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Centón sobre la vida, la muerte, los políticos y la educación

Vicente Adelantado Soriano
viadso@telefonica.net

I

"¡Yo todavía no he logrado averiguar si la vida es algo serio o es simplemente una broma! Cuando es una broma es cuando mayor pesadumbre puede causar. Cuando va en serio es, realmente, cuando proporciona más agrado y más calma... Pero cuando, por fin, uno ya se comporta como una persona seria, ¡entonces llega alguien y le toma el pelo!".

August Strindberg. La danza de la Muerte.

Francamente, me considero un elemento más del grupo de quienes no han comprendido todavía, ni creo que lo comprendan nunca, si la vida es algo serio o simplemente una broma. No lo he comprendido. Pero, no obstante, prefería que fuera una broma. Una broma un tanto insulsa, por cierto, de mal gusto a veces, y que es mejor, a fin de que nadie nos tome el pelo, observar desde la otra orilla. Con la perspectiva, como quería Valle-Inclán, del difunto.

"Yo quisiera ver este mundo con la perspectiva de la otra ribera. Soy como aquel mi pariente que usted conoció, y que una vez, al preguntarle el cacique qué deseaba ser, contestó: ‘Yo, difunto'".[1]

Se supone que los difuntos son capaces de no impresionarse por nada, ni asustarse de nada. Son, en consecuencia, los observadores más objetivos con los que podamos contar. Quizás por eso mismo en cuanto una persona lanza su último suspiro, siempre, alguien, piadosamente, le cierra los ojos: así que no puede ver de forma objetiva las múltiples maravillas que hay en la tierra, en el mundo de los vivos.

Intentemos analizarlo todo con el desapasionamiento de un viejo difunto.

Dice un refrán castellano que sabe más el necio de su casa que el avisado de la ajena. Por supuesto que el avisado jamás reconocerá regla tan elemental. Pues son muchos quienes se atreven a gobernar y dirigir su casa, y cuantas les pongan o hallen por delante. No es moderna esa manía. Ya lo advirtió don Juan de Zabaleta hace mucho tiempo:

"Cada uno piensa que su vicio tiene mejor figura".[2]

Por vicio cabe entender, amén del hábito de hacer mal ciertas cosas o no poder prescindir de ellas, el creerse también por encima de las propias posibilidades. Quizás una de las cosas más difíciles de este mundo sea conocerse a uno mismo, y saber mandar y ordenar con justicia y ecuanimidad. Dar gritos en un cuartel es muy sencillo: sobra con tener cuerdas vocales y algún pobre diablo con el miedo metido en el cuerpo.

Cosa distinta es gobernar una nación con justicia y equidad, buscando el bienestar de los ciudadanos. Pedir esto quizás sea pedir demasiado a quienes ocupan el poder, que ya tienen bastantes preocupaciones con hacer lo imposible por seguir manteniéndose en él. Pese a las promesas no cumplidas, la bancarrota del país, el despilfarro y la corrupción, cáncer que ya ha hecho metástasis.

Sí, es cierto, como ha dicho un famoso político, que hasta entre los compañeros de Jesús, entre los apóstoles, había un corrupto. Sí, en todas partes cuecen habas, y en mi casa a calderadas. El ejemplo del apóstol "corrupto" está muy bien traído. Es capaz de impresionar al más vivo de la congregación; no a los difuntos. Pues hay que tener en cuenta que el tal corrupto era necesario por obligación: sin él no se hubiera producido la famosa redención del género humano por aquel quítame allá esas pajas de Adán y Eva.

