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La dama del teatro

Lourdes Macías Torrecillas
lourdes42mt@hotmail.com

La humedad del invierno estaba acabando con sus huesos, cada día le dolían más y caminar le resultaba una tarea agotadora. Pero tenía muy claro que seguiría luchando contra todos sus dolores y no consentiría que hicieran de ella una persona inútil. Jamás se dejó vencer por nada, ni siquiera la soledad y el desaliento habían podido con ella. Pese a su frágil aspecto, siempre fue una mujer fuerte, tanto física como psíquicamente, y ahora, en el trayecto final de ese viaje accidentado que había sido y era su vida, veía claramente que sus únicos compañeros de viaje serían sus pensamientos, sus recuerdos, y los sentimientos e ilusiones que guardó, en lo más hondo de su alma, en otras primaveras lejanas en el tiempo y tan vivas en su corazón.

El frío era intenso, parecía que el invierno había llegado de golpe y el viento del norte se metía en los huesos; la gente caminaba deprisa enfundada en sus abrigos y bufandas. Pasaban por su lado y ella se sentía invisible, sí, con esa invisibilidad que da la indiferencia hacia lo que deseamos ignorar, porque nos estorba o nos recuerda la miseria que existe a nuestro alrededor, y miramos hacia otro lado queriendo no ver la realidad. Ella sonreía recordando otro tiempo en el que los hombres se volvían a mirarla con deseo y las señoras la observaban con cierta envidia. Entonces tenía juventud, belleza y, según la crítica, un gran talento artístico. Todos le auguraban una prometedora carrera en el teatro y comenzaba a codearse con actores de primera fila en ese momento; con alguno tuvo algo más que un simple trato profesional…

Miró en su monedero, lo volvió a guardar en su bolso y entró en el primer bar que encontró a su paso para tomar un café bien caliente. Estaba helada, pidió su café, se sentó en una mesa alejada de la puerta, y siguió con sus pensamientos…

Recordaba aquel verano de… el año no importa, fue hace mucho tiempo, demasiado quizás; ahora todo parecía tan lejano… Llevaban un mes representando la obra en la ciudad con una buena taquilla, la compañía de teatro estaba a punto de comenzar la gira por provincias y ella casi no podía creer que estuviese compartiendo cartel con actores tan conocidos e importantes. Era sólo una actriz que empezaba a despuntar, pero estaba llena de ilusiones y ganas de comerse el mundo. El papel que interpretaba dentro de la obra no era muy grande, aparecía en el primer y último acto con varias frases pequeñas, pero para ella aquello era un sueño hecho realidad…

Tomó otro sorbo de café, estaba caliente y le reconfortaba. Miró sus manos hoy deformadas por la artrosis y tan hermosas en otro tiempo. Toda ella fue hermosa…"Mírate ahora -se decía ella misma entre dientes-. ¿Creíste acaso que podrías vencer el paso del tiempo? ¡Qué ingenua! El tiempo siempre nos vence a todos y además, más tarde o más temprano, nos pasa factura…". Y de nuevo, con la vista fija en ninguna parte, volvió a perderse entre sus pensamientos…

…Un verdadero sueño. Sí, aquella oportunidad era más de lo que podía esperar. Fueron interminables horas de viaje de una ciudad a otra, unas veces en viejos y destartalados autobuses y otras en tren, ocupando aquellos vagones de tercera con sus duros asientos de madera; primera y segunda clase se reservaba para los primeros actores, y ella, en ese momento, sólo era una actriz de reparto. Fueron muchos nervios al comienzo de cada representación, nervios que después desaparecían como por arte de magia. Encima del escenario se crecía y, a pesar de tener un papel tan corto, nunca pasó desapercibida para la crítica.

Aquella fue su primera obra y su primera gira, su trampolín para darse a conocer y conseguir llegar tan alto como siempre soñó. Después llegaron años de éxitos, de dinero, de fiestas, de hombres a quienes enamoró y a los que amó… Llegó a ser primera actriz de la compañía y vivió tan aprisa, y a veces tan sin sentido, que no sabría decir cuándo descubrió que había olvidado lo que realmente era vivir… El alcohol entró en su vida, al principio como un bálsamo maravilloso que le liberaba de las tensiones, y más tarde se convirtió en un veneno del que no podía prescindir. Necesitaba beber antes de salir a escena, en los entreactos y después de cada representación. Así un día y otro día, sí, hasta que su adicción se hizo tan patente que algunos días necesitaron sustituirla en mitad de la función porque no era capaz de articular dos frases seguidas sin trabarse. Sus compañeros comenzaron a estar hartos de ella, los directores, que en otro tiempo la adoraban, se aburrieron de sus desplantes, de su falta de puntualidad, de sus lapsus de memoria para los diálogos, y poco a poco fueron prescindiendo de ella. En ese punto comenzó su declive. Durante algún tiempo algunos directores y compañeros siguieron apoyándola y apostando por ella, pero su adicción era cada vez mayor y terminó defraudando a todos los que confiaron en ella. Y un día se quedó sola, sin trabajo, sin amigos… sin su público. Y con la soberbia de quien no admite su derrota ni sus errores, pensó que ya volverían, que le rogarían que regresara a los escenarios y, de nuevo, volvería a tener a todos a sus pies. ¡Era la dama del teatro! Así la llamaban todos. El tiempo pasó y ella siguió en el olvido. Malgastó su dinero, desaprovechó su tiempo, se disipó su belleza y lo que es peor, perdió el respeto de los demás y el de ella misma. Se dio cuenta demasiado tarde, sucedió ese día en que al mirarse en el espejo no se reconoció en aquella imagen que el espejo le devolvía, y durante horas se quedó mirando aquel rostro envejecido que, desde el otro lado, le miraba con ojos de reproche por haber malgastado su vida y pisoteado sus sueños…

Estaba cansada y la residencia quedaba lejos; su paseo había sido largo y ya debería regresar, o las enfermeras y auxiliares se enfadarían con ella como tantas otras veces. Ingresar en aquella residencia para la tercera edad, era lo mejor que pudo hacer y por suerte lo hizo a tiempo. Allí le ayudaron con horas de intensa terapia a dejar el alcohol; resultó muy duro y su fuerza de voluntad flaqueó muchas veces; sin embargo, con ayuda y apoyo, consiguió salir y seguir adelante pero sobre todo y más importante, recuperó el respeto por ella misma; fue muy difícil aceptar que el teatro había terminado para ella, muy difícil…

Cerró los ojos, respiró hondo, como queriendo tomar fuerzas, y salió del bar; fuera el frío era más intenso que antes, caminaba despacio y se sentía muy cansada. Llegó agotada a la residencia, fue hasta su habitación y se dejó caer en su sillón. Cuando su compañera de cuarto entró la encontró todavía allí sentada…

-¿Ya estás con tus recuerdos como siempre? -le preguntó, mientras se acercaba, pero no obtuvo respuesta-. ¡Despierta mujer! -dijo mientras le ponía la mano en el hombro. Algo iba mal y llamó a una de las enfermeras, pero nada se pudo hacer. Aquella noche "La dama del teatro" dio su última representación y sus compañeros de reparto fueron sus pensamientos y sus recuerdos…

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24 de July de 2008

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