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Cuentos de buenas noches

(o lo que pasó cuando se terminaron las perdices)
Alberto David Asencio Ibáñez
alberto@aulanobel.com

1. El color de la suerte

En la boca de la Bahía de Jiaozhou, Emesto Escarpanter camina por las calles de Tuandao. A lo lejos se pueden divisar las luces tenues de las embarcaciones de juncos que como luciérnagas nocturnas se mueven entre las aguas. Ha caído la noche y toda la población sale a la calle con aires de fiesta para celebrar el nuevo año chino. Un anciano desdentado hace resonar una carga de petardos con el propósito de despistar y ahuyentar a los malos espíritus. El rojo, color de la suerte, viste y adorna las puertas de las casas. Dragones de colas infinitas recorren las calles laberínticas de la ciudad bajo el estruendo de fuegos artificiales y el sonido descompasado de tambores y panderetas. Parece que en esta noche a todos les acompaña la suerte.

Yuan Jiangwen es el oficial de policía encargado de que los festejos transcurran en orden y sin incidencia. Está sonriente y se divierte al ver cómo la gente salta y se abraza tras leer los buenos augurios encerrados en las galletas de la suerte. De repente sus pupilas quedan fijas en un hombre de unos cuarenta años. Alto, delgado y de piel enjuta. Camina en silencio y cabizbajo entre la multitud con las manos en los bolsillos y un sombrero blanco que le oculta el rostro. El instinto de Yuan le hace ver que algo no va del todo bien. Dos agentes que transitan en su dirección lo detienen ante una señal de Jiangwen. Por los rasgos y el acento parece portugués, pero podría ser brasileño o de la costa mediterránea. Las ropas desprenden un fuerte olor a alcohol. La chaqueta parece cara por lo que descarta que sea cualquier marinero de paso venido a la ciudad con el propósito de pasarlo bien y de terminar el día entre las piernas de cualquier prostituta. Los agentes agarran al hombre del brazo y lo introducen en un pequeño y oscuro callejón.

-Documentación -exclama Yuan a la vez que se echa la mano al cinturón del que cuelga una vara de madera de unos sesenta centímetros.

El hombre guarda silencio. Lleva una barba cana de unos tres días sin afeitar. Ante la pregunta pone cara de asombro. No entiende el idioma y sonríe. Yuan se pone nervioso y saca la vara de madera. Al mismo tiempo que se escucha el estallido de un petardo, la vara impacta sobre la boca del hombre que cae al suelo con el labio roto. El traje se le mancha de sangre. El oficial sabe que está estropeando una chaqueta y una camisa cara, y eso lo excita aún más propinándole otro golpe cuando ya está tirado.

-¿Nombre y apellidos? -repite un par de veces.

Vuelve a sonreír. No sabe qué le pregunta, pero con un mal acento inglés y con los dientes rojos de sangre pronuncia algo así como "Emesto Escarpanter".

Yuan está animado y los agentes que le acompañan son ahora los que desenfundan sus varas y comienzan a golpear a Emesto que cada vez se retuerce más en el suelo tintando su traje del color de la sangre. Una de las varas se rompe y el agente comienza a propinar fuertes patadas mientras Yuan comienza a mostrar una pequeña sonrisa bajo su fino bigote.

En la calle el ruido de la fiesta se intensifica cada vez más. La gente sale con sus trajes rojos de la suerte, como el de Emesto, y los petardazos son cada vez más fuertes para dejar claro a los malos espíritus que no tienen cabida en este nuevo año.

Uno de los agentes, el más bajo, agarra a Emesto por las solapas y consigue ponerlo en pie para ser usado ahora como saco. Yuan continúa haciéndole preguntas inteligibles: -¿Pasaporte?, ¿nombre?, ¿profesión?...

Uno de los golpes le rompe la garganta. Emesto mira al cielo. La noche está despejada y únicamente el humo de los fuegos artificiales forman figuras que los más ancianos interpretan como símbolos astrológicos: el perro, el dragón, el cerdo, la gallina, etcétera.

Emesto lleva el color de la suerte. El peso del cuerpo lo pone de rodillas para dar de bruces con los adoquines del suelo. El policía bajito lo registra. En uno de los bolsillos encuentra las migajas y los trozos triturados de lo que fue una galleta de la suerte junto a un minúsculo papel enrollado. Está en blanco.

