Teodoro Valentin
teodorovalentin@gmail.com
La mujer se sentía muy cómoda hurgando el destino de Federico Carmona en el orden en que había dispuesto las cartas de baraja.
-No sólo serás afortunado en el dinero... así como hoy estás colmado de bienestar, sino que también enfrentarás con éxito los próximos retos de tu vida, así como disfrutarás de muchas alegrías y felicidad.
Con un gesto de agradecimiento le pagó el precio de la predestinación con sus magras monedas.
Desde allí se dirigió -como lo hacía habitualmente dos veces a la semana- al Hogar de Caridad, donde recogía las bolsas de alimentos envasados para llevar a su esposa y a sus tres hijos, quienes se alimentaban con su escasez... muy agradecidamente.
Hacía un tiempo largo que no encontraba trabajo, lo cual resultaba muy lógico, ya que sumaba en su existir cuarenta y dos años, resultando común que a su edad -¡y en ésta época!- fuera un anciano para participar del mundo laboral, y muy joven para ingresar en el beneficio jubilatorio, por ende... ¡navegaba en un mar sin agua sobre un barco de papel!
Federico agradecía a sus benefactores con la humildad que lo caracterizaba, mientras ellos -guardando un discreto proceder- le hacían entrega de la donación de alimentos, concientes del impotente dolor emocional que lo ahogaba ante la situación. En el Hogar, su caso resultaba peculiar, puesto que pocas personas eran tan capaces como él: había alcanzado un título universitario, más una Licenciatura en Economía Internacional y un doctorado no finalizado, ya que preparando su tesis recibió el duro golpe de la pobreza, comenzando con el despido de su trabajo por reducción del personal, y perdiendo en menos de tres meses los clientes del estudio que estaba conformando como Asesor de Empresas.
Las finanzas en el mundo no resultan óptimas después del año 2000. Si bien la concentración del capital continúa en aumento, desproporcionalmente, la Desocupación Laboral cubre con su manto a la humanidad de la mano con su amante la Pobreza.
Federico es uno más de esa multitud.
Al igual que su preparación educativa y cultural crecía su conflicto personal, sin ingresar en su conciencia los porqués, puesto que el arrugado ánimo le nublaba el pensamiento, invadido en su vigilia por la angustia, entorpeciéndole todos sus intentos de reflotar su trascender.
En su desesperación había recurrido a la adivinación, siguiendo el consejo de los amigos que aún conservaba, ya que el resto continuaba en sus empleos, pero luego de escuchar a la mujer de las barajas su impotencia aumentó en proporción, era millonario... sin dinero, feliz... sin alegrías y victorioso... sin batallas.
En medio de esta opresión en el corazón y prisionero de la tristeza, una voz femenina ingresó a través de su oído hasta su muy sensibilizado ánimo.
-Federico, hay una posibilidad de trabajo en un edificio, ¿querés ver el tema? -le ofreció Estela, la directora del Hogar, que casualmente estaba allí esperando la visita de una persona altruista.
-Seguro que sí... ¿cuándo podemos verlo? -Federico se exaltó ante el ofrecimiento, abriendo los portones de la esperanza... ¡más no sea por unos minutos!
Heriberto Funes continuaba siendo un excelente gerenciador, categóricamente reconocido en su medio. El éxito brillaba a su alrededor embanderando su nombre como símbolo de la grandiosidad del sistema capitalista liberal.
La empresa donde activaba su esplendor es de origen francés -con filiales en todos los continentes-, realzándose su nombre aún más en las convenciones que se realizaban en la Casa Matriz, donde se programaban las siguientes actuaciones, adaptando en cada gerencia regional la metodología funcional a la idiosincrasia social de su zona, destacándose la habilidad de Heriberto por la vibrante creatividad que aplicaba, resultando loable los aumentos progresivos de su gestión en la facturación anual.
El edificio de la filial se encontraba dentro de la afamada Galería Jardín, en la Torre de los Mentores, en el piso quince de los veinticuatro que conformaban el bloque. La ubicación dentro de la ciudad sumada a la fastuosidad de la arquitectura hacían que el aire que se inhalaba dentro, se encuentre perfumado con el poder del dinero, desbordando tecnología en cada rincón, simbolizando el conjunto la suntuosidad entrelazada con la alta calidad de vida que es posible dentro del majestuoso mundo empresarial.
