Esta novela la ha publicado la Diputación Provincial de Ciudad Real en su Biblioteca de Autores Manchegos. Pasó un proceso del que se seleccionaron 13 de 74 obras presentadas.
El ISBN de la edición impresa es el 84-7789-160-5
Para conseguir un ejemplar en papel, o enviarle su opinión sobre la obra, puede contactar también con el autor.
Macario Polo Usaola
MPOLOU@terra.es
Para Maco y Mari Prado.
Mientras el turista se apresura por lo general a regresar a su casa al cabo de algunos meses
o semanas, el viajero, que no pertenece mas a un
lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud
durante años de un punto a otro de la tierra».
(Paul Bowles, en "El cielo protector").
Primera parte
I
Cuando Antonio llegó a la casa de Libertad, 19, Paco ya llevaba un par de días completamente instalado: había distribuido sus libros por las estanterías de la habitación que le correspondió por sorteo, pinchó algunos afiches por la pared y dispuso en un rincón unas patas de caballete y una tabla sobre ellas, de tal manera que podía disfrutar ya de una mesa amplia pero no muy segura. Tras proporcionarle un pequeño meneo y convencerse de la relativa firmeza que le ofrecía, colocó encima su ordenador personal y, en la pared, frente a la posición que ocuparían sus ojos cuando los levantara para reposarlos al estudiar, pegó con celo la hoja en la que había trazado, como todos los años, un plan anual que haría compatibles los horarios de ocio y estudio. «Este año sí», se dijo, «este año lo tengo que cumplir a rajatabla». Luego sujetó con unas redes y unas alcayatas los bafles de su minicadena en dos esquinas diagonalmente opuestas de la habitación y los conectó al aparato. Probó su buen funcionamiento poniéndolo a tope. «Curso nuevo, vida nueva», pensó a la vez que se movía como si tocara la batería de la canción que sonaba. Antonio apareció sin avisar. Paco le esperaba para el domingo o el lunes siguiente, no para aquel miércoles que ni pinchaba ni cortaba en la mitad de aquella semana perfectamente prescindible de principio de curso.
Les había costado encontrar piso. El que compartieron el año anterior lo ocuparon desde septiembre hasta los primeros días de julio por un contrato de arrendamiento privado fuera de la ley, alegal, ilegal, y durante todo el curso estuvieron lamentándose del trato que les proporcionaba el casero, dueño también del piso inmediatamente inferior y que en muchas ocasiones abría sin avisar aquel efímero hogar con su llave, bien para dejarles en la nevera algo que a él no le cabía en la suya, bien para interrumpirles la fiesta del sábado por la noche alegando que la música y el vocerío no les dejaban dormir ni a él ni a su señora. Así que acabaron el año más bien molestos con el propietario, reiterado invasor sorpresivo de su intimidad, que también les apremiaba en exceso antes de fin de mes para que llevaran a efecto el pago del canon mensual. Por eso, aunque la otra era una buena casa, exterior y con mucha luz, con habitaciones amplias y un cuarto de baño para cada uno, decidieron cambiarse para el año siguiente y se despidieron de la antigua dejando algunos pequeños sabotajes que molestasen al casero y que les sirviesen de venganza: bisagras sujetas con un solo tornillo medio desenroscado, una pata del frigorífico torcida y apoyada en un punto de dudoso equilibrio, una junta de dos tuberías sin estopa que dejaba escapar gotitas de agua...
Y día tras día fueron aplazando a mañana la búsqueda de la nueva casa y fue a mediados de septiembre cuando lograron encontrar, por mediación de la tía de Antonio, que vivía en la capital, una casa más pequeña y algo más cara, con menos luz pero con calefacción, menos próxima a sus respectivas facultades pero con una terracita que en primavera recibiría el bonito sol de la tarde y con vistas todo el año a un pequeño parque que había debajo.
Aunque no le gustaba, Paco estaba viendo un partido de balonmano en La 2 cuando oyó la inconfundible segunda bocina del coche de Antonio, que gracias a cierta circuitería electrónica que le regalaron reproducía dos veces, con un solo toque, las primeras notas de la melodía de «La cucaracha». Paco sonrió y la tarareó mientras se levantaba para asomarse al balcón, y saludó desde arriba a Antonio, que había aparcado diagonalmente su 124 blanco con doble tubo de escape, capota negra y quitasol verde en el parabrisas con nombre de bar, en un pequeño hueco. Antonio se quitó la gorra de capitán de barco con la que había conducido desde su pueblo y la agitó para corresponder al saludo, y en menos de dos minutos Paco había bajado a la calle desde el segundo piso para abrazar a su amigo y ayudarle a descargar el voluminoso equipaje.
Se dieron la mano y luego un abrazo con verdadera sinceridad, y los dos pensaron realmente en besarse en las mejillas, pues realmente se querían y se habían echado de menos durante aquel verano; pero el abrazo fue tal vez muy corto y cuando quizás estaban decididos a hacerlo ya estaban nuevamente separados.
—¿Qué tal estás? —preguntó Antonio.
—Bueno, bien, imagínate. Mi madre es la que lo está pasando peor. Fue una putada. Me pregunto por qué Dios o quien sea, el que decida sobre nosotros, tuvo que llevárselo. Pero yo qué sé. Es la vida, ¿no?, y hay que seguir. El pobre. Hacían las bodas de plata, y esa noche nos íbamos todos a cenar manchego a Puerto Lápice. Y fíjate, al día siguiente lo tuvimos que enterrar.
Paco quería mucho a su padre, pero los malos azares de la vida lo llevaron a caerse del andamio el mismo día de su aniversario, el mismo día en que Paco regresaba a su casa con ocho aprobados y el mismo día en que el hombre y otro desgraciado compañero iban a terminar de recoger el propio andamio.
—Parece una puta broma del destino —añadió—. ¿Y qué tal tú?
—Bueno, pues no me puedo quejar. Me he pasado todo el verano estudiando y pensé que no me iba a valer para nada... pero al final he aprobado tres de las cuatro.
—¿Cuál es la que te ha quedado? ¿La Termo?
—Qué va, tío. Cinco y medio, en Termo. El cabrón de Materiales me ha vuelto a cargar. Con un cuatro. Pero vamos, que nada, que me dice el tío en la revisión que él me aprobaría, pero que como no he dao palo al agua que me joda y me la saque en febrero.
—Qué gentuza. Es para cogerlos y hacerles algo, porque no te creas que no te ha puteado ya el tío lo suficiente como para quedarse a gusto. Pero bueno. ¿Subimos las cosas?
—Venga.
El coche iba cargado y tenía vencidos los amortiguadores traseros.
—Pues me ha traído de puta madre. A ciento veinte lo he puesto en la recta de Argamasilla y no ha rechistado.
—Si ya te digo yo que los Seat son calidad.
—Ten cuidao, no arrugues los pósters, que me traigo uno de la Claudia Schiffer posando en tetas que alucinas.
—¿La Schiffer en tetas? ¿Dónde ha salido?
—En ningún sitio. Mi hermano, que ha hecho un montaje en la imprenta con el ordenador. Las tetas son de otra. Oye, ¿y quién ha venido ya de los colegas?
—Pues he visto sólo a Germán y a Hermilo. Vi también a Mónica, que ha debido de pasarse el verano en la playa, y buenísima, tío: morenita, con un jersey por el ombliguito y una faldita corta que pa flipar.
—Hombre, ya te has coscao. Yo siempre lo he dicho, que Mónica está muy buena, que es de lo mejorcito que se ha visto en provincias.
Subieron los pósters, una silla plegable de director de cine en cuya parte trasera ponía «Antonio Barajas» formando un semicírculo y «Director» como sujetando el nombre y el apellido, un tocadiscos, varias cajas con libros, una maleta con camisas y pantalones, una bolsa de calzoncillos, otra caja con discos y compactos, un tablón de corcho para pegar notas y avisos, un taco de revistas de Ingeniería con una Playboy escamoteada entre medias, una carpeta con los cuentos que Antonio escribía, un neceser con objetos de aseo.
—¿Hay Coca-Cola en el piso? —preguntó Antonio en el último viaje.
—Un par de latas, ¿por?
—Porque mira lo que tengo —y sacó de debajo del asiento una botella de JB.
—¡Hombre!... Una botellita de Justerini.
Antonio sirvió unas copas.
—Yo poquito... Vale, vale, un toquecito nada más. ¿Vas a ir a clase mañana, Antonio?
—Qué dices. No, no: puede ser mortal un cambio tan brusco. Desde que acabé de exámenes llevo quince días levantándome a las ocho para estar más tiempo sin hacer nada, y mañana haré lo mismo. Hombre, a las diez o así iré a la Escuela a matricularme, coger número o lo que sea y me pasaré por el bar, a ver si veo a Juanito o a alguno de éstos.
—¿Es verdad eso?
—¿El qué?
—Que llevas quince días levantándote a las ocho para estar más tiempo sin hacer nada.
—Te lo juro.
—Joder. ¿Y qué haces?
—Nada, ya te digo. Leo el periódico o ni siquiera. Voy a echar una meadita, tío.
—Pues echa agua del cubo. No tires de la cadena, que estamos con restricciones hasta las siete. Vamos, porque digo yo que la cadena la usaremos cuando no haya más remedio.
—Me parece bien. Y dices que hasta las siete, ¿y desde qué hora?
—Desde las siete. Doce horitas. Creo que toda el agua que viene es de pozos, que el pantano está más seco que el ojo de Benito, que...
—...que era de cristal —contestó Antonio. Y separados por un par de tabiques, Antonio con la bragueta abierta y sacándose la cola y Paco echándose un poquito más de whisky, que tan poco se había puesto que aquello no sabía a ná, sonrieron con la pequeña complicidad de saberse las mismas gracias y simultáneamente pensaron «éste es un tío de puta madre, hombre».
Antonio, que ya se había olvidado, fue a tirar de la cadena, pero una pegatina junto a ésta con el escudo regional y un grifo pintado le recordó la conveniencia de utilizar el cubo. Echó un poco de agua y leyó el texto de la pegatina: «No me uses como cenicero. Ahorra agua». Miró al lavabo y vio otra junto al grifo: «Ciérrame mientras te afeitas o te cepillas los dientes. Ahorra agua». Antonio fue a su cuarto, que tenía todas las cosas desparramadas por el suelo y por la cama, y sacó de algún lugar una libretilla de papeles adhesivos. Cogió uno y escribió en él: «No tires de la cadena tras cascártela. Ahorra agua». La pegó en la cisterna y volvió al salón sin decir nada.
—Joer, que agobio lo de las pegatinas, ¿no?
—Bueno, ya ni las veo. ¿Quieres que te eche una mano para colocar las cosas?
—No, pasa. Ya lo coloco mañana. Si no te creas que hay tanto. Cuestión de una hora.
