(Sobre sensaciones estéticas)
José Antonio Postigo Pascual
"...cuyos constructores, que buscaban solamente el bien público, obtuvieron como magnífica añadidura la belleza."
(Marqués de Lozoya. En su recuerdo y honor.)
Dentro de la ingeniería hidráulica romana, es uno de los trabajos con mayor proyección decorativa para un entorno urbano.
J. A. P., oct. 2002.
José Antonio Postigo Pascual
Segovia, en los idus de febrero del año 2003.
Por supuesto. Aquí sigue en pie, más estilizado si cabe, porque del aire en vilo vive, y en el aire se crece y trepa, como hiedra del viento1. Viene a cuento lo de aquí sigue porque no escribo desde Murcia, sino desde Segovia, mas para encontrarme de nuevo con los amigos de por ahí, a los que, para comenzar y antes de meternos en harina de gozos estéticos, o de las personas romanas y sus emocionantes trabajos, creo que debo intentar dar un aldabonazo a la capacidad de asombro de la que todos gozan, sobre todo a la de aquellos que estén dispuesto a llevarse por delante estos folios, ese golpe de efecto se adelanta en muy pocas palabras, que irán viéndose glosadas según se avance leyendo. A saber: siempre que se hable de placeres técnico-estéticos o de, por ejemplo, los positivos efectos que en cualquier observador elemental produce este portento de la creatividad humana, tenemos que tener siempre muy presente, muy presente, que las personas romanas sin nombre que lo dejaron ahí, es decir, que lo fueron planificando al milímetro y construyendo de la nada durante años y años -quizás muy asustados-, tuvieron que experimentar, más que nosotros, gozos tecnológicos, técnicos y estéticos de verdad asombrosos; lo vieron nacer -¡en sus ojos y sueños!- con una potencia imaginativa y de corazón que, dos mil años después, aún supera con mucho a todas nuestras presentes y, quizás, enormes experiencias ante él.
Tengámosles en cuenta; se merecen este recuerdo constante, que añadirá un rasgo más a nuestro disfrute, relacionado con una de las esencias del Humano, la pasión compartida sin tiempo por lo nuestro bien terminado.
Dicho lo cual, y con esta prodigiosa Puente Aguaducho de los maestros de obra romanos a mi lado, quisiera recordar charlas que nos ocuparon alguna vez, con teorías estéticas de por medio. Recuerdo que intentaba aportar a los amigos de conversación una iluminadora idea sobre gozos relacionados con aquellas teorías, puestas en mis manos por uno de ellos; dada la condición de arquitecto y humanista de ese generoso amigo, Santiago Saura, es natural que nos remitiéramos a los acueductos, y en concreto al de Segovia, pues no es una obra sólo gris y sólo repetitiva o simple, como puede que la sintamos a veces, a fuerza de cruzar sus arcos centrales sólo zanqueando.
Decíamos que esta fábrica no es lo que sólo vemos. Su parte de gloria vistosa, la arquería, está, sin embargo, ahormada dentro de un cuerpo campestre de casi quince kilómetros de largo que, lógicamente, presuponen gran número de complejidades de todo orden que, a su vez, nos muestran soluciones de ingeniería técnica ajustadas y sobresalientes. Por estos pasos intentábamos calibrarlo desde Murcia, apoyados en nuestra memoria y, afortunadamente, en el contenido de un gran libro, Supervivencia de una obra hidráulica, que nos había hecho llegar su autor, Aurelio Ramírez Gallardo (nos dimos cuenta de que Aurelio tuvo el acierto -para él, para el contenido y para el lector- de pedir Presentación del libro al más sabio de los sabios conocedores de Segovia, el Marqués de Lozoya y, en comparanza, quizás el más obliterado); Supervivencia en la que basaré las pocas cuantificaciones tecnológicas y técnicas que puedan traerse a colación en un ensayo literario, casi. Gracias, amigo Aurelio, por tu meticuloso trabajo científico, y emotivo, que lo será también para los que nos sustituyan mirando de hito en hito a semejante poderío del Arte Ingeniero Universal, aunque es verdad que millones de veces es visto bajo el síndrome de la pereza, provocada por los restos de la rutina que nos lleva; el poco entusiasmo puede ser también una buena muestra sedimentaria de esos residuos rutinosos.
Si mi amigo y yo entrábamos en recovecos tales como los gozos estéticos, supongo que intentaríamos dilucidar las calidades y los grados de dichas sensaciones, tan escurridizas, y en qué medida para todos nosotros están condicionadas por otros rasgos esenciales de las civilizaciones, de su historia y sus quehaceres creativos (o viceversa, de qué manera algunas de nuestras cualidades esenciales, como por ejemplo el razonamiento, se ven condicionadas, despabiladas, por esas sensaciones o emociones estéticas; queridos Pepe Martínez, hermoso amigo, y Arthur Schopenhauer, vosotros sabéis mucho de esto) y, en un momento dado, Santiago Saura comentó que no podíamos olvidar el placer -¿estético?- que pueden provocarnos los ingenios mecánicos, lo mismo aquellos que inevitablemente nos impactan, cual sería el caso del articulario funcionamiento de las maquinas de imprenta, como aquellos otros sobre los que adrede tenemos que paramos a reflexionar, para sacarlos de la rutinosa obviedad, y así llegar a descubrir su nada obvio modo de ser y de actuar o trabajar, cual podría ser el caso de las tijeras, invento no insignificante desde el punto de vista de las leyes de la Naturaleza: las de la palanca y su distribución de fuerzas entre dos vástagos cruzados y unidos en un punto.
Pregunta: ¿por qué llamas gozos estéticos a semejantes admiramientos ante operaciones puramente mecánicas?
Supuse que podría darle pie a la respuesta con este suceso de mi niñez, pues, en efecto, una de las paradas obligadas en mi camino al colegio era ante las ventanas de una imprenta que al paso había, Imprenta GÁBEL, en la calle o rampa escalonada de la Potenda o del Grabador Espinosa, Segovia. Me extasiaba la armónica sucesión de los movimientos de sus máquinas, incluido el sonido, y que todo partiese de dos motores o poleas, hasta el extremo de hacerme perder la noción del tiempo. Quería, por ejemplo, pienso yo ahora, encontrar la enjundia de la coordinación de todos los movimientos y resoplidos que hasta mis sentidos llegaban (que luego resultaron no ser tales resoplidos, sino secas y medidísimas succiones); después vendría el porqué y el paraqué de esas acompasadas idas y venidas, de esos estiramientos y encogimientos de tanto brazo multi articulado, rodillo, plancha y, por supuesto, papel; ¡ah, la maravilla del papel!, ahora blanco y grandísimo para mis ojos de niño, y en unas décimas de segundo, sin una arruga, lindamente impreso y apilado con delicadeza en otra parte de las máquinas.