Cosa distinta es que haya corruptos ahora en los partidos políticos, en los gobiernos, en las autonomías, y donde suena el vil metal. Y más vil es que se empeñen en mantenerlos. Ya lo dijo un personaje de don Jacinto Grau:

"DON TELESFORO.- Conservar lo corrupto es un crimen".[3]

Y, desde luego, salvo que alguien diga lo contrario, los tales corruptos, los actuales, no el pobre Judas, no van a provocar la terrible muerte del jefe de filas, gracias a la cual será redimido el género humano. Cosa, por otra parte, que jamás he entendido. Recuerdo mi asombro infantil, y mis preguntas al profesor de religión, un cura, claro. Pues no comprendía, pobre de mí, que por comerse alguien una mísera manzana, tuvieran que crucificar a una persona para lograr el perdón del género humano, nacido con el pecado original. Menos entendía que fuera redimido yo, que nada había tenido que ver, pues pensaba lo que leí años más tarde:

"Nada hay más injusto que hacer a alguien heredero del odio a su padre".[4]

Me horrorizaba y horroriza que por mí, por algo que no he hecho, se matara a una persona de forma tan bestial y salvaje. No se trata, por supuesto, de provocar un debate religioso a estas alturas. Ni se trata de comprender nada de cuanto se cuenta en la Biblia o en sus glosas. No es ese el problema que nos ocupa. Aunque, cómo no, hablemos de religión, o mejor, de la iglesia.

II

"La vida humana no es otra cosa que un juego de necios".

Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura.

Podría pensarse que es así, que la vida es un juego de necios. Y entonces, ¿para qué ocuparse de los necios? ¿No hay nadie mejor con quien llenar nuestros ocios? ¿Y no hay nada mejor que hacer en esta vida que ocuparse de las tales personas? Es posible que lo haya, pero por ahora somos incapaces de descubrirlo. Tal vez en algún lugar exista un magnífico mármol con el que esculpir maravillosas estatuas, pero aquí y ahora sólo contamos con un barro barato y poco consistente. Nada más. De ahí que se imponga la visión del difunto, o la del humor cervantino ante nuestras propias creaciones:

"Acontece tener un padre un hijo feo y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos para que no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas y las cuenta a sus amigos por agudezas y donaires".[5]

Podía pensarse que todo cuanto hay en el mundo es creación humana. Hijo de algún que otro hombre: música, política, sistemas de gobiernos, arte, cine, todo. Y es posible que todos y cada uno de los vivos estén enamorados de su propio arte, de sus obras y de sus hijos. Ahora bien, así como no ven lo mismo en una barra de pan un hambriento que un saciado, tampoco el pariente lejano ve las gracias que observa el padre de la criatura. Y bien está alejarse de la tribu y ver sus propios defectos por mucho que nos duela. Con el desapasionamiento de un difunto. Pues de lo contrario solo aceptaremos como bueno lo nuestro, nuestras propias limitaciones. Cosa harto peligrosa, como ya se advirtiera hace tiempo:

"No hay cosa más perdida, hija, que el mur que no sabe sino un horado. Si aquél le tapan, no habrá donde se esconda del gato".[6]

Sí, el mur avispado busca nuevos horados. Y cuando una cosa resulta inservible, o de ella se derivan más problemas, sufrimiento y dolor que beneficios, es llegado el momento de dejarla y buscar nuevas cosas. Otras voces y otros ámbitos.

Todo sistema político es creación humana. Y, como tal, es imperfecto y perecedero. Al parecer hasta ahora todo sistema político, el poder, caía en manos de un estamento o una clase social que le imponía a las otras sus leyes, penas y castigos. Y todo sistema político ha degenerado, y nunca para bien. Esa degeneración, haciendo un rápido esquema de la historia de la humanidad, ha llevado a guerras sin cuento y, muchas veces, sin cuartel.

Tal vez podríamos decir, con propiedad, que el género humano ha evolucionado si, ante viejos problemas, diera soluciones nuevas y creativas. Pero, por desgracia, la guerra sigue siendo su única solución. La misma que se ha dado desde los orígenes del tiempo. ¿Y qué causas pueden conducir a una guerra? Evidentemente la injusticia:

"Desterrada la justicia, que nadie ignora que es el vínculo de las sociedades humanas, desaparece lo que en la sociedad está cercano y unido por la propia justicia, esto es la libertad, por la que se logra que el hombre sea considerado por el hombre como hombre y no como animal."[7]

No hace falta decir que todos los gobiernos, estados y repúblicas se crean su propia justicia, más o menos alejada de la que podríamos llamar justicia natural, a fin de justificar sus propios desmanes que, poco a poco, llevan a considerar como un personaje perverso a quien no acata sus principios y leyes. El siguiente paso es calificarlo de animal y demandar su ejecución. Así se han alcanzado grandes momentos de paz, la paz del cementerio.

