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Enfados y necias discusiones

Vicente Adelantado Soriano
viadso@telefonica.net

I

No deja de ser significativo que, de un tiempo a esta parte, cualquier persona que diga lo que piensa, aun utilizando metáforas y no deseando ir más allá de las meras palabras, se pueda convertir en el centro de todos los odios y las iras del país. Sobre esa persona, sincera y un tanto ingenua, pueden recaer los denuestos y descalificaciones de todo el mundo, por más que lo que haya dicho esté lleno de frescura y de sentido común. Virtud esta última que no todo el mundo posee. Esa carencia explica que una afirmación nimia se puede convertir en una agria polémica en la que van a terciar cocineros, muleros, pajes, ayudas de cámara, y señoras y señores. Y es que hay ciertas personas, presupuestos y filosofías aceptadas, que, al parecer, son intocables. Ni bromas se pueden hacer con ellas. Nombrarlas es meter la mano en el avispero. Cuestionarlas, una temeridad.

Es esta una situación doblemente preocupante. Por una parte lo es por lo que supone de prejuicios y de coacción a la libertad de expresión. Por supuesto que hay muchas formas de decir las cosas; y antes de ser de un partido o de una tendencia, habría que ser educado y elegante. Pero tampoco se puede pretender invocar el derecho a criticar a los demás, y dolerse cuando lo critican a uno mismo. Así, por ejemplo, ciertas personas llamadas nacionalistas, intocables en los tiempos que corren, tienen derecho a quemar fotos del rey, pero nadie tiene derecho a quemar fotos de un presidente autonómico, el suyo, que traicionó, igual que su aparente opositor, los principios de la República. Ambos los habían jurado.

El segundo motivo preocupante de que la expresión de los pensamientos íntimos se convierta en el centro de una agria discusión viene dado por lo que, podríamos llamar, la vaciedad de contenidos de todo tipo: en la vida política ya no se discuten ideologías, o distintas formas de llevar a cabo unos programas u otros. La diferencia entre los distintos partidos políticos es tan mínima que, a ojo de buen cubero, ni se distinguen. No digamos nada en la práctica: lo mismo da que gobiernen estos que aquellos, pues el resultado es el mismo. Tal vez porque los políticos lo único que desean es eternizarse en el poder. No hay más horizontes. Ni, al parecer, más presupuestos.

No tienen ideas sobre cómo manejar una situación o cómo administrar una nación. Seguramente ni saben lo que van a hacer cuando lleguen a la presidencia, salvo lo de repartir prebendas. Quieren el poder tal vez para no ir a una oficina a fichar todos los días, o a un instituto, donde van a depender de una dirección y de unos adolescentes. El político llega al Parlamento con la nueva legislatura, se ausenta luego, no aparece nunca, o solamente cuando es imprescindible, y el resto del tiempo son unas eternas vacaciones o un doble empleo. Cobra por él, por supuesto. No hay ideologías ni honestidad. Ni parece que una cosa conlleve la otra. O tal vez sí. Sería cuestión de estudiarlo con tranquilidad y ánimo sereno.

Cierto es que nuestra época, por lo apuntado más arriba, tampoco se caracteriza por su amor al pensamiento y a la filosofía. No hace falta más que ver los estantes que las librerías dedican a esta parte del saber. Ir a una librería y pedir un libro que no sea el típico de Platón o de Descartes supone salir con las manos vacías, y con la vaga promesa de que, tal vez, se pueda conseguir el libro demandado en un plazo razonable de tiempo.

La pregunta ahora sería, si no hay ideologías, ¿por qué unas personas se apuntan a un partido y otras a otros distintos? ¿Se gobierna un país con una determinada ideología? O dicho de otra forma, ¿puede cumplir un partido las promesas que ha hecho durante las elecciones? Y si no es así, ¿quién gobierna realmente un país?

II

Ciertamente es descorazonador, y quizás motivo de preocupación, los pocos libros de filosofía que hay en las librerías. Estos, encima, están arrinconados y arrumbados. Jamás en una mesa de novedades. También invita a la reflexión el que la filosofía haya desaparecido, o casi, como asignatura en el flaco y famélico bachillerato de hoy en día. No se puede negar que estamos en un momento en el que las ciencias humanas, el humanismo, se está batiendo en franca retirada. Igual que denunció Ortega y Gasset en su momento, la situación actual no deja de tener similitudes con la de los finales del siglo XIX: en ella la filosofía fue pospuesta en favor de la física. Treinta años después, el hombre volvía a interesarse por las ideologías, por la filosofía, por esa cosa inevitable.