En efecto, me responde. Ese éxtasis, que te suponía llegar tarde al colegio y su castigo consiguiente, estoy seguro de que es una sensación que entra dentro de la percepción y el gozo estéticos, que yo creo que se apoya en este principio tan simple: al ser humano le encanta, le subyuga sensorial y emocionalmente comprobar que un artilugio mecánico, no existente previamente y que ha sido imaginado, diseñado y luego construido con un fin, cumple a la perfección ese fin; puede que sea por vía compleja, como sería el caso del pasmo de las oficinas de imprenta, o por vía aparentemente simple, cual sería el de las tijeras, que tienen -recordaremos luego este predicado- un valor añadido, pues han sido creadas por nosotros, es verdad, pero además, para que se nos acoplen a las manos, es decir, directas a nuestra capacidad cerebral o nueronal, y que de esta forma puedan ser coordinadas por nuestros dedos hasta el átomo de segundo en su movilidad y potencia: templadita o tajante.
Y por su parte él hizo saltar unas interrogantes, sobreabundando con experiencias similares comentadas en otras ocasiones: ¿por qué los niños se extasían con una ametralladora de juguete en las manos que, con un ruido seco y con una cadencia perfecta, regulares, lanza, con vigor muy superior al de las hondas o tiradores, trocitos de plástico contra una pared, o un amiguito?, ¿acaso sólo porque les ayuda a hacer real el papel de matador que todos llevamos impreso en ese cerebro y en esas neuronas de antes?, o ¿no será también por los inconscientes embrujo y arrobo que encuentran en ese: rat, ta, ta, ta, ta...; .. rat, ta, ta, ta, ta, medido con rigor en sus intervalos y perfectamente sincronizado con luminotecnias varias? El inconsciente y el cuerpo del niño gozan con la sensación de que el tal ingenio mecánico ejecuta con pulcra precisión sus funciones, según el fin para el que ha sido hecho, y, comprobado, si la maquina no lo hace así, lenta pero inevitablemente, el niño la va echando de su vida.
Y estuve de acuerdo con Santiago Saura en el quid de la idea.
Pero, sigamos.
Al bajar ya a nuestro caso, y a la hora de aplicar semejante categoría mecanico-estética al Acueducto de Segovia, he venido a encontrarme con un matiz o un añadido a ese quid de la idea.
De hecho, parece claro que por ser una obra de fuertes rasgos ingenieros, debería de provocarnos predominantemente el gozo estético en cuanto instrumento perfecto para el transporte del agua, pero si la miras con detenimiento, de arriba abajo, y a todo lo largo y ancho, te das cuenta de que la delicadeza ingeniera y arquitectónica que tuvieron que destilar las almas implicadas para, finalmente, crear la arquería, dio como resultado que tras un peligrosísimo parto, les naciera en sus manos, como dice el Marqués de Lozoya, una auténtica obra maestra de belleza, plantada además para dos mil años, nada menos.
¿Por qué?..., ¿para qué?..., ¿cómo?
Caminemos por partes.
Primer tranco.
Para que resalte el valor y poderío artístico de su trabajo en arcos (antes de que se arrancaran a trabajarlos de verdad, ellos tenían calculado ya, seguro, como buenos constructores y, por supuesto, grandes terminadores de obra que eran, que iban a ser más de 160 los arcos -no treinta, ni veintiuno-, con sus pilares correspondientes, o que tendrían que encontrar y mover ¡oh espanto! más de 20.400 piedrotas -cinceladas de tolmos y bolos casi todas- de algo que no era normal que conociesen del todo, el durísimo granito, o tratar 7.500 metros cúbicos de sillares pulidos y bien arañados para que se asentasen o encajasen, y durasen eternamente...; ¡pone los pelos de punta ver -desde la perpendicular de nuestros pies- las piedras aguantándose las unas a las otras formando los arcos!, y no 12 o 17, como en los puentes, sino 166, y ver a más de 40 dovelas o granitazos colgando del aire y, además, en varias hileras por cada arco. Sin pegazón, queríamos decir, perdón, que aquellos hombres sabían a la perfección la que se les venía encima con el asunto de las arquerías, y para que nosotros lo valoremos mejor, me parece que es imprescindible ahora que partamos de una sensación mínimamente intensa de lo que creemos que para la proyección de la obra supusieron, comparados con los nuestros, sus métodos de medir, por ejemplo; sus intuiciones sobre la relación entre masas y espacios vacíos que han de humanizar (¿cómo calculaban todo esto?, ¿qué comparación cabe con nuestros medios?); su falta de pereza; su trabajo campestre, con la vista en el horizonte como nivel, a zancada o brinco limpio, de cresta en cresta; sus valentías como simples ingenieros y constructores, aunque lo de simples es un decir, porque su categoría humana y técnica, la que día a día descubrimos admirando y estudiando sus obras, son como para enterrar a una manada de ciertos arquitectos y diseñadores-estilistas modernos, que han decidido, incluso, hacer desaparecer de los ojos de los ciudadanos un paisaje de arcos que ya están ahí años, en Madrid, España. Pero sigamos intentando recomponer aunque sólo sea una doceava parte de los hechos y de la sabiduría, con innúmeros riesgos solventados, que les defienden desde hace dos mil años... Por ejemplo, ¿cómo medían ellos la capacidad de dilatación de las rocas, la del granito en concreto, en una zona donde las temperaturas en unos pocos días pueden pasar de 15 grados bajo cero, a 35 grados al sol?; 50 grados de diferencia en el intervalo de una semana, digamos. Todos, como insinuábamos arriba, podemos, y debemos, adivinar el resto, si queremos o nos sentimos admirados, claro; o simplemente compadecidos de amor a su potencia creativa.
A ver. A un grupo de personas del pueblo romano en Hispania, le dan el encargo de hacer llegar agua, bastante, a una encrestada roca y su citania, rodeados de maleza, de impenetrables zarzales quizás, de arbujos bien enramados, o puede que de gigantonas coníferas y sus vetustas aves, y ¡oh milagro para todos nosotros!, resulta que también está rodeada de decenas y decenas de miles de inmensos pedruscos de granito, en tolmeras por doquier.
