Fernando de Rojas y el antiguo “auctor”
A partir de la edición toledana de 1500, siempre aparecerán en las
octavas acrósticas iniciales del “Autor, escusándose de su yerro”
los datos sobre su identidad: “El bachjller Fernando de Royas acabó
la comedja de Caysto y Melybea, y fve nascjdo en la Puevla de Montalván”,
perteneciente en la actualidad la Puebla de Montalbán a la provincia
de Toledo.
Sobre su vida pocos datos conocemos, a no ser los extraídos del proceso
que el licenciado Hernando de Rojas, nieto de Fernando de Rojas, entabló
contra la ciudad de Talavera de la Reina para probar su “hidalguía”
(Gilman, 1978: 486-493; Salvador Miguel: 2001: 71-103). Sobre la fecha
de su nacimiento podemos conjeturar, a partir de los datos dados por
el propio autor (quien afirma que acabó la obra siendo estudiante
en Salamanca), que podría tratarse de la década de 1470. Según el
proceso de la solicitud de probanza de hidalguía de su nieto, parece
ser que los padres de Fernando de Rojas fueron Garci González Ponce
de Rojas y Catalina de Rojas. En este mismo proceso se indica que
‘Hernando de Roxas’ es un hidalgo notorio y conocido.
Fernando de Rojas estudió en Salamanca a fines del siglo XV, alcanzando
el grado de bachiller, con el que él mismo se nombra en el acróstico
inicial, mientras que en la carta de “El auctor a un su amigo” se
declara “jurista” y estudiante en derechos (civil y canónico).
Se piensa que posteriormente volvió a la Puebla de Montalbán y allí
residió hasta 1508 aproximadamente, pues en dicho año tomó posesión
de la alcaldía de Talavera de la Reina, según aparece documentado
en los libros de Acuerdos del Ayuntamiento (Valverde Azula: 1992).
Ocupó el cargo de alcalde (cuya función era dictar sentencia en los
pleitos civiles) y también de letrado, oficio que ejerció durante
un periodo dilatado de tiempo, al menos hasta 1538. En Talavera de
la Reina se casó con Leonor Álvarez, con la que tuvo varios hijos,
siendo su primogénito Francisco de Rojas, a quien lega toda su biblioteca,
el cual también ejerció como letrado en dicho Ayuntamiento. Murió
en Talavera de la Reina en 1541, según se desprende de su testamento
(Valle Lersundi: 1929).
Queda por establecer, finalmente, su presunta filiación de judío
converso, según el proceso iniciado en 1525 por la Inquisición a Álvaro
de Montalbán, su suegro, por judaizante, quien intentó, sin conseguirlo,
que fuera su letrado el bachiller Fernando de Rojas. Este proceso
ha servido para catalogar a Rojas de converso, e intentar así explicar
algunos aspectos de la Celestina bajo esta corriente judaizante
dentro de una sociedad que los perseguía. Sin embargo, los estudios
más recientes, así como el que la obra de Rojas jamás tuvo problemas
con la Inquisición ni con la Iglesia en el siglo XVI, ha hecho reconsiderar
dicha postura. Nada en la obra atisba hacia una actitud de defensa
de los planteamientos judaicos ni en defensa de los conversos, y finalmente
en todos los otros procesos y peticiones de hidalguía, siempre aparece
la familia de Rojas como hidalgos viejos y conocidos. Por ello, hemos
de coincidir con Salvador Miguel en que: “lo que realmente interesa
es la imposibilidad de explanar la Celestina en función de
presuntas claves judaicas, pues la explicación de su argumento como
reflejo de un problema racial no se apoya en el más mínimo fundamento;
tampoco existe base alguna para pensar que la Tragicomedia
plantee una protesta social contra la situación de los conversos;
la actitud del autor no deja al descubierto ningún flanco de supuesto
ataque a la ortodoxia ni a la Inquisición; ningún aspecto de la obra
se aclara desde la perspectiva del Rojas converso” (2001: 85).
A partir de todos estos datos, podemos hacernos una idea de los estudios
realizados por el autor, y del ambiente donde se gestó la Celestina.
El primer elemento que hay que tener en cuenta es que Rojas, según
él mismo comenta en “El Autor a un su amigo” y en “El Autor escusándose
de su yerro”, es el continuador de un texto que encontró en Salamanca:
Yo vi en Salamanca la obra presente.
Movíme a acabarla por estas razones:
la primera, que estó en vacaciones;
otra, que oý su inventor ser ciente...
Por tanto, se encontraba
en la ciudad de Salamanca realizando sus estudios de derecho, y quién
sabe si también en artes, cuando encontró un manuscrito que decidió
continuar durante su periodo vacacional. La Universidad de Salamanca
destacaba en este momento por sus estudios en los dos derechos (civil
y canónico), así como en teología y en artes liberales. Es un periodo
capital, pues se asiste al cambio de la enseñanza tradicional mediante
la incorporación de las nuevas corrientes del Humanismo italiano y
del Nominalismo procedente de la Universidad de París. También influye
en los grandes cambios de fines del siglo XV el nacimiento de la imprenta
y su capacidad de difusión de los textos, que modificó sustancialmente
el modo de educación eminentemente memorística anterior, pues a partir
de estos momentos los estudiantes y profesores pueden poseer los ejemplares
que se estudian en las universidades y tienen acceso a textos publicados
en los lugares más remotos de Europa.