Es posible, pues, que, pasado un tiempo, volvamos a los mismos derroteros, y que, cansados de tanto cienticifismo, o tecnicismo, nos planteemos de nuevo las viejas preguntas de siempre. Preguntas que no tienen por qué estar relacionadas con la metafísica, ¿de dónde venimos? ¿adónde vamos?, o algo similar. Simplemente, sin volar tan alto, se puede tratar de comprender el mundo actual, y de saber el lugar que se ocupa en él. Sí, por supuesto, para interactuar hasta donde nos sea posible, y para conocer los límites, tanto propios como ajenos. También es importante saber hasta dónde puede llegar el poder o los diversos poderes.

Quizás una buena forma de comenzar a filosofar, a pensar, sería no aceptar nada sin análisis ni discusión, empezar a preguntarse por los fundamentos de esas filosofías no escritas, aceptadas, y raras veces cuestionadas y menos discutidas. A veces tal vez por temor a despertar las iras de determinados grupos; y muy a menudo porque lo aparentemente cotidiano rara vez se cuestiona. Pero, ¿qué es lo cotidiano? ¿Qué entendemos por tal? ¿Cuánto tiempo tiene que durar un hecho para llegar a tener esa categoría?

Puede ser obvio para una inmensa mayoría de habitantes que la mejor forma de gobierno es la democracia. Se puede tirar mano de la etimología, y se puede llegar al canto y alabanza del pueblo o, dado el desprestigio de esa palabra hoy en día, de la ciudadanía, o del ciudadano de a pie. De ese personaje al que nadie le hace caso, pero que puede votar y entregar el poder a quien lo desee. ¿Es esto así? ¿En verdad una democracia funciona de esta forma? ¿No se afirma semejante cosa para halagar a quien, desde luego, no tiene ningún tipo de poder ni lo tendrá nunca jamás? ¿Qué importancia tiene un voto? Puede que mucha, o tal vez ninguna: es muy posible que tras el voto estén los sofistas o, lo que todavía es más peligroso y terrorífico: la televisión. No sin fundamento desconfiaba Sócrates de las masas, de esos grupos capaces de dar sus votos a quien sea capaz de halagarlos o saber conducirlos, como hacían los sofistas. Esas masas capaces de dar un viva a las cadenas y de cometer, luego, mil y una tropelías.

¿Quién debería gobernar entonces? ¿Cuál es el mejor sistema de gobierno? ¿Son estas interrogaciones de ese tipo de preguntas que se quedan siempre sin respuesta? Es posible.

Es difícil, para el hombre, huir de las experiencias propias. La historia le puede abrir la mente, desde luego. Y darle algunas razones válidas para optar a una forma de gobierno o a otra. Pero rara vez aparecen dos situaciones históricas que sean iguales o parejas. Al menos nos enfrentamos ahora con una situación nueva: la globalización. Y esta globalización ha puesto bien a las claras el poder de determinados grupos sociales, el de quienes manejan los grandes negocios. Y que, al parecer, lo hacen sin control de nadie. No de otra forma se explica que se produzcan estafas multimillonarias sin que ningún gobierno se haya enterado, sin que nadie las haya, siquiera, detectado. ¿Ha sido en verdad así o se ha ocultado información? Sea cual fuere la respuesta, en ambos casos se puede hablar, se debe hablar, de fracaso de la forma y en la forma de gobernar. Mientras unos pagan impuestos religiosamente, unos pocos hunden el sistema financiero. Hacienda detecta un error de 200 euros, pero carece de ordenadores para estafas a gran escala. No deja de ser curioso.

III

No es este, por desgracia, un asunto nuevo ni novedoso. Ya Solón Salamino, uno de los siete sabios de Grecia, comparaba las leyes a las telas de araña, que cazan y enlazan a los mosquitos y a los bichos pequeños, pero si pasa por ellas algún animal grande las quiebra y rompe. La única diferencia con la época de Solón está en que hoy, encima, al animal grande se lo ensalza y se convierte en un héroe brindándole entrevistas en la televisión, sin duda no para que aleccione al gran público de cómo hacer lo que hizo, enriquecerse de forma fraudulenta, sino para negar cualquier culpabilidad y salir indemne.

¿Y por qué ese afán de algunos medios de comunicación por ofrecer entrevistas con gente que no tiene ningún interés? Se entrevista a ladrones, casi siempre de guante blanco, aunque estos, propio de una época burda, ya escasean, o a personas capaces de vender su vida más íntima por unos cuantos miles de euros. ¿Y tan importantes son esas míseras intimidades que las televisiones tienen que estar anunciando a bombo y platillo que van a transmitir la entrevista? Parece que todo está relacionado con lo apuntado más arriba: es una época vacía, sin rumbo aparente y con el humanismo en franco retroceso. No hay ideas ni ideologías. De ahí la importancia del exabrupto, de la salida de tono, de la expresión coloquial que se convierte, por mor de esa vaciedad, en toda una declaración de principios contra la que se revuelven tirios y troyanos olvidando que no son esos los problemas importantes del país y del mundo.