Si al género humano no le gustara la guerra, haría lo imposible por no llegar a ella. Pero siempre da la impresión de que caminamos hacia los conflictos a pasos agigantados, y sólo regresamos al camino de la paz cuando las lanzas bimembres están ahítas de sangre. ¿Hay forma humana de evitar las guerras?

"La sabiduría no necesita de la violencia".[8]

Si es así, bastaría y sobraría con ser sabios. O, al menos, conque lo fueran o fuesen aquellos que gobiernan las naciones, países y repúblicas. Es el viejo sueño: ya se intentó en la Grecia más clásica de todas las Grecias algo similar o parecido. Y sabido es cómo terminaron tanto Sócrates como Platón, que fue vendido como esclavo por intentar convertir a un tirano en un filósofo. Unos siglos después los seguiría el bueno de Séneca. Pero ni por esas los filósofos, moralistas o pensadores dejaron de escribir al respecto. Y así tenemos un buen puñado de manuales de educación del príncipe. ¿Sirvieron para algo dejando de lado el placer o el dolor que puede producir su lectura? Sea cual sea la respuesta, está claro que la guerra no ha cesado. Augusto se pudo jactar ante la sibila de Cumas de la pax romana. La paz ecuménica parece ser que es imposible. Al menos por ahora. Lo cual convierte al hombre en un necio carente de la más mínima de las inteligencias.

III

"Aprendan los hombres de los brutos, que ninguno carga con más de lo que le toca y aprovecha. ¿Cómo no ha de haber pobres si amontona el rico en su casa lo que no ha menester y con lo que deja podrir en sus despensas pudiera sustentar una familia?"

Torres de Villarroel, Visiones y visitas.

¡Tiempos felices aquellos! Lo que se le pudría a un rico en su casa podía alimentar a una familia. Hoy, y en estos tiempos que corren, la desmesura, la hibris, ha llegado a tal punto que un rico, un estafador, un corrupto, no como Judas, sería capaz, con lo robado, de alimentar y mantener a un pueblo o aldea durante varias generaciones. Y seguramente no pasarían hambre ni los padres ni los nietos.

La pregunta que cabe hacerse es ¿cómo se ha llegado a este estado de cosas? ¿Qué ha permitido el enriquecimiento de unas personas en tanto abocaban al paro, al desempleo, a infinidad de otras? ¿No tienen los gobiernos mecanismos para prevenir semejantes desafueros? ¿O son consentidos por los miembros de esos gobiernos que también necesitan dinero e influencias para permanecer en el poder? ¿Y qué ha hecho, mientras tanto, la oposición? Parece ser que poco o nada. Cuando no imitar a quien debía controlar:

"Desta suerte andaba el juego y la risa de todo el mundo, que siempre la mitad dél se está riendo de la otra, burlándose unos de otros, y todos mascarados; éstos se fisgaban de aquéllos, y aquéllos déstos, y todo era risa, ignorancia, murmuración, desprecio, presunción y necedad, y triunfaba el ruincillo."[9]

La idea, en un principio, no obstante, no parece mala: hay un partido que gobierna y otro que está en la oposición. Y éste controla a aquél. Lo malo es cuando ambos olvidan que están donde están para servir a una nación, y no para llegar al poder por el poder y las prebendas que le arrancan. Esto es lo que se ha olvidado. Y el olvido, interesado, ha llevado a justificar los medios con tal de llegar al fin, el poder. El triunfo del ruin. Y el poder se ejerce, entonces, como si fuera propiedad privada.

