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Elisa

Eduardo Protto
ecprotto@ciudad.com.ar

De todas las amigas que mi hermana tuvo tanto en su infancia como en la temprana juventud, recuerdo de un modo especial a Elisa, menos por haber conservado ambas aquella amistad en la edad madura, que por una particular vivacidad de carácter que la distinguía del resto de las muchachas. Era yo unos cuatro años mayor que aquellas jovencitas, lo cual me daba un notorio predicamento ante el inexperto criterio de sus juveniles valoraciones. Aclaro que no retaceaba mis arrestos amatorios entre las más bonitas de entre ellas, facilitados por la confianza con que circulaban por mi casa, pues era yo -como con frecuencia sucede en la mocedad- un cultor de la política de terres brulés. Esto generaba no pocos reproches familiares y un fundado escepticismo en Julia, mi hermana, ante mis fútiles promesas de armisticio sexual con sus compañeras, poco afectas, lo mismo que yo, a ninguna clase de treguas en ese sentido.

¡Dorados tiempos! En aquel casual serrallo, Elisa fue la única que sorteó mis añagazas, convirtiéndome, con el devenir del tiempo, de cazador en presa. A ello contribuyó ciertamente su admirable estampa. Era alta y esbelta. Me atraían sus senos de turgencia comparable a las frutas tropicales, de esas que hacen agua la boca. Su cintura breve, sus caderas proporcionadas, sus muslos densos se me antojaban cincelados por algún orfebre desconocido. El rostro delicadamente perfilado, los enormes ojos zarcos, la sonrisa franca con que iluminaba alguna frase ingeniosa, su cabello del color de los trigales, eran como el presagio de un éxtasis inefable. Recuerdo con nitidez los paseos en las tardes estivales, cuando a su paso se producía un ojeo de hombres. Era capaz de quebrantar hasta la dura disciplina de un monasterio. En su personalidad no habitaban prejuicios ni represiones, todo era posible en su mirífico universo. Sobrada de sensualidad y fineza, decidida y tenaz como pocas, ella era, en mi opinión, la mismísima reencarnación de Eva en el edén. No obstante, como en todos los paraísos que la mente humana concibe, en éste también habitaba una serpiente... y se ocultaba en las hondas averías de su índole.

Elisa tenía una naturaleza compleja, que reposaba en los repliegues de un temperamento cíclico. Era de a ratos maníaca, desbordante, fresca y prometedora como un capullo de rosa perlado por el rocío matinal que de pronto marchitaba en la sordidez de sus fases depresivas.

Estuve firmemente amarrado a sus caprichos tanto por los poderosos lazos con que me ató la pasión que me devoraba, como por el torrente de hormonas que prodigaba mi sangre veinteañera. Nos amábamos frenéticamente. Entrambos nos correspondíamos en calidad y cantidad. Sin embargo, inadvertidamente, junto al suyo, mi espíritu se habituó a subir y bajar por las empinadas cuestas de sus humores arrebatados. Cuando el sol brillaba alto sobre el horizonte de su alma, me daba a beber jugos melifluos. Entonces mi sensibilidad vagaba por celestiales caminos. Luego, subrepticiamente, sin que nada lo hiciera suponer, su carácter se despeñaba en las turbulentas profundidades de la tristeza. Entonces, el tiempo harto breve de mi regocijo desaparecía. La dicha se escapaba de mi vida como la arena seca entre los dedos. Nauseaba con el fruto amargo de su indiferencia. El doloroso silencio que su juicio atribulado imponía estragaba mi ánimo y me arrastraba hacia un remolino de pesares. Inútiles eran mis cartas y mis llamados, vanos los desesperados intentos por rescatarla de aquella tenebrosa región en la que periódicamente se sumergía. Mi desconsuelo era absoluto, mis sufrimientos intolerables, mi corazón un erial irrecuperable.

¡Maravillosa edad en la cual amábamos para siempre y sufríamos hasta en la fibra más recóndita del alma! Era la alborada de la vida y en mis acciones campeaba la pura ignorancia de la verdadera naturaleza humana, particularmente la que concernía al género femenino. A fuerza de creer sin riesgo cualquier empresa me había arrojado al abismo de su amor con la temeridad de mis pocos años. Elisa alternaba sus órbitas anímicas con una precisión de calendario. En dos o tres semanas las nubes se disipaban en su mente y otra vez amanecía en las pupilas de sus preciosos ojos azules. La torva displicencia que sombreaba sus horas y las mías, se trocaba en renovadas mieles y prodigios que se derramaban sobre mi antigua pena. Volvíamos a ser los amantes insomnes y ardientes que regresaban al territorio de sus hazañas. De todo lo pasado me olvidaba libando el zumo de su piel dulce.

Elisa fue mi razón de vivir durante esos años intensos. Al influjo de sus abruptos solsticios me abrasaba en el estío o me atería en sus hielos. Vivía contemplándola, o ascio en el tórrido desierto de su pena o plácido a la lumbre fugaz de su alegría.

Lento, el tiempo pasó a través de nuestro amor. Sedimentó sucesos diversos y emociones dispares.