No podemos olvidar, tampoco,
la renovación de los estudios de la lengua latina iniciados por Nebrija,
cuyas Introductiones latinae seguían siendo el manual escolar
principal, y cuyos discípulos (Alonso de la Cámara, Cerezo, etc.)
fueron contemporáneos de Rojas. Por Salamanca pasaron ilustres humanistas
italianos, como es el caso de Lucio Marineo Sículo, Lucio Flamminio,
Pedro Mártir de Anglería o el portugués Arias Barbosa, que afianzaron
la renovación intelectual. En este ambiente cultural, en donde los
estudios de las obras clásicas terencianas y la comedia humanística
latina formaban parte del bachillerato en artes, se educó Fernando
de Rojas, y por tanto, es en este ambiente donde se encuadra perfectamente
la Comedia de Calisto y Melibea, continuando y modificando
dicha tradición escolar y universitaria. Proaza, humanista y corrector
de la obra, afirma en los versos finales:
No debuxó la cómica mano
de Nevio ni Plauto, varones prudentes
tan bien los engaños de falsos sirvientes
y malas mugeres, en metro romano.
Cratino y Menandro y Magnes anciano
esta materia supieron apenas
pintar en estilo primero en Athenas,
como este poeta en su castellano. (pp. 612-3)
El antiguo auctor
En la epístola introductoria del “Autor a un su amigo”, Rojas nos confirma
que continúa un texto por él hallado:
Y, como mirasse su primor, su sotil artificio, su fuerte y claro
metal, su modo y manera de lavor, su estilo elegante, jamás en nuestra
castellana lengua visto ni oýdo, líelo tres o quatro vezes,
y tantas quantas más lo leýa, tanta más necesidad me ponía
de releerlo y tanto más me agradava y en su processo nuevas sentencias
sentía. Vi no sólo ser dulce en su principal historia o fición toda
junta, pero aun de algunas sus particularidades salían delectables
fontezicas de filosophía; de otras, agradables donayres; de otras,
avisos y consejos contra lisonjeros y malos sirvientes y falsas mugeres
hechizeras. Vi que no tenía su firma del autor, y era la causa que
estava por acabar; pero quien quier que fuesse, es digno de recordable
memoria por la sotil invención, por la gran copia de sentencias entrexeridas,
que so color de donayres tiene. Gran filósofo era. (...) Y porque
conozcáis dónde comiençan mis mal doladas razones y acaban las del
antiguo actor, en la margen hallaréys una cruz; y es en fin
de la primera cena. Vale
Hasta la fecha, muchas
han sido las opiniones sobre si realmente Rojas continuó este primer
acto, como él mismo afirma (incluso sugiriendo como posibles autores
en las adiciones a la Tragicomedia a Juan Mena o Rodrigo de
Cota), o por el contrario dicha alusión formaba parte de los tópicos
literarios, como ocurre en muchas de las obras de ficción de la época,
entre ellas las de caballerías. En tiempos bastante recientes se han
multiplicado los estudios sobre las fuentes, refranes, sentencias,
formas verbales, etc., utilizadas en el primer Acto y en los 15 añadidos
por Rojas en la Comedia, y también frente a los 20 Actos de
la Tragicomedia, incluso comparándolos con las interpolaciones
posteriores.
Gran parte de los estudiosos, viendo los significativos cambios de
estilo, lengua, construcciones verbales, fuentes, e incluso actitudes,
se han decantado por aceptar la veracidad de la doble autoría, eso
sí, sin poder asignar el primer Acto a un nombre concreto, ni mucho
menos a los dos propuestos por el propio Rojas: Mena o Cota. Aunque
no falten tampoco quienes afirmen una única autoría con convincentes
razones (Miguel Martínez: 1996), incluso tres o cuatro. Pero siguen
aún válidas las palabras de D. Marcelino Menéndez y Pelayo, cuando
afirma que: “En absoluto rigor crítico la cuestión del primer acto
es insoluble, y a quien se atenga estrictamente a las palabras del
bachiller ha de ser muy difícil refutarle” (1910: XIX) y “con la excepción
acaso de Lorenzo Palmyreno en sus Hypotiposes clarissimorum virorum,
todo el siglo XVI creyó en la veracidad de las palabras de Rojas y
aceptó la Celestina como obra de dos autores” (1910: XXIII).
Aceptando como probable la doble autoría de la Celestina,
Rojas al haber continuado y acabado tan perfectamente el primer Acto,
ha dado a la luz una obra maestra literaria universal y por tanto,
hablaremos siempre de él como responsable final del texto que dio
a la imprenta, quedando relegada la problemática de la autoría a los
especialistas.
Bibliografía citada:
GILMAN, Stephen, La España de Fernando de Rojas. Panorama intelectual
y social de “La Celestina”, Madrid, Turus, 1978, pp. 486-493.
SALVADOR MIGUEL, Nicasio, “La identidad de Fernando de Rojas”, en
Celestina. La comedia de Calisto y Melibea, locos enamorados. Coordinador
Gonzalo Santonja, Madrid, Sociedad Estatal España Nuevo
Milenio, 2001, pp. 71-103.
VALLE LERSUNDI, F., “Testamento de Fernando de Rojas, autor de La
Celestina” Revista de Filología Española, XVI (1929), pp. 366-88.
VALVERDE AZULA, I., “Documentos referentes a Fernando de Rojas en
el Archivo Municipal de Talavera de la Reina”, Celestinesca,
16-2 (1992).
MIGUEL MARTÍNEZ, Emilio de, La Celestina de Rojas, Madrid,
Gredos, 1996.
MENÉNDEZ Y PELAYO, Marcelino, Orígenes de la Novela, t. III,
Madrid, Ed. Bailly/Baillière, 1910.
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