Antonio se encendió un cigarro y dejó pasar el tiempo que dura una calada:
—Paco, ¿y qué has estado haciendo estos días, tú solo?
—Pues nada... ir a clase, que la verdad es que vaya rollo, me he comprado un par de cómpas, la tele, y tal. Es que me he venido tan pronto porque... no sé si habré hecho bien, porque no quería que mi madre se acostumbrara a estar siempre con compañía, y tal.
—Hombre, pero se queda tu hermana con ella.
—Ya, pero mi hermana va y viene mucho a Madrid, a reuniones de la empresa y eso... Por eso he aprovechado que se queda esta semana completa en mi casa, que hasta la próxima no tiene que ir, vaya, y me he venido. Así, mi madre se queda con ella estos días y, bueno, ya no seré yo el que la deje sola. Yo qué sé. No sé, tío, no sé. Vaya putada la vida.
—Venga, déjalo, Paquete, no te preocupes —Antonio forzó raudamente un cambio de tema—. ¿Qué... qué compactos te has comprado?
—Pues la banda sonora de Pulp Fiction y el último de AC/DC. Están bien los dos —Paco agradeció en su fondo la nueva conversación propuesta—. Macho, pues han terminado muchas obras por el centro, que lo han hecho casi todo peatonal y han puesto jardincillos y tal, y se ha quedado muy bien. Para lo poquito que puede enseñar Ciudad Real, la han dejado guay, una ciudad muy coqueta.
—Algo he visto al venir, porque han cambiado la dirección de alguna calle y me he tenido que ir hasta la Plaza del Pilar. Pero no me he fijado mucho.
—Bueno, Antoñito. Me voy a meter en el sobre, que me caigo de sueño.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana.
Paco decidió por el pasillo dormir con la camiseta que llevaba puesta y se desabrochó el cinturón en el camino para que luego le costara menos trabajo quitarse el pantalón. Entró al cuarto de baño y se sonrió al ver el hidroconsejo que había dejado Antonio. Pensó en quitarlo por si las visitas, pero pensó también que ciertamente le resumía un pensamiento, un ligero cargo de conciencia, que siempre le acuciaba en esos momentos obvios. Así que dudó y lo dejó.
Antonio cerró y colocó la botella de whisky en un lugar visible del mueble del salón para que hiciera las veces de figura de porcelana, de adorno romántico, gamberro, rebelde; vio las noticias mientras cenaba un bocata ya reseco de jamón york que trajo de su casa. En la pantalla blanco y negro de 14 pulgadas se ofrecían los resultados definitivos de la campaña de tráfico de verano; la imagen de un hombre asesinado y tapado con una manta manchada de sangre en una calle de alguna ciudad; tomas aéreas del éxodo de miles de personas desnutridas y atestadas en tiendas de campaña provisionales en mitad de un valle rocoso y desértico de algún país del mundo; una mujer llorando porque su hijo no había sido encontrado bajo la nieve de un alud en el Everest; un hombre comentando que estaba de juicio contra su mejor amigo porque éste no compartió con él el millonario premio lotero que, por fin, les tocó tras años de insistencia en el mismo número; un ministro dando larga y afectuosamente la mano por tercera vez a su homólogo alemán; los goles del primer amistoso de la temporada de la Selección; un espectacular accidente sin víctimas que afectó a doce coches de carreras en un circuito; jóvenes bebiendo para ilustrar que los adolescentes de hoy consumen más alcohol que sus padres; la imagen de una orquesta extranjera interpretando a Mozart en el auditorio de Madrid. Quizás ésta era la mejor noticia, y tras disfrutarla apagó el televisor desde el sofá empujando el interruptor con un palo de fregona y pensó «Después de todo, soy afortunado». Con esfuerzo se incorporó y buscó en una carpeta con doce apartados en los que archivaba los cuentos que escribía uno que se llamaba «Una historia real». Lo repasó y lo corrigió con un bolígrafo:
«En la locura que lo llevó a abandonar su hogar con mujer e hijos, Paco Ventas se había convertido en un trotamundos que subía desde Andalucía a Galicia a pie, ejerciendo en sus paradas como trapero. Recogía cartones y chatarras y las llevaba a vender a los comercios que a la compra y venta de estos efectos se dedican. No pagaban mucho, pero el hombre no se quejaba, porque cubría sus necesidades con poco dinero. Esta historia le acaeció en un pueblo de la vieja Castilla; un pueblo grande, pero con iglesia románica de mampostería, calles estrechas y empedradas, vacas y mulos en las afueras y puente romano.
Dormía precisamente bajo el puente, y siempre le decía "No te vayas a caer hoy", cuando se arropaba bajo él con algunos de los cartones que recogía para subsistir y que no vendía. Luego pensaba: "No, no se cae, si estos tíos jodíos construían muy bien".
El puente nunca había contestado a Paco Ventas, porque éste siempre le entregaba su mismo mensaje a una hora en que la luna ya había salido y se veía brillar la Estrella Polar en lo alto del cielo, y es que a esa hora el puente había cerrado sus ojos de una forma inapreciable para un ser humano, pero no para un pájaro, y ya dormía y no escuchaba. En las primaveras, también dormían en él algunas golondrinas en unos nidos que construían con barro que recogían de las orillas del río, ya casi seco, que pasaba bajo su ojo central. Las golondrinas sí hablaban con el puente. Tenía casi dos mil años, lo construyó un gobernador del César, a la par que un anfiteatro, para contentar al Pueblo y facilitar de paso las comunicaciones, a través de él, con otras zonas del Imperio. Quiero decir que el puente tenía ya mucha experiencia, había soportado incólumemente muchas crecidas y habían dormido muchas personas debajo de él: adolescentes que se fugaban de sus casas, huidos de la Justicia, parejas de amantes que pasaban allí la resaca de las pasiones, caminantes no hay camino se hace camino al andar, locos que se creían Napoleón, soldados que más tarde morirían en combate... Muchas personas, en fin; pero nunca ninguna, en sus veinte siglos de vida, se había dignado a hablar con él, a agradecerle el techo que le había prestado por unas horas, que le había protegido de la furia del dios Thor. No obstante, tantas conversaciones había oído ya el puente, que entendía perfectamente el lenguaje de las personas. Sabía, además de español, francés y caló: aquél, por un campamento de soldados gabachos que hubo a su alrededor cuando la invasión de principios del siglo pasado; éste, por las ocasiones en que algún grupo de gitanos lo aprovechaba para hacer una ele con su carromato y las paredes, y ahí hacían fuego y tocaban las palmas y la guitarra.
"Estos tíos me construyen, les hago un servicio durante todos estos años y no me lo han agradecido ni una sola vez", pensaba el puente, que además se encontraba viejo y sentía cómo el mal de la piedra carcomía sus entrañas, anunciándole una muerte próxima. Aquel día era distinto, porque Paco Ventas, además de loco, estaba borracho. Se había bebido dos botellas enteras de vino caliente, y llegó a su especial hogar dando tumbos cuando todavía no se había puesto el Sol. Paco Ventas tenía mucho sueño. "Hoy me he pasado", se dijo, "No tenía que haber bebido tanto".
—No te vayas a caer —le dijo al puente, señalándolo con un dedo y riéndose de su situación el grado justo que le permitía su escasa lucidez mental.
Pero Paco Ventas quedó sorprendido cuando escuchó una voz no humana que salía de un lugar indeterminado, una voz que le dijo:
—No sé que decirle, oiga, porque últimamente me encuentro fatal.
A Paco Ventas se le pasó el pedo rápida pero efímeramente y dio una vuelta sobre sus pies buscando a quien le pudiera haber hablado. No encontró a nadie.
—¿Quién es? ¿Quién está ahí?
—Soy yo, el puente. Me ha dicho usted que no me vaya a caer, y yo le digo que no sé, no sé, porque me encuentro muy mal últimamente.
Paco Ventas miró tras los muros que aguantaban la estructura de la obra sin ver alma humana alguna. "Huy, he bebido muchísimo. No creía yo que estuviera tan ciego", pensó, y luego dijo:
—Bueno, puente, pues procura caerte cuando no esté yo —contestó a lo que pensaba una alucinación. Luego se arropó con los cartones de un frigorífico de cinco estrellas, y pensó jocosamente que tal vez su peculiar manta le diera un poco de frío—. Hasta mañana, puente.
—Hasta mañana, señor, buenas noches.
—Buenas noches.
Paco Ventas, no obstante, se quedó un rato pensativo y miró al techo, a izquierda y a derecha sin mover la cabeza. "Bueno", pensó. Se santiguó como todas las noches, cerró los ojos y empezó su sueño en menos de un segundo. A media noche oyó unas voces que le despertaron: "¡Quítate, ¡quítate!", pero se creyó que estaba soñando que soñaba y que, en realidad, el que se había despertado era el Paco Ventas del sueño de primer nivel.
Al día siguiente, los periódicos se hicieron eco de lo sucedido: "El puente romano se derrumba y aplasta a un vagabundo que dormía bajo él"».
Hacía cuatro meses que a Antonio se le ocurrió esa historia absurda, y pasaron quince días, justo lo que tardó en agobiarse por los exámenes, hasta que se decidió a ponerse a escribirla. Tan descabellado le pareció, que sólo el título le hizo sentirse satisfecho por el cuento. Realmente, durante los cuatro años que llevaba en la universidad, cinco con éste que empezaba, había escrito veinte o treinta cuentos imposibles, a todos los cuales llamó «Una historia real». Antonio sólo escribía cuando valoraba en su pecho la presencia física de algún mal sentimiento, de alguna buena emoción; cosas que, como él decía porque algo había leído, eran sólo el producto de reacciones químicas en su interior, de excesos o defectos de enzimas, neurotransmisores y cosas así. Había oído hablar de un libro que explicaba los efectos de un medicamento que todo lo curaba, que quizás quitase al organismo lo que le sobraba y le aportase lo que le faltaba. Posiblemente fuera algo parecido a la Panacea Universal que buscaban los antiguos. Ahora no estaba agobiado, no tenía malos sentimientos ni buenas emociones, pero sacó todos los cuentos y fue recordando con cada uno los estados de ánimo que se los habían inspirado. Se puso triste, alegre, romántico, soñador, cachondo, aventurero; se sintió asesino, ladrón, policía, náufrago en mitad del Pacífico; viajó a Madrid, a Sevilla, a Cuenca, a Nueva York y al centro del Sol; fue soltero, casado, viudo y cura putero. Lloró y sonrió. Fue hombre, mujer y perro. El cuento del perro se llamaba «Una historia real», pero ahora se lo cambió y le puso «Diálogos conmigo y con mi amo». Se acordó de Orlando Azcárate, un personaje de la ficción de Juan José Millás, escritor de cuentos como él, al que Antonio reconoció una vez en la estación del Ave de Ciudad Real. Aunque tenía el billete sacado para ir a ver a una tía suya que operaban en el Ramón y Cajal de Madrid, Antonio se acercó a él y le dijo: «Tú eres Orlando Azcárate, ¿verdad?». «Sí, ¿me conoces?», contestó sorprendido. «Claro. He leído algunos cuentos tuyos». «Pues ya es raro, porque yo en realidad no existo. Sólo soy personaje de novela». «Ya, pero ya ves. Te conocí en "El desorden de tu nombre"». Antonio se olvidó de la salida de su tren y temió que se le agotara la conversación: «Bueno, ¿y qué haces en Ciudad Real?», le preguntó. «Pues es que vivo aquí. Vamos, que mis padres son de aquí». «¿Y han venido a por ti?». «No, deben de estar trabajando». «Si quieres, te acerco a tu casa». «Bueno, pero ¿tú no vas a coger un tren...? Tienes un billete en la mano». Antonio miró el billete y la hora: faltaban un par de minutos. «Sí, pero bueno». «Pues vamos».