-La galleta de la suerte nunca miente -dice Yuan-. Era un hombre sin futuro.

La pareja de agentes continúa su ronda con normalidad. El oficial al cargo del orden y responsable de que los festejos transcurran sin incidentes, Yuan Jiangwen, vuelve a su puesto sonriente viendo cómo la gente se divierte y salta de alegría tras leer los buenos augurios encerrados en las galletas.

-Feliz año, agente -exclama impresionada una atractiva mujer que pasa por su lado.

-Feliz año, señorita -responde Yuan al mismo tiempo que blande al aire una vara de madera tintada de rojo, del color de la suerte.



2. Asesino en serie

Víctor Escarpanter se muestra angustiado. La habitación parece acogedora y el sillón de cuero en el que se encuentra tumbado es lo bastante mullido para la ocasión. Las ventanas están cerradas por unos pesados cortinajes color salmón que destacan sobre el suelo tableado en madera de nogal. El doctor Masdarte junta los dedos de sus manos al mismo tiempo que mantiene fija la mirada sobre una reproducción bastante conseguida de El Beso de Klimt. Sabe que a Víctor la situación le incomoda y eso le gusta porque le hace sentir ser como Dios.

-Entonces dice usted que ha matado a cinco personas -sugiere Masdarte.

-Matar lo que se dice matar sólo en mis sueños, doctor. Cuando quedo dormido, siento cómo un instinto me domina y se apodera de mí. Sé que no soy yo quien actúa, pero es tan fuerte que no puedo reprimirlo ni evitarlo -cuenta con un ligero tono de temor.

-Las personas a las que mata le son conocidas.... -añade con un ligero bostezo.

-Algunas sí y otras no. A los hombres no los conozco. Los rostros están como borrosos. Como usted bien sabe, los sueños no tiene la calidad de las pantallas a color de hoy en día. Las mujeres, en cambio, son bien conocidas. Alguna ex novia, una compañera de trabajo y mi suegra, con la que ya he soñado tres veces y he acabado con ella de tres formas diferentes -exclama con cierta preocupación.

-Es la primera vez que le ocurre....

-¿El qué?

-Lo de convertirse en un asesino en serie mientras sueña.

-Si le soy sincero, no lo sé. Mis sueños son temáticos. Hay meses que sueño con ser un famoso actor de cine, en otros me convierto en un prestigioso cirujano, incluso he llegado a ser agente secreto al estilo de James Bond. Pero creo que esto no me había ocurrido nunca y, siendo sincero, la situación me preocupa -apostilla mientras cruza las piernas.

-¿Qué es lo que le preocupa, Víctor?

-La policía. Siempre está apunto de capturarme. Escucho las sirenas de sus coches y me pongo a correr. Corro tanto que me despierto cuando ya no puedo correr más y, entonces, me caigo al suelo. En mis sueños aparezco con un cuerpo más atlético y delgado, doctor. He llegado a perder hasta cuatro kilos a causa de tantas huidas.

Durante unos instantes el doctor Masdarte se ausentó de la habitación. Víctor Escarpanter pudo escuchar cómo hablaba por teléfono con alguien en la sala de al lado. El tono de voz parecía preocupado, como si algo muy grave estuviera pasando. Un sudor frío comenzó a caerle desde la frente recorriendo sus mejillas. Distrajo la vista hacia una mesita de cristal de esas que se llenan de revistas, y detuvo la mirada en una noticia de prensa internacional que ocupaba los tres cuartos de la página: "Tres agentes de policía han sido detenidos en la Bahía de Jiaozhou por el homicidio en primer grado del cónsul argentino durante los festejos de año nuevo....".

La noticia le puso más nervioso. "Nadie escapa al brazo de la ley", pensó. Tarde o temprano vendrían a por él. Por un momento se le pasó por la cabeza la idea de entregarse a la justicia. Quizás el buen gesto redujera la pena. Cuando Masdarte entró de nuevo en la habitación Víctor había perdido la noción del tiempo. Desconocía los minutos o tal vez las horas transcurridas. Un hombre bajito, bastante grueso y con unas delgadas y finas piernas acompañaba al psicólogo.

-Le presento al inspector Nograd.

La palabra 'inspector' retumbó dentro de la cabeza de Víctor como si se encontrase en el interior de una gran campana. Con cierto gesto de resignación, Víctor intuyó que todo había terminado.

