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Esculpiendo mi vida con coca

Orlando Mazeyra Guillén
mazeyra@gmail.com

¿Sabes una cosa, mujer? Hoy quiero morirme sin necesidad de tocarte porque ahora ésa es una faena estéril. Estoy abriendo los ojos, pero no para verte recluida en tus arrugas o esclava de señoritas migrañas, sino para calzarme los mocasines de siempre e intentar un escape a tientas (como los forajidos de las historias que leímos en voz alta con tu prima Rufina la vez de nuestros pasos perdidos en el callejón de Huaylas): en medio de la oscuridad, por entre las angostas calles del pueblito al que arribamos ayer para renovar tardíamente nuestros votos matrimoniales en presencia de nadie.

Eloísa: hace tanto tiempo que te extraño de sólo mirarte. Te necesito de sólo escucharte. No, ¡ya sé!, no entiendo que la vida es otra cosa: una gris ciénaga en donde las cigarras nos miran con reverberante envidia, los sapos se ahogan eructando nuestras iniciales, mientras la balaustrada en la que nos apoyamos antes de darnos un beso torpe -el primero y acaso el más prodigioso- se percude con orines de perros locos de hambre (o de haber visto a Satanás), tan locos como nosotros cuando escapamos por el puerto de El Callao pensando que con nuestro amor bastaba. ¿Qué amor era ése? Si sólo estaba cimentado en un sexo desmesurado que me dejaba al borde del vahído, suplicante ante tus muslos saltarines que siempre pedían un último esfuerzo: una afrenta a las fuerzas de mi colérico corazón de boxeador fracasado.

Mi tía Crecencia siempre me dijo que conversar con los muertos es oficio desquiciante, sólo apto para serranos sin escrúpulos o chamanes exóticos que por las noches malbaratan su alma al diablo. A pesar de todos sus reparos, ella sabía leer la coca con una lucidez que le otorgó celebridad insospechada en nuestro pueblito de Huaraz.

Cuando cumplí mis quince y decidí hacer mi Lima, ella me echó la suerte en la puerta del chiquero y, aterrada como ciervo herido, recogió la hojas de coca y corrió a lanzarlas al río, vociferando blasfemias en quechua, mientras el cielo se abría de a pocos para fatigarse en agua. Esa tarde llovió brutalmente y ella me sirvió un caldo de lomos antes de doblegar mi futuro:

-¿Has pensado en casarte?

-Tía, ¿está usted bromeando? Apenas tengo quince.

-Si te casas, ella va a morir, papito: ¡el diablo! El mismito diablo me lo ha dicho al oído.

-¿Qué cosas imagina usted, tía?

-El mar es enemigo de los amores prematuros, ¡quédate en Huaraz! ¡Lima es para la gente que quiere enfermarse!

-No diga más mentiras, tía, no diga tantas cosas que usted no sabe: ¿acaso conoce Lima?

Lima no me enfermó. Lo hicieron los chicos pilas que me tomaron por pelmazo. Mi equipaje y mi sencillo fueron a parar a manos de pillos casi niños, muy menores que yo. Empecé de abajito nomás: desde cero como la Dina Páucar o el mismo Chacalón. Pero yo nunca supe cantar, sólo lo hice en tus oídos la vez que te bajé la pollera en el hotel al paso que había justo encima de la pollería del gordo Herminio:

-Lo que boca come..., culo paga -te susurré y me diste un empujón que casi me tira al suelo.

-Eres un cochino, Elías -me dijiste buscando la puerta-. Por eso nomás me invitaste el pollo a la brasa.

Me hiciste reír tanto que dejé que te fueras. Me volteabas la cara en el mercado, te hacías la loca y hasta le pediste al verdulero que te sacara plan, pero no me tragué tu jueguito. Yo no soy celoso.

Cuando me ofrecieron viajar en barco hasta Chile, no sé por qué vi de nuevo la coca cayendo a las aguas del río. La tía Crecencia me amenazaba entre sueños. Hubo noches en que el diablo mismo me susurraba porquerías en quechua y me jalaba de los pies... Ni caso que le hice.

Nos subimos a bordo soñando con Chile. Creíamos que ese país vecino era casi el paraíso:

-Quiero casarme en Chile -me dijiste apoyándote en mi hombro-. Pero ahoritita me han venido ganas de vomitar, Elías.

Te abracé con todas mis fuerzas. No llegaste a vomitar porque el barco se hundió al poco rato, fue por culpa -al menos eso dijeron en los diarios- del mismo joven que nos invitó a viajar gratis. Nuestra historia fue peor que la del Titanic, más dura, sin tantos aspavientos. Los cholos morimos sin hacer mucha alharaca, somos más graníticos cuando la furia del mar nos atrapa.

Yo no recuerdo haber nadado: el mar me botó porque le dio la gana. Desde ese día no me hallo, soy un muerto parlante. Me creen loco y hasta me regalan fruta en el mercado:

-Un platanito más para la Eloísa -les ruego, y algunos se molestan y me espantan con las manos o con un carajo bien dado.

¿Cuándo se morirá el enfermito?, le escuché decir el otro día a una casera que siempre se da sus vueltas por el mercado en busca de pescado fresco. Y, pensándolo bien, creo que ya es hora, Eloísa. Atrapo una falsa esperanza de encontrarte en alguna orilla lejana, o aunque sea saberte sana y con hijos en algún puerto del sur. Nada importa en mis insomnios más abominables. Quisiera haberme casado contigo en Chile.

Este pueblito en donde naciste es horrible: se parece un poco al infierno que todavía veo entre sueños. Voy a cerrar los ojos y me lanzaré del puente sin pronunciar tu nombre: dicen que por aquí correteabas de niña y seguramente no tenías la más remota idea de lo que la coca pudo hacer con nuestras vidas.

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23 de November de 2009

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