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Teoría del hombre anónimo

Franklin Briones
fcbriones@yahoo.com

Cuando traspasó la puerta enrejada de la celda húmeda y maloliente donde lo ubicó el guardia que le designaron, aún no entendía del todo cómo era posible que precisamente ahí estuviese aguardándolo aquello que siempre había buscado.

Ni siquiera el olor  de los excrementos amontonados en una de las esquinas le impidió sonreír cuando se imaginó presidiendo las primeras planas de todos los diarios del país. Los ojos ávidos de los lectores hurgarían en los suyos, tratando de desentrañar la realidad de aquella historia escrita a toda página los primeros días,  y trasladada después al sitio reservado a las noticias de su índole. Decidió exigir que aquella fotografía para portada fuese hecha por un artista y que a él lo ataviaran de acuerdo a la ocasión.

Estaba pensando en las caras incrédulas de las mujeres que frecuentó en otras épocas, cuando miró plantarse frente a la puerta de  la celda al guardia que le habían destinado. Lo vio dejar el cubo metálico en el piso y la escoba recostada sobre la pared de ladrillos enlucidos y, luego, girar la llave en la cerradura. Cuando el uniforme, el agua enjabonada, y el manojo de ramas flexibles y atadas, estuvieron adentro, él ya había entendido que la maquinaria se hallaba funcionando.

-Dice mi coronel que estoy a tus órdenes -le informó el guardia-. Y  no cerraré más esta puerta.

Pero él no le prestó  ninguna atención porque en ese momento una mujer estaba diciéndole: "¿Qué te pasa, es que no puedes?".  Y mientras el uniforme lo vio permanecer sentado en el borde del camastro, sin mover los ojos ni parpadear, las imágenes siguieron danzando alocadamente en su cerebro.

Él era un púber. La mujer apareció sin llevar nada, con sus tetas pequeñas -los pezones firmes, rosáceos, hinchados-, con el vello púbico formando un perfecto triángulo, ofreciéndose. Y él estaba exhalando un suspiro ahogado y tenía las manos aferradas a la ingle.

-Entra -le dijo.

-Entra -repitió, viéndolo demudado por la visión de su sexo-. Tu padre no está. Y me da miedo dormir sola.

Cuando él se percató del tufo alcohólico, la mujer ya estaba  aligerándolo de la ropa e introduciendo la mano por la bragueta para hacerle sentir sus dedos enrollándose expertos y tirando hacia  fuera.

Fue la última vez que vio su animal tieso. Y la única ocasión que lo introdujo.

- ¡Afuera!

La voz lo hizo estremecerse en el mismo instante en que sentía que el líquido salpicaba su piel.

-Afuera -le repitieron, cambiando el tono y el tiempo-. Esto es un asunto entre esta basura y yo.

Lo vio a los ojos antes de incorporarse lentamente y buscar la salida. Sintió la mirada sobre su espalda y supo lo que vendría cuando lo escuchó carraspear.

-¿En realidad, eres tú?

Esta vez percibió la mofa. Lo miró desde la puerta: tenía la voz acholada y el cuerpo alto y vigoroso. Pero, aún así, algo estaba recordándole a su padre.

-Dios no te perdonará lo que has hecho -le pronosticó-. Ni siquiera no haciéndolo nunca más. Ni siquiera castrándote.

Ahora él entendió el porqué de la comparación: ambos eran guardias de algo. Los dueños de su libertad. Solo que uno ya no existía.

-Usted,  ¿qué cree? -contestó.

El guardia hizo una mueca. Pero no le dijo que le parecía imposible por la edad. Y por el cuerpo mismo, tan diferente al suyo.

Yo sospecho hasta de mi madre -afirmó-. O no valgo para policía.

-Lo sé -dijo-. Y repitió las palabras mientras entraba en la soledad del pasillo y las imágenes seguían inquietándole el cerebro.

-¿Qué te pasa, es que no puedes? -repitió una mujer en el pasado.

Él hubiese querido explicarle que no era nada personal, que así le pasaba con todas. Decírselo: es por mi madre, sabes. Pero no lo dijo. Ni entonces, ni nunca.

Apoyó la espalda en los graffiti y fue dejándose caer hasta hundir la cabeza entre las rodillas. Y entonces fueron otras imágenes y otro tiempo.

El olor ya no sería problema cuando ingresaran a la celda el coronel y sus ayudantes. La puerta estaría sin cerrar y él sobre el camastro, todavía pensando en el estupor de sus allegados cuando lo encontraran -después de tanto tiempo y tantas burlas- fotografiado y narrando a seis columnas una vida que jamás le conocieron.

-¿Cómo -dirán-, si nunca pudo?

-Y con la edad y el cuerpo que tiene -moverán las cabezas-, no mata a ninguna. Y menos las viola.

-Pobrecito: debe de ser un chivo expiatorio.

-¿Un chivo?

-¡Expiatorio!

-Mi coronel -tendrá que decir, cuadrándose lo mejor posible-, haga las cosas bien.

El coronel quizá lo mirará con furor. No. No. Tendrá que mirarlo con agradecimiento. Ser recíproco. Mirarlo con los mismos ojos de hace rato, cuando lo trajeron a prevención por indocumentado y él dijo que aceptaba cualquier nombre que le pusieran, porque después de todo ya no importaba nada. Y el otro fue la desmesura de la invención y de la alegría.

-¡Eso es!, -gritó-: ¡tú serás él! ¡Tú eres él!

Y ahora estaba aquí, esperando.

Sacó la cabeza de entre las rodillas justo en el instante en que el guardia que le habían designado abandonaba la celda.

-Ya está limpia, puedes entrar -dijo.

Y después:

-Oye, yo no creo que seas tú.

Él no respondió. Estaba pensando en el misterio que sería alcanzar la libertad que tanto había buscado afuera, precisamente aquí adentro. Y en la posibilidad de ser un hombre. Todo un hombre.

Y cuando escuchó que el guardia le decía: "Ahí vienen", él no necesitó  mirarlos para saber que la maquinaria estaba funcionando. Y de tan buena manera que desde aquél momento sintió un placer sólo semejante al de ese orgasmo lejano.


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23 de November de 2009

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