-El agente es un fiel defensor de la ley. Tanto es así que no descansa ni cuando duerme. Al igual que usted, Víctor, es un paciente asiduo a mi consulta. Lleva un mes con una fuerte crisis de ansiedad provocada por una serie de sueños en los que intenta atrapar a un asesino en serie. Por los datos que me ofrece creo que es el coche de policía que le persigue en sus sueños y que tanto le hace correr. Estoy plenamente convencido que si compara las huellas dactilares obtenidas en sus sueños coinciden con las suyas.

Carraspeó un par de veces y continuó diciendo:

-Víctor, personas como usted son un peligro para nuestra sociedad. Como podrá comprobar, estoy faltando a mi juramento hipocrático y violando la confidencia del secreto profesional entre médico-paciente, pero creo que la situación lo justifica.

Tras esposar al detenido, el inspector Nograd condujo a Víctor hasta el interior del coche patrulla que lo esperaba en la puerta. Antes de poner el motor en marcha, el doctor Masdarte hizo un gesto con la mano para que Nograd bajase la ventanilla.

-Disculpe, inspector -dijo, dirigiendo la mirada a Víctor-. Tome esta foto. Es algo antigua, pero los rasgos apenas han cambiado. Pertenece a un cliente que me debe una elevada suma de dinero y se escapó con mi mujer. Lo de mi señora está asumido, pero últimamente ando algo escaso de pacientes y no consigo que me pague. La llegada del euro ha encarecido la vida, y alguien de mi posición necesita estar a la altura de las circunstancias. Sé que no es su modus operandi pero quizás me podría hacer un pequeño favor, por si sueña usted esta noche. Ya me entiende. La dirección y los datos que necesita están en el reverso de la foto. Por la policía no se preocupe. Esta noche podrá actuar con toda tranquilidad si no con plena impunidad. No es necesario que lo mate, es suficiente con que le dé un susto. Acojonarlo un poco para que pague. Creo que al inspector no le importará hacer la vista gorda por una noche. El mes pasado detuvimos al ladrón de joyas, ¿verdad, inspector? Si sigue así pronto lo nombrarán comisario.



3. Cuando se terminaron las perdices

A sus años Alena Escarpanter guarda aún esa belleza escondida que diferencia a las mujeres. Aunque el paso del tiempo ha dejado su mella imborrable, su corazón palpita con el mismo ritmo e intensidad como aquel día cuando su padre le contó por primera vez un cuento. Entonces Alena tenía solo cinco años recién cumplidos y estaba enferma. Su fuerte tos se confundía con el estruendo de la tempestad en aquella noche. La luz se había ido en todo el barrio y su padre, Víctor Escarpanter, encendió un par de velas creando en su habitación un juego oculto de sombras y de luces que son tan propicias y crean un ambiente lleno de misterio para la ocasión. Ahora los años han pasado y su padre ya no cuenta cuentos. Al decir verdad, desde aquella visita a aquel médico oportunista Víctor Escarpanter ya no cuenta nada. Al otro lado del cristal, en la sala de visitas de la penitenciaría de San Marcos, Alena recuerda con nostalgia aquella noche. Durante unos segundos una pequeña lágrima la sorprende desprevenida y con la guardia baja ocultando su belleza de niña escondida.

-¿Qué pasó después de que vivieran felices y comieran perdices? -preguntó abriendo su mano sobre el cristal para tocar la de su padre.

-Los cuentos cambiaron. Cuando se terminaron las perdices todo dejó de ser bello. Pulgarcito fue aplastado por el gigantesco pie de un ogro malvado. La Bella Durmiente se convirtió en una mujer perezosa. El Príncipe Encantado perdió su encanto y dejo de gustarle a la princesa. La Cenicienta olvidó su pasado y esclavizó a sus sirvientes mientras se ponía tan gorda que su pie dejó de entrar en su zapatito de cristal. Caperucita Roja dejó de visitar a su abuela y el lobo se vengó de ella en un descuido. La reina malvada pegó los pedacitos del espejo y le obligó, amenazándolo con destrozarlo, a decir todos los días que ella era la más bella del reino. Los unicornios desaparecieron y las hadas del bosque se ocultaron para no regresar nunca jamás. Las brujas, madrastras y caballeros malvados se sindicaron y protestaron por estar cansados de ser siempre los malos. El mundo de los cuentos dejó de ser un mundo de cuento y pasó a convertirse en el mundo real.