No menos cierto es, llegados a este punto, que podríamos definir a un gobierno, a una país y a una nación, por las metas que se ha trazado y por las formas de conseguirlas. ¿A qué metas hemos llegado? Parecemos la sombra de un país cansando, desgarrado y ya con pocos alientos. Tal vez sería conveniente tomar otros rumbos, o un rumbo definido. Pero para eso hace falta gente con vocación de estado y con ideas. Y ciudadanos que se ocupen de sus asuntos. Quizás deberíamos recordar los viejos mitos filosóficos, el hombre como ser político, social y sociable, que no puede vivir en soledad. Entonces, por supuesto, la sociedad también es cosa suya. Y delegar siempre es peligroso. No sólo porque el ojo del amo engorda al caballo sino para evitar que nadie se crea dueño de aquello que, en puridad, no le corresponde: un país, una gente y una cultura.

Esto no quiere decir que todo hombre tenga que ser gobernante, sino que exija un gobierno transparente donde en cada momento se sepa, por ejemplo, en qué se invierte el dinero público y de qué forma se accede a los cargos. Por ejemplo.

Delegar a ciegas, y lo es votar una vez cada cuatro años, tal vez sea incitar a la corrupción. Podía ser un buen remedio contra ella que también hubiera un grupo encargado de vigilar al gobierno. Pero el poder, lo dijo Sócrates, corrompe. La oposición trabajará, entonces, no para vigilar sino para derribar al gobierno y alcanzar el poder. Con lo cual solamente subrayará las actuaciones que le puedan dar dicho poder. Y alcanzado éste, como se ha visto, dejará los viejos problemas sin resolver. Por desgracia, gobierno y oposición se parecen en demasiadas cosas. Una de ellas es la de huir de los asuntos claves que pueden resultar impopulares y costarles el poder.

Pero el poder no sólo corrompe a la oposición. Como un nuevo Midas convierte en la antítesis del oro todo cuanto toca. Y a un poder corrupto, incapaz de asumir sus responsabilidades, de admitir que se ha equivocado y de dimitir, ¿dimite alguien en este país?, le corresponde una sociedad igualmente irresponsable, con mentalidad infantiloide. No hay más que ver las reacciones de muchas personas ante el fracaso de sus inversiones: si ganan dinero, lo deben a su esfuerzo; y si los estafan porque les han prometido duros a cuatro pesetas, es el gobierno, es decir todos, quienes tenemos que amortizar sus fracasos.

Resulta inquietante, por otra parte, la cantidad de dinero que los gobiernos de Europa están inyectando en las grandes empresas. Y en los bancos. ¿Dónde están los millones que manejaban estos? ¿Se ha volatilizado? ¿Cómo se pueden gastar el dinero tan alegremente tanto ellos como los políticos? ¿Hasta cuándo, además, un estado va a poder mantener a tanto y tanto político autonómico y nacional? ¿Quién controla el gasto de estos personajes? De vez en cuando saltan noticias de sus malversaciones que, como mínimo, despiertan la vergüenza y el sonrojo. Máxime cuando nadie les pide cuentas, ni ellos se creen en la obligación de rendirlas. Hay políticos que viven en una aparente democracia, pero tienen mentalidad de hombres medievales: sólo dan cuentas a Dios, dado que Gratia Dei se han sentado en las poltronas.

¿Cómo se va a tener ideologías? No hacen falta albardas para ese viaje.

IV

Es posible que, algún día, la gente, el pueblo o el ciudadano, se canse de tanta corrupción y de tanta absurda y necia polémica, de tanta vaciedad, y se vuelva a una situación más racional. Tal vez en esta nueva situación se planteen los verdaderos problemas, se discutan los temas de fondo, y no las salidas de tono, más o menos coloquiales, o los comentarios, sin mala fe, de una persona. Quizás entonces se exija, o sea consecuencia de ella, una mínima ética y un mínimo sentido de la responsabilidad. Produce sonrojo que las discusiones políticas se centren en retretes modificados, en coches convertidos en demostración del poder, en despachos magníficos, y en gastos suntuarios cuando hay tanto paro, y tanta gente que no puede llegar a fin de mes. Es vergonzoso.

Tal vez un fuerte y crítico sustrato ideológico impediría ciertos comportamientos. Pero también hemos visto, y lo seguimos viendo, que las ideologías se convierten, con el tiempo, en una sustancia tan flexible como una goma de mascar: al fin el hombre todo lo adopta y adapta para permitirse hacer cuanto desea, a veces con coartadas ideológicas, y muy a menudo sin ellas. Por todo ello es exigible un nuevo planteamiento del sistema político y de la forma de entender la vida. Si estos planteamientos no surgen espontáneamente, habrá que hacer algo para provocarlo. Cabe recordar que Sócrates era un buen comadrón. No estaría de más echarle un buen vistazo. Fértil y fecundo.

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23 de November de 2009

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