Cuando llegué a los confines del placer y del dolor, en marchas forzadas por arduos senderos, pude (nunca supe muy bien cómo) desatar los nudos de tan estremecedora convivencia. Acaso inclinado por el deseo de afectos más estables, o tal vez por alguna íntima cobardía frente a las fatigas que suponían los melindres de aquella mujer pendular, lo cierto es que elaboré con tenacidad de alquimista potentes contravenenos para salvarme. Saboreé las últimas gotas del amor de Elisa con paladar de libertino. Me desarraigaba de ella, serenamente, como quien se duerme al final de una laboriosa jornada. Así transcurrió mi singladura hacia el desapego. Fatalmente se desintegraba la candidez de mis juveniles sentimientos.

Por Elisa adquirí la dudosa destreza, casi tauromáquica, de soslayar las densas pesadillas de su ser destemplado, cuando sobrevenían tormentosas y puntuales. Herida de muerte, mi pasión languidecía. Poco a poco se fue extinguiendo, despojada de dolores, pero también de entusiasmo, como si los unos no pudieran existir sin los otros. Jirones de aquel gran amor quedaban al costado del camino cual redrojos de una vendimia apresurada. Un año más tarde ya no sufría por Elisa. Quizá ya no la amaba, o, si cabe la idea, ya no podía amarla. Una mezcla de rabia, hartazgo y desengaño corrompía aquel afecto preliminar. Había comprendido, para bien o para mal, con frialdad de mercachifle, que los goces de aquella relación no guardaban proporción con los dolores que producía. Mis ojos comenzaban a ver, y el amor..., lástima grande, necesita de ciegos.

Amigablemente nos separamos. Ella prosiguió su camino y yo marché por el mío.

Con los años, Elisa devino más hermosa aún. Su belleza la debía a la prodigalidad de la naturaleza y al cultivo de una personalidad minuciosa, imaginativa y en cierto modo cruel.

Tras su paso por el conservatorio de arte dramático se fue a Nueva York a estudiar en el Actor´s Studio. Después llegaron los premios y la consagración como gran actriz. Su índole pirofórica se inflamaba al contacto con la escena. Talento no le faltaba y suerte tampoco. Aceptaba el prestigio y la fama al desgaire. Pasado los treinta se casó con un inglés, virtuoso concertista de violín de nombradía universal y delicado intelecto. Era unos treinta años mayor que Elisa y, enloquecido de amor, paseó la belleza de aquella mujer por todos los auditorios del mundo. Además colaboró sobremanera a encumbrarla en su carrera. Al cabo de cuatro años, un ataque al corazón se llevó a la tumba al insigne músico. Al enterarme, no pude evitar una impropia asociación con mis pasadas experiencias.

Poco duró su luto. Si alguna atrición cobijaba, la liquidó rápidamente. Sus triunfos artísticos recomenzaron y el periodismo daba cuenta de sus impares actuaciones. Era como si Racine o Ibsen hubieran perfilado sus heroínas pensando en ella.

Pasados un par de años inició su romance con un célebre tenista, de los mejores del mundo, con el cual se casó. El nuevo esposo estaba en las antípodas de su antecesor. Bastante más joven que ella, asombraba con su larga cabellera, que como un cometa, coronaba su titánica musculatura. Lo imaginé, parafraseando a Dante al hablar de Manfredo de Sicilia: "Biondo e bello e di gentile aspetto."

Su juego era excepcional, ganaba torneos y dinero en cantidades considerables, pero tenía un tilde que lo ennegrecía: era una mala cabeza, fuerte para el deporte pero débil para la vida. Era evidente que la adoraba más allá de sus fuerzas, y se adentraba de a poco en el breñal del corazón de Elisa. Gradualmente, su celebrada destreza en las canchas comenzó a decaer y quedó desplazado en la tabla mundial de posiciones. Al cabo de dos años de matrimonio, con dificultad llegaba a los cuartos de final en torneos de menguada categoría. Apareaba a su declinar deportivo un evanescente consuelo en el alcohol. Una primavera los noticieros propalaron la infausta nueva. El conocido tenista había perdido la vida en un accidente automovilístico en el sur de Francia, lejos de su esposa que estaba de gira con una exitosa pieza de Arthur Miller. Elisa apareció en los noticieros de la televisión abatida y enlutada pero, fiel a la tradición de las tablas, continuó actuando con singular templanza y maestría.

Ocasionalmente, dada su estrecha amistad con mi hermana, nos hemos encontrado. Un antiguo sentimiento, embozado entre los recuerdos, nos ha llevado apenas a intercambiar frases de circunstancia. Más de un cuarto de siglo ha pasado sobre nuestra historia.

Hace algunos meses se volvió a casar con caballero de su edad. Un tronado hidalgo de criollo linaje, con más blasones que fortuna. No pude evitar un regusto acibarado al escuchar los detalles de la boda relatados por mi hermana.

A veces imagino, desde mi perspectiva de solterón enmohecido, que aunque crea que me libré para siempre de la pesada carga de aquella liviana mujer, aún arrastro, como a una sombra, la cadena de la vieja esclavitud que alguna vez me impuso...


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24 de July de 2008

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