Un sentimiento reprimido de tristeza la partió en dos. A sus años comprendió que había dejado de ser la princesita querida de su padre. Nunca imaginó hasta qué punto los cuentos podían llegar a ser tan crueles logrando destrozar su niñez.

El camino de regreso lo hizo en silencio. Cuando llegó a su casa se desvistió, dejó las llaves sobre el sinfonier y, quedándose desnuda, se colocó una corona de cartón. Se puso delante del espejo de su dormitorio y recorrió cada palmo de su piel arañado por el tiempo.

-Espejito, espejito, ¿quién es la más bella del reino? -pronunció con una voz entrecortada.

Las lágrimas inundaron sus mejillas y terminaron por ahogar lo que de niña quedaba en ella. Ahora le tocaba jugar el papel de reina malvada y por primera vez en su vida comprendió que los cuentos habían cambiado.



4. La Princesa Gramática

La princesa de Jadis-et-Naguerée es bella, rica y extremadamente delicada. Es ansiada por los príncipes y reyes más poderosos del mundo pero su obsesión por la lengua y el correcto uso de las formas ha hecho que su pueblo la conozca como la Princesa Gramática. A sus 23 años aún no está desposada. El Rey y la Reina se muestran preocupados. Son demasiado viejos y a sus años ven que no existe un heredero que perpetúe su linaje.

El sultán Mulama de Kalkandir fue rechazado por no saber emplear correctamente las preposiciones de lugar. Quedó tan defraudado que una crisis nerviosa le hizo perder su hermoso pelo negro y rizado. El príncipe Hadmussen cometió el error de llamarla "bonita", cuando "bella" era el adjetivo correcto.

Adverbiales en lugar de causales, tiempos y modos verbales mal empleados o palabras mal acentuadas, eran la excusa perfecta para rechazar con un rotundo "no" a cualquier aspirante a pretendiente que quisiera su mano. Tal era la obsesión de la Princesa Gramática que, en la Corte, tanto los nobles, los ministros, las damas y las cortesanas, se veían obligados a deambular por los pasillos de palacio con un voluminoso diccionario en mano por si se cruzaban con la Princesa y tenían que dirigirse a ella.

Todo aquel que quisiera trabajar, incluso las compañías de comediantes que eran contratados para los festejos, debía de pasar una prueba escrita y oral que la Princesa corregía personalmente con extrema meticulosidad. Los errores de puntuación eran penalizados con hasta tres puntos menos en la nota final, los errores de concordancia con dos puntos y la falta o pobreza de vocabulario podía ser incluso motivo de suspenso automático.

Todos la temían y estaban consternados, indefensos sin saber qué hacer. Pasaron los años y los reyes murieron. La Princesa Gramática dejó de ser princesa para convertirse en la Reina Gramática. Aunque el tiempo parecía haberle perdonado su belleza, los años la endurecieron cada vez más.

Una mañana llegó a palacio Valiente Escarpanter. Un bufón feo y encorvado que demostraba un excelente manejo de los registros de la lengua. Dominaba el griego y el latín, y en los banquetes hacía reír a la Reina empleando juegos de palabras y sutiles metáforas que sólo ella entendía. La Reina Gramática parecía haber encontrado después de muchos años la pieza que en su vida le faltaba. Desde aquel momento ya no hablaba con nadie. Juntos pasaban largas horas en la biblioteca de palacio, incluso días, traduciendo a los clásicos, a la vez que buscaban y aprendían acepciones inusuales y desconocidas en las palabras como "expósito", participio irregular del verbo exponer.

Cansados ante la dejadez de la reina en su descuido por los asuntos del reino, los nobles (la mayoría pretendientes rechazados cuando era princesa) se conjuraron para terminar con la vida del pequeño bufón Valiente Escarpanter.

Una noche, unos sicarios contratados para la ocasión penetraron en la habitación que la Reina había mandado construir para Valiente. Abrieron la ventana y, caminando escondidos por las sombras de la oscuridad, amordazaron al valiente bufón que comenzó a retorcerse y a patalear en la cama intentando hacer ruido para pedir auxilio. Los sicarios desenvainaron unas hermosas dagas en cuyas hojas se reflejaban los leves destellos de un leve claro de luna. Uno tras otro comenzaron a hundir sus hojas en el cuerpo deforme de Valiente.

