Apunte biográfico
Madrileño (1916), de Puerta de Moros, nacido en una época en que los niños aprendían a vivir,
además de en casa y en el colegio, en la calle, como rememora en Primeras hojas y Examen de
ingreso. En más de una ocasión ha afirmado que su posible riqueza léxica proviene de haber aprendido
el español en la calle. La calle fue su maestra como lo fue de Lope, de Cervantes... y a la calle, a los
pueblos de España y de Hispanoamérica les va a dedicar gran parte de su quehacer dialectológico: El
habla de Mérida, Léxico rural asturiano, Tres expresiones argentinas, Dialectología española,
Algunos aspectos generales del español americano, Estudios de dialectología hispánica, Al
trasluz de la lengua actual, La otra esquina de la lengua... son títulos señeros en la bibliografía
científica que pueden dar fe de ello.
Alonso Zamora Vicente es un enamorado de España y de Hispanoamérica, de todo lo que rezume
tradición, cultura popular y arte. Conoce a la perfección la pintura española, distingue perfectamente
la tensión vital y sus circunstancias a través de lo plasmado en el lienzo; ha recorrido, una y mil veces,
la geografía española no sólo en busca de la palabra exacta sino de atrios, ábsides, capillas, retablos...
No hay nadie en España que sepa encontrar la llave como él, una llave que pueda abrir una iglesia
abandonada, unas ruinas, un castillo, un cuadro: «¡Qué desgracia hemos tenido con nuestro Patrimonio
Cultural, con lo que costó preservarlo! ¡Las iglesias, los conventos, los monasterios no pueden
permanecer cerrados, el arte debe estar permanentemente expuesto!».
Tras su paso por el Colegio español-francés de la calle de Toledo, cursó el bachillerato en el
Instituto de San Isidro, donde coincidió con Camilo José Cela: «Alonso y yo somos de análoga estatura
y de parecidas aficiones, él más culto que yo en algunas cosas -la filología, la lexicografía, la
dialectología-, pero yo, para compensar, soy más culto que él en otras varias -las coplas de pueblo,
el billar, el tango y así la cosa queda bastante equilibrada y podemos seguir siendo buenos amigos...».
No es cuestión de llevar la contraria a Camilo José Cela, pero en lo referente a las copias del pueblo,
a nuestras canciones, cancioncillas, de pastores, de siega, de cuna... el lance sería harto delicado, como
bien puede atestiguar cualquiera que haya viajado con Alonso Zamora Vicente por los rincones de
nuestra geografía. Camilo José Cela (acercamiento a un escritor), libro que en su momento influyó
en los posicionamientos de la crítica de la novela española contemporánea, supuso el inicio de la crítica
académica sobre la obra de Camilo José Cela.
Al recordar su etapa universitaria, con agradecimiento tanto hacia la Institución como hacia quienes
fueron sus maestros: («... Tuve la suerte de asistir a la mejor Facultad de Letras que haya existido
nunca en España») no puede sino referirse a la irrupción de la guerra. «Quiera que no, yo me tropiezo,
estoy siempre condicionado para todas mis relaciones, mis opiniones, mis actividades con un fantasma,
una voz que me avisa, una cautela, algo que está siempre detrás de mí, que se llama la experiencia de
la Guerra Civil». La Guerra truncó, de momento, su trayectoria universitaria, su juventud, amén de
verse, como todo español de su tiempo, envuelto en ella. Esta traumática experiencia estará siempre
presente, con menor o mayor acento, en toda su obra narrativa. La generación de Alonso Zamora
Vicente ha soportado sobre sus espaldas la reconstrucción científica, cultural y moral de España. Tras
el hiato forzoso que supuso la Guerra Civil en la vida de la colectividad, hombres que hoy serían
octogenarios como Antonio Tovar, Blas de Otero, A. Buero Vallejo, y otros que lo son como Julián
Marías, Camilo José Cela y el propio Alonso Zamora Vicente, tomaron en sus diferentes esferas
culturales la labor de descubrir nuevamente la realidad y engarzar con ella para que estuviera presente
en su diario quehacer y su voz fuera tenida en cuenta en el curso de la historia.
En la Facultad (en la que permaneció del 32 al 36, y después, al acabar la guerra, en el año 40, se
licencia) nos cuenta que «coincidía con María Josefa en las clases de Tomás Navarro, yo trabajaba
-dice- en el Centro de Estudios Históricos, con Ramón Menéndez Pidal, Tomás Navarro y Américo
Castro; y ella en Índice Literario, con Salinas». Años después, diría de María Josefa Canellada, con
quien compartió absolutamente todo, incluso numerosos trabajos intelectuales (ediciones de Tirso,
Torquemada, Lucas Fernández, estudios sobre las vocales andaluzas, y vocales caducas en el español
mexicano): «lo único serio que hice en mi vida fue casarme con una mujer excepcional en todos los
sentidos...».