Como su costumbre es hacer bien lo perfecto (¡¿alguien ha visto los más de 5 kilómetros aún vivos de la calzada de suavizado descenso hacia Cinco Villas, Ávila-Gredos?! ¿Por qué, para qué y cómo las hacían tan bien ensambladas? ¿Acaso no era porque sabían que los pergaminos de Virgilio se leían y se iban a leer por siglos, digamos, en Cataluña, y de ahí tenían que pasar a Extremadura, o de aquí a los valles de los serios vascones, o de estos a la luminosa Bética, o a aquella Neo Cartago en su Mare Nostrum, y que sólo ese perfecto y duro empedrado era adecuado a la dignidad de los Horacio, Virgilio, Homero, Cicerón, Plauto, Aristófanes, Platón...? ¿Será por esto, entre otros objetivos, por lo que en su península Hispania crearon unos 372 itinerarios, con un total de 11.000 kilómetros de calzada, muchas de ellas auténticas autopistas?), estamos diciendo de aquellos romanos, perdón otra vez, que intentan hacerlo todo perfecto, siempre que se relaciona con la construcción e ingeniería, y así, para comenzar nuestro acueducto, pacientemente, ¡pero que muy pacientemente, como siempre!, un escuadrón de hombres y sus animales se lanza a la búsqueda del mejor punto de agua ..., ¡del mejor! Los animales, cargados con hachas, azuelas, azadones enormes y pequeños, picos, palas, cuerdas de todo calibre, clavos o clavones para amojonar, y ellos acumulando encima de los hombros lo más importante: una experiencia magníficamente procesada a su aritmética y geometría topográficas, a través, pensemos, del significado que encontraban hasta en la inclinación de los rayos solares según que fuese la hora quinta o la nona de una estación u otra, y sin olvidar sus sensaciones del campo que decíamos antes, traducidas a un meditativo ojo clínico del ser de la Naturaleza...; de estas formas, o parecidas, buscan el agua allá donde el suministro no les vaya a fallar nunca (no nos iba a fallar en cientos de miles de días, porque el agua, sabían ellos, es cosa de todos los días y noches) y, asimismo, utilizarán, a cualquier precio, el mejor sistema de canalización abierta, aun con sus enormes problemas de regular guarda.
Hagamos un alto para no olvidarnos de que entre toda esa tropa de personas, y animales de carga, iba un hombre -o una mujer, como parece ser el caso de Altamira- que era un auténtico portento de la Naturaleza en sapiencia ingeniera y arquitectónica. Como no existían revistas en las que poder publicar o exhibir sin vergüenza hasta los edificios basura -algunos, incluso, clavados en tierra sin remedio, para años, como torturadores de indefensos ciudadanos-, no sabemos quién era, ni cómo se llamaba, ni cuántos dineros cobraba, pero supo hacer perfecto el instrumento que se le encargó, y gallardamente bello.
Pues bien, así, en conspicuas excursiones, se fueron acercando hasta el pie de la sierra, alejándose hasta unos quince kilómetros de la abrupta Roca; que dicho en otras fórmulas nos suena más contundente: andan días y más días, zigzagueando todo aquel espeso terreno, camino de los montes, del Peñalara, del Valle del Sabinar, de la Mujer Muerta, sabiendo que al final de cada jornada y por cada excursión desechada como no buena del todo, tendrán que sumar en sus almas más y más cientos de metros de canal perfecta..., ¡¿quince mil metros, quizás?!
Un día, llegaron, y allí tenían el lugar acomodado, do el agua sonorosa y pura, exacta, era. (Lo de exacta, certificado como tal miles de años después).
Han encontrado el punto orográfico e hidrográfico casi perfecto. No ven la roca de la ciudad, pero ellos saben -¿cómo?- que ahí, en esa especie de vallejuelo, está la toma más adecuada de todas las encontradas y estudiadas.
Preparan ya lindamente un azud, sin violentar la corriente, pero sin escapes, adecuado, justo para la posibilidad de almacenamiento y lanzamiento de la cantidad de agua que tendrá que llegar a los habitantes de la citania -tienen que recibir unos 20 litros por segundo, calculado ya para unas 30.000 (treinta mil) personas-, eso sí, después de recorrer, ahora que ya lo saben, quince mil metros de larga y perfecta acequia, contando, por supuesto, con las evaporaciones y demás pérdidas. Llegan a prever, incluso, que el río madre pueda, en ciertas épocas del año, no dar caudal de agua suficiente, y hacen un transvase perfecto de otro riachuelo, de bastante más arriba, hasta el río de su azud.
Y ahora les toca, metro a metro, comenzar las mediciones y cálculos de precisión del perfilado en el espacio y terreno, y del cavado de la cacera a perfecto cordel (¡quince mil metros de sólo estacones y cordel!), y del arrancado y cincelado de la piedra para algunas zonas del canal...; todos los trabajos tienen que ser perfectos, ya que tienen asumido en su sabio ojo clínico de la Naturaleza lo que es tratar con las inaprehensibles pero potentes lenguas del agua (máxime a miles de días vista; que no lo olvidan), y más teniendo que ayudarla a salvar taludes o derrames sin cuento. Todas, ¡todas las fuerzas las calculan, o imaginan!, desde el rodar lento en su lecho de los grupitos de chinarros o areniscas, comparado, por contra, con el rizado flotar de la brizna de hierba o ramita seca (desbrozadas quizás por un animal al abrevar en su curso) que sostenidas se deslizarán en la superficie a la par de ese continuo rayo fluido de la Vida, el agua.
Pero hay más.
