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La dulce espera

Por Orlando Mazeyra Guillén
mazeyra@gmail.com

¿Algún día se enterarían de quién gobernaba todos sus actos? Era yo, siempre oculta tras la pantalla del ordenador: saboteándolos, meciéndolos y manipulando sus movimientos a mis anchas, cual eximia titiritera de esa noble caterva de súbditos, eternos cómplices de mis supercherías. ¿Me descubrirían? ¿Quién de ellos me delataría? Nunca llegué a identificar cuál de mis personajes ocultaba tras de sí ese siniestro estigma que es patrimonio de los felones (esos que merodearon mis sentidos durante toda mi infancia). Simplemente me dejaba llevar mientras mis dedos brincaban sobre el teclado y, más que uno, eran dos, quizá tres, un cúmulo de espejos en los que siempre me vería reflejada. Todos eran yo. Todos eran un poco de mí, una partícula de mis entrañas. Por eso, cuando se asomaba mi período,  los tornaba ásperos, reticentes, cansados de lo mismo -de sentir esa toalla higiénica entre mis piernas-, adoloridos, contrariados y hasta pesimistas. Cuando empiezo a escribir siempre lanzo un bumerán que retorna y se parte en mi crisma. Son las migrañas nocturnas, o algo más que eso: una punzada en los ojos, de atrás hacia delante y de adelante hacia la nuca, un vértigo que me acomete cuando trato de recordar a papá. ¿Acaso lo tuve? Papá es un mal sueño de mi madre, una resaca de treinta años que lleva mi nombre: Annia.

De todas las carencias, la carencia. Por eso todos eran (son y serán) hombres: altos, gordos, enanos, lúcidos, despatarrados, insolentes o melancólicos. Pero acondicionados de un falo y un -a veces inútil- par de cojones. Después de diez libros mediocres (tres volúmenes de cuentos y siete novelas fallidas), sigo sin poder gestar un alma femenina que convenza a mi editora. Mi madre -todavía- no está muerta y yo tendría que morir también para ser capaz de contar nuestra historia. Que es la misma historia pero partida en dos, como esos espejos estragados que parecen cortar tu rostro, diseccionar tu historia (la íntima e intransferible, la que podría apropiarse de una marquesina durante varias lunas). Que es la historia de la infelicidad con faldas, el hazmerreír de Plaza Mariano de Cavia. La gorda y la flaca.  La inmigrante, "la sudaca" le decían, y su nena, "la pobre diabla". La puta y su hija (o quien quiera decirlo que lo diga, "la hija de puta", a mucha honra, aunque suene a gilipollada andaluza). La que siempre se vendió a escondidas y la otra, que dejó de hacerlo para escribir libros para hombres, libros sobre hombres pero pensando en mujeres. En las dos mujeres de una casta distinta.

¿Algún día se enterará mamá de que pienso contar la historia de nuestras vidas? De cómo dejó atrás Santiago del Estero para convertirse en una callejera y, como en el tango, quedó preñada del peor de sus cafiches. ¡Asco de historia! Será por eso que odio los melodramas. Renuncio a lo que soy y me convierto en hombre. Un hombre hecho de palabras que tiene miedo de acusar. "No estamos para juzgar a nuestros padres", me dice el Padre Joaquín. ¿Qué me queda? ¿Cuál es mi patrimonio? Sentirme viva es poco, aspirar a ser leída sabe mejor, escribir sobre hombres suena bastante bien. ¡Más que bien!

Y el espanto que siento por las noches cuando mamá entra a mi recámara y me pide perdón:

-No fui una buena madre, Annia.

-Tienes razón... y no la tienes.

-Yo vine a Europa con otras expectativas.

El sambenito de siempre. "Otras expectativas". Otras mentiras. Y yo siento miedo, pienso en ellos tratando de descubrirme, todos los hombres de mi vida, todos los que fabriqué para combatir la soledad, para ser algo más que una hija de puta.

-Lo hicimos bien, mamá -le digo sosteniéndola-. Lo hicimos bien.

-¿Qué hicimos bien?

-Esperar.

-¿Hasta cuándo?

-Hasta que nos dé la gana.


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8 de November de 2009

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