Alonso Zamora Vicente fue siempre un extraordinario lector, lo sigue siendo. Ya en la Facultad
había descubierto a Proust, John Dos Passos, Joyce: «yo estoy seguro de que Camilo (José Cela)
recuerda con qué curiosidad, con qué temblor cayó en nuestras manos por aquellos días El Artista
adolescente, traducido por Dámaso Alonso». Por esas fechas nuestros clásicos ya le eran familiares,
conocía perfectamente bien a la Generación del 98 (a muchos de ellos, Azorín, Machado, Unamuno,
Valle... les va a dedicar trabajos magistrales años después) y llegó a ser compañero y amigo de muchos
de los profesores-creadores de la Generación del 27 (Dámaso, Salinas, Guillén, Aleixandre..., así
como de sus maestros Tomás Navarro y Américo Castro...). Y entre lectura y lectura, trabajos de
investigación, de crítica literaria, libros de creación, viajes, clases... el cine. En sus años de Salamanca,
prestó su pluma al tema cinematográfico con el fin de abrir el cauce universitario a la nueva realidad
estética. Años después, impulsaría, sin fruto, la candidatura de Berlanga a la Academia de la Lengua.
A lo largo de su andadura vital, el catedrático emérito de la Universidad Complutense y Académico
de la Española ha perseguido sin desmayo desvelarnos nuestra propia identidad cultural -la genuina y
verdadera- por caminos que en él confluyen, el científico y el narrativo, al tener muy presente, como
punto de partida, el mismo hecho sociocultural: la lengua. (Alonso Zamora Vicente habla con nuestras
gentes y, sobre todo, escucha). Entre los jóvenes y el pueblo llano se encuentra a gusto. Toda su obra
de creación se levanta sobre la portentosa recreación literaria de la lengua. Sus personajes responden
a voces masculinas o femeninas, a ancianos, jóvenes o niños, y se sitúan en la inmediata postguerra,
en nuestros días, o en los años setenta, ochenta o sesenta, gracias a la perfecta simbiosis que se da
entre la situación creada, el tiempo narrativo y la prodigiosa utilización de la lengua en boca de éstos.
Los personajes responden a la diversidad cultural y social que ha constituido la urdimbre de nuestro
entramado social posterior a la Guerra Civil. El autor ha ido creciendo a su vera, es uno de ellos.
Se doctoró en Filología Románica (1941) con El habla de Mérida (estudio que sirvió de base para
todos los trabajos dialectológicos que se llevaron a cabo en España durante los años cuarenta,
cincuenta y sesenta) en momentos que, según reconoce el propio autor, eran duros: «Sí, eran
momentos duros, momentos de mucha confusión; si no es por Dámaso (Alonso), yo renuncio después
de la guerra; a él le debo el haber seguido». La relación de Alonso Zamora Vicente con Dámaso
Alonso fue profunda y fructífera en todas las esferas de la vida. Colaboraron en trabajos de
investigación (Vocales Andaluzas), le sucedió en la Cátedra de Filología Románica de la Universidad
de Madrid y como Secretario Perpetuo de la Real Academia Española, cuando Dámaso fue su
Director, desarrollaron una intensa y positiva labor al frente de la Institución sin apenas medios
económicos. Según Alonso Zamora Vicente «(...) los años de la Dirección de Dámaso han supuesto
para la Corporación un serio intento de renovación de sus estructuras, bastante rancias, hasta plasmar
en unos nuevos estatutos, ya en 1976».
Antes de doctorarse por la Universidad de Madrid, aprobó (1940) las oposiciones a Cátedra de
Instituto Nacional de Bachillerato, y a Mérida. Su estancia en Mérida le motivó a conocer Extremadura
(ha sido una constante por donde ha pasado). Además del habla viva ha analizado la literatura regional
de G. Galán y Chamizo. Se ha ocupado de Juan Pablo Forner y de Francisco Aldana y de la pintura
silenciosa de Ortega Muñoz... Su biblioteca particular, bajo el rótulo de «Fundación Biblioteca Zamora
Vicente», se halla en Cáceres en un espléndido edificio del casco histórico de la ciudad al servicio de
la Institución Universitaria Extremeña, Universidad que le confirió el grado de doctor Honoris Causa.
En el curso 1942-43 se traslada a la Cátedra de lengua y literatura españolas del instituto masculino
de Santiago de Compostela, si bien no acaba el curso al ser llamado a Madrid para impartir la nueva
asignatura de Dialectología española: «Yo acabé de dialectólogo -dice Zamora Vicente porque en la
Facultad de Letras de Madrid había un catedrático que no podía levantarse antes de las doce.