Antonio tiró el billete en la papelera que hay junto a las puertas automáticas de la estación. Subieron al coche. «¿Y qué tal? ¿Sigues escribiendo?». «Bueno, se hace lo que se puede. Por fin me publicaron un libro de cuentos», dijo Orlando. «Pues fíjate. Lo que más me gusta de ti es tu nombre. Es muy novelesco: Orlando Azcárate. Yo, sin embargo, me llamo Antonio. Antonio Barajas Tuétano». «Hombre, Barajas no está mal. Yo tengo un amigo que se apellida Bastos. Y Tuétano está bien; es como lo que tenemos en el hueso». «Sí», dijo Antonio, y se sintió un poco más seguro, más sólido, más satisfecho de haber recibido un bautismo así. «Lo malo es Antonio. Me habría gustado más, no sé, Macario», añadió Antonio. «No jodas. Macario, como el muñeco. ¡Ahhh!», dijo Orlando imitando al personaje. «Conozco a uno que su padre tiene de segundo apellido Risueño», continuó Orlando. «Qué guay. Está muy bien Risueño». Con la conversación, habían dado ya la vuelta completa a Ciudad Real y estaban nuevamente próximos a la estación. «Por cierto, ¿dónde vives, Orlando?». «En Compás de Santo Domingo, al lado de donde estaba El Ave Turuta. ¿Sabes dónde?». «Sí», contestó Antonio, y luego pensó: «Joder, este tío es pura novela: "Orlando Azcárate, escritor de cuentos. Calle del Compás de Santo Domingo, junto al antiguo Ave Turuta"». Para completar los datos de la tarjeta de visita intentó imaginar un número de teléfono cadente, musical, rítmico, posiblemente misterioso, y anduvo el trayecto hasta casa de Orlando pensando, cambiando, combinando y permutando cifras. Pero no se le ocurrió ninguno, no hallaba ninguna combinación perfecta. Cuando llegaron frente al portal, Antonio le preguntó: «Oye, ¿cuál es tu número de teléfono?». «No tengo». Orlando agradeció a Antonio la molestia, que según éste dijo no lo era, y Antonio completó en su imaginación la tarjeta así: «Teléfono: el cero».
Antonio se acostó lamentándose de llamarse Antonio, y en los cinco minutos que tardó en dormirse dio varias vueltas a la cabeza descartando Toni, Toño, Antuán, Ánzoni, y buscando un apelativo elegante y singular que le abriera las puertas de la fama literaria, que le permitiera ocupar con dignidad la primera posición de las listas de ventas de publicaciones en la sección de «Ficción». No quería enriquecerse con la escritura, sino simplemente obtener unas rentas que le permitieran poder vivir de ella: no tener jefe, ni horarios, ni treinta días anuales para disfrutar forzosamente las vacaciones. Pensó que no estaría mal anotar los ingresos obtenidos por la venta de sus obras en el libro que Hacienda obliga a llevar a los Profesionales y Artistas, e imaginariamente subrayó y encuadró «Artistas» con un rotulador fluorescente y tachó «Profesionales» con uno negro. Decidió en ese momento que a él, realmente, nunca le había gustado la Ingeniería, y continuó preguntándose qué cúmulo de fortunios o infortunios de la vida lo habían llevado a estudiar Telecomunicaciones. «Bien cierto es que la culpa es sólo mía, pues fue, con toda libertad, la primera opción que puse en la preinscripción para la Universidad». Luego se acordó del tiempo que había desaprovechado, que había invivido, o desvivido, o como pudiera decirse, sacrificándose para sacar el Álgebra, la Física, el Cálculo Infinitesimal, la Teoría de Circuitos. Quiso recordar, consiguiéndolo, una frase de Torcuato Luca de Tena que alguna vez leyó en una novela encantadora: «La vida sería sin duda mucho más hermosa ignorando los secretos de la química orgánica». Se preguntó si «química orgánica» no se escribiría con mayúsculas y volvió a recordar la cita cambiando su final a "inorgánica". Discrepó consigo mismo sobre cuál de las dos palabras quedaba mejor para rematar la frase y estuvo seguro de que al señor Torcuato se le presentó en su momento, como a él, este mismo dilema. Estos pensamientos le hicieron evadirse y le ayudaron a consolarse un poco, y como el sueño le vencía y le enturbiaba el entendimiento, Antonio empezó a mezclar en una misma historia que no recordaría al día siguiente a Orlando Azcárate, a Torcuato Luca de Tena —cuyo rostro no conocía— y a su profesor de Álgebra. Luego apareció Antonio Muñoz Molina, que es un escritor de primera línea que se llama como él y que tiene bigote, y todos juntos formaban el jurado de un premio literario al que no se presentaban obras porque premiaba la trayectoria de los autores. Todos admiraban la obra de Antonio y todos eran partidarios de otorgarle a él el galardón de ese año. Antonio contemplaba la escena desde ese lugar extraño desde el que se ven los sueños. El de Álgebra ocupaba un sillón preferente en la mesa de reunión y Antonio lo encontró misteriosamente anciano. Él era el presidente del jurado y defendía con énfasis especial la candidatura de un hombre desconocido cuyas obras nadie había leído. Antonio no lo recordaba, pero en el final del sueño, tras arduas deliberaciones, el otro escritor hablaba al público, al que apenas se veía porque estaba oscuro, desde la tribuna de un escenario. Lucía en la solapa algo así como la chapa de un embutido con una banderita colgando. Ésta era la parte visible y distintiva, la menos económica del premio.
II
—Es que soy muy sensible al alcohol —dijo Paco a las once de la mañana, cuando Antonio acudió a su habitación para despertarlo—. Con nada que beba ya me cuesta mucho trabajo levantarme a la mañana siguiente.
—Pues a las nueve y media me he levantado yo, y he sospechado que estabas durmiendo cuando no he visto ningún cacharro sucio en la cocina. Bueno, pues me voy para la Escuela, a ver si me entero de lo de la matrícula.
Antes de cerrar la puerta de la calle añadió, desde el descansillo de la escalera: «Oye, compra unos ciegos si vas al centro, a ver si nos toca. Te dejo diez duros en el mueble del hall. ¡Que acabe en cuatro, como el año pasado!».
Paco se quedó solo aquella mañana, pues resolvió no ir a la Facultad tras comprobar en el horario que tenía pegado en la pared de su habitación que las cinco horas del jueves eran muy susceptibles de sustituir por cinco horas de ocio. Uno de los deseos incumplidos de Paco era levantarse algún domingo tempranito, a eso de las nueve, para bajar al quiosco a comprar el periódico y leerlo mientras hace cola en la churrería, comprar una docena y comerse la porra por el camino. Dudó de la veracidad de la reciente costumbre de Antonio de levantarse a las ocho para no hacer nada. No obstante, le dio envidia de que no se le hubiera ocurrido a él esa probable mentira. «Seguro que hoy tampoco se ha levantado a las nueve y media», dijo a la magdalena que se comía mientras escuchaba la música de Radio 3, y luego, no sin pena, la castigó proporcionándole un terrible bocado que le arrancó de cuajo la esponjosa especie de cúpula. «Lo mejor de la madalena», se dijo, «lo más blandito».
Buscó en su habitación algo para leer, pero sólo trajo en el viaje esta novela de la que él es coprotagonista y que ya había hojeado, leído algunos trozos y abandonado en esta misma página porque no le gustaba. Se lamentó de su tiempo libre vacío de actividad: «Ya que pierdo el tiempo, por lo menos que no me aburra», pensó. Luego hizo mentalmente una lista de cosas que tenía que hacer ese día, y buscó un folio sucio para apuntarlas y que no se le olvidasen. Cogió de una lata de Coca-Cola sin tapa que había convertido en bote guardabolígrafos una pluma con un cartucho de tinta azul casi agotado, y anotó en una sola línea apaisada todo esto:
«Comprar: Pan, Prensa, Garrafa agua, Cupón de la 11, Cartuchos tinta, Paquete folios».
Luego, el tedio lo llevó a echar su firma en un huequecito. Antes de salir, se metió en la ducha y se acordó de su padre, de su madre y de una novia que tuvo. Pensando en alguna situación con ella se masturbó. Cuando terminó, salió de la bañera y la limpió de pelos y de los otros rastros con un potente chorro de agua fría. Razonó que había cumplido la recomendación de Antonio y se rió.
Como siempre hacía, miró el número en que había terminado el sorteo de la ONCE del día anterior y, para variar y poder hacerse millonarios de una vez, compró uno con una terminación distinta: «Déme uno que no acabe en cuatro», dijo al vendedor. «¿Te gusta éste?», le preguntó. «Ese mismo», contestó. «Son cien, ¿no?», añadió Paco. «Sí». «Pues tenga». «Ya lo puedes tirar, muchacho», le dijo el ciego. «¿Cómo?». «Que lo puedes tirar, que nunca toca». Paco se indignó y por la ventanilla le dijo: «No te jode», y se marchó. Se frotó el cupón en la chepa para darle suerte y rezó unas oraciones a San Pancracio mientras llegaba a la papelería.
—Hola, ¿me da 500 folios y un paquete de cartuchos de tinta azul?
No tenían tinta azul y tuvo que ser negra. Se le ocurrió que también necesitaba roja, pero la tendera le dijo que no, que la roja no la trabajaban. Por el camino compró el pan y en la misma tienda quitó conscientemente la mirada de las garrafas de agua para evitar el sobrepeso. Llegó al portal convencido de que había olvidado comprarla.
Como si en ello le fuera la vida, cuando llegó a casa colocó un cartucho negro en la pluma, mas como seguía escribiendo con lo que le pudiera quedar de azul, rellenó media cara de folio con la transición entre los dos colores:
«Azul azul azul todavía escribe azul vamos sal ya color negro azul azul azul sigue con el puto azul azul vamos coño negro azul azul azul azul azul azul negro quiero negro vamos venga hombre sal negro.