El precio de todo este placer mundanal lo pagaba Heriberto con la atrofia progresiva de su ser, completamente consciente de su andar, pero... siempre en la búsqueda de una solución temática.
Dentro de su horario de actividades, relajaba con el ejercicio de natación la contracción muscular que cada decisión le producía, sin dejar de ignorar su úlcera -la cual aplacaba medicándose con placebos-, saboreando también los ansiolíticos que debía digerir antes de asistir a sus formales reuniones de trabajo.
Una de las últimas instrucciones recibidas de la Casa Matriz consistía en bajar los costos que sostenía su filial, resultando su mayor incidencia porcentual en los salarios del personal, por ende... el rumbo ejecutivo consecuente tomó la dirección de la reducción del personal operante.
Dentro del esquema funcional de Heriberto, la optimización del tiempo consistía en que las tareas debían realizarse en el tiempo regular de trabajo menos un diez por ciento -que cubrían las necesidades fisiológicas-, presionando inescrupulosamente a su personal para que realice un rendimiento acorde a su criterio, "incentivando" a los mismos con la terrorífica amenaza del DHI (Despido Humillante por Inaptitud), siendo ésta la última categoría a la que puede avasallarse a un ser humano, después... ¡la nada!
Esta agobiante metodología también estaba aplicada a su forma de vida privada, basándose en que este proceder resultaba válido para todo el género humano -donde vanidosamente se incluía-, demostrando de manera consecuente que la voluntad sobre la materia es Absoluta.
Si bien las relaciones de Heriberto resultan ser cuantiosas, sus amigos suman cero. Su círculo íntimo se limita sólo a los contactos eventuales con la familia, o sea, en las fiestas tradicionales... ¡cuando se lo permitía el trabajo!
-Ocupemos esta oficina... -le ofreció Estela a Federico con consumada amabilidad.
Luego de acomodarse en sus respectivos lugares y aclimatarse para la conversación, una fluidez confiable invadió el ambiente.
-Los otros días -comenzó Estela- estaba conversando con una amiga, cuyo primo trabajaba en un edificio céntrico de oficinas donde hay instaladas empresas internacionales, operando el grupo de ascensores del consorcio, transportando a los pasajeros hasta el piso requerido y atento a las puertas en cada ocasión. Obvio que todo es de última tecnología, limpio y...
-Ahhh... -se desilusionó Federico, mostrando su rostro un gesto de derrumbe, delatando a su ánimo que tomó el rumbo del vacío de la esperanza.
-Sí... ya sé, no es tu perfil -lo increpó Estela-, pero como es lo único que se me presentó... pensando que podía serte de utilidad, me pareció apropiado ofrecerte ese puesto.
-Bueno... te agradezco mucho -finalizó Federico.
-Fede... ambos entendemos que no es lo mejor... y que vapulea tu ilusión una vez más, pero... por favor... ¡pensalo! Es un trabajo sin esfuerzo, no tenés más que atender a los pasajeros, es un salario, momentáneamente... hasta que mejore tu situación... ¡es mejor que nada!
-Lo que argumentas tiene lógica -aceptó Federico- pero... ¡me siento un cadete que recién empieza a trabajar!
El debate resultó extenso, pero a su fin Estela logró desnivelar la balanza con la Necesidad en contraposición con el Orgullo, girando hábilmente el fiel hacia la aceptación del trabajo ofrecido, con la promesa por parte de ella de que buscaría en el transcurso del tiempo una tarea mas apropiada.
Federico enfiló hacia su casa, dispuesto a caminar miles de kilómetros para serenar su depresión, con el objetivo de ingresar animadamente en su hogar para anunciar que ¡lo habían ubicado en un buen trabajo!
Por suerte su ánimo se distendió rápidamente, ya que el recorrido resultó hecho en un tiempo reducido.
Al otro día se hizo presente en la Agencia de Servicios de Personal que le había indicado Estela, donde luego de llenar ciertos formularios de ingreso y debido a la recomendación que portaba, le hicieron entrega del uniforme típico, para que ahora mismo comience a trabajar en el edificio Torre de Mentores, dentro de la afamada Galería Jardín.
