Andrés Olijnyk
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Viernes, sólo falta una hora, ya todo está por terminar, diez días en los Andes y solo restan algunos minutos para que al fin pueda intentar ser libre. ¡Pensar! Inevitable paso en esta hora de certidumbre, no quiere hacerlo, pero su mente lo fuerza a ello, cierra los ojos y se aferra al encuentro, allí fue el quiebre, ese momento señala el fin del camino.
No buscaba nada nuevo, sólo unas vacaciones que le permitiesen descansar de ese año tan particular; el norte y su imaginario de gente tranquila es lo ideal para él. Cuántas presiones, cuánta esperanza generada y cuánta ansiedad acumulada... Desearía que alguien le mostrara el camino, algún ser mágico que tuviese todas las respuestas, pero lo real era el viaje al norte a buscar ese efecto encantador que suponía en su gente y en la naturaleza.
Los preparativos prácticamente no existieron mas allá de una mochila con algunas camisas, un par de remeras, jeans, dos o tres bermudas, algo de ropa interior y un nuevo cepillo de dientes. Tiene la manía de estrenar cepillo en cada viaje, cree que es una buena forma de comenzar... ¡Sonriendo!
¿Perfume? Lleva ¿Loción para después de afeitarse? ¡No! Buscó un libro en la biblioteca y prometió comprarse otro; no siente la plenitud que antecede a un viaje de placer, casi es una obligación dejar atrás un año que lo golpeó muy duro. Como le diría Rebeca: -Mi amor, estás pasando por el síndrome del boxeador: te golpean y te golpean hasta que no sentís los golpes y es en ese momento donde realmente te lastiman.
Llega temprano a Retiro, aunque por teléfono le habían informado que con media hora de antelación estaba bien, su sistemática ansiedad se empecina en adelantarle el tiempo; pasa por la ventanilla y confirma el pasaje: servicio súper-cama, asiento 4, ventanilla, casi veinte horas de viaje lo ayudan a decidir un gasto extra.
Revisa mentalmente, por enésima vez, el contenido del bolso, verifica su pasaje y documentos en el bolsillo izquierdo de la camisa y en el derecho la pipa que le trajo su suegro de aquel mentado viaje a Tierra Santa; se da otra vuelta por el quiosco viendo lo mismo que había visto las dos veces anteriores y al igual que entonces no se decide por nada. ¡Todo chequeado! No quedaba más que sentarse y esperar, el bar está vacío e invita a un cafecito de última hora.
Ya en el micro agradece la suerte de tener desocupado el asiento a su lado, se relaja, vuelca un poco el respaldo y cierra los ojos...: había comenzado el viaje. El suave movimiento estaba haciendo efecto y la Panamericana le marcaba el límite de lo que dejaba atrás; una suave modorra traía el recuerdo de Rebeca diciéndole: -¿No entiendo cómo podés dormir tanto en un viaje?
-Gualberto Patiño- dijo su acompañante, a la vez que extendía su mano derecha.
Sorprendido y algo sobresaltado extiende la mano a la vez que observa a su compañero de viaje; vestía ropas típicas de los coyas bolivianos pero no parecía aborigen; tenía la tez blanca y la nariz puntiaguda: más bien le recordaba a los familiares de Rebeca.
-¡Hola! Soy Germán... mucho gusto.
-¿Viajas al Carnaval?
-No realmente, pero me complacería asistir.
No le agrada mucho que lo aborden en un sitio donde no tiene escapatoria, puede ser ese famoso síndrome judío de persecución que muchas veces discutió con Rebeca o simplemente ver invadido su derecho a la privacidad.
-Llevamos el mismo camino, va a ser una buena experiencia -agregó el otro en voz baja-. La diablada en mi pueblo es de gran devoción y suele ayudar a los necesitados.
Aún no salía de su asombro y no entendió; lo miro sonreír con esa seguridad rayana en lo sobradora y quiso decirle algo, pero un diente de oro lo saca de su contexto; ahora reparaba más en él; varios anillos escondían una mano huesuda, su sonrisa dorada se enmarcaba en un flaco y antiguo bigote, su cara de un color blanco amarillento no encajaba en el típico gorro coya multicolor que le cubría, ridículamente para él, la cabeza y orejas. Todo su aspecto en general mostraba la antítesis de lo que se suponía es la imagen de un hombre del altiplano boliviano; en realidad le destruía la imagen que suele hacerse de aquello que en forma superada solía llamar "un hombre de bien".
¡Un hombre de bien! Clásica frase de su madre que lo remite a su infancia, cuando lo aturdían con aquella letanía de los famosos mandatos familiares y sociales sobre cómo se debería vestir, comportar, con quién juntarse y con quién no para llegar a ser una persona de bien. Parece escuchar su voz diciéndole: "¿Germancito, ¿no ves que se aprovechan de tu bondad?", "Hijo ese chico es una mala persona, no te conviene su compañía, te va a llevar por mal camino", "¡No, no! Ese muchacho es un mujeriego, no te olvides que vos tenés hermana y una madre, debés respetar a la mujer como a nosotras mismas". ¿Qué diría en esta situación? Lo cierto es que esos mandatos le generaron una época de ansiedad y angustia que mantiene en la actualidad y hace que, cotidianamente, se pregunte adónde va. ¿Será este un viaje mágico?
Su compañero sigue hablando y de alguna manera llama su atención, le cuenta que él se estaba acercando a la gente de su pueblo a la que habían rechazado e ignorado por esto del imperialismo cultural, modificando incluso sus propias personalidades.