Estoy escribiendo para ver si sale ya el negro y me quedo tranquilo azul azul azul no quiero dos colores quiero uno quiero uniformidad venga venga uniformidad uniformidad uni-formi-dad coño.
Hombre ya parece que sale azul digo negro ya parece que sale negro negro negro . ¡Albricias, es negro!».
Luego trazó unas líneas horizontales en la mitad inferior del papel para confirmar la continuidad del negro. Continuó dibujando una espiral, una calavera, un par de banderas que se inventó sobre la marcha y un hombre vestido de pirata que sujetaba una de ellas. Le gustó su dibujo, dobló el folio por la mitad y lo clavó en la pared con una chincheta. «Bodegón», lo tituló, con una letra gótica. Contempló su habitación, tan personal, tan íntima, tan a su gusto, con la cabecera de la cama orientada al norte para conciliar bien el sueño, con la foto de sus padres en la mesa de estudio, con su colección de compactos colocados en una tabla de madera que había sujetado en la pared. Recordó a su padre, cuya muerte le pareció una pesadilla imposible, una mala broma de Dios, o de Alá, o de quien sea; quizás de alguna diosa malvada pero con el morbo de un cuerpo excitante y lleno de curvas. «Eso va a ser», imaginó Paco contemplando la foto, «papá estaba en lo alto del andamio y la cabrona de la diosa le atrajo hasta el vacío con sus encantos». Imaginó la silueta de la diosa y pensó que, posiblemente, él también la habría seguido. Luego razonó que vaya gilipollez y decidió bajar al Copito a tomar una caña y a leer la prensa local. Dejó una nota a Antonio en el mueble del hall: «Estoy en el Copito, que es el bar de dos portales más arriba».
El periódico lo tenían en ese momento dos policías que habían dejado las motos en la puerta del bar para hacer una pausa. Tomaba cada uno un botellín de cerveza sin alcohol, y Paco, tras pensar que «Claro, como están de servicio...», ocupó un taburete y apoyó los antebrazos en la barra. «Una cañita», pidió. «¿Qué quieres de tapa?», preguntó acto seguido el camarero. «Pisto», respondió. Paco sabía, por otros días que había bajado al bar, de la buena calidad del pisto del Copito. El estar en silencio y el no poder leer le hacían sentirse un poco solo. Afortunadamente, el camarero, que pasaba la bayeta por los aledaños de la caña de Paco, se dirigió a él:
—¿Qué eres, estudiante o algo así?
—Sí, de Filosofía. Tengo el piso aquí al lado, a la vuelta de la esquina, con un compañero.
—Me lo he imaginado. Como te he visto un par de días por aquí... Ahora es que se llena esto de estudiantes.
—Claro. Pues Francisco me llamo. Paco, vamos.
—Manolo —dijo el camarero—, si algún día necesitáis pan o lo que sea, ya sabes.
—Muchas gracias —contestó Paco, y le extendió la mano para estrecharla—. Os sale buenísimo el pisto.
—Sí, ¿verdad? Lo hace mi mujer. Además de pimiento y tal le echa calabacín. Igual que en Telepizza está en la masa, aquí el secreto está en el calabacín.
Rieron y Manolo se retiró a dejar limpio el lugar que habían ocupado los policías. Paco quedó nuevamente solo y alargó el brazo para coger el periódico. «Radio Popes inició ayer sus emisiones de prueba en Ciudad Real. El director de la emisora en la capital, Julio Antúnez, afirmó que el próximo viernes podrá sintonizarse con toda normalidad la programación de Madrid y que paulatinamente se irá acomodando la programación local», leyó Paco. Se tomó otra caña y, cuando salió del bar, se dirigió a la cabina a llamar por teléfono:
—¿Mamá? ¿Qué tal estás?
—[...]
—Estupendo, así te quiero ver. Oye, mira, que tengo en el cajón de mi mesita de noche un cuaderno con poesías y anotaciones...
—[...]
—Para que me lo mandes por Seur. Que me llegue mañana por la mañana, que me corre mucha prisa.
Hacía unos años que Paco se dirigió al director de la emisora local de su pueblo para ofrecerle un programa de radio. El director, por algún compromiso que tenía con su padre, lo recibió en su despacho, le dio esperanzas e incluso le hizo leer ante un micrófono el fragmento de un periódico para archivar su voz. «Ya te llamaré la semana que viene», le dijo, mas lo cierto es que cuando pasó un mes de silencio, Paco vio herido su amor propio y éste lo llevó a llenar unos folios con guiones e historias para cuando él, estaba seguro, ocupara tiempo y espacio hertzianamente hablando. Había perdido esos papeles, pero afortunadamente un feliz día se le ocurrió copiar en el cuaderno las palabras con las que decidió comenzar su primer espacio en las ondas. Intentó recordarlas, pero la carrerilla se le cortaba a la mitad y no era capaz de llegar al final: «Como sé que algún día tendré mi propio programa de radio, profetizo y escribo estas líneas muchos años antes de hoy, y... ¿y qué?», se lamentó, «¿cómo coños seguía?». Antes de subir a casa, compró una cinta de casete virgen por doscientas pesetas en una cercana tienda de todo a cien y cuando pagó se le vino a la cabeza el símbolo matemático que denota las contradicciones, que son dos flechas de sentidos opuestos encontradas en sus puntas. Le quitó el plástico mientras esperaba al ascensor y, ya en su habitación, con Antonio sin duda disfrutando por ahí de su primer día de cañas, decidió, aunque era la hora del almuerzo, posponerla y dedicarse a escribir, de momento en soporte tan electrónico como volátil, unas ideas y a elegir unas canciones que le sirvieran como guión para grabar en su minicadena lo que sería la maqueta con la que se presentaría en el despacho de Julio Antúnez.
Así que encendió el ordenador, entró en el procesador de textos, pinchó con el ratón en "Crear documento nuevo" y con la pantalla todavía en blanco se puso de pie, con las manos en las caderas y la cabeza a la distancia justa de los compactos para ojearlos con comodidad. Radio Popes y el cupón de la ONCE que, aunque compartido, podía hacerle millonario esa misma noche, inyectaron en Paco la pequeña dosis de ilusión que necesitaba.
«Me estoy cagando», pensó cuando ya tenía en la mano un compacto de ZZ Top. Entonces, aunque podía muy bien aguantar cinco minutos el apretón, prefirió no correr el riesgo y pasar fugazmente por el cuarto de baño.
III
La impaciencia le venció y decidió no esperar a mañana para saber qué es lo que mantenía escrito desde hacía años y que ya hoy quería utilizar. Buscó una forma de convencerse y concluyó que las ideas, como los vinos, mejoran con los años, y con la certeza de que su guión era una botella sin empezar y su cabeza una bodega oscura y fresca, continuó la frase así:
«Como sé que algún día tendré mi propio programa de radio, profetizo y escribo estas líneas muchos años antes de hoy, y os invito a olvidar el problema de Física que tratáis de resolver, a dejar el bolígrafo sobre la mesa y a recostaros sobre el respaldo de vuestra silla. Y a dejaros seducir por el saxo purísimo con que Coleman Hawkins quiere obsequiarnos».
Dejó de escribir, miró hacia arriba y localizó con la mirada el compacto referido. Dio una calada al cigarro que se había traído del váter. A continuación escribió «Aquí va Moonlight, de C.H.». Luego, tras pensar una hora de emisión adecuada, prosiguió así:
«Buenas noches. Son las diez y, aunque resulte ocioso decirlo porque este programa sólo se escucha en Ciudad Real y sus cercanías, las nueve en Canarias. Os diré que, así como la sequía es pertinaz, el guitarrista virtuoso, la repetición hasta la saciedad, el sino, triste, el siniestro siempre total, las formas de las piedras de la Ciudad Encantada caprichosas, mi deseo es que éste sea vuestro programa», y marcó y subrayó «vuestro» para saber que tendría que enfatizar su pronunciación.
Hizo una breve pausa, la misma que haría en el programa tras leer lo que acababa de escribir. «Aquí haré una breve pausa», pensó, y se le ocurrió añadir, tras «caprichosas», la frase «y la pausa, breve». Situó el cursor en la posición elegida, corrigió y regresó nuevamente al final del texto:
«Os habla Paco López, el hombre de nombre extranjero, y esto que escucháis es La hora de cenar, un nuevo programa que Radio Popes lanza al espacio para que algún incauto, como tú que me escuchas, lo sintonice y se quede con nosotros». Estaba indeciso; había pensado el nombre del programa sobre la marcha y no acababa de convencerle, pero pensó que ya habría tiempo de que se le ocurriese uno mejor. Calculó el tiempo de programa que consumiría la lectura de lo que ya llevaba escrito más la duración del tema musical que había colocado: de momento se ajustaba a sus previsiones. Continuó así:
«En este programa escucharéis la música que siempre deseáis encontrar en vuestro camino por el dial, las historias más sugerentes que vosotros mismos escribiréis, las entrevistas más personales a los sujetos menos sospechados... tal vez vengas tú y nos cuentes lo que piensas de la vida, de la política o de la poesía... quizás seas tú quien me acompañe aquí el próximo». Se detuvo; no había pensado en el día de emisión y aquí lo hizo y descartó el viernes porque uno de cada tres se iba a su pueblo, el jueves porque sale de marcha por las noches, el miércoles por ser el día del espectador, y el martes por haber sesión golfa, también en el cine, a partir de las doce. «Está bien lo de la sesión golfa», pensó, «por cuatrocientas ves tu peli y te dan una Pepsi. A ver si voy la semana que viene». Luego cayó en que a las doce le daba tiempo de sobra para llegar al cine tras acabar el programa, «que aquí en Ciudad Real no hay distancias», y halló que La hora golfa sería un buen nombre para su programa. «Pues sí, La hora golfa se llamará», y, tal y como antes, ascendió por la pantalla como una salamandra hasta el texto que debía sustituir, y así lo hizo. Releyó todo y se sintió satisfecho. Antes de seguir, encontró que posiblemente los lunes serían el mejor día de emisión, pues los estudiantes acaban de llegar de sus respectivos hogares al frío piso o a la oscura pensión y quizá se vean más necesitados del mimo del calor humano que los restantes días de la semana. Así que, con este día elegido como definitivo, continuó la frase:
«...quizás seas tú quien me acompañe aquí el próximo lunes. Pondremos tu música, tus canciones, nos contarás cómo vives». Tuvo que parar, porque la puerta de la calle se abrió y escuchó cómo Antonio corría por el pasillo hacia su habitación: antes de que la alcanzase, y para evitar que su proyecto fuera descubierto, destapó sobre lo que llevaba escrito una pantalla en blanco de nuevo documento. Pero Antonio no venía con intenciones de cotillear:
—Paco, déjame algo para leer, que me estoy cagando.
