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Exorcismo

Fernando Urien Domínguez
f.urien@euskalnet.net

Eran desgarradores los gritos que retumbaban en las solitarias calles todas las madrugadas. En los edificios todas las luces estaban apagadas, sólo una ventana en el tercer piso destacaba por su luz. De allí partían las voces, los estridentes chillidos, desesperados sollozos y ahogados llantos. Allí comenzaban los ecos que se repetían por las esquinas acompañando a las tinieblas. Por las mañanas, cuando en las calles el murmullo y el bullicio espantaban a la soledad y el silencio; de vez en cuando un desgarrador grito hacía volver las miradas, todas hacia la ventana del tercer piso. Algunos se santiguaban, otros aceleraban la marcha; estaba quien bajaba la cabeza, quien se encogía de hombros, quien miraba a otro lado y quien no hacía caso. Pero, aunque intentasen disimularlo, todos habían oído el grito, sabían de dónde partía y les imponía respeto.

Una mujer cruza la calle con paso firme. Es tan blanca su tez que se diría que nunca ha sido tocada por un rayo de sol. La palidez se acentúa con la oscuridad de su pelo, cejas y el negro de sus vestidos; un luto que aún conserva, aunque sean ya tres años los que han pasado desde la pérdida de su marido. Doña Rosario Prieto, así es como se le conoce en el barrio; es una mujer de profundas convicciones religiosas, de rígida disciplina e intolerante con cualquier desviación de sus principios. En su casa guarda una vara con la que castigó duramente las desviaciones de su única hija, a quien sometió a una educación de rigor religioso y fundamentos inalterables. Hoy, como todos los días a las ocho de la mañana; se dirige a la iglesia, que hay dos manzanas más abajo, a cumplir, con devoción y disciplina, con los actos litúrgicos. Rezará a Dios por su hija y buscará consejo en D. Julián, párroco del lugar. Éste es un sacerdote viejo, temeroso de la muerte y obsesionado con el infierno; en cualquier acto pronto aprecia la mano del diablo y hará todo lo posible por apartar de las perversas tentaciones a cualquiera de sus feligreses. En el barrio para algunos es un buen hombre, para otros un obsesionado por el pecado y el castigo eterno, otros no le juzgan ni quieren juzgarlo; pero él tiene la convicción de que sus actos son guiados por Dios. Es el padre espiritual de doña Rosario y está dispuesto a ayudar en todo lo que sea posible.

Después de la misa el párroco acompañó a doña Rosario a su casa, a ese tercer piso de los alaridos. Todos sabían a dónde iban; eran ya tres semanas de gritos y dos de visitas. Había quien pensaba que era una locura lo que se estaba haciendo con aquella muchacha del cuarto que permanecía iluminado día y noche. Entre ellos estaba Diego Fuensanta, un joven psicólogo que no creía en el diablo. Se juntó con el párroco y la señora en el portal: era la primera vez que iba a ver a su paciente.

El piso era bastante modesto, no tenía mucha luz. Según se entraba había un largo pasillo con las paredes desnudas y una bombilla, de bajo voltaje en el centro, alumbraba el corredor; la pintura tenía ya bastantes años y en algunos lugares se podían apreciar cercos de humedad ya seca. A mano izquierda estaba la cocina, el retrete y una habitación donde dormía la madre. Los tonos claroscuros eran dominantes en un piso donde los colores habían perdido toda su fuerza. Enfrente, según se entraba por la puerta de la calle, estaba la segunda habitación, de donde partían los gritos. Era impresionante oírlos allí dentro, retumbaban por las paredes del largo pasillo desbordando el ambiente y rasgando los oídos de quien osaba entrar. El psicólogo paró un momento en la puerta, tuvo que ser el párroco quien le invitase a continuar hasta el cuarto de su paciente.

La habitación era pequeña, tenía una cama en el centro con un solitario crucifijo en la cabecera, una mesilla descolocada y varias figuras de santos tiradas por el suelo; a la izquierda una ventana con la persiana un poco bajada. Detrás de la puerta podía apreciarse una larga vara astillada por el uso. Sobre la cama estaba la muchacha, tenía las manos atadas a ambos lados de la cabecera, los pies a los de la cama. Los tobillos y las muñecas estaban ensangrentados, en ellos podía apreciarse claramente el surco que habían hecho los amarres ante el esfuerzo de la chiquilla por liberarse. Tenía el pelo desordenado y lleno de pegujones; la cara estaba marcada, un tanto hinchada y colorada por los gritos que emitía; los ojos, de abiertos, parecían querer abandonar sus cavidades; los labios, ensangrentados por los tropiezos que tenían con una dentadura que mordía de rabia. Las ropas las tenía rasgadas y su cuerpo se tensaba y arqueaba de tal forma que parecía elevarse sobre el colchón. A veces se agitaba con tal virulencia que hacía patalear a la cama a la vez que gritaba incomprensibles palabras, emitía extraños sonidos o movía su cabeza, de forma compulsiva, de un lado para otro retorciendo su cuello en giros extremadamente forzados.

D. Julián, desde los pies de la cama, comenzó a bisbisear con un libro en la mano mientras andaba de un lado para otro del cuarto. La muchacha se retorcía sobre las sábanas tensando las ataduras y mordiéndose los labios entre estridentes gritos, hasta que con sus chillidos apagaba el murmullo del sacerdote. Cuando éste alzó el aspersorio y comenzó a repartir agua bendita por todo el cuarto, la chica arqueó su cuerpo y volvió el iris de sus ojos hacia dentro con tanta fuerza que se apreciaba claramente entre los párpados un fondo blanco. Después escupió el lapo más grande que pudo extraer de su garganta, dando de lleno en la sotana del párroco. Doña Rosario pronto lo limpió con un trapo. Para terminar, los dos rezaron un poco, Diego salió de la habitación y esperó en el pasillo a que terminarán la oración.

Después de despedirse de doña Rosario, don Julián y Diego se marcharon. Ya en la calle comentó el párroco:

-¿Has visto cómo me ha escupido cuando le daba la bendición?

-Sí, lo he visto. ¿Qué más podía hacer para defenderse la pobre muchacha?

-Está poseída por el diablo.

-¿Sabías que sus amigos la marginaban y llamaban endemoniada?

-Siempre ha sido una niña rebelde, pero no sabía que era marginada.

-Sí, esa niña está poseída, pero de rabia. Nunca ha sido respetada. ¿No has visto la vara?

-Quizás haya sido un exceso de disciplina: ¿quieres decir eso?

-Yo no creo en el diablo, don Julián. Esa niña ha sido maltratada.

-Ten por seguro que el diablo existe, y quizás la esté confundiendo a ella o quizás a ti.

-Sí, el diablo existe. En muchas ocasiones lo vamos elaborando nosotros con nuestros actos.

Pasados dos días los Servicios Sociales llegaron a la habitación del tercer piso y se llevaron los gritos.

Ya no hay desgarradores chillidos retumbando en las solitarias calles todas las madrugadas; ahora son sollozos los que se escuchan desde la ventana iluminada del tercer piso.

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7 de July de 2008

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