La Celestina
en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
l acoso a gigantes literarios es una manera de saldar
las cuentas que tenemos contraídas con ellos. Así, en ocasiones, pensamos
poder conjurar el gran respeto —si no miedo— que nos imponen las grandes
obras artísticas con actos de desafío y, a veces, de extrema osadía.
Y evidentemente lo es éste de no sólo conducir al Parnaso de Internet
algo de lo que conocemos —lo que resulta relativamente fácil— sobre
la que es hoy, por canónica unanimidad, una de las obras principales
de la literatura española y universal, sino también de elevar a ese
empíreo —lo que resulta mucho más complicado— un cúmulo de confiados
deseos de contribuir a esclarecer lo mucho que todavía ignoramos sobre
el autor, el texto (los textos), los contextos, el mundo o la historia,
menuda o grande, imaginada o real, que hay detrás de la Celestina.
Parafraseando a Calisto, "en tal peligro nos vemos,
/ [...] / pues que nos pide el deseo / lo que nos
niega esperanza" (auto VIII).
Siguiendo con el parafraseo, pero ahora de Fernando
de Rojas, si nos llaman "entremetidos" en esta "nueva
labor", "aunque no acierten, sería pago de nuestra osadía".
Pero posiblemente nos haya decidido al impulso de ese acto de atrevimiento
y de ese salto hacia el futuro —futuro impreciso, aunque intuimos
que obligatorio— lo que podríamos llamar la fascinación de la paradoja
informática, es decir, la atracción ante la posibilidad de que un
contenido complejo, el de la obra literaria en algunos de sus testimonios
más antiguos y más valiosos, quede encerrado, aunque con la apariencia
del cuadriculado de una libreta infantil, entre las paredes del cristal
de más grandes dimensiones y más diáfano imaginable, permitiendo así
su movimiento libre —como si nadaran dentro de una pecera infinita
los folios impresos del siglo XVI en cuarto y en octavo—; facilitando
la observación constante, relacionada e inmediata y, a partir de ella,
sin mayores trabas, los más rigorosos análisis científicos, en este
caso filólogicos.
Naturalmente, a nadie convence ya la excusa de que Internet
sea como "el dulce manjar", dentro del que se mete la "píldora
amarga", con la que "engáñase el gusto, / la salud se alarga".
Parece, sí, aún mágico para muchos este presente al que nos vamos
acostumbrando en el que el cálamo del escritor y del estudioso es
un teclado de ordenador, en el que no necesitamos pautar para que
la tinta se distribuya en renglones sobre las pantallas, y en el que
franqueamos las puertas de las grandes Bibliotecas y examinamos algunos
de sus tesoros gracias a las sendas que abre expeditas Internet. Pero
si hablamos de paradoja informática no es el sentido de artimaña didáctica,
sino porque Internet puede ser un receptáculo de una claridad especular,
pero puede contener también, como un almacén clandestino, mercancías
de contenido delicado y peligroso. Y quizá —y pasando de la tradición
textual antigua y moderna a los estudios— con ese grupo de productos
prohibidos haya que relacionar una obra que, como sus personajes,
ha fascinado desde siempre a los lectores, precisamente porque ha
despertado en ellos las reacciones más diversas.
"Libro, en mi opinión, divino / si encubriera más
lo humano", decía precisamente Miguel de Cervantes, a propósito
de la Celestina. La antítesis de sólo estos dos versos concentra
y representa la sensación táctil de filo cortante que nos da, como
"instrumento de lid y contienda", en sus aristas, la complejidad
celestinesca. En el reproche cevantino quizá captemos el grave acento
de quien constata los deslices o tropiezos que podía ocasionar la
lectura de la Tragicomedia (los amores juveniles contra los
que dice Fernando de Rojas haber encontrado armas defensivas en los
papeles que hallara de la primitiva Comedia). Pero
también entendemos —como proponía Maxime Chevalier— que Cervantes
dejara a su lector, según procedimiento frecuente en sus escritos,
la posibilidad de escoger entre dos puntos de vista corrientes en
su época sobre la Celestina: libro de intención moral, desde
luego; "libro ... divino", en el sentido de edificante.
