José Raúl López Lemus
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Eva, tu regreso era como la lluvia finita que dolía allí en el costado y seguía doliendo sin parar, hasta que la frescura acumulada, ese húmedo beso de agua, trajera algo de alivio. Y el alivio no sólo se sentía en el costado, en la cuenca que el corazón ha ido tallando sin cesar, sino que en todo el cuerpo, hasta creo que alcanzaba un poco para el alma. Era factible entonces flotar; elevarse y flotar entre pájaros de plumas erizadas, ateridos de frío. Flotar encima de la tarde, presintiendo el sol ausente, en medio de cuya sombra regresabas tú, Eva, con el mismo traje de la última vez, con algo de rosado y de lila, con aquella tristeza que era como tu marca, como la lluvia que se detenía en los árboles, agobiándoles.
Yo estaba esperándote en la esquina de siempre y el paraguas que se enganchaba entre mis dedos, semejaba la detestada cabeza de un cuervo, cuyo pico erguido amenazase la lluvia. Había taxis chapoteando en la corriente, bancos abiertos al público y vastos inmuebles en los que se hacinaban las mercancías, igual que sueños admirables, igual que golpes en los ojos que ya no pueden herirnos. Sirviendo de corolario estaba la catedral, Eva, sumergida en la luz satinada, con el campanario en suspenso, como terco corazón que desease percibir tu regreso para decidirse a latir; más allá, el único edificio de hotel, en franca competencia con el horizonte. Te veía desafiar el semáforo de la primera calle, salvar de dos trancos la peatonal y detenerte en medio del centro comercial, para inhalar los olores que la ropa nueva y los perfumes emitían desde el otro lado de la estantería. Tú estabas de perfil, Eva, empinándote, registrando en tu conciencia precios de zapatos que no irías a comprar, excusas para detenerte y dejar que la tarde fluyera hasta ese recóndito agujero en que se convierte la noche. A veces me daban ganas de atraparte por la espalda, arremangar un poco la blusa y deslizar las manos por tu vientre suave, blando, desconocido; pero en el último instante desechaba semejante conspiración, porque sería como profanar el regreso, como escupir una tierra de promisión que se nos ha sido bendecida.
Pasaba de largo, esquivando los bultos de la gente; porque esa gente no merecía entrar en el contexto del deseo que estábamos fraguando. Los rechazábamos, Eva. Tu enfermiza búsqueda de zapatos nuevos era el pretexto para empujarlos al vacío; mis torpes carreritas, mis caminatas, ese asomarse, merodear y luego marcharse, la abertura que se cierra frente a la pasividad de sus narices, aniquilándolos. Cuando presentías que me estaba acercando demasiado, te ibas. Me desagradaban tus pasos, porque entonces semejaban el sutil balanceo de un gorrión alcanzado por imaginaria saeta de cazador, temía verte caer, temía ver tu cuerpo vestido de dulce sangre precipitarse hacia abajo, hacia ese confín sin límites que son las limpias baldosas de un centro comercial moderno. Pero tú no caías, Eva, seguías altiva y de pronto estabas desembocando en la calle. El viento salía a recibirte, te empequeñecía, trababa tus pasos, te sumía en la naturaleza que habías dejado de ser, tu carne volvía a ser carne y tus huesos, huesos. Estabas de nuevo expuesta, fría, desorientada y me buscabas, sonriendo, tus ojos no tenían una lágrima; porque aunque habías vuelto a ser, tu alma se había quedado al otro lado, en aquel espacio oscuro que era como la sima del acantilado a la que nadie podría llegar por más que se esforzase.
Aprovechaba la debilidad en que te habías envuelto para dirigirte algunos reproches que nunca eran verdaderos, eso sí, desde lejos, desde el otro lado de la lluvia, pues sabía que al deseo cuando está naciendo, no hay que tocarlo, es demasiado frágil, muy endeble, muy tenue para resistir los embates de la sensibilidad humana disociadora. Sin hacerme caso, te embutías en la llovizna, te ibas sin recibirme los reproches, yo sabía que aquello era un desaire, la punta apagada de un desafío que dejabas para asustarme. De pronto desaparecías, Eva, la tarde te cubría toda y ya no estabas disponible para las lágrimas que se abalanzaban desde mis ojos.
Me quedaba horrorizado, Eva. Sin voluntad para emprender una veloz persecución, imaginando el mundo que te ibas construyendo después de mudos edificios, imaginando que ese mundo estaba tan saturado de miseria que irremediablemente no podría construirse o que si lograba construirse ya no podría caber yo en él. En tu calle había dejado de llover y los muchachos que te encontrabas estaban más alegres que de costumbre, besaban tus manos, Eva, te miraban descaradamente los pies y te llamaban, y tú seguías sus juegos, dejabas entrever que te gustaban, que sólo ese llamado de la sangre que es el pudor impedía que los invitaras a acostarte con ellos, les sugerías que en una próxima ocasión, muy pronto, que esperasen. Yo sabía que en tu calle había dejado de llover y que algo de sol caía sobre ella. Por eso me iba, cruzaba toda la cuadra y tomaba una calle paralela a la tuya, para espiarte, para seguirte de cerca, aunque sólo fuese una persecución imaginaria y me latiera desesperadamente el corazón en cada encrucijada, imaginado que ibas a descubrirme y que me reprocharías el hecho de no poder dejarte en paz.
Pero tú no me veías, Eva. Estabas tan interesada en las voces de los muchachos que te saludaban, en la alegría que venía desde arriba de las nubes y se colaba en medio de los techos, en los arreboles que la tarde empujaba hacia la ciudad como un tropel fantasmagórico. Tú no me veías, Eva, y yo juraba que en la próxima esquina ibas a hacerlo y corría hacia ella, me plantaba en el centro de la calle para aumentar tu perspectiva; pero el pequeño segmento de calle se acababa a los pocos segundos de que entrabas en él, sin que nada indicara que ibas a llamarme. El mundo empezaba a pesar demasiado para mí y adquiría ese olor putrefacto del que siempre te he hablado, ese olor que me hiere más que cualquier dolor y que no se siente en la nariz sino en el pedazo de alma que se haya adherida a la piel. No sé por qué los pies empezaban a renguear, como si se sintieran viejos y trabados y ya no podía desplazarme, se doblaban, Eva. No podían mantenerme de pie, me empujaban hacía abajo. Y yo les obedecía, me dejaba caer, me quedaba espatarrado en medio de la acera, hipando. Pero aún así, el olor nunca se iba, se recrudecía y yo ya no era dueño de mi voluntad, me había convertido en un animalillo cuyos músculos apenas le sirven para revolverse en el mismo sitio. Me daba por vencido, Eva, y ya no tenía esperanzas.
Pero, entonces, eras tú la que despertaba. Sólo puedo imaginar lo que sucedía: la calle mojada, pequeños chorritos de lluvia caliente deslizándose por canales desflorados, gente huyendo hacia los zaguanes y tú, Eva, frenado en seco, despertando de golpe, moviendo la cabeza para apartar las imágenes congeladas de la memoria, respirando hondo para que cada inspiración pueda llenar los vacíos que se han abierto en el alma. Tú despertando y acordándote de que en algún lugar yo te deseaba. Después creo que regresabas corriendo, Eva, y no te importaba gritar mi nombre en medio de la calle, y no te importaba que la gente dijera que estabas loca, porque ahora estabas más cuerda que nunca y yo era el remedio para prolongar la locura que amenazaba abandonarte.