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Cives romanus

Vicente Adelantado Soriano
viadso@telefonica.net

I

Creo que fue Nietzsche quien, en alguna de sus obras, daba las gracias por no tener que preocuparse todos los días por el Imperio Romano. Indudablemente, si alguien es cives romanus, y no se desvela por Roma, o Roma no es su problema principal cuando no único, puede ser que ese cives sea un mal ciudadano, o que la ciudad funcione bien, y él no necesite sino preocuparse de sus asuntos, con lo cual contribuye al buen funcionamiento de la ciudad y del Imperio todo. Sin duda sería ésta la situación ideal para Nietzsche.

Últimamente el Imperio Romano se ha convertido en un quebradero de cabeza para el pobre ciudadano o, como dice algún que otro iletrado periodista, para las personas anónimas. No hay día que, en el forum o en la insula, no tengamos uno o dos sobresaltos; y no hay día en el que a dichos sobresaltos no respondan políticos y periodistas anónimos, muchos de ellos con toda la virulencia y el agrio sabor de un yogur caducado. Son muy pocos los que responden con sentido común y con un mínimo de educación. Y eso sí que es preocupante, dejando aparte los sobresaltos cotidianos.

Algo que resulta bastante desagradable, y a lo cual hay sobrada tendencia de un tiempo a esta parte, es la confusión de espacios y lugares, confusión generada por un pésimo concepto de la democracia. Esa confusión es un problema que la más elemental de las educaciones tendría que corregir: hay determinados sitios en los que no se puede ir vestido de cualquier forma, por decoro y educación; y hay espacios que exigen unos comportamientos y unas formas determinadas. Confundir unas cosas con las otras conduce a la grosería y a la animalización de la vida cotidiana. Lo cual, de verdad, resulta bastante molesto.

A lo largo de una vida, en películas, tertulias, conferencias y demás, se pueden oír infinidad de cosas, cambios y actitudes, que separan al hombre del animal: la risa, la palabra, el hacer el amor cara a cara, el cine, la televisión, la escritura... Y, la gran olvidada, la educación: ningún burro entra en un establo deseando a nadie buenas tardes o buenos días. Las personas deberíamos tener en cuenta semejante impedimento y obrar en consecuencia. Un comportamiento amable también nos puede separar de los bichos y de los animales.

La educación es el reconocimiento del otro, la solidaridad con él. Y el otro, en una situación normal, debería ser merecedor de todo el respeto y la deferencia del mundo. Por desgracia no es así. Y no sólo no es así, sino que en época de elecciones parece como si no se conociera otro lenguaje que el barriobajero, el del insulto y de la descalificación. Aburre y cansa tanta pobreza de ideas y de léxico por parte de nuestros conspicuos y clarividentes políticos.

A veces da la impresión de que confunden sus sedes, la de su partido, o la de la plaza de toros, donde los jalean gentes afines, con otros ámbitos en los que no se puede hablar como se habla en un mitin. Y tienen comportamientos de verdaderos neuróticos. No se percatan, por ejemplo, de que no todo el mundo los saluda y aplaude como a vencedores, lo cual debería ser motivo de reflexión y autocrítica.

Si a lo anterior añadimos que un determinado político puede hacerse con suficiente poder como para acallar radios, periódicos y todo aquello que disienta de él, tenemos ya la certeza de que dicho político, con el apoyo de algunos, que nunca fallan, terminará por convertirse en un sangriento fantasmón y en un insaciable títere. Y además se creerá lleno de razón. El cives romanus se convertirá entonces en un verdadero enemigo.


II

Resulta difícil y complicado analizar la política de un país. E incomprensible, muchas veces, saber por qué determinados políticos actúan de una forma y no de otra. Está claro que, muy a menudo, lo hacen por permanecer en el poder, y otras quizás por ambiciones o por pura vanidad. ¿Actúa alguien teniendo como meta la virtus? Sería una suicida ingenuidad creer que sí.

Por otra parte, si el cives se preocupa por Roma, y desea saber qué es lo que sucede, qué nos ha llevado a un clima de confrontación y crispación, por ejemplo, estará obligado a leer periódicos, a oír emisoras de radio, a ver algún que otro programa de televisión, y a pensar, a meditar mucho. Y aun así poco será lo que saque en limpio: periódicos y periodistas defienden sus intereses; las cadenas de televisión, alguna, está en manos del gobierno, y otras en manos de empresarios, que pueden chantajear o ser chantajeados. Y lo que unos atacan, por su interés, otros lo defienden por el suyo. Y al final parece como si el hecho analizado no hubiera existido, pues son tantos los pareceres como los bachilleres. Y el ruido sobre cualquier suceso es inmenso. Las opiniones, discusiones y debates solapan al hecho en sí. Éste, mondo y limpio de polvo y paja, es lo que, después de todo, menos importa. Importa su uso, el ruido, su utilización.