Este era un día terrible para Heriberto, las tensiones laborales eran como siempre... ¡infinitas! Jamás se agotaban... ni cedían paso a la tranquilidad, sumándose el tema de la reducción del personal, el cual no revestía inconvenientes, pero consumía tiempo improductivo, debiendo dedicarse a continuar con su programa de incremento en la facturación...
Demarcar a los dos empleados a despedir le resultaba sencillo, ya que no sostenía relaciones personales con sus asistentes... para Heriberto solo constituían extremidades disponibles para sus objetivos gananciales.
Debido a estos criterios pragmáticos, al percatarse de que un nuevo empleado operaba el ascensor, le resultó tan atractivo como un decorado más de la cabina, con el peculiar detalle de que portaba un uniforme nuevo... perfumado con una vulgar colonia.
Puesto que para Federico era su primer día de trabajo, observaba todo con absoluta curiosidad. Lo asombraba el exceso de personas que transitaban por ese pequeño cubículo con expresiones tan discrepantes, destacando en su atención la facilidad con que percibía la variabilidad de sentimiento, descubierta al poco rato de iniciar sus tareas, ya que el rostro de las personas, acompañado de ademanes y posturas, reflejaba el ánimo circunstancial... ¡vociferando hacia los vientos la resguardada intimidad que todos suponen secreta!
Al ver a ese hombre con su aspecto empresarial, le resultó una mezcla homologada entre exitoso y deplorable. Su sola apariencia reflejaba una elaborada vanidad; en sus modos demostraba que todo en él era el regocijo en sus incrementos materiales, apabullando la soledad de su soberbia en su falta de comunicación y en una mirada altaneramente despectiva.
Habiendo elegido Heriberto a las víctimas del despido inmediato, sólo le restaba la simple tarea de informarles de su decisión, para que luego se retiraran servilmente de acuerdo a su voluntad.
Dispuesto en su escritorio, con su acostumbrada postura autoconsciente de su inefable poder, solicitó a su secretaria la presencia de Mariela, la última empleada ingresada hace más de un año, por consiguiente resultaba... ¡la primera en salir!
Mariela Sáez se encontraba a la fecha divorciada y sola, a cargo de sus tres hijas pequeñas. Se hallaba muy a gusto con su trabajo, sólida en sus conocimientos técnicos, así como responsable y expeditiva, siendo respaldada por un sueldo suficiente... ¡hasta con ciertas comodidades!
Atenta al llamado que la solicitaba, se apersonó animosamente ante Heriberto Funes, con la plena confianza de recibir algún aumento salarial... o de funciones.
-Mariela -comenzó Heriberto-, estoy muy satisfecho con su trabajo, es usted una buena empleada que determina su perfil en un buen parámetro de efectividad, pero...
Ciertos sonidos ululantes de alerta se encendieron dentro de los circuitos emocionales de Mariela.
-Ante la encomienda determinada por la Casa Matriz, siempre cumpliendo con sus requerimientos y ordenanzas como corresponde a una filial de toda empresa internacional, me veo en la opaca función de disminuir al personal hasta el mínimo económico factible, a fin de no perjudicar los ingresos de la Empresa, minimizando los costos operativos hasta la expresión básica de su funcionalidad...
Mariela conservaba aún su ración inteligente del día. Por ende... su presencia ante esta diatriba inútil la percató de que -a medida que el soliloquio avanzaba- tomaba el rumbo hacia el despido de ella, por consiguiente... su alma abandonó el cuerpo por unas escasas milésimas de segundos.
¡Al retomar su persona, las siguientes palabras ni siquiera fueron escuchadas!
La agobiaron en su imaginación las consecuencias de esta novedad, inundándola de problemas económicos, malestares familiares, nuevamente reiniciar la ingrata búsqueda laboral, y... destruyendo este pensamiento angustioso, una lágrima abandonó su recinto ocular para permitirse un viaje a través de su mejilla, mientras el sonido de la voz de Heriberto penetraba confusamente en su sistema auditivo sin ningún sentido coherente.