Nos parece increíble ahora, pero consiguen -según nos dicen las maravillas técnicas de los ingenieros modernos, astronómicamente superiores (hoy, 13 de febrero de años 2003, he pasado, en la Bajada del Salón, al lado de un monstruo motorizado y semoviente, con el que unos hombres trabajaban en la muralla, transportador y descargador de ingentes materiales, con 12 ruedas salvajes, más cuatro patas-tiesas-émbolos, estabilizadoras de una titánica grúa, y..., y ellos no lo tuvieron, ¡ni de lejos!)..., ¿qué consiguen?, pues por ejemplo, una inclinación graduada de la cacera y acanaladura que ni sobra ni excede: desde el kilómetro 14 o 15, donde se les encarna el agua del azud, hasta el punto cero de las previstas casetas de decantación -sencilla esta depuración suya, pero eficiente de verdad para dejar agua bebible durante cientos de años-, justo antes de la arquería, y desde aquí, luego, saben que tienen que mantener esa precisión arco a arco, es decir, desde su apoyado en el suelo, hasta su cresta máxima, uno a uno, y así hasta los farallones de la entrada a la ciudad, que van a ser los últimos y decisivos 958 metros para la inserción definitiva del canal, ¡del AGUA!, en el postigo de la ciudadela. Además, este injerto del vívido líquido en los cantiles de entrada han de calcularlo con suficiente y centimétrica altura, para que luego pueda fluir por toda la civitas, llegando a todos los planos de la extensa e irregular roca, para alumbrarse en las casas y fuentes y pozos y aljibes de sus habitantes, y así hasta la otra punta de la peñota, que ahora es el Alcázar. Ahí termina el Acueducto de Segovia.
Y consiguen lo primero: traer el agua a las puertas de la arquería, y lograrán lo último..., ¡mirando desde más de quince kilómetros atrás!
¡¿Emociona, o no, tanta perfección de cálculo e ingeniería, pensando en la tecnología y técnica con que contaban?!
Qué no daríamos por haber estado en sus cuerpos y almas cuando, llegados a este punto, soñaran que iban a ver nacer de sus manos, en medio del más asilvestrado y brutal suelo, unas figuras plantadas sobre roca o clavadas en tierra al modo perfecto; una figura única en total, de técnica serpenteante -¡qué bien pensado!-: una aquilatada Puente Seca, pues sólo a su lomo salvaría el agua.
Bien. Ya han terminado la primera parte del hecho, que hasta aquí ha sido casi ingenieril en exclusiva; ya han logrado llevar el canal y sus 50 litros por segundo de media hasta un lugar desde el cual, y hasta el escarpe sobre el que apoya la ciudad, el terreno se va inclinando hasta devenir, brusco, en un hondón, casi un pozo, de treinta metros.
(No pasa nada. Encontrarán una solución; también perfecta. ¡La más perfecta!, porque va a ser bellísima. Por cierto, he recorrido ya varias veces -abril y mayo del 2003- el fragmento de autopista que une Segovia con San Rafael, y ¡hay que ver!, qué miserables somos los humanos actuales, como lo denotan ciertos usos execrables de hormigón que desplazan al granito. El tiempo nos lo confirmará; ¿cuánto durarán aquellas?).
Segundo tranco (tramo, habría que decir ahora); aquí empieza la otra maravilla del monumento.
En este punto, al mismo tiempo que vamos a seguir asombrándonos ante la perfección ingeniera con la que la obra se va terminando para cumplir con su finalidad, (mitigar la sed de millones de personas), rápidamente tenemos que situarnos en ese momento, ¡glorioso para ellos!, de iniciar la cimentación o simple aposentamiento de las primeras y gigantescas piedras del primer arco, ya cubicadas, amartilladas y cinceladas; ¡que hasta entonces habían sido escurridizos y hasta brutales bolos!
Ahí comienza la gestación del segundo aspecto, el añadido al gozo técnico-estético delineado arriba: la emoción puramente artística, aunque, por supuesto, entrecruzada o encabalgada siempre sobre alardes técnicos, bien de preparación megalítica, bien de ejecución arquitectónica, casi enloquecedores ambos.
Nuestros hombres, al igual que los creadores de Manhattan, por ejemplo, o los de los Campos Elíseos, ciertos días meditan, o imaginan formas de esqueletos patilargos, grisáceos, nuevos y vivos en medio de aquella espesa broza, en pesadillas a la luna de plata de las noches cortantes mesetarias, frente a 200 kilómetros de sierra a parir de violácea nieve. Otros días escudriñan, ansiosos, el posible futuro suceder de los hechos a través del vuelo de las precipitadas, huidizas bandadas de chovas piquirrosillas que, atardeciendo, se les convierten ante sus ojos en saltimbanquis asidos al vacío, para caer en picado, ¡qué remedio!, cual puntas espirales de flecha, contra la brisa gélida y el cielo naranja, atusándose, melindrosas, su negra pluma, prieta de reflejos metálicos. Uno tras otro de los días, cuando sus gallos quieren quebrar el alba, y los sonidos de amanecer -regatos cuantioso y aves canoras o grajantes- les espabilan, se confirman en la voluntad de que la proporción, el equilibrio y el estilo de formas sobre las que discurra dicha nieve, hija, incluso, de una gran matrona, y sus aguas, puede ser máxima; así, ¡definitivamente!, ¡tiene que ser suprema...!, como emocionados nos descubren también ahora nuestros ingenieros, arquitectos y profesores de estética (aunque de estos últimos, los menos; ¡qué curioso!; ¿por qué? Jamás les oiremos pregonar cursos másteres de 200 horas sobre el Acueducto de Segovia; ¡curioso, sí! Por eso, en la Presentación, dice lo que dice de bueno nuestro Marqués en relación con los trabajos ingenieros, aún a sabiendas él que debía actuar de lo que era: un cabal, refinado y erudito Maestro del gozo estético).
No podemos dejar de valorar que ellos, nuestros congéneres romanos de hace dos mil años, saben ya que les espera un trabajo que por ser en suma puridad de ingeniería arquitectónica, será de continuo riesgo y de pasmo sostenido (nadie como Miguel Espinosa ha escrito sobre lo que el pasmo es), y del peor de los pasmos y riesgos, el de la duda permanente del creador ante la nada y los pedruscos de casi cuatro mil kilos que tiene delante, a saber: que nunca puedan hacer realidad la que, entre otras posibles más sencillas, ellos mismos se han empeñado en llevar adelante, cincelándosela entre ceja y ceja de sus neuronas, y por eso, amanecer y amanecer, día a día, la pertinacia les llega hasta el último vaso capilar de sus cuerpos.
Aguantaron asustados miles de sus jornadas.
Vamos a intentar intuirlo.
Tienen que imaginar y construir, desde el punto hasta donde han traído ya el agua de nuestra sierra, un soporte para que la canal vaya en alto y salvar esos desniveles, pero a la vez inclinadita lo justo (de 0,3 a 3,3%), para que todo quede armonizado hasta en la apariencia. Y, volvamos a las preguntas: ¿por qué se les metió en la cabeza llegar a construir la aparición que tenemos delante cuando la vemos por primera vez?
