Harmonie Botella
harmoniebc@telefonica.net
Algunas recuerdan su primer beso.
Yo recuerdo mi primer porro.
Tenía trece años y fumaba desde los doce, los Malboro que sustraía a mi madre y los Winston que robaba a mi padre. Era la chulita del colegio, y la cabecilla del grupo de las marginadas.
Me sentía muy bien. Con esta etiqueta de subversiva me alejaba de la aburrida realidad. Pertenecía a un grupo no conformista, a un grupo que obedecía a mis órdenes.
Recuerdo que fumaba, con descaro, delante de la verja del colegio, ya que dentro claro estaba prohibido. No me importaban los sermones de las monjas, que se creían investidas del derecho divino. Fumaba en los aseos, durante las clases, pretextando un fuerte dolor de barriga para abandonar el aula apestosa y mugrienta.
No recuerdo lo que me aportaban tantos cigarrillos. A lo mejor relajación, evasión. Evasión de este mundo de obligaciones, de este mundo lleno de compromisos.
Cuando llegó la primavera de aquel año, aparecieron unos chicos desconocidos delante de la puerta del colegio. Ropa y zapatos de marca, motos nuevas. El primer día nos invitaron a Coca-cola, después a cubata. Para coronar la fiesta, sacaron unas barritas de chocolate y nos enseñaron a mezclarlas con tabaco picado.
No alcancé el nirvana. Al contrario. Creí morirme. Mi corazón descontrolado amenazaba con darse a la fuga y mi estómago revuelto me jugó varias malas pasadas. Perdí el conocimiento durante unos instantes y nuestros amigos porreros y fumetas desaparecieron por miedo a una intervención de la policía.
No escarmenté.
A la semana siguiente volvieron con un chocolate más refinado... que nos regalaron también. Eran unos tíos guays. Sabían compartir.
Mis siguientes porros ya no fueron gratis. Empecé a robar dinero a mis incautos padres para proveerme de mi dosis semanal de chocolate. Ellos no se daban cuenta de mis hurtos ni del estado en que volvía a casa el sábado de madrugada. Necesitaba unas doce horas para recuperarme de tantas litronas y de tantos porros. Tuve suerte, nunca caí en el dichoso coma etílico, nunca la policía me trajo de vuelta a casa, echa un trapo. Sabía esperar para que desapareciesen parte de los efectos.
Viví una época dorada, fumando petas y tomando litronas sin que mis padres se enterasen de lo que fuera. Claro, mis resultados en el colegio fueron catastróficos y las broncas con los viejos diarias.
Noté que con el nail, o peta, a pesar de los efectos embriagadores, perdía la memoria, mi corazón latía demasiado rápido, no podía concentrarme en nada. Repetí curso sin que nadie se imaginara a qué se debía mi conducta.
Hasta los quince años fui robando a mis padres, hermanos, y sobre todo abuelos, todo el dinero que pude para pagar mis porros. Tenía un plan muy bien establecido: los domingos les tocaba a los abuelos maternos o paternos, según quien comiese en casa, los lunes a mi hermano mayor (escogí el lunes porque era el día en que la chica limpiaba su habitación, y él, claro, creía que la mujer le guardaba el dinero suelto en un cajón), los miércoles le tocaba a mi santa madre, que iba de compras y no controlaba nunca el peculio que llevaba, y el viernes por la tarde a mi padre, que solía sacar dinero del cajero automático. Mi organización era extremadamente cuidada. Nunca se percataron.
Al cabo de dos años busqué sensaciones nuevas y llegué hasta la heroína, más elaborada que los petas que me vendían los colegas. Para que me saliera gratis, fui al campo algunos fines de semana, recogí amapolas e intenté sacarles el opio... Pero por mucho que intentara extraer la potente droga y destilarla hasta obtener el preciado polvo blanco, no tuve ningún éxito La fabricación no era lo mío.
