En Glub glub, la compañía madrileña Yllana utiliza un lenguaje verbal imaginario. La sucesión de
sketches abreva tanto de los grandes cómicos del cine mudo como de la tradición de los clownes.
El dedo en la garrafa es sólo el principio de un sketch desopilante.
Una mirada sostenida en el momento justo puede ser el desencadenante de la carcajada del público,
tanto como la escalada imparable de un gag que crece hasta lo inconmensurable en sucesivas
repeticiones.
Los cuatro integrantes de la compañía española Yllana conocen a fondo los recursos de la risa y
los aplican consecuentemente en Glub glub, el espectáculo que presentan en el Lola Membrives
después de haber cosechado aplausos en el Festival de Edimburgo y otros escenarios del mundo.
Marineros a la deriva de insólitas situaciones, los personajes pueden terminar surfeando prendidos
a una aleta de tiburón, jugar al tenis en la cocina con las sartenes por raquetas o desesperar apoyando
el dedo, o lo que sea, para tapar un escape de gas que siempre encuentra nuevos orificios de salida.
Las variaciones temáticas son lo de menos. Fernando Gil, Rulo Pardo, Ramón Sáez y Antonio de
la Fuente, dirigidos por el italiano David Ottone, manejan los tiempos con precisión y la situación se
transforma mediante la alteración abrupta o la exageración hasta el absurdo de lo que normalmente
sucedería.
La sucesión de sketches abreva tanto de los grandes cómicos del cine mudo como de la tradición
de los clownes. Sin más texto que algunos fragmentos en un lenguaje imaginario entendible para todos,
los marinos navegan con pericia por los mares del humor, ese territorio inasible que requiere de la
complicidad del público para no tornarse resbaladizo.
Algunos momentos exceden la perfección técnica para convertirse en hallazgos creativos. Así el gag
del preso que se asoma por detrás de la puerta de su celda, buscando el resquicio para la fuga, que
adopta ribetes de humor absurdo desopilante. O cuando el mar toma ritmo de tormenta y surgen desde
el fondo personajes que marcan un fuerte contrapunto a los ingenuos marineros.
O las últimas escenas, que arrancan desde un encuentro amoroso de dos aves gallináceas. Junto
a otras dos congéneres se embarcan en un baile tropical que inesperadamente toma un giro macabro.
Rápido viraje al jolgorio de un clima de juegos de feria y final de fiesta con el público haciendo puntería
sobre los personajes.
Ahí es donde el grupo madrileño logra arrastrar incluso al más reticente tras su propuesta, cuando
no sólo luce la representación sin falla de cada gag, sino que le imprimen al espectáculo como conjunto
un giro sorpresivo.