¿Me expresaré más en breve dejando escrito lo que se me viene ahora a las mientes: una translación temporal?
Probemos; puede incluso que las connotaciones de cada lector a sus peripecias particulares sobre viviendas y demás ayuden a redondear la intención del traslado.
Si transportamos a aquella época -en burro, que no se merece otra cosa- a un promotor-arquitecto moderno, de esos que, por desgracia para sus dignas profesiones, son anti imaginadores, perezosos y avariciosos, seguro que se le habría ocurrido sugerir a sus colegas: 'hagamos un muro como los que hemos hecho otras veces; ¡perfecto, eso sí!, y, claro, con algún arco de trecho en trecho, de forma que puedan atravesarlo los ciudadanos y sus carros, y asunto solucionado, que tenemos muchos encargos por cumplimentar y nuestra carpa-oficina-tiralíneas no da para más'. Y añadiría nuestro ocupadísimo arquitecto-promotor convertido en romano: 'nunca se caerá, ¡nunca!, pues las murallas o muros que hemos hecho ya son inamovibles: armazón de media sillería relleno de mortero: nadie los tumba nunca.'
Alguien pensará ahora que, de todas formas, no le faltaban razones estratégicas a semejante elemento, ya que más de uno nos preguntamos: ¿de verdad sabían los romanos, de verdad, que un proveedor de agua de la guisa que ellos estaban imaginando podría, ¡o no!, ser derribado de un plumazo por vicisitudes bélicas, por ejemplo, o por telúricos sismos?
Pero, claro, los verdaderos creadores romanos, que, entre otras cualidades de su maestría para las obras, son la antítesis de la pereza, echan a gorrazos del campamento al tal guaje; ¡a las tinieblas exteriores!, por zafio, romo, zote, mezquino y gandul.
Y siguen ellos solos imaginando su obra, y comenzándola, que ya no pueden parar; todos los días se les desparraman miles de litros traídos del monte en su canal perfecto.
Aquí, ante este cúspide momento suyo, es donde se nos escapa de nuestra pequeñusa alma la potencia de su capacidad creadora y constructora. Recompongamos el paréntesis del comienzo del Primer tranco:
Ellos han calculado ya, como buenos constructores y, por supuesto, grandes terminadores de obra que son, que van a ser unos 166 arcos, con sus pilastras correspondientes, -no treinta, ni veinte-; que tendrán que mover ¡oh susto! más de 20.400 piedrotas -bolos o tolmos casi todas- de algo que no era normal que conociesen tan bien como lo conoce ahora la mineralogía: la durísima y compleja roca granito. Tendrán que arrastrar y tratar a barrena o picotazos, y a estacazos embutidos, henchidos y dilatados con agua más de 20.000.000 (veinte millones) de kilos de piedras, que pulirán o arañarán justas por todas sus caras; 7.500 metros cúbicos de sillares, para que se asienten o encajen, y duren eternamente... ¡Estremece ver esas piedras que se aguantan la una a la otra formando los arcos!, y no 12 o 15, como en los puentes, sino 166, y a más de 40 dovelas cada uno, de varias hileras por cada arco, colgando del aire.
... "¿Les pondremos argamasa, no...? ¡¿Al menos a las piedras de las hileras clave del arco?!", preguntaría nuestro reseco arquitecto-promotor hecho romano.
... ¡"No, sin mortero. A hueso irán"!
Creo que merece la pena que también recurramos a la memoria de nuestras visitas, cuando la presencia física no sea viable.
Hagamos una composición mental de lugar, asombrados de nuevo ante lo que ya terminaron, justo en estos años, que se cumplen los 2000 después de ellos; casi 73.000 albores de frío, calor y monstruosos nubarrones embravecidos por Eolo, hijo de Poseidón, bajo los cuales, sin embargo, nuestro Acueducto aún se acarra cual sombra pensativa. Mas, ya estamos allí, ante él, y se trata de que, ¡por favor!, ahora que deambulamos a su alrededor, miremos sus arcos más esbeltos, y exentos, pero no desde fuera solamente, no, sino desde entremedias de las pilastras, es decir, desde la vertical al suelo de las dovelas clave..., pero hasta que nos descoyuntemos las cervicales, que a ellos también les ocurría (tuvieron un sucesor maestro también de voluntarios descoyuntamientos, que pintó, acogotado, un techo que, como me contaba mi amigo Santiago Saura, el sólo hecho de tener que enjalbegarlo a la tradicional manera nos derrotaría hasta la tumba a todos. El Buonarroti, Miguel Ángel); y no vale llegar a la conclusión, desmoralizados por el dolor y el aturdimiento, de que estaban medio locos al pensar que todo aquello se les iba a sujetar allá arriba durante milenios; cosa es de nuestra renacuájica pequeñez, claro, pues no se les ha caído.
Seguimos, porque, por muy salvajes que sean los peñascos, meticulosamente tienen que continuar sopesándolos como lindos materiales de obra que les quedan por acercar al sitio, tratarlos ¡y subirlos 30 metros!, pero ya -¡y además!- con el afinamiento que tenían en el corazón: hasta dejarlos en el mínimo posible, aun sabiendo que tienen que conseguirlo a fuerza de brutales arañazos de días largos al terrible granito, que sin embargo, mira por dónde, ahora nos aparenta grumos de azúcar no más. Están sonrojadamente -por nuestra desidia por venir- decididos a ajustar su obra a los mínimos de anchura, pero ¡siempre en proporción con la altura máxima exigida por la tirana e inasible agua!; quieren justeza perfecta entre las proporciones y formas geométricas de altura y delgadez de la arquería de arriba con la de debajo, pidiendo permiso, en todo momento, a la Madre Naturaleza y sus furores, como los de la Madre Atmósfera, y a lo que sus terribles meteoros podrían dejar en pie con el pasar de cientos de años. Piensan en lo mínimo en volumen y en densidad, o dicho de otra forma, en lo máximo exigido en altura, y en la suma delgadez viable.