—Pues mira, encima de mi mesa hay una novela que me encontré en la estación el día que me vine. Ni la he mirado, pero a lo mejor hasta es buena.
La novela era esta novela, con ellos dos como personajes principales, y Antonio se sentó calmado y a tiempo en la taza, sabedor de que Paco había estado allí mismo muy recientemente. «Podía haber ventilao», pensó, y provocó unas corrientes con la mano. Tras mirar sin leer el resumen de la contraportada, la hojeó por encima y abrió por una página al azar. «Qué casualidad», se dijo, «Antonio y Paco, que se llaman». Luego, conforme se detenía en la lectura de algunos fragmentos, su sorpresa inicial empezó a transformarse en incredulidad, porque leyó párrafos que contaban situaciones que había vivido junto a Paco el día anterior.
Se pellizcó incluso para ver que no soñaba, al ruborizarse por ver retratado su estado actual: sentado en el váter, primero satisfecho por haber llegado al aseo con el cuerpo dominado hasta el instante crítico, luego sonrojado por descubrir que ese momento tan discreto de su vida ya estaba escrito. Retrocedió unas líneas y se vio llegar corriendo y pedirle a Paco algo para leer. Fue hasta el principio y leyó su llegada al piso, el modo en que aparcó el coche, los cubatas que se tomó con Paco y los momentos en que recordó cómo conoció a Orlando Azcárate. Leyó también el cuento del puente, que hasta entonces creía inédito, y luego, desde su inodoro asiento, siguió a Paco a comprar el cupón que no terminaba en cuatro, la tinta, los folios y vio cómo esquivaba el peso del agua mineral al dejar de comprarla. Leyó que su amigo se hacía una paja, que acababa de estar en el Copito tomando una caña y que le ocultaba la idea de presentarse a Julio Antúnez con una maqueta.
Se limpió con papel y se lavó en el bidé. Cuando, de pie en el lavabo, leyó lo que acababa de hacer, miró hacia el techo y a ambos lados, como si por ahí rondara el autor de estas páginas y le lanzó una mueca malvada. Aturdido, y con un enorme deseo que tuvo que contener de continuar leyendo, dobló el pico de esta hoja y cerró el libro tras leer el final de este párrafo.
Rabioso por
descubrir que todos sus actos estaban ya predestinados, pensó: «Pero a
ver por qué cojones voy a tener que doblar el pico. Voy a señalar la página
con un trozo de papel higiénico, que eso no está escrito en el puto libro».
Pero evidentemente, cuando más tarde retomara la lectura, comprendería
que estaba equivocado.
Venció el impulso inicial de entrar corriendo en la habitación de Paco y contarle todo lo que sabía y decirle que era un gilipollas por haber dejado de leer el libro que predice sus vidas. «A lo mejor no las predice y se va escribiendo él solo en tiempo real», e imaginó que una pluma de ave se deslizaba autónoma sobre el papel blanco al mismo ritmo al que avanzaban sus vidas. «A lo mejor es sólo una puta casualidad y el resto del libro ya no se parece en nada», pensó después y, para confirmar esta posibilidad, se metió en su habitación y abrió la novela por la página que tenía marcada: comprobó que ya estaba previsto que la indicase con el papel higiénico y resopló con resignación. Continuó leyendo a gran velocidad, saltándose los textos entrecomillados que hay más arriba y descubrió aquí que el cuponazo volvía, como el día anterior, a terminar en cuatro.
Intentó encontrar una explicación lógica a lo que le estaba pasando, y lo único razonable que se le ocurrió fue que se le estuviera repitiendo algún cuadro alucinógeno provocado alguna vez por una pastilla de LSD o por un speed; pero repasó una a una todas las fiestas y todas las borracheras de su vida y recordó que las pocas ocasiones en que había cruzado la barrera del tabaco y del alcohol fueron para fumarse un porro. Nunca se lo planteó, pero ahora deseaba ser bakaladero de los de la ruta de Valencia para ponerse hasta el culo de pirulas y poder creer que alucinaba y que no existían ni Paco, ni Orlando Azcárate, ni su flamante Seat 124 ni este puto libro. Tal vez tuviera ganas de llorar: ni él mismo lo sabía. Se sentía desdichado, marioneta, pelele, y pensó otros sinónimos como guiñol, muñeco y títere, cuya equivalencia confirmó con un diccionario de sinónimos que utilizaba para escribir sus cuentos. Había más, en total veintiuno, y halló que había por lo menos veintiuna formas de describir su infeliz existencia. «Ojalá y esto dure poco», pensó.
Miró
otras entradas en el diccionario de sinónimos: pene, puta, rojo y culo,
y la mente se le había evadido un poco cuando lo dejó sobre la cama y,
algo más calmado, siguió leyendo la novela. Algo le alegró comprender,
gracias a estas líneas, que se hallaba en una situación privilegiada.
Podía, si lo deseaba, anticiparse a los actos de Paco, saber cuándo le
mentía y cuándo no, cuándo se levantaba, cuándo estudiaba, cuántas pajas
se hacía, qué le dolía, qué pensaba; sabía, por otra parte, que Paco ni
siquiera había hojeado la novela e intuía que tampoco sospechaba nada
acerca del poder potencial que ésta encerraba, pero estas líneas no le
confirmaron este extremo, pues aquí el autor dejó sin resolverle si Paco
estaba al tanto de todo y fingía no saber nada. Nuevamente dejó de leer
en este punto y ni señaló la página ni hostias: «Que sea lo que Dios quiera»,
pensó. «Bueno, ¿y quién coño ha escrito esto?», se le ocurrió. No se había
preocupado de conocer a su biógrafo y no supo qué pensar cuando miró la
portada y, bajo el título, en letra más menuda, leyó: por Orlando Azcárate . «Orlando
Azcárate, valiente cabrón. ¿Qué te he hecho yo para que me hagas esto...?»,
preguntó antes de ver la fotografía del escritor en la solapa, cuyos hombros
encogidos y su estúpida sonrisa conjugaban un gesto burlesco que Antonio
despreció.
—¿Estás hablando
solo? —le preguntó Paco desde su habitación.
—¿Eh? No,
no —respondió—. Oye, he estao esta mañana con Hermilo, Germán,
el Urbas y todos éstos, y a las diez hemos quedado aquí para hacer
un botellón.
—Puta madre.
¿Cuándo se compra?
—Me han dado
las pelas. Cien duros hemos puesto cada uno. ¿Nos vamos al Eroski a comprar,
que hay oferta de Justerini?
—Venga. ¿Me
dejas conducir?
—Bueno.
En el coche,
Antonio y Paco fueron pensando en silencio si revelaban al otro sus respectivos
secretos. «Es que si se lo digo, se va a cachondear de mí, pero la verdad
es que es uno de mis sueños ser locutor de radio. ¿Él a mí me lo contaría...?
Seguro que sí», pensaba Paco. «Es increíble», se decía Antonio, «no puede
ser que todo esté..., joder, es que no puede estar todo escrito y previsto.
Se lo puedo contar, y aunque de momento me diga gilipollas, luego en casa
lo ve y ya se convencerá. Ahora bien, el cabrón no ha tenido confianza
para contarme lo de la radio. Que se joda».
—Pues sabes,
Toni, lo que he estado escribiendo esta tarde... —preguntó Paco.
—¿El qué?
—Un guión
para un programa de radio. Es que van a montar aquí una emisora de Radio
Popes, con programación local propia y tal, y como a mí siempre me ha
gustado mucho ese mundillo... se lo voy a llevar al director de la emisora.
—Muy buena
idea —dijo Antonio, molesto por haber pensado mal de su compañero, y arriesgó
así—: si te digo la verdad, me he imaginado algo de eso. ¿Y cómo va a
ser?
Paco se sorprendió
un poco: «¿Cómo que se ha imaginado algo de eso?».
—Pues yo
quiero que sea un programa nocturno; los lunes de diez a once, si puede
ser. Con música buena, de la que a mí me gusta. También quiero que se
lean cuentecillos cortos y que haya alguna entrevista.
—¿Entrevistas,
a quién?
—No sé...
A gente intrascendente, que no pinte nada. A ti, o a mí, o al Urbas.
—Hombre,
gracias por lo de que no pinto nada.
—Ya me entiendes.
—Que sí,
hombre. Podría llamarse «La hora de cenar» —aventuró Antonio sobre seguro,
consciente del pequeño impacto que provocaría en Paco.
—Joder, qué
casualidad —y miró a Antonio, quitando la vista de los coches que se iban
parando en un semáforo delante de él—. Ese mismo nombre había pensado
yo —ante un gesto de Antonio miró hacia delante y frenó bruscamente, quedándose
a escasos centímetros del coche que le precedía. Miró a Antonio con cara
de reo arrepentido que pide clemencia—. Pero luego se lo he cambiado.
«La hora golfa», le he puesto.
—Mucho mejor.
—¿Lo meto
en el parking?
—Mejor en
la calle.
Lo aparcó
en un hueco muy ajustado, justo bajo el cartel que nombra la calle Holanda.
—Anda, que
también, llamar a todas las calles del barrio éste con nombres de países
europeos... Holanda, Reino Unido, Francia... —opinó Antonio.
—¿Y cómo
las vas a llamar? Tú imagínate que eres el tío del exmo ayuntamiento
que les pone nombre a las calles. ¿Qué ibas a hacer, ponerle a ésta calle
del Chopo y a aquélla calle del Río? Es mejor así, porque si tienes que
ir a la calle, yo qué sé, Italia, pues ya sabes que cae por este barrio.
—Si ya lo
sé, coño. Pero digo, que ya que te lías a poner nombres de países, pues
te fijas en Sudamérica, que los tienen mucho más bonitos. Y además, con
ellos tenemos muchas más cosas en común que con la puta Europa. Fíjate:
Uruguay, Paraguay, Honduras, Guatemala, México. No me digas que no son
mucho más sonoros.
—Sí —se convenció
Paco tras escuchar el especial tono con que los moduló Antonio—. Nicaragua,
Panamá, Argentina, Chile... —y pronunció «Nicaragua» deteniéndose en todas
sus consonantes y «Chile» alargando la che—, son más musicales. Llevas
razón. A mí, la verdad, los europeos me tocan más o menos los cojones.
IV
Salieron
del supermercado del centro comercial con varias bolsas llenas de botellas
de Justerini, hielo, refrescos y una litrona para el Urbas. Decidieron
gastarse lo poco que les había sobrado en un bar de la parte de tiendas.
—Dos botellines,
por favor. Hostia, si yo no he comido —recordó Paco—. Y un pincho de tortilla.