Al observar Heriberto esa gota salina rodar por la faz de Mariela, por primera vez sintió, dentro de su inmaculado ambiente laboral, una emoción parecida a la pena... sin comprender en ese instante que el dimensionamiento de sus valores humanos ¡comenzaban a tomar nuevas unidades!
Los motivos de este nuevo pesar lo abrazaron emocionalmente, ya que se identificó en la angustia de ella.
Un soplo de conciencia -¡similar a la humana!- le demostró que la energía que abocaba al trabajo le ejercía una contrapartida de fastidiosa presión en su soledad, deseando en ese instante consolar el disgusto de Mariela, sin saber el cómo, ya que él también... ¡necesitaba de ese dulce refugio!
La lágrima inicial continuó -en escasos instantes- seguida de un torrente de compañeras que superaron la lógica cartesiana, para ingresar en los portones abiertos del mundo emocional sin más control que el de su aplastante existencia, ocultando el pensamiento para otro momento... dejando liberar tensiones en el ahora de la inefable realidad.
Ante esta avasallante explosión emocional, Mariela Sáez optó por levantarse y retirarse de la presencia que la dañaba, para dirigirse a los servicios donde esperaba refugiarse en una algodonosa soledad.
A Heriberto lo dominó la estaticidad... ¡no sabía hacia dónde escapar ni cómo pensar!
Esta situación poco común, de observar la gestación de una lágrima causada por sus palabras, le cambiaron los marcos a los que estaba acostumbrado y entrenado. Una simple lágrima le produjo un vuelco sentimental, sin saber en qué lugar de su intimidad debía hurgar para descubrir su lógica reacción preestipulada.
¡Por lo pronto este recinto le resultaba fóbico!
La urgencia lo empujaba a salir de allí sin importar hacia dónde... ¡necesitaba aire altamente oxigenado de ecuanimidad!
Tan solo al atravesar la puerta vítrea de ingreso al lugar de trabajo, le acercó cierto alivio de distensión a su sistema muscular... mas no al nervioso.
Accionó el botón de llamada al ascensor de manera condicionada, por el simple hecho de encontrarse en ese ámbito de paso, sin percatarse de su acción hasta que el sonido de llegada de la cabina al piso despertó su atención, volviéndolo parcialmente al mundo material.
Al ingresar dentro del elevador, se encontró con el uniforme del operador del mismo, con la sorpresa de que en su interior se encontraba un Ser Humano, con el peligro latente de que pudiese percatarse de su sensibilidad que, sin saber el porqué, en este momento le cubría de vergüenza.
Dado que habiendo ascendido a la cabina en el piso quince, su obvio destino era la planta baja, por lo tanto las palabras fueron innecesarias, invadiendo un espeso silencio al aire encerrado en el cubículo... puesto que era el único pasajero.
El estado anímico de Heriberto resultaba confusamente explosivo, sin saber cómo controlar su vorágine, pero debido a la urgente sensación de descomprimir esa agobiante presión -en una abrupta catarsis-, sus labios emitieron coherencias... ¡mezcladas con un inexistente nudo interno a la altura de la garganta!
-Dígame usted -encaró al operador uniformado, considerando que era el único humano presente, que en su categoría social lo escucharía sumisamente sin atreverse a responder, ¡mucho menos aportarle una solución! -¿cómo se despide a una buena empleada sin compungirla... dejándola en su puesto de trabajo?
El operador simplemente respondió sin siquiera girar la cabeza.
-¡Muy sencillo! Reduzca sus horas de trabajo y su sueldo a un porcentaje del actual, y reparta su tiempo faltante entre los restantes.
La respuesta resultó tan práctica, sencilla y contundente que Heriberto no alcanzó a responder con ninguna reacción intuituiva. A fin de mantener su acostumbrada autoridad, condicionadamente preguntó:
-¿Cómo se llama usted?
-Federico. Llegamos a Planta Baja -respondió... a la vez que lo despedía.
-Por favor... ¡lléveme al piso veinte! -solicitó Heriberto para continuar viajando, con la pretensión de ahondar en sus dudas... ¡ahora técnicas!
-Señor, ¡usted recién subió en el piso quince! ¿Acaso no tiene su oficina allí?
-¡Tiene usted razón! Por favor... lléveme al piso veinticuatro.
