomitancias entre esta novela y la debida a Pastor Díaz -De Villahermosa a la China-. Como quiera que sea, Alarcón quedó identificado a raíz de El escándalo como un novelista reaccionario y neocatólico, que siempre se consideró censurado y vituperado por la crítica de convicciones ideológicas contrarias a las suyas. Pese a tales críticas, Alarcón se mostró siempre orgulloso de su novela, su preferida, tal como señala en Historia de mis libros. A raíz de las críticas vertidas en los periódicos, Alarcón escribió una novela, El Niño de la Bola (1880), un drama rural de pasiones violentas con una acción trágica, encuadrada y concebida como si de una tragedia griega se tratara. Alarcón, una vez más, se enfrentó con la crítica y, pese a que en líneas generales fue favorable, la afilada pluma de Clarín fue asaz mordaz y punzante.

El 16 de diciembre de 1875 es elegido académico de la Real Academia Española e ingresa en la misma el 25 de febrero de 1877, leyendo su discurso acerca de La Moral en el Arte. En el mismo año presta juramento como senador elegido por Granada. El 1 de marzo de 1881, por el real decreto firmado por Alfonso XII, siendo Sagasta presidente del Consejo de Ministros, se le admite la dimisión como Consejero de Estado. A partir de 1878, Alarcón reside definitivamente en su casa de campo en Valdemoro (Madrid), donde se dedica a escribir sus últimas novelas y al cultivo del campo, afición esta última que siempre quiso de forma entrañable, tal como se constata en su artículo Mis recuerdos de agricultor (1880) inserto en Cosas que fueron. En 1881 escribió en ocho días su novela El capitán Veneno, obra menor sobre la conquista amorosa de un maduro militar, cascarrabias y solterón que al final decide casarse con una huérfana y bella joven. Novela que tuvo un gran éxito, aunque silenciada por la crítica. Meses después, en 1882, publica su última novela, La Pródiga, que supuso para un sector de los lectores un sermón sobre las funestas consecuencias del amor ilícito; para otro sector, la novela era una defensa de la moral conservadora al uso. La fría acogida por parte de la crítica motivó el alejamiento de Alarcón de toda labor literaria. Pese a ello, La Pródiga encierra una serie de valores innegables: dramatismo, interés creciente y personajes trazados magistralmente. La llamada «conspiración del silencio» de la crítica ante sus publicaciones causó en Alarcón desánimo y dolor. Durante la década de los años ochenta sus incursiones en el mundo de la literatura fueron inexistentes. Cabe señalar, si acaso, la publicación de la Historia de mis libros en La Ilustración Española y Americana (1884), documento en sumo grado interesante para el conocimiento de sus obras, desde las fuentes literarias o tendencias, hasta apreciaciones de la crítica o reflexiones íntimas del propio Alarcón.

El 19 de julio de 1891, a las ocho de la noche, muere en Madrid tras haber permanecido hemipléjico desde el 30 de noviembre de 1888, fecha en la que sufrió su primer derrame cerebral. Murió, según la partida judicial, a consecuencia de una «encefalitis difusa».

Enrique Rubio Cremades


 
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