W. Pedro Rivera Márquez
pedromarca@bolivia.com
La mujer había llegado hacía un poco más de una semana al improvisado hospital de campaña de aquel fortín de vanguardia del Ejército Boliviano, en pleno Chaco Boreal, enviada por un oficial de sanidad que la tomó por loca. Lo primero que hizo al llegar fue preguntar entre los soldados heridos y enfermos si había alguno que conocía al soldado Félix Márquez.
Su búsqueda comenzó hacía tres meses atrás, cansada de aguardar noticias sobre el paradero de su hombre que había marchado entre los primeros contingentes de soldados que partieron de Tarija con rumbo al Chaco, a combatir por la Patria. Él marchó, sonriente, con la promesa de regresar y ella, confiada, juró esperarlo. Pasó dos años entre los pasillos del comando de etapas aguardando una carta, una noticia o el retorno anhelado.
Algún paisano le comentó una vez que un amigo escuchó decir a otro que su hombre cayó herido combatiendo en la batalla del Kilómetro Siete. A otro le escuchó decir que un grupo de soldados fueron tomados prisioneros y llevados al Paraguay. Entre las mujeres corría el rumor de que regimientos enteros se perdieron entre tuscales y arenales interminables muriendo de sed, de hambre y de insolación; o que varios soldados desertaron huyendo hacia la Argentina y que algunos terminaron siendo fusilados.
En el comando del ejercito nadie le dio razón de él ni de su paradero. No era el único soldado buscado por sus madres, por sus mujeres, por sus novias o por sus hermanos. Se sentaba, entre mujeres de todas las edades, a esperar noticias mientras veía cómo unos soldados marchaban, sonrientes y relucientes, al frente de batalla -como un día partiera su hombre- y otros volvían sucios, tristes y malheridos, con la mirada alucinada por las batallas, o muertos. Unos dejaban las promesas del retorno y otros volvían con el alma y las ilusiones perdidas entre los ardientes desiertos del Chaco.
-¿Ha visto usted al soldado Félix Márquez? -preguntaba a los hombres de rostro cansado que bajaban de los camiones que volvían del frente.
-¿Está entre ustedes el soldado Félix Márquez? -pregonaba entre los heridos que eran llevados al hospital.
-¿No está el nombre de Félix Márquez? -buscaba entre las listas de muertos y prisioneros de guerra que circulaban entre los pasillos del comando.
Las preguntas, que al principio abrían una puerta para la esperanza, se fueron convirtiendo en una suerte de repetición demente, de búsqueda infructuosa, de ilusión perdida. Hasta que un día, desesperada, cansada de tanto silencio, decidió marchar al frente tras los pasos de su hombre. Se embarcó en un camión que llevaba provisiones para la población civil de la zona de guerra, en medio de comerciantes y mujeres de nadie. Llevaba consigo una pequeña maleta de ropa y la foto de su hombre, en uniforme de soldado, gastada de tanto ser mostrada y por tantas lágrimas derramadas.
Ahora ella se encuentra muy cerca de la línea de fuego y por momentos se escucha el fragor de la batalla. Nadie sabe cómo pudo llegar hasta tan lejos; solo la confusión y el caos de un frente de guerra fuera de control pueden explicar su presencia a pocos kilómetros de las trincheras, donde se combate heroicamente. Por allí circulan dudosos emisarios de los jefes de campaña que trafican con mercaderías y con mujeres, compañías de soldados harapientos que marchan y contramarchan hacia el combate, camiones cargados con municiones y vituallas que suministran las líneas.
El hospital de campaña tiene numerosos soldados que agonizan en las improvisadas y sucias chapapas que les sirven de lecho; hay heridos, disentéricos y tuberculosos que esperan ser evacuados antes de morir en el olvido. Hombres que lucharon entre las trincheras ahora son devorados por los piojos, la fiebre, la sed y la indiferencia. Ella, un raro ejemplar, enviada al hospital de campaña con el incierto diagnóstico de "loca de guerra", se ha incorporado a la rutina ayudando como puede. Alcanza un poco de agua a los agonizantes, colabora a los disentéricos en su urgencia por alcanzar las letrinas o provee de latas vacías a los tuberculosos que escupen en el suelo. Siempre que pasan nuevos contingentes de soldados, de ida o de vuelta de la línea de fuego, pregunta si alguien ha visto a su hombre mostrando la raída fotografía que sostiene entre sus manos temblorosas.
Entre los soldados heridos que se encuentran en el hospital hay uno que agoniza por una herida de bala en el hombro derecho. Tiene el uniforme raído, hecho pedazos, y está descalzo. Una venda que se encuentra permanentemente manchada de sangre cubre su pecho como una gloriosa condecoración por su heroísmo anónimo. Tiene el rostro pálido, poblado de una barba de días. Con mirada febril contempla a la mujer que solo habla para preguntar por su hombre. El herido la mira obsesionado, impresionado por su mirada perdida y por el rictus amargo de su rostro. No la ha visto sonreír desde que llegara. No conoce cómo es el rostro de esa mujer iluminado por una sonrisa. "Si al menos sonriera, todo sería más llevadero", pensaba en su lecho de muerte. En medio de su agonía trata de recordar cómo era su mundo y sus sueños dejados en esa Patria lejana por la que ha venido a combatir; pero todo es una bruma pesada que se confunde con el humo y el horror de la guerra. Ahora, esa mujer es la Patria. Y, en medio de la noche, con su viejo puñal de combatiente, ha escrito un verso en la abollada superficie de su caramañola:
Paloma del alma quiero decirte
Que mi vida se está secando en esta guerra
Ay paloma, si tú sonríes,
Me vuelves la vida que ya no me queda
Una mañana, cuando la mujer le alcanza un poco de agua, el soldado agonizante hace un gran esfuerzo y con voz apagada le dice:
-Yo conocí a un soldado que se llamaba como el que tú buscas. Combatimos juntos, en el Regimiento Lanza, durante la defensa de Alihuatá. Él murió cuando rompimos el cerco que el enemigo había hecho a nuestros ejércitos. Cuando nos retirábamos, tomé sus municiones y su caramañola. Ahora te la entrego porque tiene escrito algo que te pertenece.
La mujer posó sus ojos secos y sin vida en la vieja caramañola, paso su mirada sobre las palabras talladas en el metal, su rostro se descompuso, sus ojos se llenaron de lágrimas, lloró amargamente y sonrió.