—¿Y entonces,
cuándo le vas a llevar a Julio Antúnez la maqueta?
—¡Anda! ¿Por
qué sabes tú que se llama Julio Antúnez y que le voy a llevar una maqueta?
Antonio se
impresionó un poco porque interpretó que su poder de predicción se le
escapaba ligeramente de las manos, pero luego pensó que sería normal que
en un principio le ocurriese así, y que lo único que le hacía falta era
experiencia para controlarlo.
—Pues no
sé... Me lo habrás dicho tú. O me sonaría lo de Julio Antúnez —dejó deliberadamente
de responder a lo de la maqueta para ayudar, en la medida de lo posible,
a que Paco olvidase el extraño.
—Joder, macho.
Hoy me estás adivinando el pensamiento.
¨
¨ ¨
A las nueve
y media fueron llegando los amigos más cercanos para estrenar los hígados
e ir comenzando a sembrar un poco de confusión entre las neuronas. «¿Qué
pasa? ¿Qué pasa?», decían todos según iban llegando con voz de macarra.
Hubo abrazos efusivos, palmadas en el hombro, cariñosos puñetazos en el
estómago que dejaron sin respiración al Urbas, pares de besos proporcionados
a las chicas según iban llegando... A las diez y cuarto ya estaban todos
los que se esperaban, y a y dieciséis todos tenían servido, al menos,
su primer cubata; todos, menos el Urbas, que prefería disfrutar primero
de su litro fresquito de cerveza y dejar lo fuerte para más tarde.
—¿Os habéis
dado cuenta de lo buena que está Mónica? —observó el Urbas a los amigos
que con él hacían corrillo.
Y era verdad.
Si ya era una chica guapa de por sí, Mónica venía hoy con una falda corta
de cuadros escoceses, un jersey negro ajustado —«Joder, qué tetas tiene»,
comentó Antonio— y una chaquetilla de cuero rojo envejecido que se le
entallaba en la cintura. Antonio todavía no se había acercado a saludarla
y decidió hacerlo en este momento:
—¡Mónica!
—dijo semicantando. Se besaron las mejillas mutuamente—. Joder, qué guapa
vienes. Ya te podemos poner en la lista con San Pedro, Santiago, la Catedral
y la Puerta de Toledo.
—En la lista
de qué —preguntó con modestia.
—De monumentos
nacionales.
—Muchas gracias, Antonio.
Tú también estás muy guapo.
Y también era cierto. Se
había puesto una camisa de leñador y un chalequillo negro sobre ésta.
Si no fuera por la vergüenza, también se habría puesto un corbata anudada
con el doble Wilson para que el nudo se le quedara grueso y saliente,
y un sombrero blanco con una franja negra, y se habría cambiado la camisa
y el chaleco que llevaba por otra camisa y otro chaleco a juego de un
traje, y habría dejado en el armario las botas de cuero abrillantadas
para ponerse unos zapatos de ante marrón con puntera labrada, y habría
escamoteado en una pistolera bajo la axila un 45 largo; de este modo vestiría
como Kevin Costner en «Los intocables de Elliot Ness», o como el abogado
de «Homicidio en primer grado», o como el malo en «The cotton club». Ésa
era una forma de vestir que él anhelaba, que deseaba que volviera, que
quería que no hubiese desaparecido nunca; y creía que la Ley Seca era
una norma necesaria para volver al romanticismo de entrar en clubes clandestinos
a beber escondidamente protegidos por un matón con cicatriz en la cara,
clavel rojo en la solapa y metralleta de cargador redondo. Pero los tiempos
habían cambiado, y pensó que a él no le habría gustado que Mónica hubiese
venido fumando en una pipa larga, ni que hubiese ocultado sus pestañas
bajo unas postizas, ni que trajera un vestido corto de lentejuelas doradas
muy escotado y con tirillas de tela por abajo a modo de volantes, ni que
hubiese traído un diminuto revólver de una sola bala y pequeño calibre
escondido en un ridículo bolsito. Y entonces despertó y volvió a la realidad,
convencido de que no eran Bonnie and Clyde, y le dijo a Mónica que no
pasaba nada porque no le hubiera dado el pésame a Paco, que era normal
que le diera corte, y le dijo que sí, que a la gente le gusta sentirse
acompañada cuando se te muere un ser querido, porque parece que diluyes
un poco el dolor entre todos los presentes, y uno se reconforta y se llena
de orgullo viendo a tanta gente que da el último adiós al difunto y le
demuestra su aprecio; pero que de todas formas no se preocupase, porque
era normal, y que Paco estaba bien, que lo superaba, que sólo de vez en
cuando lo notaba triste, y que su madre es la que peor está, que además
a veces se queda sola y que eso debe de ser muy fuerte, y Mónica dijo
que sí, que imagínate, acostarte sola en una cama tan grande y saber que
tu marido no es que esté viendo la tele en el salón o limpiándose los
dientes en el cuarto de baño, sino que se ha ido para siempre y no va
a volver jamás.
—Por eso es comprensible
que uno, por muy ateo que sea, apele a Dios, o a lo sobrenatural, o llámalo
como quieras, cuando te pasa una desgracia como ésa. Es una cosa tan enorme
que te lleva a buscar consuelo por ahí arriba. En fin, ley de vida.
—¿Tú es que vas a misa? —preguntó
Mónica a Antonio, y éste, que empezaba a notar algo más que simple atracción
física por la chica, quiso contestarle de manera que no le pareciese un
santo beato ni un completísimo anticristo. Mintió un poco con lo que se
le iba ocurriendo sobre la marcha:
—No. En primero o segundo
de BUP dejé de ir. Lo que sí hago es rezar de vez en cuando. Pero a misa
no voy.
Se callaron un rato y Mónica
torció ligeramente la cabeza hacia un lado y la volvió a poner derecha,
como diciendo que comprendía. El silencio parecía haberles alcanzado,
y tras terminar cada uno su respectivo cubata con un último sorbo, Antonio
preguntó:
—¿Y tú? ¿Vas tú a misa?
—No. Hace mucho que no. Yo
no llegué a confirmarme.
—Yo tampoco.
Volvieron a callarse. Antonio,
viendo que sus vasos tenían sólo hielo, propuso a Mónica acercarse a la
mesa para rellenarlos. Cuando lo hicieron, se dirigieron al grupo en el
que estaba Paco, y Mónica se acercó a hablar con su amiga Elena. Antonio
se quedó ausente, sin escuchar la conversación de fútbol que mantenían
sus amigos. Pensaba en Mónica, en que le gustaba coincidir con ella en
no haberse confirmado y en no ir a misa, y pensó que le gustaría ir descubriendo
los otros aspectos que, seguro, sin saberlo compartían. Como si del microprocesador
de un ordenador se tratase, Antonio recibió de repente una interrupción
que le hizo dedicar su actividad cerebral a desear cambiar de música y
escuchar el compacto de Paco de Pulp Fiction. Cuando lo puso y comenzó
a bailar como John Travolta la canción «You never can tell», pasándose
los dedos índice y medio junto a la nariz, todos dirigieron sus miradas
hacia él, que dejó de bailar y logró que empezaran a hablar de la película.
—A mí no me gustó nada —dijo
Mónica—. Me pareció superdesagradable, con tanto tiro, tanta sangre y
tanto muerto.
—Bueno, mujer —le dijo Paco—.
Sabes que es una película y que es mentira. O sea, que cuando le pegan
el tiro a John Travolta y se desangra, quien muere realmente es un personaje
de ficción, no él.
Antonio escuchaba y pensó
que él compartía la opinión de Paco, pero luego se convenció de que el
cine, al fin y al cabo, es una manera de transportarte a otro lugar, a
otro ambiente, y se imaginó a él solo en el centro de una sala oscura
rodeado de altavoces, comiendo palomitas y encogido en su asiento para
guarecerse de los disparos que veía y oía pasar de un lado a otro. Entonces
recordó que él lloró en E.T. y que pasó miedo con Psicosis, y que casi
sintió dolor cuando a los acusados de El Crimen de Cuenca les levantaban
las uñas y les colgaban de los testículos; y no obstante sabía que lo
que veía era mentira, por lo que se encontró con que Paco no tenía razón
y que seguro que éste también se emocionó cuando Gabino Diego le dio a
Jorge Sanz el billete para que se fuese a París con Ariadna Gil, y que
también concluyó que Rick no era duro, sino noble o quizás tonto, cuando
eligió quedarse en Casablanca y dejar que su amor escapara en el avión
de Lisboa con Victor Laszlo, y que claro que Paco también pensaba que
aquél «era el comienzo de una gran amistad». Y pensó entonces que esos
mundos con esas historias maravillosas eran mentira, eran ficción, igual
que Don Quijote y Sancho y la aldeíta de Macondo; igual que Orlando Azcárate
y, dedujo horrorizado, igual que él.
V
Mónica se le acercó. «¿En qué piensas?», le dijo. «En nada», contestó, «escucho a éstos». Pero Antonio en verdad sentía miedo, mucho miedo; miedo por saber que sus actos dependían de lo que a Orlando Azcárate se le pudiese ir atravesando: que un día se hartase de él y decidiese matarlo de un plumazo, simplemente escribiendo «Y Antonio murió»; o de que condujera su vida hacia cauces peligrosos, o de que le convirtiese en drogadicto, o en suicida, o en asesino, o en vagabundo, o en huérfano. Deseó huir de allí, matar a Orlando Azcárate, llorar, contárselo a Mónica. Ésta, que también estudiaba Teleco, pero un curso menos que Antonio, le pidió los apuntes de Materiales.
—Sí que los tengo. Si la hubiera aprobado te los daría; pero el cabroncete me ha vuelto a tirar.
—Anda, yo creía que te la habías quitado ahora en setiembre.
—Qué va. Es la única que he suspendido de las cuatro que me quedaron.
—Pues un día me paso por aquí y me los llevo a fotocopiar.
—Hoy mismo. Luego, cuando nos vayamos, te los llevas.
—Pero no voy a ir tirando de ellos toda la noche.
—Ya —y aquí vio Antonio una oportunidad—, pero nos vamos en el coche y los dejas dentro. Y luego, cuando te vayas a tu casa, te acerco y te los subes.
—Estupendo. Muchas gracias. Eres un solete, Antonio.
—Y si quieres también, pues algunos días quedamos para estudiar juntos, o para que te explique Materiales, que, aunque he suspendido, me la sé de memoria. O para estudiar otra cosa, o para lo que sea.
—¿Para ir al cine? —preguntó ella, y Antonio olvidó su problema y se llenó de emoción.
—Para ir al cine.