Pero, ¡pregunta terrible!...: ¡¿y el equilibrio?!; ¿dónde saben ellos que, a esas alturas, se situarían los centros de gravedad, previendo cualquier bamboleo, aun imperceptible? (Hasta que no has sentido moverse tus paredes y tu sólido edificio como una hojucha de acequia, no sabes lo que un terremoto es. El Maestro romano seguro que sí lo llevaba impreso en los sensores de las plantas de los pies, y, sin embargo, siguió) ¿Saben que nunca zurrirá la tierra? (A principios de los 1960, en Cantimpalos, a 15 kilómetros lineales del Acueducto, se sintió un claro, aunque liviano, sismo). Lo que sí saben con esa justeza que espeluzna es que como se mueva sólo una pizca, aquello se viene abajo como un puente de cartas; así nos lo confirman ahora también los ingenieros y arquitectos que de verdad han querido aprender de aquellas personas hispano-romanas.
Todo, y siempre, armonizando la correspondencia de formas a lo largo de las arcadas, tanto en las que iban a ser sencillas, como -¡y aquí estamos seguros que sí tiemblan!- en las dobles; y ¡ni un gramo de pegamento!, siguen diciendo; porque la verdad es que, asustados, pudieron haber cambiado de idea a lo largo de la construcción, ¿o no?
El diario trajín de locos sigue su curso de alzada o puesta en pie de su particular y patilarga cosa, que les engancha, pero ellos a su vez, sin miedo, la toman consigo y la sujetan con sus hombros en cada amanecer, según asoma el sol sobre los picos de la sierra, y así quieren ir haciendo crecer su acueducto, lo mismo horizontalmente, de siete en siete pilastras a la par, por ejemplo, hasta cerrar sus seis arcos con limpieza total, que en sentido vertical: dos pilares alzados, un arco; dos pilares, un arco más, con sus miles de pétreos kilos sostenidos y bailando por el aire. (¿Acaso este su nuevo quehacer, renaciéndolo después de cada noche descansada no nos trae a la memoria el de nuestras madres o abuelas, cuando cogían su apañadito cesto de costura, y allí veíamos que encontraban una gran tela, con una aguja y su inseparable pero rebelde hilo asomando desafiantes para ellas, inquisitivos y, sin embargo, quietecitos por las noches? Ahora, ellas siguen la tarea obligada, que han de terminar; con mesura de ritmo y sensibilidad en las manos, en las papilas de sus dedos, puede que rudos hasta entonces; comienzan a mover armoniosos el hilo y la aguja, para seguir construyendo quizás un simple -pero perfecto- y largo dobladillo de unos mandiles de cocina; o a lo mejor un alineado festón entredós, siempre equidistante hasta lo indecible, para una puntilla de mimada urdimbre, Y al final, por supuesto, nada de hilachujos ni colgarajuchos pendiendo; ¡nada! Ahí queda para una y otra generación, bien hecho; que aún los vemos relucir en las matronas de los puestos de pescado de nuestros mercados y plazas).
Sin embargo, hay, volviendo a nuestros dos mil años después, un fenómeno maravilloso que desde luego sí lo han imaginado, en relación con la dura obra en la que se habían metido, y que no podemos minusvalorar olvidándolo. A saber: en la hondonada, los pilares centrales bajos se deciden a hacerlos en forma simétrica de pirámide truncada, pero no cuadrada, sino rectangular, con la parte o lado más estrecho mirando, digamos, hacia nosotros, si es que, en el Azoguejo, sin perderlos de vista, pacientemente (¡qué menos!) y andando hacia atrás, nos vamos alejando de ellos. Hagamos la prueba mil veces, y no necesitaremos hablar ni una sola palabra más de la fuerza estética que estaban buscando en contra de lo casual, adhiriéndola siempre a la poderosa Naturaleza; querían, así de expreso, crear algo de lo que siempre se pudiera decir que era una cautiva plenitud cautiva. Esa cara estrecha de los pilares bajos que nos mira nos ayuda a mantener la proporción de esbeltez, sin mazacotez, con las pilastras de arriba, que, llenas de aire, de azul, se nos escapan hacia el cielo.
Creo llegado el momento de insertar una muestra irrefutable del gozo que puede provocar esta pieza ingeniera-creativa-sudorosa-secular en los ojos de los buenos contempladores del hecho.
Uno de ellos resultó ser, sin duda, un gran poeta, asimilado a otros grandes poetas de nuestra Literatura Española.
He aquí lo que vio, y nos sigue diciendo que había visto, en semejante obra de romanos:
Ceniza en vilo2
¿Qué alarife trazó tu gracia altiva?...
¿Qué brazos dieron a tus piedras vuelo?...
¿Qué luz no usada se encendió en el cielo
para tu ilustre sombra pensativa?...
Ceniza en vilo, plenitud cautiva,
minuto exacto en el reloj de hielo...
¿Cuántas lunas midieron el desvelo
de eternidad en tu cartela esquiva?...
¿Qué soneto en catorce primaveras
te floreció en palomas?... ¿Qué armonía
se ha rizado en tu cauce sin riberas?...
Hiedra del viento, soledad vacía,
sepulcro intacto de la sed... ¿Qué esperas
apoyado en el tiempo todavía?
Pero sigamos, también con gozo, el de analizar.
¿Cómo lograron imaginar, dónde escudriñaron la pureza y pervivencia de estas armonías, mientras, sin remedio, trabajaban como salvajes ¡y no se sabe bien cómo!, con los aterradores y panzudos pedazos de piedra a pie del basamento, y de granito ¡nada menos!? Y, no nos equivoquemos, está documentado que no eran todos y sólo esclavos los que trabajaban en estas obras, sino buen número de natos ciudadanos romanos también, incluido el Maestro de maestros de todos los siglos, que, todos los días y en todo momento, ponía su mano de milagro en cada uno de los sillares, incluyendo aquellos que él mismo asentaba sobre un perfecto armazón de madera a 30 metros de altura... '¿Qué sucederá cuando quitemos este..., y aquel..., y todos los esquemas de arco o armazones de madera en negativo?'; su cotidiana pregunta asustada.
En fin, ¿qué más?
Pues que lo veamos sin prisa, tantas veces cuantas vayamos a pasar por debajo de su ingenio de artistas puros, de su valentía y terquedad para trabajar, de su imaginación sin fronteras.
¡Ojalá en estas líneas hubiese sólo la decimanona parte de lo que el Acueducto de Segovia nos cuenta! Perdón por el retruécano: nos enseñaría lo indecible si nosotros nos decidiésemos a contarle a él sus piedras, sus sillares, si se los midiésemos, aunque sólo fuese a ojo de buen cubero; (¡coincidencia!, nunca mejor traída la palabra y su intención).
