Carlos Ortiz
cortiz@el-nacional.com
1
Los cumaneses hemos pasado buena parte de nuestra vida lidiando con las aguamalas. Gelatinosos cuerpos casi invisibles, transparentes hasta la desaparición, las aguamalas son, más que evidencia, sugerencia de lo que creemos expresar cuando hablamos de lo fantasmal. Al igual que los fantasmas, las aguamalas parecen a medio camino entre lo inasible y lo atrapable, nos dejan ver las cosas a través de sus cuerpos, como si quisieran que caigamos en cuenta de que son el escollo que posibilita nuestro ir al mundo en su doble sentido de partida y de regreso.
Podríamos renunciar a los fantasmas -podríamos al menos eludirlos-, pero quizás nunca escapemos de lo fantasmal. Así como la pérdida de la memoria hace apremiante y más fuerte que nunca la voluntad de recuerdo, así lo fantasmal dispara la pulsión de realidad: la voluntad de tierra -de materia estable- punza como un conato sin concepto, como una intelección sin significado, como un estado mental afirmado en el susto: imaginado pero inarticulado, mudo, inexpresado.
La aguamala es generosa porque no nos impide mirar a su través lo que nos espera; pero lo que nos deja ver es una transparencia compacta e infinita en la que nos extraviamos fácilmente. Vidrio oculto tras un cristal, frasco vacío dentro de un vaso limpio, ola que ondea sobre una sucesión de ondas, la aguamala nos hace añorar los límites precisos de los cuerpos diferenciados... La reiteración de la transparencia es una forma promisoria de la tiniebla: nos abre el espacio para siempre, prolonga lo diáfano hasta matarnos de espacio. Errática entre sus tinieblas de vidrio, la voluntad es así poco más que un ansia.
2
Aparentemente entregadas a una ociosa flotación, las aguamalas le procuran al mar palabras contundentes para afirmar su señorío: el contacto con ellas es siempre un recordatorio de la distancia que media entre nosotros y la Naturaleza. Y nosotros, escindidos de la Naturaleza -aparentemente por voluntad propia-, nos queremos en ella sin saber cuánto de ese querer nos mata y cuánto nos da vida.
Ya entre algunos de los primeros filósofos surgió la conciencia de una culpa óntica que purgábamos con la degeneración material. Que existiéramos como cuerpo social o como cuerpo individual daba lo mismo: una y otra circunstancias expresaban la existencia singular, afirmaban la negación de lo indeterminado. A una dialéctica sencilla la salvaba una lógica simple: si lo indeterminado es la substancia de todo y nada es sin él ni fuera de él, entonces la particularidad no puede ser sino finita y perecedera, pues no puede lo determinado sobrevivir a lo indeterminado. Y nunca como entonces fue tan plena la pluralidad, justo cuando se le procuró su rotunda muerte metafísica.
3
Esa exclusión trascendental de lo determinado tal vez fuera una flagelación: lo particular, más que comprometer al Uno supremo, desdecía su pureza, que era como darle al logos la cualidad de un eros: transgredir la unidad racional de lo sabido para saber desde lo incognoscente: conocer por lo sentido.
Eros cognoscente, diría una voz caribeña, cercana al mar y a las aguamalas: la rancia conseja de la unidad dúplice quizás no fuera más que la sobreestimación de un juego de palabras: moción-contramoción. Logos: moción; eros: conmoción. Eros a/lógico que no hace sino excitar al logos ana/erótico: quién pudiera saber cuántas de nuestras racionalizaciones son deseos, por lo menos deseos de otro... que vienen de otro, que van hacia otro...
4
... Mientras no le damos nombre a la con-moción de querer ser el yo de otro, la euforia y la melancolía, la insatisfacción y el goce, la dicha y la fatiga, la promesa y la sensatez se inflan en una pedantería vitalista que parece sobrepasar incluso el verdadero alcance de lo que sentimos. Y como el verdadero alcance de lo que sentimos no es manifiesto, insistimos. Y como somos lo que sentimos, nos desespera saber que ya no podemos vivir más sin semejante conmoción. Y como somos lo que nominamos, cuando a todo eso lo llamamos amor, empezamos a comprender que vivimos a pesar de eso, que estamos viviendo de lo que va muriendo, que vivimos de la energía de una emoción de muerte. Una emoción que a veces sólo tiene sentido cuando la callamos, pero que sentimos que lo tiene cuando la hablamos. Una emoción que exige la misma sangre fría que requiere la cursilería de los amantes en apuros: qué amante no quiere vivir como si fuera a morir mañana, qué amante no siente el amor como nadie nunca jamás, qué amante no quiere morir hoy mismo, qué amor no es eterno... Qué eternidad sobrevive al amor.
5
Y ninguna determinación es tan rotunda como el amor; a veces intransitivo y siempre indeterminado, él se ha allanado el terreno que probablemente nos estaba reservado para no morir jamás más que una vez. El amor es la certeza de que no volveremos a lo indeterminado, la garantía de que moriremos a pesar de la inmortalidad. O al menos el consuelo de que siempre podremos morir; una y otra vez, qué otra cosa si no es la eternidad: morir siempre, que no para siempre.
Epílogo
... Quien se quiere morir ya tiene algo por que vivir, algo que sobrevivirá a su muerte efectiva, así como la transparencia sobrevive a la aguamala sólo para replicarla hasta la fantasmagoría.