"Creo que donde hay propiedad privada y donde todo se mide por el dinero, difícilmente se logrará que la cosa pública se administre con justicia y se viva con prosperidad".[10]

Y así cada cierto tiempo nos asaltan noticias y más noticias de corrupciones y corruptelas, de malversación de fondos, de nepotismo y de descarada chulería. Hay veces que da pena oír hablar a los políticos: son capaces de justificar cualquier cosa antes de reconocer un error, propio o de su partido. Es más importante para ellos la vida de su partido que la justicia, la ley y el orden. Vistos desde la otra orilla parecen un grupo de necios y enloquecidos simios en busca de dorados dátiles. Y lo triste no es que haya personas corruptas, algo al parecer inevitable, sino que quienes tienen en su mano el poder tarden tanto en reaccionar, en cortar el mal de raíz. ¿Por intereses propios? ¿Tal vez por ignorancia? Claro, si el sistema educativo no fuera el que es, tal vez hubiesen leído a los clásicos. Buena falta nos hace:

"Los hombres sólo obran bien por necesidad, pero donde se puede elegir y hay libertad de acción se llena todo, inmediatamente, de confusión y desorden."[11]

Es algo que deberían tener previsto. Y ser rápidos en su cauterización. Lo malo, parece ser, es que se tejen unas inextricables redes de intereses, y si cae el corrupto, cae todo el partido. O todo el gobierno. No se explica de otra forma tanta discusión, tanta justificación y tanta persistencia ante la misma enfermedad. Se repite esto con una regularidad pasmosa. Y no saben encontrarle ninguna solución. Sea quien fuere el que gobierne. Tanto monta, monta tanto el perro como el gato.

"No te indignes, pues, con nuestros políticos; son los hombres más divertidos que existen, con sus reglamentos que modifican incesantemente, persuadidos de que con eso pondrán remedio a los abusos que se introducen en las relaciones de la vida en todos aquellos puntos de que ya he hablado, y no advierten que lo que en realidad hacen es cortar las cabezas de una hidra."[12]

Quizás no sepan hacer otra cosa. Eso y barrer para casa. Imagino que una persona con un cierto sentido crítico no podrá, jamás, ser un elemento de un partido político.

Por otra parte, suponiendo que corten cabezas de hidra, que ya es suponer, lo hacen cuando el escándalo de corrupciones y corruptelas comienza a dañar la propia imagen del partido. Y muchas veces, criaturas, actúan igual que un tierno infante cogido en flagrante delito: acusa a su hermano, a su amigo, al gato, a quien sea antes de reconocer el propio error. Y así, como es fácil imaginar, no vamos a ninguna parte. O mejor dicho: siempre estamos en el mismo lugar.

"El progreso moral consiste en aprender a no engañarse ni engañar."[13]

Y en una sociedad corrupta mienten casi todos. Y casi todos lanzan lodo a los cuatro vientos. A río revuelto, ganancia de pescadores.

IV

"Mienten los que aquí moran; mienten los que aquí vienen, y hasta yo he necesitado mentir para que me admitieran."

Benito Pérez Galdós, Cádiz.

Cuanto está sucediendo últimamente en este bendito Reino es capaz de sacarle los colores a la calavera más antigua de la necrópolis. Es más curioso e interesante ver cómo un hueso se ruboriza que oír la cloqueante risa de un esqueleto.

Los gobernantes, con un desparpajo propio de la más absoluta de las ignorancias, o la más culpable de las criminalidades, han ido abandonando sus cometidos: gobernar y hacer leyes justas. En su lugar, se han dedicado a perpetuarse en el poder o a arrancárselo a quien lo tiene: la tiranía de la democracia. Y ese abandono de la vida pública se ha visto reflejado, al mismo tiempo, en una insistente introducción de los mecanismos del gobierno en la vida privada de los ciudadanos que todavía están vivos y coleando.

En unión con otro poder, el religioso, han llegado hasta a determinar cuándo una persona, convertida en vegetal por cualquier accidente, puede morir o dejar de hacerlo. Un ciudadano impedido no tiene poder de decisión sobre su vida o su muerte. A eso se le llama caridad cristiana, defender la vida, y estar en manos de un buen gobierno. El indefinido progreso. Qué lejos, con semejantes leyes, nos hallamos de los llamados bárbaros, gente sin ley ni cultura:

"Los parientes del recién nacido toman asiento a su alrededor y se lamentan ante la serie de males que, por el hecho de haber nacido, deberá sufrir la criatura enumerando todas las desventuras propias de la vida humana; en cambio, al que fallece le dan sepultura entre bromas y manifestaciones de alegría alegando que, libre ya de tan gran número de males, goza de una completa felicidad".[14]

Es sin duda por esto que el mundo nuestro, el de los muertos, es tan divertido como apetecible. Y ciertamente no deja de ser curiosa tamaña injerencia del estado y la religión en las decisiones que deberían ser personales entre los vivos. Ante tamaña intromisión sólo cabe decir que no hay nada peor, tanto en la vida como en la muerte, que depender de alguien. En nuestra civilización no se acepta la muerte como una parte más de la vida. Y uno puede decidir sobre algunas, pocas cosas; pero rara vez, si está impedido o en coma, sobre cómo y cuándo acabar su vida.

Es muy respetable que haya gente que crea en un ser superior, que todo lo ordena, menos la voluntad del hombre, que tiene libre albedrío pero no puede pedir que lo dejen morir en paz, y que no quieran desconectarse de una máquina. Es muy respetable su opinión y su actuación. Esa, al parecer, es la voluntad de su dios. Una cosa muy natural. El homosexualismo, practicado en todas las culturas, por el contrario, no es lo natural para ellos.

No vamos a entrar en vanas discusiones. Pero no podemos dejar de apuntar que es absurdo mantener con vida a una persona que no desea continuar viviendo. Negarle la posibilidad de morir parece más una crueldad que otra cosa.

"El problema social de la muerte resulta sobremanera difícil de resolver porque los vivos encuentran difícil identificarse con los moribundos."[15]

Resulta fácil, desde luego, promulgar leyes, respirar satisfecho, sentirse el centro de un grupo de personas que aplaude y jalea, y olvidar, a los cinco minutos, que la persona condenada a "vivir" no puede moverse, no puede hacer nada, tal vez ni siquiera respirar sola, en tanto los otros, lejos del enfermo, viven, se mueven, viajan y dictaminan leyes que los vuelven vanos, necios y absurdos. Pues su misión, al fin y al cabo, era otra: gobernar, evitar fraudes y robos y hacer leyes justas que obliguen a todos por igual.

La necrópolis se está partiendo de risa ante estas mis palabras. No podía ser de otra forma. Puesta la vista en la película, con un poco de perspectiva, parece un film surrealista, o mejor todavía: sin pies ni cabeza: igual se ha condenado a muerte, en la hoguera, a personas que no creían de la forma que se les decía que debían creer, que se obliga a vivir a otras como Dios ha dado a entender: en este caso pasa por voluntad divina; pero, al parecer, nadie es hereje porque así lo ha determinado el Dios que se nos invoca. La Iglesia le ha cercenado la voluntad a Dios, y lo ha hecho por donde a ella le pica. Por supuesto.

No hay nada que hacer: el hombre siempre será un grano de arena ante el poder, sea civil o religioso. Aunque la solución ya se dio hace años: Aníbal, que juró odio eterno a los romanos, siempre llevaba un puñadito de veneno entre sus ropas a fin de recurrir a él. Todo antes que caer prisionero de Roma. Tal vez sea ese el camino a seguir: llevar algo de veneno en el bolsillo por si uno, inválido, pasa a depender de otra persona con ciertos escrúpulos. O, lo que es peor, del estado o de alguna organización necesitada de reconocimiento.

Todo menos caer bajo el poder de aquellos que pueden utilizarnos como bandera, ejemplo y apólogo. Y recordar al bueno de Jorge Manrique:

"e consiento en mi morir

con voluntad plazentera,

clara e pura,

que querer hombre vivir

cuando Dios quiera que muera,

es locura."[16]

Y es morir no poder vivir, no poder moverse, no poder leer, pensar ni acariciar a quien nos viene a visitar. Siendo el resto apariencia, vanidad, miedo del vivo, incomprensión y mentira.