Rebelde Agua y macizo Granito azucaroso, organizados con inteligencia e imaginación, y sin cobardía, es igual a Lengua de permanente agua y meandros sin riberas.
Concluyendo.
Quisieron hacer un aparato ingeniero y arquitectónico perfecto para la conducción de agua a lo largo de más de quince mil metros ¡ahí es nada!, y lo consiguieron. Agua: don líquido de la Naturaleza al que el Humano, aún, no ha encontrado sucedáneo, ni ha podido comprimir, ni reducir a polvo, ni...; imperiosa tal cual para mitigar la sed de millones de personas, y proporcionarles la base de sus comidas y el debido aseo, o el de sus jardines, por ejemplo, y por eso nos emociona hasta lo hondo ver el resultado final; es el gozo estético-ingeniero que me sugería mi amigo Santiago Saura; muchas gracias.
Pero, mira por donde, no terminaron haciendo un tosco muro desniveladito para sostén del canalillo, sino una obra de Arte puro, que según como se la mire, de perfil la vemos como un bloque de granito en tablero de juego, y de aire presentido gracias a su luz solar rebotada de pilar en pilar, y humanizado; y frente a frente, como un peine del viento de púa fina, que se estiliza y se estiliza cada día de nuestro mirar. Es verdad que les resultó ser megalítica, pero a la vez sería atmosférica, como los vencejos que, con ellos aún vivos al pie, comenzaron a estirar su ala de aeroplano entre sus arcos; granítica (20.400 piezas, entre dovelas y sillares, algunos de hasta 2.000 kilos), y al mismo tiempo máximamente alzada; de recios pilares rectangulares, cuya homogeneidad y regularidad en los niveles de las volantes impostas es imposible que llegues a imaginar cómo las consiguieron, si es que las observas de cerca y cuentas sus hileras de sillares, -¡no hay ni una piedra igual!-; y, además, he aquí, sin miedo a repetirnos, la maravilla de las maravillas, al fin se aferraron a la decisión de cerrar todos los pilares, ¡todos!, con arcos de hileras de piedras múltiples y desiguales, sin pegamento.
¡¿Más?!
Remate de héroes, porque vemos curvas sin fin, redondeces cada vez más asombrosas, sustanciosas y reflectantes a la luz, quiero decir a las nubes segovianas, que no son como en cualquier parte, pues la sierra las detiene, devolviéndonoslas formando tres y hasta cuatro capas de diferente estratificación, y así filtran el Sol y la Negrura gris sobre él a su antojo, y él lo recoge todo; también esas curvas se hacen bravas cuando sustancian los vientos haciéndolos trizas, y los hielos y sus carámbanos; o ¿acaso mientras su cuarzo y su mica se iba pulimentando en pilastras no reflejaron para ellos la luz de la luna solitaria de inviernos congelados?
Todo a pesar de ser una fábrica de forzada y grísea terralidad.
Muy importante. Veámoslo también, para terminar, desde otra perspectiva, con la que, seguro, ellos gozaron infinito. Esta: tenemos que ir a la esencia del Arte, como les gusta, entre otros, a mi amigo Pepe Martínez y al lúcido Schopenhauer:
La Voluntad de nuestra Madre Naturaleza lleva dos mil años pidiendo día a día a esos gigantes de roca que se descompongan..., que se desgasten y que caigan; ¡que se caigan y nos aplasten, y dejen sin Arte ni Agua a los que de nosotros queden vivos!
Mas, nuestros congéneres de hace casi dos mil años, con su perfecto indomable Maestro de Obras empujándoles, detuvieron a la Madre Naturaleza; domeñaron para siempre su ley o voluntad poderosa, la de la Gravedad. Por eso soñamos si la grácil y magna armonía de sus arcos no nacerían como respuesta deífica o demoníaca a ese intento o esfuerzo alocado, casi hercúleo, por detener o contradecir el Sino en la Naturaleza.
Termina.
Una jornada, y otra... Todo termina.
Allá lo tienen ellos, levantado en desafío sobre la agreste maleza.
¡Silencio!…, que están todos, con las manos abocinadas sobre las orejas, como si quisieran oír el murmullo del agua sobre su puente, al que aún rodean miles de acobardantes restos pétreos, y jabalíes, o lobos y osos. No puede creérselo, el Maestro, que hayan terminado..., en silencio; y también con las manos en forma de bocina contra una de las orejas, se empeña cual si quisiera oír el murmullo del primer frente de agua -no de matadores guerreros, que bien se les oye siempre- que ya corre sobre la espinita dorsal de aquella fábula de la puente seca..., ¡suyo es el poder y el valor de la imaginación!
Hasta que una bandada inmensa de palomas, de veraniegas chovas (con sus patitas y picos del color más rosa), de estorninos, de golondrinas, el sol a su contra en el amanecer, y no percibiendo ya fragor de martillos o mazas o machotes o caídas desplomadas de andamiajes como colmenas vacías, o voceríos de mando, o aterradores avisos de pánicos de muerte, o de juramentos, se lanzan hacia las brisas frescas de las corrientes limpias que les abocan aquellas translúcidas rocas exentas. Las cruzan, y sobre los cuerpos gozosos de los hombres, se pierden eternas contra el Sol.
(Suceso que la avifauna reprodujo ante el escritor una amanecida de un marzo del año (circa) 1970; ¿serían los mismos individuos de aves de entonces?... Este misterio de siempre lo afronta mi amigo Sánchez Bautista en uno de sus sabios poemas con la pregunta del clarividente intuidor: ¿Se suicidan los pájaros?, y si es así, ¿dónde?, pues de los miles de aves que deben de morir al día, rara vez veremos el cadáver de una de ellas; a lo mejor, como los literatos fabulan, es que nos esperan de generación en generación, iguales siempre, sobrevolándonos y avizorándonos, ellas, con sus ojos idénticos).