Brindaron para sellar sus pactos y ella propuso ir el martes a la sesión golfa para ver «Un paseo por las nubes». «Vale», le dijo Antonio, y luego pensó que quizás sería demasiado pastelón y que él prefería ver «El día de la Bestia», pero lo guardó en secreto para no displacerla. Deseó salir ya a la calle para enseñarle los apuntes a Mónica y que montase en su coche, y que viera que es un conductor muy prudente, y darle tiempo para que ella le conociera mejor y se enamorara de él, como él ya estaba de ella. Miró a la mesa de las bebidas para ver el rato que todavía les quedaba allí, y por una función matemática que convierte los decilitros de whisky en unidades de tiempo dedujo que sólo un culo en una botella no representaba más de un cuarto de hora.
Y así fue, porque enseguida Hermilo repartió entre él y el Urbas el poco alcohol que quedaba. Diez minutos después acordaron dirigirse a seguir bebiendo en el Torreón, y entonces Mónica le dijo a Antonio «¿Me das eso?», y él le dijo «Ven», y los dos fueron a su cuarto. Antonio se alegró de no haber tenido tiempo de colgar el póster de Claudia Schiffer en su pared y de que éste permaneciese enrollado encima de un armario. Buscó la carpeta rotulada « Tecnología de Materiales Electrónicos» con los apuntes del curso anterior y, aunque no era necesario, se sentaron en la cama para que Antonio le explicase a Mónica cómo estaban distribuidos, qué era lo más importante y señalarle que al final tenía resúmenes y ejercicios resueltos de todos los temas. Cerraron la carpeta entre los dos y se rozaron las manos durante un instante cuya duración ambos ampliaron a propósito. Permanecieron sentados todavía unos segundos y los dos desearon cogerse las manos y darse un beso; pero él no se atrevió y ella no lo intentó. Ninguno quiso levantarse cuando lo hicieron. Desearon que los demás se fueran para quedarse ellos solos, pero tampoco se arriesgaron a decírselo.
En los bares, Antonio y Mónica estuvieron juntos, pero no solos, casi todo el rato. Cuando se acordaba, él oteaba a su alrededor, buscando con la mirada a Orlando Azcárate. «Es joven, tiene que haber salido y estar por aquí», pensaba. Mónica le había hecho olvidarse de su miedo, pero no de estar pendiente, y lo que él más quería era llegar a casa para avanzar en la lectura del libro hasta el final de la noche y ver lo que Mónica pensaba de él. «Si es que lo pone», pensó, «que igual el gilipollas del Orlando ha dedicado el capítulo a hablar de Paco». Luego se retractó: «No voy a decir que es un gilipollas, que se puede cabrear y borrarme». Más tarde se convenció de que él, al fin y al cabo, diría lo que Orlando quisiera: «Así que qué más da».
Paco, mientras tanto, comprendió que a Antonio realmente le gustaba Mónica, y deseó francamente que ella también le quisiese a él. Se alegró con el pensamiento de que ambos se hiciesen novios. Quería lo mejor para su mejor amigo.
Continuaron bebiendo, pidiendo por la ventana del bar que daba a la calle minis de whisky con Coca-Cola para los más audaces, y de tinto de verano para los menos. Los más sobrios aprovecharon el puntito que llevaban para hacer reír a los demás mostrando sus habilidades: Urbas dominaba el arte de las sombras chinescas; Mónica era capaz de mover los ojos hacia extremos opuestos y hacerlos girar sin que en ningún momento coincidiesen mirando al mismo punto; Antonio, además de mover las orejas, imitaba más de treinta voces diferentes; Hermilo conocía tres o cuatro juegos de cartas y siempre llevaba con él una baraja. Éste fue el primero en arrancar las risas, engañando al Urbas y haciéndole elegir una carta, mostrarla a todos los presentes, devolvérsela al mago, guardar éste el mazo en el bolsillo de su pantalón y sacar luego la carta elegida del bolsillo de la camisa. Urbas le devolvió su afrenta realizando una composición con los dedos que le llevó cierto tiempo, pero en cuya sombra podía adivinarse, aunque muy levemente porque la luz llegaba difuminada, el rostro de Hermilo. Mónica hizo que se concentrase la atención en ella rogando insistentemente silencio para, una vez conseguido, dirigirse a todos con una frase sin sentido, pero con un ojo mirando a la derecha y el otro a la izquierda.
—Pasa el mini, Hermilo, que huele a muñón —le pidió Antonio un rato después y, cuando se lo entregó y bebió, le preguntó—: Por cierto, ¿dónde tienes el piso este año, que vayamos alguna noche a jugarnos los cuartos al Monopoly?
—Pues a tomar por culo de la Facultad: en Perú, 1, esquina a la calle Argentina. ¿Sabes dónde?
—No —dijo Antonio, golpeado por el pensamiento de que todo aquello era un sueño o una confabulación, pues recordaba su conversación con Paco de unas horas antes.
—Orilla del Recinto Ferial. Argentina es la que pasa por detrás del Auditorio, y Perú una perpendicular —explicó Hermilo—. Tenemos un bar abajo que ya nos hemos hecho coleguitas del camarero, y por veinte papeles al mes que pagamos cada uno, nos vale la pena.
Antonio no escuchó la explicación. Buceaba ya en un submundo que creía imposible. «¿Lo sabrán todo, estos tíos?», se preguntó, «¿serán todos putos cómplices de Orlando? ¿Estarán aquí para volverme loco?», y lanzó a Hermilo una involuntaria mirada retadora que sorprendió a éste.
—Anda, dame el cubalitro y no me pongas esa cara, macho, que parece que te moleste que me salga tan barato —contestó el aludido, y acabó casi de un sorbo el casi medio mini de combinado que Antonio le pasó mecánicamente—. Gastos comunes incluidos, calefacción central y portera cuarentona que está buena. Te lo digo pa que te joda más –y alzó el vaso para meterse un hielo en la boca.
VI
Justo cuando el cielo empezó a resquebrajarse para dejar caer las primeras lluvias en varios meses y cuando la gente que abarrotaba la calle se acercó a los edificios para protegerse bajo los toldos y las cornisas, muchos bares comenzaron a apagar las luces y a bajar la música para hacer saber a sus clientes que pasaba ya un rato de las tres y que, de acuerdo con la ordenanza municipal, debían haber cerrado ya sus puertas.
A Paco le gustaba el español doblado de las películas americanas y, así, insultaba en ocasiones diciendo «bastardo», y ahora propuso cruzarse al discopub a tomar «el penúltimo trago». Todos, salvo Mónica y Antonio —que no contestó, esperando la respuesta de su amiga—, se mostraron conformes con la idea.
—Nosotros nos vamos, que voy a llevarla a su casa —dijo Antonio a Paco, acercándose a su oído.
—Suerte —le contestó sonriente, y le apretó el brazo por encima del codo.
Se despidieron de todos y se dirigieron hacia el coche. La lluvia era buena para el campo y para el pantano: si siguiera tal y como estaba cayendo durante varios días, sin duda se terminarían las restricciones. Y también era buena para Antonio y Mónica, que no habían llevado paraguas. Mónica encontró una buena coartada para caminar pegadita a Antonio, forzándole a acercarse a las paredes para que los edificios les hicieran de techo. Cuando doblaban una esquina y cambiaba el sentido de la lluvia, Mónica intentaba guarecerse cogiéndose del brazo de Antonio, que decidió por fin protegerla abriendo y elevando una mitad de su anorak para que la cabeza de Mónica quedase cubierta y dejando una mano ahí para que no se bajase. Avanzaron así unos pasos y Mónica deslizó su brazo izquierdo, bajo el impermeable, hasta el lado que más lejos le quedaba de la cintura de Antonio, que por fin se atrevió a hacerle saber que estaba allí con ella, pues bajó la mano que sujetaba el anorak, pero todavía por encima de éste, hasta el cuello, y la mantuvo ahí sin hacer presión, dejando que las yemas de sus dedos largos rozaran con cada paso el pelo humedecido de Mónica. Continuaron andando en silencio, ella disfrutando de ese primer contacto físico, comparando el calor que Antonio desprendía con el agua fría que se empeñaba en mojarles, y él dando a su mano la libertad suficiente para dejarla avanzar y tocar la mejilla mojada de Mónica con el dorso de sus dedos y permitiéndoles dar pequeños pellizcos. Ni él ni ella dijeron nada, pero ambos advirtieron cómo el corazón les botaba en la caja. Escampó, y Antonio volvió a colocarse el anorak en su posición original. Mónica retiró la mano al percibir este gesto, pensando que tendrían que volver a caminar separados, pero Antonio volvió la suya al cuello de Mónica, queriendo secarle el pelo con suaves tirones que la estimularon, y ella también colocó nuevamente su mano en la cintura de él. Entre intervalos de diálogos en los que no se atrevían a decir lo que querían y de silencios muy significativos llegaron a la explanada sin iluminar en la que habían dejado el coche. Según se acercaban, Antonio fue dudando si debía abrir primero su puerta y, desde dentro, subir el seguro de la del copiloto, o meter primero la llave en la de Mónica, abrirle su puerta y cerrársela cuando se hubiese acomodado en el sillón; él quería hacer esto último, pero pensó que posiblemente era un signo de educación antiguo, extemporáneo, que muy bien le habría servido si hubiera ido con su traje, su sombrero y su chaleco, si su automóvil no fuera un cascado Seat 124, sino un flamante Ford vetusto con faros redondos, pescantes laterales para ametrallar desde ellos a los miembros de la banda contraria, llantas radiales cromadas en plata, ruedas blancas y la de repuesto sobre el guardabarros delantero cubierta con una funda de lona. «Qué putada de época», pensó, pero luego recordó que si Faroni «razonó que la levita había pasado de moda, pero no así el anacronismo» y al final se la puso, aquella noche lluviosa del último trimestre de 1995 muy bien podía ser la víspera del jueves negro de 1929 y, esa pequeña capital española, la ciudad de Chicago. «Todo es cuestión de imaginación, como yo». Entonces, cuando ya la cabeza parecía que iba a comenzar a echarle humo de tantos engranajes que había unido para encontrar una excusa, la lluvia reapareció fuertemente y Antonio pensó que ésta era sin duda un tupido velo que corrió Orlando Azcárate para no tener que seguir describiendo sus ridículos pensamientos. Se cogieron de la mano y corrieron, sin pensarlo un instante, a la puerta de Mónica, y Antonio la abrió, dejó que pasara, que se acomodara, la cerró, se empapó, metió el pie en el charco formado por una alcantarilla atascada, se cagó en la puta porque el agua se le filtró hasta el calcetín y, finalmente, entró sin más vicisitudes en el coche.