Entonces me buscaron a mí, yo fui siempre madrugador...». En 1943 obtiene por oposición la Cátedra
Universitaria de Lengua y Literatura españolas, que ejerció en la Facultad de Filosofía y Letras de
Santiago de Compostela hasta 1946, fecha en que se traslada a Salamanca para ocupar, también como
numerario, la Cátedra de Filología Románica, que desempeñaría hasta 1959. En ambas universidades
se le otorgó, años después, el grado de Doctor Honoris Causa en reconocimiento a su labor
desarrollada en las aulas universitarias; y fiel a su estilo, Galicia (el habla y su cultura), lo mismo la zona
de Salamanca, fueron fuente de inspiración y de trabajo de estudios que marcaron hitos en la
investigación del momento. Tras nueve años fuera del ámbito universitario, tomaría posesión de la
Cátedra de Filología Románica en la Facultad de Filosofía y Letras de la entonces Universidad Central
de Madrid, hoy Complutense, hasta su jubilación en 1985. La Universidad le reconoce su labor
nombrándole profesor emérito.
En los años bonaerenses de 1948 a 1952, como director del Instituto de Filología de la Universidad
de Buenos Aires, promueve una envidiable proyección cultural y científica; funda y dirige la prestigiosa
revista Filología, impulsa el estudio de ediciones de nuestros clásicos y, no menos importante, comienza
a publicar su prosa creativa en La Nación: «(... ) siendo profesor extraordinario de la Universidad de
Buenos Aires -nos dirá-, recibí una amable invitación de Eduardo Mallea para colaborar en el
suplemento de La Nación. Posteriormente sus relatos aparecerían también en Azul de Montevideo,
y en Buenos Aires literaria, en donde coincidió, entre otros, con Julio Cortázar, Daniel Devoto, Josefa
Sabor y Enrique Anderson Imbert. De esta época son los trabajos: Por el sótano y el torno, de Tirso
de Molina, De Garcilaso a Valle-Inclán, Presencia de los clásicos, Las sonatas de Ramón del
Valle-Inclán. Contribución al estudio de la prosa modernista...
En 1952 vuelve a España, Salamanca, desde donde sigue colaborando en La Nación, en Azul, en
Ínsula (años después, ya en Madrid, iniciaría una larga colaboración literaria en el diario Ya) y, de
nuevo, los viajes; en 1954 es profesor extraordinario en la Facultad de Letras de la Universidad de
Colonia, después Heidelberg, Praga, París, Italia, Bélgica, Holanda. En 1960 es nombrado Director
del Seminario de Filología Hispánica de El Colegio de México y profesor extraordinario en la
Universidad Nacional de México, al año siguiente es profesor (1961) en el Departamento de Estudios
Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico; más América (Estados Unidos) y, de vuelta a Europa,
en 1963, visita las universidades de Copenhague, Estocolmo... y, por último, Madrid. En estos años
entrega a la imprenta, entre otros, los siguientes volúmenes: Primeras hojas, Smith y Ramírez, S.A.,
La voz de la letra, Lope de Vega. Su vida y obra, ¿Qué es la novela picaresca?, Un balcón a la
plaza, Lengua, literatura e intimidad...
Alonso Zamora Vicente, pese a todo, está convencido de que el puesto de un español está en
España, y aquí recala: la Real Academia Española lo llama y sale elegido académico en mayo de 1966
(desde 1961 era miembro del Seminario de Lexicografía); lee el discurso de recepción sobre «Asedio
a Luces de Bohemia, primer esperpento de Ramón del Valle Inclán», justamente un año después, en
1967. Ha sido Secretario Perpetuo de la Institución desde 1971, en que sucede a Rafael Lapesa, hasta
1989, año en que renuncia. El discurso de recepción sobre la obra de Valle supuso en el año 1967 un
mucho de atrevimiento y bastante de provocación cultural ya que, por aquellos años, Valle-Inclán no
estaba bien visto por la propaganda oficial del régimen. El nuevo académico quiso poner de manifiesto,
en el día de su recepción pública, la virtualidad estética y cultural de uno de los autores más universales
del siglo XX español, pese a la incomprensión de algún gobernante. En la prosa de Valle-Inclán supo
ver el engarce perfecto entre el habla del pueblo y la literatura, como ya lo había visto en Camilo José
Cela. El discurso reelaborado, La realidad esperpéntica (Aproximación a Luces de Bohemia), fue
Premio Nacional de Literatura «Miguel de Unamuno de Ensayo» en 1969. A Valle le dedicó también
Valle-Inclán, novelista por entregas y las ediciones críticas de Luces de Bohemia y Tirano
Banderas, entre otros trabajos.
Fue coordinador del Diccionario Manual e Ilustrado de la Real Academia; en su tiempo adelantó
soluciones léxicas que, posteriormente, pasaron al general y ha escrito la Historia de la Real
Academia Española.
Alonso Zamora, pese a su ajetreada vida universitaria científica, ha sacado, sin embargo, tiempo
(«yo escribo los domingos») para una de sus actividades más queridas: la creación literaria en prosa,
en la que cuenta ya con un buen número de volúmenes publicados. En ellos se presenta no sólo como
renovador formal del género cuento, sino como uno de los mejores narradores actuales en lengua
española. Es uno de los narradores que más ha influido en la configuración de un nuevo concepto del
cuento. La materia lingüística adquiere en su escritura una nueva dimensión: a partir de los elementos
populares de ésta, ha conformado una exigente realidad estética que nos trasciende. En toda su obra
narrativa se manifiesta la importancia que los elementos cotidianos (una flor, una rama, un banco, el
semáforo, un pajarillo, una canción) adquieren en la vida de sus personajes. También hemos de
destacar la extraordinaria sensibilidad con que el narrador va moldeando, a base de pequeños
fragmentos o de tenues anécdotas, la vida de sus múltiples personales: ancianos, jóvenes y niños (toda
la expresión de vida que cabe en nuestra sociedad). Los personajes se caracterizan, no por el diseño
del narrador, sino por las cosas que les pasan; se incorporan a la vida, como en Cervantes, desde las
vivencias propias. Por encima de planteamientos estructurales, su forma de hablar, su espontaneidad
lingüística.
Los temas eternos (convivencia, trabajo, amor, soledad, religión...) nos son planteados con
intención superadora y enriquecedora. Creemos que su formación institucionista y su proyección
cultural (Cervantes al fondo, la aparición cervantina no es meditada sino espontánea) le llevan en la
prosa a insinuarse con reticencias, ironías, amplificaciones, hipérboles... su ininterrumpida
preocupación por la sociedad española es lacerante, sentida desde y por el pueblo. Los horrores de
la guerra, lo absurdo de una sociedad dividida, la prepotencia de los vencedores, el arrinconamiento
de los vencidos, la nostalgia de lo que pudo ser un ilusionante proyecto de vida en común y colectivo
están presentes, pero también por sus páginas ha pasado el peso de la posguerra, el acomodo a unos
nuevos valores lejos de los soñados, la pérdida de unas señas de identidad cultural y la consecución
de otras.
Mención especial merece la presencia solidaria con el autor y con los lectores del poeta César
Vallejo. Es el poeta que no canta a un bando concreto de los contendientes en la Guerra Civil, es el
poeta que quiere construir un mundo mejor y por eso se dirige al hombre desvalido y acosado. Es el
poeta de todos, sólo toma partido por el hombre para demostrar que nació muy pequeñito e indefenso
y por eso necesita ayuda (Primeras hojas, Un balcón a la plaza, A traque barraque, Sin levantar
cabeza, presentan versos del poeta en forma de lema).
Punto importante, también, es el humor. En Alonso Zamora Vicente, el humor es un procedimiento
que emana de ver en la realidad de nuestro mundo, de nuestras ciudades y pueblos -desde una posición
culta-, los hechos que le rodean, las vivencias que tienen su acomodo en este mundo. Y es,
precisamente, esta actitud de contemplación todo lo ingenua que se quiera (Primeras hojas, Examen
de Ingreso), grotesca como emanada del absurdo (Smith y Ramírez, S.A.) y real como resultado de
una visión dramática de la existencia individual y colectiva (desde Un balcón a la plaza,
Desorganización, Sin levantar cabeza, El mundo puede ser nuestro, A traque barraque,
Estampas de la calle, Voces sin rostro, hasta Hablan de la feria, Historias de viva voz, pasando
por Mesa, sobremesa (Premio Nacional de Literatura 1980) y Vegas bajas, la que nos envuelve en
este trance de amargura (benévola, a veces), que desencadena primero el humor y, posteriormente,
la ironía en una intensa búsqueda de lo auténtico.
El concepto estilístico de Alonso Zamora Vicente funde espléndidamente la innovación -bien
perceptible en la forma y fondo de sus relatos- con la mejor tradición de nuestros clásicos (la
picaresca, Lope, Quevedo, Cervantes...), síntesis que proyecta en su obra literaria una amplia
panorámica de la vida actual de España en la multiplicidad de sus aspectos: el día de hoy y la
retrospección histórica, el acaecer cotidiano y el acontecer político, los destinos humanos y el destino
del país.
[Reproducido de la Laudatio a cargo de don Jesús Sánchez Lobato. En: Homenaje a Alonso Zamora Vicente, Madrid: Universidad de Nebrija, 1999.]
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