Me limité a fumar y esnifar, experimentando cada vez sensaciones fuertes, pero efímeras. Los efectos secundarios: náuseas, pérdidas de visión, ausencia de memoria, parálisis muscular no me asustaron... Yo era una chica valiente y siempre lista para un nuevo viaje.
A pesar del dolor físico que se apoderaba de mi cuerpo, esnifé nieve, generalmente llamada crack, para potenciar mi comunicación, muy escueta debida a las drogas anteriores. Mis primeros colocones fueron delirantes y duraderos hasta que llegó un día en que se hicieron cortos y livianos. Necesitaba cada día más freebase.
Ya no sé muy bien lo que me ocurrió a partir de los dieciocho años. Mis padres me echaron de casa, pero me pagaban el alquiler de una habitación para estudiantes en un lúgubre piso de las afueras de la ciudad. Me pasaba gran parte del tiempo tirada en un colchón mugriento, donde otros y otras devolvieron sus tripas, sus entrañas.
Necesitaba dinero, y las raras veces que echaba horas me dedicaba a saquear todo lo que podía para gastármelo en sueños blancos y suicidas.
Para conseguir el milagroso polvo níveo, vendí pañuelos de papel en los semáforos, vendí chocolate a la salida de las discotecas y vendí mi cuerpo al mejor postor.
Me prostituí. Tuve un chulo que me traía a los clientes a la habitación porque había días en que me había metido tanto que no podía salir para hacer la calle. Decenas de hombres babosos, ebrios, sucios yacían sobre mi cuerpo apagado y descuartizado.
Encajes, perfumes, clases de piano... ¿dónde estaba mi infancia?, ¿dónde estaba mi vida? Aspiraba a la muerte. Aspiraba a la nada.
Estaba en un agujero ennegrecido que absorbía el poco aliento que me quedaba. Emergen recuerdos bañados en éter, de estancias en hospitales por varios abortos provocados o sencillamente por sobredosis.
Estaba coqueteando con la muerte, haciéndome la chula porque sabía que nunca se apoderaría de mí. Yo era leader y lo seguiría siendo hasta el final de mi último respiro. También me hacía la brava cuando venían a visitarme las sicólogas y los especialistas en drogodependencia. Pero fueron más tenaces que yo y su dulce letanía acabó por circundar mi cerebro, dominar mis ideas.
Durante mi último ingreso, que duró cuatro meses, me convencieron poco a poco para que abandonase las drogas y acudiera a un centro de desintoxicación. Buena idea. Pero ¿quién pagaría el centro? Mis padres no me hablaban y no querían saber nada de mí. Habían sufrido demasiado como para volver a reanudar una relación conmigo.
Esta última frase me derrumbó. Nadie me amaba. Era la oveja negra de la familia y ningún miembro de la "casta" me ayudaría.
Pero los ángeles del hospital me auxiliaron. Me ingresaron en un centro donde no tuve que abonar ni un céntimo. Tuve suerte, gracias al prolongado ingreso en centros sanitarios, mi adicción a las drogas iba regresando, y fui una buena candidata para la desintoxicación con metadona.
Suponía ya que la pesadilla se acababa, que viviría libre de drogas, de dolores, de hombres asquerosos que se deshacían sobre mi cuerpo.
La metadona no fue un viaje de rosas, fue otro trip hacia un infierno ya conocido. Fui adicta a la metadona, mi cerebro volvió a no producir las endorfinas que luchaban contra el dolor. Necesitaba cada vez más esta nueva sustancia que sustituía todo lo que había tomado anteriormente. Una larga lucha se instauró entre la metadona y yo. Recordé que era una valiente, una leader y que ganaría la batalla contra la dependencia.
Gané la cruzada. No tomo más drogas. Estoy rehabilitada.
Tengo veinticinco años y lucho contra las secuelas que han dejado en mi cuerpo las drogas y el alcohol. Soy un ejemplo para mis compañeros de planta, en este hospital de la Seguridad Social...
...Sigo ingresada por otro motivo y por poco tiempo.
El sida no podrá conmigo.
Quiero vivir.