publicidad

 


Últimos
contenidos
incorporados

Consulte los contenidos más recientes de esta sección.


Obras
más
consultadas

Lista con las obras más consultadas.
 Primera Vista: el portal de literatura contemporánea 


Servicios

Escaparate de obras

El centinela

Ignacio Guirado Blas
nachoguirado@terra.es

Por mucho tiempo que hayamos estado en el frente, el sentimiento que persiste en cada instante, en cada latido del corazón es el miedo. Miedo a la muerte, al dolor, a que una bala perdida nos alcance sin ningún motivo, sin acto heroico que justifique el sacrificio o la sangre derramada por la Patria. Un miedo que tratamos de ocultar a los ojos de los compañeros para que ellos no nos lo devuelvan reflejado en su mirada perdida, en los gritos inconscientes que se escapan de las pesadillas nocturnas, en las lágrimas a escondidas o en las fotos ajadas por el sudor y el tiempo.

Una guardia nocturna da para pensar en estas cosas y en mucho más. Las horas se deslizan despacio como la niebla que, de vez en cuando, anega estos montes invadiéndonos de zozobra y presentimientos mientras tratamos de intuir el ataque del enemigo quien, sin duda, permanece a su vez escondido detrás de su propia trinchera preso del mismo temor. Pero esa noche de primavera no había niebla. Una luna casi llena iluminaba con esa frialdad de plata el fondo del valle ofrecido a mis ojos somnolientos, entre las bocanadas de humo con que trataba de conjurar el sueño, cigarrillo tras cigarrillo, como si el tabaco de picadura fuese un reloj que marcase el paso de los eternos segundos. Apenas alguna nube turbaba la claridad noctámbula, y las estrellas, compañeras de tantos insomnios de soldado, alfombraban cada rincón del cielo. Era, por tanto, una imaginaria segura, con tanta luz que ningún enemigo trataría de aventurarse hasta nuestras líneas, y yo paseaba por mi pequeña atalaya ocultando la luciérnaga de mi pitillo con la cuna de la mano mientras pensaba en la familia tan lejos, en el absurdo de una muerte prematura y desperdiciada y en lo que daría por una partida de mus con los amigos en la tasca del bar de mi pueblo. Los pensamientos saltaban sin ánimo de ser controlados de un lado a otro, dejándome un regusto de falsa paz que duró hasta que sonaron los primeros disparos.