El pobre cives romanus, ante tanta opinión tan dispar, no tiene más remedio que desentenderse de todo y continuar viviendo. Acepta, con resignación, que ni la política ni quienes la rodean, tienen nada que ver con él. Y vive y vota cuando se lo dicen. Es posible que sea esa la situación que han deseado algunos periodistas y no pocos profesionales de la política. Si es así es un craso error.

Entonces, qué hacer, se puede preguntar angustiado el ciudadano que, pese a todo, desea saber y llegar a alguna conclusión aunque sólo le sirva para utilizar, el día de las elecciones, una papeleta u otra. Seguir leyendo periódicos es absurdo, pues las noticias duran lo mismo que una pompa de jabón. La expectación que genera un hecho es rápidamente reemplazado por otro. Y rara vez se sabe el final de ninguno. Vivimos en una época totalmente fragmentada y sin aparente conexión entre sí.

Raro es, por ejemplo, ver una película entera en cualquier cadena televisiva, o cualquier debate o programa. Siempre hay anuncios, siempre se rompe el ritmo, la continuidad del film o de lo que sea. El espectador se cansa, cambia de cadena, ve algo que le interesa, hasta el siguiente corte publicitario; entonces pasa a otra cadena, o regresa a la anterior, y así ad nauseam, o hasta que el sueño lo vence y se va a la cama sin haber acabado de oír ninguna idea lógica y coherente.

Se dan muchas noticias, se especula con lo que ha podido suceder; pero rara vez se dicen cuál ha sido la sentencia del juez, o qué razones tenía alguien para actuar como lo ha hecho. Sencillamente se da la noticia, pocas veces de forma objetiva, y las explicaciones se solapan con muchas y diversas interpretaciones o con otra noticia similar o parecida, por desgracia.


III

¿Qué es lo que está sucediendo? ¿Cómo es posible que las personas se maten por un partido de fútbol? ¿Cómo pueden tomar una ciudad, incendiar coches y mobiliario urbano e incluso atacar una comisaría de policía? ¿Cómo es posible que dos manifestaciones distintas se enfrenten, y que éstas terminen a cuchillazos y con un muerto? ¿Por qué no puede manifestarse alguien si lo hace pacíficamente? Y lo más importante de todo: ¿de dónde sale esta gente con ese desprecio hacia los demás, hacia una vida que no les pertenece? ¿Qué está sucediendo? ¿Es cierto que un gobierno puede dejar salir unas pateras tras otras, cargadas de personas casi condenadas a la muerte, porque no consigue el poder que cree tener sobre dos ciudades? Por supuesto que el desprecio hacia la vida no es privativo del súbdito nada más.

No menos importante que la noticia en sí, es la forma de darla. Con ello la pretendida objetividad se hace añicos. Y deja bien a las claras los intereses y la moral de periodistas y cadenas televisivas.

Hay algunas que son capaces de presentar el absurdo más grande, la más necia incorrección, como una gracia, un chiste o algo digno de ser aplaudido. Nunca faltan mequetrefes que lo hagan, desde luego. Y aquí hemos tenido un rico filón. No había día que no tuviéramos noticias de ellos. Desde hace algún tiempo, éstos, al parecer, se desplazaron a Hispanoamérica. Las televisiones, por supuesto, los persiguen. Hasta donde esté la noticia o lo que ellos entienden por tal.

Presidente hay por aquellos pagos que contesta a las preguntas de los periodistas con una ranchera o una supina necedad. Sin duda es algo enormemente gracioso. Y no sólo eso. Es, además, un ejemplo a seguir. No hay más que ver a locutores y locutoras dar la noticia: la sonrisa les llega de una oreja a la otra. Hasta que, de repente, esa ranchera se vuelve contra uno mismo. Y la sonrisa queda congelada. También se congela con la diatriba, por parte de otro iluminado, a la patria, con una dura acusación a España por algo que sucedió hace más de quinientos años, el descubrimiento de América. Y eso sí que era gracioso de verdad. Fue una pena que no lo retransmitieran íntegro.

Un ejemplo de razonamiento, de rencor y de mala conciencia.