Tras huir por el mismo lugar por el que entraron, Valiente pudo arrastrarse hasta los aposentos de la Reina Gramática que se encontraba resolviendo unos ejercicios de pasiva refleja para sorprender al día siguiente a su bufón.

Valiente, apenas sin fuerzas para hablar balbuceó:

-Muero.

Al escucharlo, el rostro de la Reina Gramática se transformó. Una bolsa de agua comenzó a formarse en la cuenca de sus ojos comenzando a desbordarse por los pequeños montículos de sus mejillas. Sentía pena y una fuerte sensación de angustia le oprimía con furia su pecho que respiraba más acelerado que de costumbre.

-Me muero -expresó la Reina echando mano de un manual de gramática que estaba encima de la mesa-. Aunque se admite el empleo del sujeto omitido además de estar incluido en la forma personal del verbo, se sobreentiende que es "yo" quien habla. En este caso "tú". Pero en esta oración, el verbo "morir" es preceptivo emplearlo en su forma pronominal. Lo correcto, Valiente, hubiera sido decir "Yo me muero" o en su defecto "Me muero", pero "muero", tal y como has expresado, y según el contexto, no se puede dar como correcto -concluyó la Reina Gramática con voz seria y con la satisfacción de haber dado toda una lección magistral.

Valiente quedó callado. No sabía qué decir. Sintió lástima por haber participado en la creación de un monstruo sin corazón ni piedad, por lo que consideró justa su muerte. La Reina, al ver que Valiente no hablaba, sonrió diciendo:

-No dices nada. ¿Ves entonces cómo yo tenía razón?



5. La isla de Nuk

Cualquier turista avezado en su visita a la isla de Nuk, junto a la costa asiática, podrá descubrir en su paseo por el lago Nm nuk ha (que en su lengua significa 'aguas de hombres sagrados') el único monumento del mundo dedicado a aquello que fue pero que nunca llegó a ser. La historia se remonta varios siglos atrás, durante la evangelización misionera de Asia. Las órdenes religiosas habían perdido a más de un buen misionero en la ardua tarea de conseguir neófitos y convertirlos al cristianismo. Desesperado en sus intentos, el Superior de la Orden de la Sociedad de Jesús decidió jugar su última carta, el padre Jeremías Escarpanter, hombre de fe con fuertes dotes y convencedores métodos de persuasión.

La isla de Nuk (que en el idioma local se traduce como 'tierra de las almas') es el único aliento de vida en 120 millas a la redonda. Sus habitantes se dividen en tres poderosos clanes tribales: los nuk ra ha (algo así como 'los hombres de la razón'), los nuk la ha ('hombres de la ira') y los nuk ma ha ('hombres concupiscibles'). Los primeros son característicos y fáciles de reconocer porque siempre llevan el rostro pintado de azul, para ellos color de la razón. Los segundos, tienen la costumbre de pintarse la barbilla y las manos de amarillo, ya que dicha tonalidad representa el color de la ira y de la rabia contenida. Por último, los terceros llevan el pecho cruzado por dos grandes franjas de color rojo, símbolo de la apetencia y la pasión.

A pesar de las diferencias de unos y otros, los tres clanes son conocidos por sus buenas maneras y su hospitalidad. El padre Escarpanter fue recibido con música y flores, haciéndose una hermosa fiesta de bienvenida en su honor. Tras reunirse con los jefes tribales, decidió que iba a pasar un mes con cada una de las tribus para poder exponer sus ideas con claridad, a diferencia de sus antecesores, que estaban empeñados en realizar grandes conversiones en masa.

El mes con la tribu de los nuk ra ha fue satisfactorio. Era un clan que le gustaba razonar cada hecho de su vida diaria y solía moverse por unos contundentes criterios lógicos. Así Escarpanter aprovechó para realizar un fuerte compendio filosófico y teológico, adentrándose en las verdades de la fe y en el acontecimiento de la revelación de Dios en la Historia. La Historia de la Teología les impresionó de tal manera que gran parte de las noches se quedaban debatiendo sobre las pruebas creadas para la demostración de la existencia de Dios. Varios escribas de la tribu decidieron traducir la Biblia a la lengua de Nuk para dejar constancia de tan grande obra.