Pero libro también peligroso (y de ahí los ataques de tantos moralistas,
metiéndolo a veces en el mismo saco que libros de caballería y ficciones
sentimentales, pero siempre con mención específica). Obra ambigua,
por tanto, como lo son a la fuerza las grandes obras literarias.
Hay, naturalmente, otras muchas aristas en la intersección
de otros planos de la obra. A sus fotografías y análisis se dedica
no sólo la sección de estudios de la Biblioteca de obra, sino la de
Bibliografía. Puesto que la enorme bibliografía sobre la Celestina,
que supera en estos momentos las tres mil entradas, es ya difícil
de asimilar, y hasta de catalogar, se hace urgente la revisión metódica,
pausada, la selección rigurosa y crítica de la información que llega
como aluvión. Pero una serie de cribas, y en especial la del tiempo,
permitirán destacar los enfoques más relevantes y los puntos de discusión
de siempre u otros nuevos.
Es prácticamente imposible hacer siquiera un elenco
de esos puntos en esta presentación. Hemos mencionado, a propósito
de Cervantes, el tema de la intencionalidad moral (del didactismo,
del pesimismo...) de una obra que declara Fernando de Rojas "compuesta
en reprehensión de los locos enamorados". Pero se continuará
discutiendo, asimismo, el problema de la autoría, con el auxilio de
los nuevos testimonios, algunos de los más valiosos (como los folios
del decisivo manuscrito de Palacio) incluidos en esta Biblioteca virtual;
o el de la popularidad de este verdadero best-seller y fuente
de inspiración para los Siglos de Oro; o el de la magia y la medicina,
entre otros muchos.
Y también se continuará aportando elementos de discusión
al tema del género (¿narrativo o dramático?) para una obra que fue
titulada Comedia, y luego Tragicomedia, y que, desde
luego, no puede ser apartada del mundo del teatro, cuya médula vital
está en el diálogo y no en la representación (como reconocía uno de
los mayores herederos de la Celestina, Valle-Inclán, quien
tampoco escribió sus obras teatrales para el teatro de su tiempo);
y más elementos al tema de la vulgaridad y la sabiduría (que personifica
la sentenciosa Celestina); y al del mundo social (la aristocracia,
la servidumbre y el nuevo sistema de relaciones sociales); y al de
la religiosidad y la posible heterodoxia (y se discutirá probablemente
menos, mucho menos, el de la influencia del judaísmo en la obra);
y al de la retórica y el estilo ("dulce cuento" entretejido
de "donaires y refranes"); y al de las fuentes literarias;
y al del linaje celestinesco; y al de la vitalidad de la obra como
clásico en los siglos XX y XXI, empezando por su vigencia en las adaptaciones
teatrales modernas.
La Celestina sigue teniendo, tras quinientos
años, esas y muchas más aristas o cantones nada definidos, como los
de un cristal en bruto. Si proponemos un examen abierto del texto
poliédrico, suma de enfoques no determinados previamente, la disparidad
de opiniones, métodos y conclusiones será la única guía que imponga
coherencia u homogeneidad. Sólo aceptando esa pluralidad la "Biblioteca
de obra" se convertirá en biblioteca de consulta, pero también
de investigación.
En este hoy fugitivo que vivimos, la Biblioteca Virtual
Cervantes facilita generosamente fonda para una reposada parada en
el camino crítico de la Celestina; ofrece albergue para la
conversación académica, pero sobre todo para la inmersión en una campana
de silencio. Paradoja sobre paradoja. Trataremos de mantener una serie
de textos, de datos, de informaciones, a la vez que abiertos al público
más amplio, en lo posible inmunes a la ruidosa confusión informativa.
Porque, frente a precitaciones a las que obligan celebraciones de
fastos, o decididamente contra el barullo que producen las improvisaciones
de supuestamente ingeniosos ensayos interpretativos, la página de
la Celestina pretende alcanzar algo más humilde y grande
a la vez. Como un recinto ameno renacentista, como un jardín melibeo
pero huerto inconcluso, el portal o página de la Celestina quiere
ofrecer —con todas sus posibilidades metamórficas, como si fueran
alegres arquitecturas efímeras o sorprendentes fuentes mágicas— un
hospedaje excepcional de sobria quietud y un locus para la
información, la reflexión y la investigación.
Rafael Beltrán, José Luis Canet y Marta Haro
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