V

"Dice Aulo Gelio en el libro de Las noches de Atenas que por eso fueron los pasados tan tenidos porque había pocos que enseñasen y muchos que deprendiesen. Al contrario se ve en el tiempo presente que hay muchos que enseñen y no hay ninguno que aprenda, porque todos pensamos que sabemos más para poder ser maestros que para humillarnos a ser discípulos; y antes nos inclinaremos a dar pareceres que a admitir consejos, a censurar lo ajeno que a enmendar lo propio."

Agustín de Rojas, El viaje entretenido.

Otra vez hay que marcar la diferencia entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Estos llevan tanto tiempo separados del mundanal ruido que, por necesidad, se tienen que convertir en discípulos, pues de lo contrario no entenderían nada de cuando acaece más allá del Hades y de los hocicos de Cancerbero. Y sí, es cierto, como dice el camarada Rojas, que todo el mundo se encuentra capacitado para explicar y dar razones. Pero porque nunca han tenido la enorme suerte de encontrarse con alumnos respondones o con un mínimo criterio o sentido crítico.

Resulta difícil desenmarañar toda la trama tejida durante los últimos meses en este bendito Reino: tramas de espionaje, de corrupción, cenas y cacerías; teorías sobre una conspiración, gastos superfluos, dimisiones de estos, afirmaciones de aquellos, negativas de los de más allá... Si el pobre difunto quiere enterarse de algo, tendrá, primero que saber escoger el periódico o al periodista. No conformarse con una opinión del primero ni del segundo y seguir indagando, pero siempre con una idea en la cabeza:

"La flecha más aguda

la resiste un arnés, i un flaco muro,

i de la llama cruda

lo ausente está seguro;

mas de una lengua no lo está el más puro."[17]

Y teniendo eso en cuenta, y que no existe la información objetiva, se puede llegar a sentir una verdadera náusea y un verdadero asco por todo cuanto está aconteciendo. Y por todo cuanto se está diciendo, callando y escribiendo.

Supongamos que no es cierto todo cuanto se ha dicho: que la información ha sido interesada, y se han filtrado noticias sin mucho interés, el espionaje entre miembros de un mismo partido, a fin de hacerle perder votos. Si eso es así, cuestiona la moral de un gobierno que permite semejantes patrañas y de quienes las airean. De no serlo, no hace sino arrojar lodo sobre unos políticos que no saben distinguir entre la ética y el poder. Y no sabemos qué ética van a aplicar cuando gobiernen.

Supongamos que no es cierto que hay casos de corrupción. Aunque sabemos de gente que ha huido al extranjero con los bolsillos bien repletos. Supongamos que en todas partes hay corrupción, y que el partido no es culpable de esas actuaciones. Entonces nada más sencillo que erradicar el mal y dejar de dar gritos.

Supongamos ahora que no es cierto, que todo es una conspiración entre un ministro impresentable, un juez que se presta a todo con tal de estar en el candelero, y que así lo deciden en una cacería, entre tiros, sangre y espeso vino. La pregunta surge rápida: ¿no tiene el poder mecanismos para evitar semejante esperpento? ¿O es que lo consiente? Y todo esto para qué. ¿Por poder? ¿Por dinero?

"¡Ojalá que los hombres no forniquen,

si esto es posible, mas si no hay remedio,

ojalá que los vicios se limiten

a éste sólo;[...]".[18]

Tanta ansia por el poder es sospechosa, y que haya tanta gente implicada en que lo logren estos o aquellos, también. Tal vez suceda así por la lluvia de las prebendas. Desde luego, leyendo la prensa poco o nada se saca en claro, salvo que uno se deje conducir y vea sólo lo que le quieren enseñar.

Nadie intenta mejorar lo propio. Pero todos quieren destruir lo ajeno. Hasta el sistema educativo, en manos de los políticos y aledaños, se ha convertido en arma arrojadiza. Se han hecho barbaridades en las clases y en las escuelas, no hablemos de los libros de texto, y nadie ha protestado. Nadie, al contrario de como sucede ante una persona moribunda que desea morir, se ha rasgado las vestiduras. Tal vez porque en el fondo todos, poder, periodistas, jueces, iglesias, etc., tienen miedo de lo único que puede derrocarlos: el sentido crítico, un sentido crítico al que pueden tratar de confundir, como el calamar con su tinta, pero que tiene, a su vez, una respuesta rápida: no con mi consentimiento.