IV

La alocución del dicho presidente podía cambiar incluso la forma de dar las clases de Historia en colegios, institutos y universidades. Y las relaciones diplomáticas. Creo que deberíamos empezar nosotros, los españoles, por demandar a Cartago, o a Aníbal, por la destrucción de la bella Sagunto. Y luego, por supuesto, a los romanos por Numancia, Viriato, Munda... Es todo tan absurdo que la famosa película La vida de Brian, se queda a la altura del betún. ¿Qué nos han traído los romanos?

Que tamaños personajes, por otra parte, representen a varias naciones es penoso cuanto menos. Ni la más mínima muestra de educación y de respeto. Y lo más gracioso: al igual que sucede en colegios e institutos, el malvado es quien pide que se calle el alumno que no sabe sino reventar las clases, molestar e incordiar. Y como él no desea estudiar, tampoco quiere que lo hagan los demás.

Sí, tal vez con educación no se haga política. Es una pena. Se hace fusilando a unos pocos para que los otros se estén callados y tiritando.

Esto último ya está perfectamente reflejado en una novela modélica, que creó un género, y que ha resultado profética, Tirano Banderas.

Parecía cosa de otra época, del siglo XIX. Pero hay personas para las que no pasa el tiempo. Quizás porque siempre está de actualidad la falta de respeto, la mala educación y el que triunfen los menos idóneos de los partidos y de los pueblos. Es inquietante, desde luego.

Tito Livio decía que los gobernados acaban por parecerse a los gobernantes. Jenofonte, en la Ciropedia, aconseja que los gobernantes se distingan de los gobernados. Lo malo es que el discípulo de Sócrates fija dicha distinción en el tipo de ropa que deben llevar los reyes, en el maquillaje y hasta en el pintarse los ojos. Quizás sin saberlo estaba marcando el camino: la televisión, las televisiones y la imagen son lo fundamental, la razón de ser del político. Lo que menos importa es el mensaje. Tal vez porque no lo hay. Y cuando lo hay, éste se obvia con una vulgar ranchera o la amenaza del pelotón.

Se ha repetido hasta la saciedad que hoy en día triunfa un partido político no por sus propios méritos, sino por los errores del contrario. Es la consecuencia lógica de la falta de programa. De ahí que los errores se aireen como en las antiguas sociedades se podían airear los pecados o los deslices de cualquier mujer soltera o malcasada. Y de ahí que la política se parezca cada vez más a un patio de vecindad, donde todos pululan con ropa íntima un tanto sucia una, y no muy limpia la otra.

Sólo cabe añadir, para tener el retrato completo, la comparecencia de algunos periodistas anónimos cuyo mensaje más claro es el insulto y la descalificación. En este clima, y con los antecedentes de Tirano, nada tiene de extraño que aparezcan personajes como Pinochet, Videla, Hugo Chávez y demás parentela, gritando, faltando al respeto y matando.

La reflexión es muy clara: si los gobernados se parecen a los gobernantes, es para echarse a temblar. Aunque, desde luego, no hace falta irse a desiertos lejanos cuando en la propia casa se tiene lo que se tiene, y lo que se ha tenido: sobresaltos y crispaciones un día sí y otro también.

El ciudadano anónimo, el cives, preocupado por la Urbe, es posible que se plantee, en medio de un clima de crispación, de falta de respeto y de educación, cuando no de muerte y violencia, a quién votarle, pues es ahí únicamente donde el buen ciudadano puede incidir algo en el mísero patio de vecindad. Y visto y oído lo que se está cociendo, sólo queda una pregunta por aclarar: ¿qué hace más daño, votar en blanco, no ir a votar, o que el voto sea nulo? Al fin y al cabo, las emisoras de radio se pueden dejar de sintonizar, los periódicos de leer, pero ¿cómo nos podemos liberar de unos gobernantes a los que sería una pesadilla parecerse? ¿Y qué hacer para mejorar la situación? ¿Que se maquillen y se pinten ellos los ojos como hacía Ciro? Ya lo hacen en campaña electoral. Y fuera de campaña todo se maquilla a fin de que nada perjudique ni los intereses de los periódicos y sus empresas, ni la permanencia en el poder, ni los partidos que los aúpan. Hablar de la virtus aquí es como hablar de honestidad en el patio de Monipodio.

Eso hace que, por desgracia, no podamos dejar de preocuparnos por el Imperio Romano. Y es una pena, porque en una República bien ordenada cada uno se debería ocupar de sus propias cosas.


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5 de September de 2008

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