Germán siente que transita el mismo camino: pese a la distancia que se autoimpone hay un fin que los une en este espacio tiempo.
-Es interesante esto que me contás, me gustaría conocer tu ciudad y su gente -se anima a responder tímidamente a la verborragia del indio. Conociendo el terreno, él lo podría acercar a hechos y personas a los que solo, y en calidad de turista, no accedería.
-No dudes que soy el indicado en mostrarte el sendero.
Tras la respuesta segura y en tono afirmativo, sigue con la narración de su experiencia de acercamiento a los mercenarios, un grupo de muchachos de Villazón que bailan la diablada del Carnaval y le cuenta de su encuentro con el anciano, el indio que había visto al diablo.
Germán lo mira y piensa que este coya se parece al diablo, con su cara afilada en punta y sus dedos retorcidos como garras.
-El diablo está en el socavón de las minas -sigue el sujeto convencido-, a él se le prenden velas y se le hacen ofrendas consistentes en coca, alcohol y cigarros en chala; es el diablo el que ayuda a encontrar las vetas a explotar en las minas, él marca el camino a seguir.
Historias del norte, piensa Germán.
-¡No mi amigo! -lo interrumpe el otro adivinando el pensamiento-, el anciano quería morir, sentía que su vida no tenía sentido y algo lo hizo bajar a las profundidades de las minas de Potosí donde los ingenieros, especialistas de todo el mundo, no habían encontrado nada. Llevaba ofrendas para el diablo y antes de internarse en las galerías dijo: "Si no vengo en veinticuatro horas vengan a buscarme". A las veinticuatro horas subió habiendo dejado señalados los lugares donde perforar y, efectivamente, la mina volvió a producir. El anciano tenía contactos con el diablo y se hizo muy rico, tenía muchos billetes, tantos que los usaba para encender su brasero, ya que cuenta la historia que él sólo quería una comida diaria, algunos trapos donde dormir y respeto, el respeto que había perdido entre su gente.
Germán escucha, pero su cabeza da vueltas entre el movimiento acompasado del micro y las historias de este personaje aparecido en forma imprevisible. ¿Por qué me cuenta esto?
Patiño hablaba seriamente y él lo escuchaba fascinado, le hablaba de su irrespetuoso baile con la Virgen del Socavón, que después de haber bailado la diablada una vez y por veinticuatro horas seguidas, hay que seguir danzando por tres años consecutivos para beneplácito de los dos. Germán sueña con llegarse a Oruro a conquistar el amor de la Virgen en un ballet sin fin.
Su compañero continúa, le explica que el último día del Carnaval las comparsas se dirigen a sus mojones en lo alto de las colinas y allí cavan un hoyo que se llama "la boca de la Pachamama"; depositan cigarrillos, coca, serpentinas, chicha de la fuerte, y se reza a la Madre Tierra para que haya diversión y un destino mejor para el año próximo. Finalmente el diablito que representa el Carnaval se entierra ahí o se arroja entre las llamas de un churqui ardiendo; con eso termina la fiesta. Al año siguiente vuelve la comparsa al mismo lugar, cava abriendo nuevamente la boca de la Pachamama, repite las ofrendas y tapa el agujero, luego de lo cual ya bajan del mojón bailando y cantando con sus disfraces dando comienzo a la nueva mascarada.
Germán escucha con fervor religioso, se siente transportado, lo mira y admira, fantasea con bailar entre los mercenarios disfrazados de diablos en el Carnaval de Oruro y conjurar todos sus problemas. ¡Cómo odia su angustia interior! ¿Qué conflicto interno le generó este ser? Se exilió en su interior recordando las charlas con Rebeca sobre los exilios practicados o posibles de realizar, sus exilios en otros países, sus exilios en los cotidianos disfraces, sus exilios en la razón pura...
-¿Y pensaron en el exilio de la locura? -escucha de labios de su acompañante.
-Sí- responde entre asombrado y conmovido.
-Pero no lo incluyeron, con el argumento de hablar de los exilios probables, ¿verdad?
Y hoy, en este micro, viajando hacia el norte argentino en busca de resolver algunas cuestiones, piensa en el exilio en la locura, un exilio que lo subyuga e induce a probarlo y este encuentro lo motiva. Un extraño se sienta a su lado, viaja a su lado como un compañero de años, seduce su ansiedad y somete su arrogancia; en un momento se encuentra suspendido, flotando en alcohol y humo de coca en chala; las lágrimas ruedan fuera de sus ojos cerrados sintiendo un diablito que trepa por sus costillas ascendiendo del socavón. No está triste, asustado ni contento, simplemente mojado por sus propias lágrimas, aceptando naturalmente a este ser que camina por su cuerpo; se entrega a esa sensación dejando que su mente le cuestione. ¿Es peligroso dejarme llevar? ¿Dejarme llevar hacia dónde? ¡Si está aquí! Siempre estuvo en mí permitirme bailar la diablada.
-¡Señor... señor! ¿Va a cenar?
Sorprendido por la azafata ve el asiento de su acompañante vacío...
-¿Señor?
-¡Sí, sí voy a cenar!
Con la bandeja en el regazo no le queda claro el
encuentro de esta tarde, pero sabe que hoy, en este micro, en ese lapso interminable
de tiempo entre la muerte del día y el nacimiento de la noche, el diablito...
habitó en su cuerpo.