El Acueducto de Segovia no es ni divino ni demoníaco, está hecho por el hombre; es uno de los más grandes especímenes del humanismo tecnológico y estético, y, por supuesto, del humanismo común a todo el Hombre de, entre otras del Globo, esta geografía de la Hispania, a la que, ahora, algunos (¡ay que ver qué aberraciones!), llenos de la ignorancia perversa, hija inevitable del desecado egotismo, llevan encima durante milenios, pero que ahora quieren desvencijarla. ¿Para qué? ¡¿Qué ganan con ello?! Uno piensa si será, quizás, para conseguir decir: esa cosa de Acueducto Castellano-Romano, no nos interesa para nada, porque no es Vasca-Romana, ni Catalana-Romana que, para más inri, es Romana-Española... ¿Patrimonio de la Humanidad...?, sí, pero no de nosotros los vascos y catalanes, porque nosotros incluso preferimos hasta no ser Humanidad, no vaya a suceder que algún día tengamos que admitir que dentro de eso, ¡santo cielo!, somos españoles también. // ¡...Maldito Arte!..., ¡en qué líos de fronteras o no fronteras nos metes!...
Pues aquellos que deriváis a esto, no seáis sandios y, antes de seguir moviéndoos, pensadlo un poco, se le ocurre a uno.
Todo sigue igual, perfecto y bello; nada se ha caído, murcianos amigos, que a nadie, ni al propio Maestro romano, le habría extrañado que lo hubiese hecho.
José Antonio Postigo
P. S.: Cierro el libro de Ramírez Gallardo. Pero no puedo dejar de transcribir estas palabras. ¡Cómo les hubiese gustado oírlas a nuestros romanos hispanos!, sobre todo ciertas de ellas (¿adivina el lector cuáles?):
(Pág. 38) Por qué se mantiene en pie (año MCMLXXV). Los monumentos se deterioran o desaparecen por causas muy variadas, de origen natural unas, y de mano del hombre otras. He aquí cómo el ingeniero y doctor en puentes y canales, Ramírez Gallardo, que trabajó sobre el Acueducto, piedra a piedra (sic), durante casi 10 años, le aplica algunas de ellas (¿hasta dónde llegaba el conocimiento de sus colegas romanos sobre estas argumentaciones científico-técnicas?):
Los corrimientos de terreno son prácticamente imposibles al estar cimentado en gneis y arenisca... Pero quizás el daño mayor, su destrucción total (subrayados míos) podría venirle por un terremoto, pues es como un castillo de naipes; piedra sobre piedra, sin argamasa alguna. Un fuerte terremoto provocaría su desmantelamiento total. ¿Podríamos imaginarlo desaparecido?, ¿20.000.000 (veinte millones) de kilos de feldespato, cuarzo y mica bien formados, arrastrados por el suelo para siempre ante el ojo del Hombre? Pero al estar en zona sísmica casi nula, se explica su permanencia gallarda en el tiempo (está claro que Aurelio Ramírez ama al Acueducto de Segovia; la palabra de buen escritor le delata).
Segovia está en clima extremado... y el efecto de las dilataciones y el hielo atentan contra la integridad de sus edificaciones. Y aquí tenemos ahora una nota de excelencia (pero de la de significado aquilatado, no de la prostituida por nuestros hombres de negocios y otros hijos del espurio dinero), por el desfase de siglos en los conocimientos tecnológicos. El coeficiente de dilatación del granito es de 0,000008, lo que quiere decir que para una variación desde -10º, una noche fría de invierno, hasta +20º, al sol y a las horas centrales de ese mismo día, la dilatación en un metro de longitud sería de 0,24 mm., o sea, unos 24 cm en su longitud total de casi un kilómetro.
Pero es que, además, al estar los sillares sin trabar (¡qué precioso es el lenguaje ingeniero o arquitectónico!: "muro albardado", "suelo almohadillado", "cárcavas que, como ásperos derrames...", "dovelas riñoneras de un arco". Siempre lo he dicho), permite a cada uno hacer sus pequeños desplazamientos de dilatación sin sumar efectos, ¡desahogándose! a través de sus numerosas juntas (¿por qué no podemos suponer que el genio romano, padre de la criatura, al verlo terminado no le diera un martillazo, diciéndole: '¡respira, desahógate, ronronea!'). En una palabra, es totalmente isostático y en cada momento se ajusta sin tensiones a cada nueva situación.
Y acompaña una foto a página completa de un paisaje que coincide con mis recuerdos de la niñez: carámbanos de hielo de más de un metro de largo colgando de las dovelas clave de uno de sus arcos, y de las riñoneras también, y, asimismo, caen por todo un recodo de pilastras, como un manto de escalofriante hielo).
¿Sabían aquellos hombres que estaban construyendo una cosa totalmente isostática, que desahogaría sus tensiones a lo largo de 20.400 piedrotas, tomadas y pensadas una a una?
Por ser el granito muy cerrado, sin poros prácticamente, no empapa el agua y... el efecto del hielo es menor que en otro tipo de rocas. Por otra parte, las amplias juntas laterales no dejan parar el agua, que escurre fácilmente. ¡Hay que ver, cuántas cosas "parece" que sabían los hombres romano-hispanos de hace 2.000 años...!
En fin, ¡admirable! Ahora que nos las sabemos todas, nadie es capaz de hacer no digo un acueducto como el de Segovia (no soy capaz de comprender si sería útil y viable), pero ni tan siquiera algo a modo de puente o arco de entrada a un zaguán de casa en granito de verdad, para que no se caiga nunca y dure para siempre, como debe ser, según dejó escrito el gran Marcus Vitruvius Pollio, sobre cincuenta años antes de nuestra Era.
Vale
J. A. P.
1.- Las citas se toman: del soneto al Acueducto, del escritor segoviano Luis Martín G. Marcos, titulado "Ceniza en vilo" (¡revelador de rasgos preciosos del Acueducto!; se apoya en tropos o figuras tradicionales de la poesía clásica española). Del poeta murciano Francisco Sánchez Bautista. De San Juan de la Cruz y de Mío Cid. Hay una cita conceptual de Miguel Fisac, y una literal de Ramón G. de la Serna.
Dr. Ingeniero don Aurelio Ramírez Gallardo; Supervivencia de una obra hidráulica. El Acueducto de Segovia. MCMLXXV; Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. Madrid; 2.ª edición corregida. Presentación del Marqués de Lozoya. Prólogo, de Fernando Chueca Goitia.
2.- Soneto del poeta segoviano Luis Martín G. Marcos. Tomado de Clausura y Poemas, libro publicado en 1974 por la Caja de Ahorros de Segovia; y también en Crónicas de la Ciudad (según selección de José Montero Padilla), de la Real Academia de San Quirce de Segovia.