Arrancaron. Al llegar al portal de Mónica, Antonio, como la lluvia, se detuvo. Se miraron. «Bueno», dijeron con un fondo de tristeza porque aquello se acababa. «¿Me alcanzas los apuntes?», dijo ella. Él estiró el brazo hasta la bandeja trasera y le dio la carpeta. Ella abrió y salió, y él, creyéndose una recta paralela, la imitó. Mónica sacó su llave y se subió al escaloncillo de su portal, de tal forma que quedaban así a idénticas alturas. Antonio le cogió las manos y se armó de valor: «¿Quieres salir conmigo?», le preguntó. Ella se las apretó y tardó en responder: «Buff, creí que no me lo ibas a decir nunca». Se tomó otra pausa. «Claro que sí», añadió. Entonces, Antonio abandonó las manos de Mónica y la abrazó pasándole los brazos tras el cuello, y ella hizo lo mismo cogiéndole de la cintura y apoyando su cabeza, de lado, en el pecho de él. Hicieron fuerza, valorando sus cuerpos. Mónica percibió los fuertes latidos que movían el tórax de Antonio y se llenó de sentimientos de alborozo. Giró la cabeza y le dio un beso a través del bolsillo de la camisa que quiso que le llegara a ese corazón tan bonito. Él la besó en el pelo, y después intercambiaron sin pactarlo las posiciones de las manos para prepararse para el paso siguiente: ella miró hacia arriba y se besaron en los labios durante un segundo. «Llevaba mucho tiempo esperando este momento», dijo Antonio. Mónica lo apretó aún más. «Yo también. Qué pena de tiempo perdido», le dijo, y le besó. «¿Vas a ir a clase mañana?», le preguntó Mónica. «No», dijo Antonio, «me quedaré durmiendo hasta tarde. Pero, si quieres, nos vemos a la una en la cantina de la Escuela». «Vale». Mónica se fue para dentro sin dejar de tocar la mano de Antonio, con la cabeza vuelta hacia atrás y un brillo de felicidad en los ojos. La volvió a poner derecha un instante después de que la distancia que les separaba les obligara a perder el contacto de sus dedos.
Antonio se fue para casa con la plenitud del enamorado que ha recién logrado su objetivo fundamental. Sacó de la guantera una de las dos cintas con rocanroles seleccionados por él mismo desde hacía años. Subió el volumen a tope y aparcó cerca de su casa acompañando con su voz a los viejos Leño e intentando lograr el mismo deje entre ronco y aguardentoso que su vocalista:
No pienses que estoy muy triste
Si no me ves sonreír
Es simplemente despiste
Maneras de vivir
Subió en el ascensor cantando y bailando frente al espejo la continuidad de la canción, y llegó a la casa vacía con el único deseo de tomar esta novela entre las manos y conocer de primera mano los auténticos sentimientos de Mónica. Le alegró saber que en verdad eran recíprocos, y descubrió con entusiasmo que Paco le consideraba, como también él, su mejor amigo. Recordó, cuando leyó cómo se despedía de Mónica, que había quedado a la una con ella, y para asegurar su llegada a la cita programó un despertador para las doce y media que imitaba a un gallo gritando «kikirikí» y que anunciaba a continuación la hora en un castellano cibernético con voz femenina, repitiéndolo todo cada dos minutos si no se lo neutralizaba moviendo un interruptor de difícil acceso. Retomó el libro y huyó de la tentación de continuar leyendo para saber qué pasaría en los días sucesivos, o incluso leer hasta el final para ver si éste era feliz o infeliz, si moría o dejaba los estudios, si pasaba tal o cual o qué coño. Pero prefirió quedarse con la intriga y tumbado boca arriba en la cama, con la ventana abierta y la habitación iluminada únicamente por la luz del flexo, que abría canales en el aire por los que circulaban las motas de polvo y los arabescos del humo de su cigarro.
A las seis, segundos después de haber perdido la conciencia por el sueño, volvió a recuperarla momentáneamente al oír cómo Paco llegaba chocándose con las paredes, silbando y riéndose. «Vaya castaña se ha cogido», pensó, y retomó el hilo de su letargo.
VII
A las nueve en punto lo despertó el zumbido insistente del timbre, que localizó durante un buen rato dentro de algún sueño. Cuando entendió que era tan real como su incierta existencia, se incorporó y fue hasta la puerta.
—¿Francisco López?
—Está acostado —contestó Antonio sin reconocer a su interlocutor.
—Es igual. Le traigo este paquete. ¿Me firma? ...Aquí —el hombre le señaló un recuadro con el bolígrafo y Antonio echó una firma que no era la suya en un lugar equivocado—. Hale, que descanse.
«Anda, que mandarle la madre el puto paquete por Seur 10, tiene cojones». Lo lanzó sobre el cuerpo arropado de Paco. Sonó como «chof», pero no se inmutó. Miró el reloj, bebió agua y se tomó una aspirina para aliviar el dolor de cabeza y un vaso de leche para evitar la úlcera. Se lamentó de su estado cuando volvió a la cama.
¨ ¨ ¨
Paco despertó algo después de que Antonio saliese, con el entendimiento deshidratado y la horrible sensación de estar perdido en el desierto sin más oasis que los alucinados en los espejismos. Regresó a este mundo de papel abriendo la boca bajo el chorro de la ducha. Se hizo un café que consideró imprescindible para la tarea que se disponía a llevar a cabo y, así, lo puso junto al monitor de su ordenador, lo encendió, y abrió el documento que albergaba su guión. Pero estaba nulo de ideas, sintiendo cómo la resaca le reventaba las junturas de los huesos del cráneo, y cerró el procesador de textos para pasar hora y media matando marcianos: cd juegos, cd marci, marci.
¨ ¨ ¨
Mónica durmió sólo seis horas y se despertó seminueva, sin resaca porque apenas había bebido; tan sólo un poco cansada porque lo suyo eran siete u ocho horas de sueño, no más. Se levantó antes de que sonara el despertador porque, al meterse en la cama para dormir, dejó pendiente el deseo de no llegar tarde a su cita con Antonio, y este deseo la mantuvo toda la noche en la línea límite que, si en otros contextos separa lo bueno de lo malo, lo legal de lo ilegal, lo normal de lo excesivo, en éste confundía el sueño ligero con la relajación profunda.
Se duchó feliz, dejando que el agua le escurriera por el cuerpo como si fueran las manos de Antonio, aún casi desconocidas, las que le acariciaban sus curvas. También pensó en ellas después, cuando se desenredó el pelo con crema suavizante y los dedos se le quedaban trabados en los bucles. Y cuando se secó los muslos y el vientre con aquella toalla tan suave. Después, frente al armario de su habitación, tardó más de lo corriente en elegir su atuendo y se decantó por unos vaqueros añejos, raídos en las costuras, con el color medio perdido en las nalgas, ajustaditos, y un jersey gris y una chupa marrón de pana con borreguillo. Cogió su carpeta por la costumbre de llegar a la Escuela con algo bajo el brazo y por si se le cruzaban los cables y decidía ir a clase. Se metió en el bolsillo un pañuelito de tela blanca con una flor rosa de tallo verde bordada en un esquina, y desechó el paquete con nueve pañuelos de papel que un día, por imperiosa necesidad, compró a un vendedor mientras cruzaba un semáforo. Ya casi nadie usaba pañuelos de tela y supuso que esto agradaría a Antonio, pues sabía que él los llevaba, que a veces se compraba librillos de papel de fumar y tabaco de liar, que escuchaba emisoras extranjeras de onda corta para soñar que el régimen político le mantenía aislado del mundo y que sus locutores emitían desde muy lejos para mostrar en su lengua, foránea e incomprensible, el afecto y solidaridad del exterior para con España; que en el coche llevaba una gorra de lobo de mar para conducir y otra de dueño de finca que se ponía para salir al campo, que le gustaban las canciones de la tuna y los boleros de Los Panchos, que se compraría un Seat 1500 con el cambio de marchas junto al volante antes que un coche japonés con aire acondicionado, airbag de serie y embrague automático... Y es que era verdad que también Mónica deseó mucho tiempo que Antonio le pidiera compartir sus días, y durante ese largo lapso ella lo había observado como a escondidas, sufriendo a veces por no verlo con ella, añorando prolongar en lo oscuro los besos de bienvenida, soñando con transformar los toques de amistad en el hombro en caricias amorosas por todo el cuerpo, con cambiar las veladas nocturnas de alcohol y fiesta en grupo por privadas noches de amor y descanso. Y por eso conocía a Antonio mejor que otras personas que lo habían tratado más y se lo había aprendido como si de una asignatura se tratase, de manera que, de tanto estudiarlo, aprendió sus gustos y sus costumbres y acabó por compartirlos y adoptarlos como propios, de forma tal que también Mónica prefería ya el 124 de Antonio con sus cinco pegatinas de la ITV puestas en línea, franja quitasol sobre el parabrisas y radiocasete que solamente cogía la onda media, al moderno Fiat Uno turbo negro de cristales tintados, equipo musical de sesenta vatios por canal y treinta presintonías, llantas de aluminio y ordenador de a bordo del novio que tuvo durante su primer año de carrera; prefería la cara sin afeitar de Antonio con olor a colonia a granel, al rostro perfectamente suave y apurado de aquel imbécil que sólo pensaba en exhibirla y en follar con ella, que además destacaba por el tufo a dosis elevadas de loción postafeitado de una marca carísima; prefería pasarlas putas y decirle a Antonio «Hoy me tienes que invitar tú, que no tengo un duro», y que éste se viera en las mismas y tuvieran que quedarse en casa, a verse forzada a ahorrar porque el otro no dejaba que ella pagara en ningún sitio; prefería hacer el amor con Antonio y quedarse un rato largo abrazada a él, a simplemente echar uno o dos polvos con el otro tipo y volverse enseguida a los locales de marcha.
Contenta por su circunstancia y deseando que así se encontrara Antonio, abandonó su piso con el convencimiento de ser la mujer más afortunada del mundo.
¨ ¨ ¨
Mientras comía, como tantas veces, frituras industriales precongeladas, Paco se dispuso a rellenar las casillas de unos papeles en cada uno de los cuales había dibujado una cuadrícula. En él escribiría un texto con un mensaje oculto. Lo leería en el programa de radio y anunciaría su publicación en alguno de los diarios locales uno o dos días después. Con esto pretendía que sus posibles oyentes comprasen el periódico, leyesen su recuadro y, al verse incapaces de resolverlo, se enganchasen al programa para escuchar las pistas que él pudiera ir dando y que ayudarían a su solución. Habría un premio al final: una caja de compactos, entradas para algún concierto o algo así. Cuando terminaba la última mandarina todavía no había conseguido hilar cuatro líneas con sentido, y además había inutilizado con tachones los cuatro folios que había cuadriculado. Para evitar este gasto de papel, pues tenía cierta conciencia más ecológica que ecologista, y además trabajar más cómodamente, completó en su ordenador al final de la tarde, ayudado con una vaso de leche chocolateada y el estímulo de la nicotina, su particular pasatiempo, que no era otro sino éste:
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