Siempre había creído que el sonido de las balas eran aquellos estallidos que resonaban en nuestros infantiles tímpanos, agolpados los niños frente a la pared de la iglesia donde proyectaban las mensuales películas de vaqueros. Hasta mi bautismo de fuego, donde al finalizar la batalla no salieron los títulos de crédito ni el the end... En realidad es un ruido seco, apenas un golpe de leña bajo el corte del hacha, un breve impacto que rompe la noche y que en apenas un instante nos devuelve todo el miedo que hemos tratado de ocultar bajo la pátina de la fingida normalidad en que transcurre la rutina castrense entre batalla y batalla. En cuanto escuché los primeros disparos mi cuerpo cayó sobre la tierra mientras le quitaba el seguro al fusil y trataba de adivinar la procedencia del fuego. Pronto me di cuenta de que el ataque no era contra mi posición, así que, tal y como era mi deber, me incorporé y traté de averiguar qué demonios estaba ocurriendo. Escudriñé el valle hasta que descubrí dos sombras que se desplazaban entre los campos, bastante alejados de donde yo me encontraba. Corrían agachados y en zigzag mientras las balas les rondaban en una danza macabra, y columnitas de polvo saltaban cerca de sus furtivos pasos. Sin duda los que disparaban estaban bastante distantes de mí porque había una discordancia entre el impacto y el sonido de leña seca que tardaba un par de segundos en llegar hasta mi posición. Traté de atisbar si la caza al hombre era desde nuestras filas o desde las del enemigo, pero me fue imposible. El frente estaba tan diseminado que los fulgores de los fusiles tan pronto parecían surgir de trincheras amigas como de las enemigas. Seguramente de las dos, puesto que era imposible reconocer el uniforme, si es que lo llevaban, de los dos hombres que corrían veloces monte a través, en tierra de nadie. Escapaban en dirección a las todavía nevadas montañas, lejos de los combates, de cualquier ejército y de la guerra. Dos desertores, pensé, y mi misión habría sido la de apuntarles con mi fusil y tratar de derribarlos si hubiesen estado más próximos, pero nada más lejos de mi ánimo. En el fondo deseaba estar junto a ellos, correr sin mirar atrás, huyendo de toda esta sinrazón, escapando de la barbarie a la que habíamos abandonado nuestras vidas para recuperar la ansiada libertad. Y parecía que lo iban a conseguir porque, a pesar de que arreciaba la lluvia de balas cada vez desde más lugares, ellos estaban a punto de coronar un pequeño repecho que les haría desaparecer de los puntos de mira y, probablemente, escapar, pues nadie se aventuraría a emprender la persecución con las líneas de guerra tan móviles y poco definidas. Casi como si estuviese viendo un partido de fútbol, jaleaba en silencio a los dos desconocidos que seguían trazando una ruta esquiva a pesar de estar tan cercanos a la salvación, luchando por su vida en cada zancada. El primero de ellos estaba a punto de coronar la cumbre cuando percibí un movimiento extraño en el brazo del compañero. Había sido alcanzado, pues trastabilló mientras el hombro se desplazaba hacia delante con violencia. Sin embargo, no cayó hasta dos pasos después cuando otra bala impactó en la espalda y el cuerpo se arqueó como si fuese a partirse. Alguien había afinado la puntería. Cuando se desplomó me di cuenta que llevaba mucho rato sin respirar, conteniendo el aliento, y dejé escapar un suspiro con el que acompañaba la que sin duda iba a ser la última bocanada de aire de aquel infortunado. Al menos, me dije, el otro lo logró. Todavía sonaron unos cuantos disparos, cada vez más dispersos, y me imaginé a un sargento ordenando a los centinelas que se asegurasen de la muerte del desertor. No era encarnizamiento, simplemente un aviso para navegantes. Pero los impactos parecían caer bastante alejados del cuerpo yaciente, como si a nadie le apeteciese confirmar que aquel era el amargo final de una aventura a la que todos nos hubiésemos apuntado tantas noches de duermevela. Yo me quedé mirando al hombre tirado, quizás rezando para que estuviese fingiendo, tan próximo a la meta, apenas unos diez metros, y que de un momento a otro comenzase a reptar, arrastrándose sin que nadie se apercibiese, escapando de la muerte y de los verdugos. Pero el disparo que le sacudió era incontestable. Había visto demasiados muertos en el transcurso de estos meses como para no reconocer el beso de la parca. De pronto, de entre la espesura vi saltar una sombra. Era el otro hombre, el que yo creía a salvo. Corría en línea recta como alma que persiguiese el diablo, cruzando los diez metros que le separaban del caído en un instante. No se detuvo para averiguar si su compañero estaba vivo o muerto. Lo cogió en volandas y comenzó la ascensión a un ritmo mucho más lento. Las voces de alarma comenzaron a surcar la noche, pero no resonaron disparos. Aquel acto heroico me había dejado paralizado, como seguramente había hecho en los demás soldados que contemplaban el retorno al infierno de aquel hombre que ya había alcanzado la soñada salvación. Y seguramente la mayoría tratábamos de empujar su marcha con el pensamiento, achicándole el camino y haciendo menos pronunciada la pendiente. Cayó al suelo y supuse que había resbalado, aplastado por el peso y la dificultad. Pero dos segundos después resonó el eco de un disparo. Sólo uno. Ninguno más volvió a rasgar la noche de duelo.

Dos días después, una feroz batalla se desató en estas colinas. Supongo que la ganamos, y a su término busqué entre la maleza los dos cuerpos abandonados sin hallarlos. Jamás averigüé la identidad de aquellos hombres ni si eran de nuestro ejército o del enemigo, pero su recuerdo me acompañará mientras viva.

Volver Anterior


12 de October de 2008

>> BÚSQUEDA AVANZADA

 
 Logo del Taller DigitalMantenida por el Taller Digital        Marco legal       Accesibilidad 
    [Correo]Enviar correo. (Atajo: tecla 9) 
© Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes