Existe un teatro del gesto como existe un teatro de la palabra.
Cuentan que fue en Roma cuando, un buen día y de forma repentina, un famoso actor clásico perdió
la voz. Tuvo la original idea de representar la tragedia sólo con ademanes mientras otro actor recitaba
su parte, y que el éxito fue tal que acabaría por convertirse en moda y crear un nuevo género teatral
y llegó a dar actores famosos en su época como Pylades, Roscius y Batylo.
La anécdota posiblemente sea apócrifa, pero como todas las leyendas contienen la esencia de la
realidad. El gesto nació del silencio y ocupó el lugar de la palabra. Afirmaba Cicerón de algunos de los
artistas de su época que desplegaban tal elocuencia en sus manos que parecían tener una lengua en
cada dedo, lo que no impidió al ilustre orador lanzar un desafío a Roscius, ¿sabría el popular mimo
traducir tan elocuentemente con el gesto un pensamiento que él expresaba con la palabra?
Entre los romanos, la profesión de comediante era considerada como infame, y el mimo, un género
menor y vulgar en relación con el modelo clásico, que sólo llegó a ser plenamente aceptado cuando
se hizo tremendamente popular.
En realidad, los términos de mimo y pantomima sólo comienzan a aplicar con el actual sentido del
teatro del silencio a partir del siglo XIX. A lo largo del siguiente siglo, figuras como Etienne Decroux,
Jacques Lecoq y Marcel Marceu han contribuido poderosamente a renovar y dignificar esta tradición
artística.
En España, Albert Vidal constituye una figura de enorme prestigio; aunque la popularización de esta
forma de expresión ha venido de la mano de propuestas que se apoyan más en el trabajo colectivo que
en el individual, en la imaginación más que en la técnica del actor, y que han sabido aprovechar todos
los recursos que la técnica y los medios de comunicación han podido proporcionarles.
El ejemplo más claro de este tipo de trabajo lo constituye el grupo catalán Tricicle.
El trabajo de la compañía Yllana, dirigida por David Ottone, se sitúa más en esta última línea.
Mediante sencillas técnicas corporales, un magnífico trabajo de coordinación y la ingeniosa utilización
de elementos escénicos simples, articulan un montaje entretenido eficaz y capaz de conectar con todo
tipo de espectadores.
Las disparatadas y absurdas situaciones que tiene el mar como telón de fondo sorprende
continuamente al espectador y le sumerge en un mundo fascinante. Un espectáculo refrescante y
divertido que el público disfrutó hasta el último momento. Lástima que sólo se haya programado una
sola noche. Lástima que se acabasen los calcetines.