Sorprendido ante la actitud de shock de este hombre, Federico accionó el comando y elevó la cabina en repuesta.
-Señor... ¿se siente usted bien? -auscultó Federico.
-¡Sí... sí! Y en el caso de tener que despedir a más de un individuo de su personal, ¿cómo actuaría usted?
-Reuniría al personal, plantearía la situación acerca del tema de la reducción de costos, y solicitaría la cooperación de todos para encontrar una posible solución ante este momento de difícil transición.
-¿Y cómo sabe usted que esto gira alrededor de una reducción de costos? -Heriberto se encontraba abrumado ante la suspicacia de este operador llamado Federico.
-Sencillo, señor. Si el caso fuese convencional, usted no tendría dudas en despedir a alguien, puesto que contaría con motivos suficientes y... convincentes. Pero su estado anímico no habla de ello, y sus planteamientos resultan conflictivos, por lo tanto es obvia la situación. Llegamos al piso veinticuatro. ¿Baja acá?
-Le ruego que me devuelva al piso quince... ¡por favor!
Por primera vez, luego de largos años de experiencia laboral, Heriberto descendió de su altura jerárquica para nivelarse con las aguas de un ser humano... ¡o similar! Ya que solicitar repetidamente algo acompañado de un "por favor" superaba el límite de su arrogancia empresarial.
Al ingresar a su oficina, Heriberto sentía que la sangre volvía a circular, con la diferencia de que la calidez invadía su ánimo en una agradable sensación de victoria sobre la angustia, presintiendo muy dentro de su conciencia que la vida... ¡era siempre un empezar!
¡No importa cuándo... ni su motivación!
Cuando el plantel completo de la empresa se hallaba reunido sorpresivamente en la sala de reuniones, Heriberto se permitió el placer primitivo de atender a todos sirviéndoles café acompañado de unas sabrosas confituras.
El personal sentía que en el día de hoy habían equivocado su itinerario rutinario, para ingresar en otro planeta del sistema solar -¡quizás... en el Jardín del Edén!-, o que estaban todos despedidos. Mariela, al sentirse relativamente compuesta, también asistía a la reunión... ¡por expresa solicitud de Heriberto!
-Señores -tomó la palabra Heriberto... ¡como siempre!- esta reunión tiene una base de cambios, en los cuales ahora entraré en detalles, pero cabe destacar que sus principales protagonistas son dos: el primero y fundamental tiene la forma de una lágrima, siendo su promotora... las emociones de Mariela Sáez; y el segundo... no menos importante, es que me ha demostrado un simple operador de ascensor, que resulta posible amalgamar los sentimientos con la lógica. El tema que deseo transmitirles, para el cual los he reunido, es solicitar su cooperación para...
Luego de dos horas de debate informal, habían llegado a un acuerdo generalizado presentable ante la Casa Matriz, donde se proyectaba aumentar el rendimiento operacional, que se reflejaría en la facturación anual, y a su vez, de manera proporcional, descendía los costos salariales a un sesenta y siete por ciento del actual.
A la hora de salida, cuando el personal ascendía a la cabina del ascensor para retirarse, Federico resultó apabullado en agradecimientos por parte de los empleados del piso quince, retirándose a su vez satisfecho de su primer día de trabajo, puesto que aún no había sido despedido, y contando a su favor con una acción de caridad... ¡que superaba ampliamente sus ambiciones iniciales!
Una semana después de lucir su uniforme por primera vez, Federico modifica su atuendo para ingresar en la empresa donde Heriberto despliega sus habilidades adquiridas, ingresando ahora dentro del piso quince en la función de Asesor del Directorio, dejando la cabina del ascensor en manos de un amigo recientemente desocupado.
Tres meses después, estaba reunido todo el personal de la empresa filial para festejar la unión de Heriberto con Mariela, siendo Federico el testigo principal de la promesa de felicidad mutua.
A partir de estos sucesos, Heriberto Funes jamás dejó de saludar con mucho respeto a los asistentes de los servicios del edificio, cuyo modo condicionado incluía un "Por favor...", sumándole un "Gracias...", con la esperanza de recibir otra sorpresa que el destino entrega sin más permiso... ¡que su impune presencia!