Escarpanter convencido de su buena jugada partió satisfecho hacia la tribu de los nuk la ha. Cuando llegó comprendió que estos eran algo más violentos y menos razonables que los anteriores, ya que las disputas las resolvían mediante duelos y duras pruebas físicas. Escarpanter decidió entonces acercarse a ellos narrándoles la fuerza y el poder que la Iglesia ha demostrado a lo largo de su historia. Cómo en un tiempo no muy remoto los Papas encabezaban grandes ejércitos y perseguían con furia a todos aquellos que se atrevían a heretizar contra la fe organizando grandes Cruzadas contra los infieles. Sin duda alguna, quedaron impresionados por el Tribunal de la Santa Inquisición. Tal fue el impacto que les quedó, que realizaron una quema pública de sus libros sagrados salvaguardando únicamente la Santa Biblia, que colocaron en un lugar preferente dentro del poblado. Los artistas de la tribu fueron mandados a realizar grabados y relieves sobre las máquinas de tortura empleados por el brazo secular de la Inquisición, como recuerdo a tanta ira y rabia contenida, tan acorde con el espíritu de la tribu.

Escarpanter, pensó que los dos tercios de la isla comían prácticamente de su mano. Por lo que la tribu de los nuk ma ha no debían de suponer obstáculo o impedimento alguno. Al par de días, Escarpanter comprendió que era un pueblo guiado prácticamente por sus apetitos más animales. Realizaban grandes banquetes que terminaban en orgías y aberraciones contra natura de la carne, siendo partícipes de sacrificios humanos para luego participar del cuerpo del difunto. Durante unos días, el canibalismo practicado por los nuk ma ha le aterrorizó. Tras trazar un plan de actuación comenzó a explicarles el misterio de la Santa Eucarística, donde el cristiano participa del cuerpo de Cristo. La idea de una religión que defendiera el canibalismo, aunque fuera en sentido figurado, les atrajo. Tal fue así que durante el tiempo restante que Escarpanter estuvo con ellos dejaron de practicarlo interesados en saber más sobre el misterio de la comunión.

Al finalizar su estancia con los nuk ma ha, los tres jefes tribales se reunieron con él para comunicarle que necesitaban el plazo de treinta días para tomar una decisión unánime sobre si acogían la fe cristiana o no. Para Escarpanter la impresión había sido buena. Así que escribió a sus superiores una carta donde se les informaba del método que había empleado con cada una de las tribus y que en un plazo de treinta días naturales la famosa isla de Nuk iba a ser convertida al cristianismo. Los superiores de Escarpanter celebraron la noticia. El Superior General se presentó ante el Santo Padre para informarle sobre los progresos que se habían obtenido. El Papa se mostró tan satisfecho con el trabajo realizado que redactó una Bula Pontificia otorgándole a la Orden de la Sociedad de Jesús la exclusividad para portar la palabra de Dios y ser los pioneros en la evangelización de pueblos. Acontecimiento que fue orgullo para unos y envidia para otros.

Así que mientras en Roma los superiores generales discutían con el Santo Padre sobre la legitimidad de dicha bula y presentaban las objeciones oportunas engordando la máquina burocrática de la Iglesia, en la isla de Nuk había llegado el día en que los tres jefes tribales le darían la respuesta al padre Jeremías Escarpanter.

El primero en tomar la palabra fue Alkamsah ra ha, jefe de la tribu de los nuk ra ha u hombres de la razón. Su altura de más de metro ochenta y sus ciento veinte kilos de peso constituían una buena razón para prestar atención a sus palabras. Alkamsah le presentó, mediante el método escolástico de la Questio, los argumentos a favor y en contra que imposibilitaban o favorecían que su tribu se acogiera a la fe cristiana. La lógica de sus proposiciones duró aproximadamente hasta el medio día, tiempo que tomaron para hacer una pequeña pausa. Escarpanter estaba satisfecho y sonriente porque sus enseñanzas habían dado su fruto.

Tras una breve siesta monacal, aprendida de las enseñanzas de Escarpanter, Alkamsah la ha, jefe de la tribu de los nuk la ha u hombres de la ira tomó la palabra. Una breve presentación de los hechos dio paso a algo con lo que Escarpanter no había contado. Los habitantes de la tribu de los nuk la ha habían conseguido hacer una reproducción exacta de prácticamente todos los instrumentos de tortura descritos por Escarpanter durante el mes que pasó junto a ellos. Le hicieron probar todos los instrumentos comenzando por el potro de tortura hasta llegar a temida dama de hierro. La tortura había durado prácticamente hasta el atardecer por lo que realizaron la segunda pausa del día antes de que Alkamsah ma ha, jefe de los nuk ma ha u hombres concupiscibles, tomara la palabra. Los nuk ma ha sorprendieron a Escarpanter, medio moribundo, con una copiosa cena. Terminada la comida fue conducido al monte Nm ha ra la (que en la lengua local se traduce por 'calavera'). Allí habían preparado una cruz. Escarpanter fue crucificado, le clavaron una lanza en el costado y le quebraron las piernas. Tras la muerte lo hornearon y se lo comieron.