Sabido es que, en muchas y repetidas ocasiones, se ha hecho votar a los muertos a fin de que triunfe el pueblo, pues es el pueblo quien, según los políticos, siempre triunfa cuando hay elecciones. Y a mayor participación, mayor triunfo. Sin duda porque así se sienten legitimados para todos sus oscuros manejos.

Afortunadamente los muertos no votamos. Pero también cabe recordar que

"Los ausentes nunca tienen razón, y no hay ausente más ausente que un muerto."[19]

Y sabiendo que no tengo razón, es por eso por lo que me atrevo a decir que, tal vez, variando lo que no desea cambiar, el sistema educativo, podríamos evitarnos algunos de los sonrojos que padecemos. Hasta los muertos necesitamos creer en algo. Y esto que tenemos, el sistema educativo ahora, no nos conduce a nada:

"Según mi opinión, la juventud, en las escuelas, se vuelve tonta de remate por no ver ni oír en las aulas nada de lo que realmente es la vida."[20]

No consiste educar bien en inventar una nueva asignatura, ni supone ningún esfuerzo patalear contra ella porque interesa derrocar a un gobierno. Si tanto interesara la educación a padres y a otras instancias, hace tiempo que deberían haber tomado cartas en el asunto. No lo han hecho. Y hay silencios y gritos más que significativos. Mucho más que las primeras planas de muchos periódicos. En el Reino se han cambiado las leyes de educación, el sistema educativo cambia cada cierto tiempo, con una alegría y campechanería más que envidiables. Lo de hoy no es bueno para mañana, ni lo de mañana para pasado. Y nadie, salvo algún que otro profesor, ha protestado. La educación se ha ido degradando y a nadie le ha importado lo más mínimo. Y ahí está la clave, no en la preocupación por hacer vivir a quien no vive, de la posible regeneración de un país. Tal vez los políticos lo sepan, y por eso mismo juegan tanto con el sistema educativo:

"La premisa más importante de toda educación es la estabilidad de las normas y la permanencia de las instituciones del estado que han de velar por la buena tradición."[21]

Ahora bien: no conviene llamarse a engaño: Sócrates se tuvo que beber la cicuta, Séneca se vio obligado a suicidarse, y al rabino lo crucificaron y lo traicionaron. Hay que ver las cosas siempre desde la otra orilla. Y no dar ningún consentimiento para tantas mentiras, corruptelas e injerencias. Cansa y agota ver y oír siempre lo mismo. Ya que no hay solución, al menos que no cuenten con el consentimiento de los muertos. Los demás, protestarán cuando se lo digan.


[1] Ramón María del Valle-Inclán, Martes de Carnaval, prólogo.

[2] Juan de Zabaleta, Día de fiesta por la tarde.

[3] Jacinto Grau, Las gafas de don Telesforo o un loco de buen capricho. Rato primero.

[4] Séneca. Sobre la ira.

[5] Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Prólogo.

[6] Fernando de Rojas, La Celestina, Séptimo auto.

[7] Juan Luis Vives, Sobre la concordia y la discordia.

[8] León Tolstoi, Guerra y paz, tercera parte, capítulo VII.

[9] Baltasar Gracián, El criticón, Crisi undézima.

[10] Thomas Moro, Utopía, Libro Primero.

[11] Nicolás Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Libro I, 3.

[12] Platón, La república, libro IV.

[13] Ramón Pérez de Ayala, Troteras y danzaderas.

[14] Heródoto, Historia, libro V.

[15] Norbert Elías, La soledad de los moribundos, cap. I.

[16] Jorge Manrique, Coplas por la muerte de su padre, V, 451-456.

[17] Pedro Malón de Chaide, La conversión de la Magdalena.

[18] Nicolás Fernández de Moratín, Arte de las putas, versos 255-258.

[19] Denis Diderot. La señora de La Carlière.

[20] Petronio, El satiricón, I parte, Ascilto.

[21] Werner Jaeger, Paideia, Las leyes. Las causas de la decadencia del estado.


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23 de November de 2009

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