Al terminar, Alkamsah ma ha, jefe de los nuk ma ha, hizo un gesto de interrogación con su rostro que fue corroborado por su colega Alkamsah la ha, jefe de los nuk la ha. Únicamente Alkamsah ra ha, jefe de los nuk ra ha se decidió a tomar la palabra.

-Os explicó a alguno de vosotros qué había que hacer una vez que se decide la conversión al cristianismo. Porque estamos convencidos pero algo perdidos.

Los tres jefes se miraron entre sí con nuevos signos de interrogación. Estaba amaneciendo, así que cada uno se fue con su tribu para continuar los quehaceres de sus labores diarias. Mientras, en Roma los superiores se mostraban tan preocupados por la publicación de la bula papal que no le prestaron atención a la noticia de la muerte de Escarpanter, a la vez que continuaban mandando alegaciones y alegaciones que engordaban la maquinaria burocrática de la Iglesia.



6. El hijo

Merento es huérfano de padre. Desde pequeño siempre mostraba una curiosidad sin límites por el mundo y las cosas que le rodeaban. A los ocho años quiso hacer un telescopio que midiera la distancia entre su casa y el fin del universo. Días antes de su cumpleaños se mostraba impaciente y comenzaba a registrar la casa poniéndola patas arriba en busca de regalos y sorpresas. Aprendió y adivinó todo lo que se podía saber. Todo o casi todo. Había algo que siempre se le escapaba, y aquello era el oficio de su madre. Pasaba largas horas fuera de casa y a veces incluso días, teniendo que trabajar incluso hasta bien entrada la noche cuando no tenía que viajar por los lugares más recónditos del mundo por motivos de negocios. A sus 45 años, Merento Escarpanter está enfermo. Los médicos no le dan muchas esperanzas de vida. Su madre, vestida con un elegante traje de chaqueta negro, acaba de llegar de Tailandia donde días antes un fuerte maremoto se ha cobrado la vida de no se sabe cuántas personas. Desde su cama, Merento la mira y calla. Tiene muchas preguntas que hacer pero no se atreve. A su edad no recuerda que su madre le hubiera dado nunca un beso. Ni si quiera guarda en su memoria el olor de su piel.

Está atardeciendo y una luz dorada penetra con disimulo a través de los cristales en la habitación 321 del hospital. Su madre está de pie, cerca de la cabecera. Con un sencillo gesto se recoge el pelo en un pequeño moño que le realzan sus facciones más delicadas. Parece que el tiempo la respeta como si existiera un tácito y secreto acuerdo entre ambos. Se muestra nerviosa y Merento se entristece. La hora se acerca, como su madre, que cada vez va ganando más terreno sobre el suelo ajedrezado de la habitación. Las miradas de ambos se entrecruzan y a ella se le parte el corazón. Nunca pensó que tuviera que ser así. Ella llora con cierto disimulo y tuerce el rostro para que él no la vea. En voz baja maldice al destino y a la vida. Por primera vez toca su rostro. Recorre con sus dedos las facciones agrietadas de su hijo que, enmudecido, la contempla. Intenta sonreír, pero una lágrima cae perdiéndose en el abismo de sus mejillas. Los dos callan. Ella lo besa mientras él continua en silencio.

-Es la hora -dice ella con tristeza.

-Lo sé -responde Merento.

En unos segundos, toda vida de Merento pasa por su mente. Su madre también la ve. Por primera vez lo comprende todo. No le guarda rencor alguno.

-La vida es así -dice él agarrando fuertemente su mano.

Merento ha muerto y su madre abandona la habitación. Ella nunca descansa. Mientras camina se suelta el pelo y su rostro cambia. Acelera el paso con decisión. Ha habido un accidente en el puente.

-Qué dirían de mí si vieran que he llorado.

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22 de August de 2008

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