A propósito de doña Emilia Pardo Bazán
Vicente Adelantado Soriano
viadso@telefonica.net
Un viaje de novios, de doña Emilia Pardo Bazán, está firmada en marzo de 1881[1]. Su primer artículo sobre el Naturalismo aparecerá el 7 de noviembre del año siguiente. No es cuestión ahora de discutir si Un viaje... es una novela naturalista o realista, cuando todavía la crítica no se ha puesto de acuerdo en si La Regentapertenece a esta escuela o a la otra. No tiene mucho sentido discutir sobre adscripciones de novelas famosas a esta o a aquella corriente. Máxime si las diferencias entre ellas no están muy claras.
Doña Emilia termina su novela cuando cuenta 30 años de edad. Es su segunda obra; la primera, Pascual López, autobiografía de un estudiante de medicina, es de 1879. Se podría pensar, por lo tanto, que es una novela de juventud, de alguien que se está iniciando y cuyos materiales no domina. Pero no es así: los primeros capítulos de Un viaje... toda la primera parte de la misma obra, hasta la aparición de Perico Gonzalvo en Vichy, es muy fluida, es buena. Es a partir del capítulo 7, la novela consta de 14, cuando comienza a hacer aguas, cuando se convierte en un suplicio para el sufrido lector[2].
Doña Emilia, al parecer, no escribe ni para halagar al público ni para ganar dinero; y, en consecuencia, no va a vender su alma a ningún editor. No hay, a fin de percatarse de ello, más que leer los artículos de La cuestión palpitante, que, como ya hemos dicho, comienza a escribir en 1882. Lo cual nos lleva a pensar que ya conocía, y muy bien, la novelística francesa y el Naturalismo, sobre todo, cuando empieza a redactar Un viaje... Ahora bien, al parecer ya con esta novela desea marcar diferencias con Zola y su escuela. El problema reside en que en vez de ofrecer una nueva estética, doña Emilia nos brinda la misma, pero con una moral amagada tras páginas y páginas de insufribles descripciones que no explican nada.
¿Por qué burlar al lector ocultando todos los sentimientos de Lucía, su enamoramiento de Artegui y su más que posible rechazo de Miranda, su marido? El lector, planteado el conflicto, tiene todo el derecho del mundo a seguir las evoluciones de los personajes y asistir al desenlace final. Pero en lugar de ello, doña Emilia da un giro inesperado ante el inicio de adulterio, y nos sorprende con descripciones y más descripciones, y con la aparición de dos absurdos personajes como son un tal Perico y su tonta hermana Pilar. La novela, así, se parte por el medio. Deja de tener interés. Parece que el Naturalismo de doña Emilia consiste en no llegar al fondo de la cuestión. Hubiera sido más sencillo, y tal vez más honesto, no plantear ésta.
El tema de Un viaje... no es nuevo: ya lo podemos seguir con los trovadores en el tópico del amor cortés, o en Tristán e Iseo. Y más de cerca en El sí de las niñas. Lo novedoso es que con Un viaje... casi entramos en la alcoba de las infidelidades. Tristán e Iseo no tuvieron esos problemas.
Sería interesante saber si hay algún texto que hable no del matrimonio forzoso sino de los sentimientos de esas mujeres, vendidas o pactadas, durante la terrible noche de bodas[3]. Leyendo y releyendo Tristán e Iseo, se llega a la conclusión de que no debería ser nada agradable para Iseo tener que sufrir las caricias del rey Marc cuando suspira por Tristán, tan cercano y tan lejos.
Hay, por otra parte, escenas terribles, El manantial de la doncella, película de Bergman, es una de ellas, sobre la violación. Pero la entrega de Lucía a Miranda, como la de Iseo al rey Marc de Cornualles, ¿no se puede considerar como una violación consentida, algo tal vez imposible de evitar? Evidentemente debió de ser una insufrible tortura para estas mujeres soportar a semejantes hombres. Y más para Lucía, la protagonista de Un viaje... que acaba recibiendo una soberana paliza a manos del calaverón de su marido. Se ha casado con éste por absurdas ambiciones políticas de su padre.
Como ya hemos dicho, cuando doña Emilia estaba escribiendo Un viaje... ya debería estar recopilando material sobre el Naturalismo, escuela a la que defiende. Era de esperar, por lo tanto, y la propia novela lo reclama, un poco de valor para describir los sentimientos de Lucía, sus temores al tener que compartir la intimidad con Miranda, un hombre al que no quiere. Pero en lugar de ello, la novelista nos castiga con interminables e insufribles descripciones en las que, en vano, se espera un toque de simbolismo, de metáfora o símil. No hay nada de eso. Es, sencillamente, una trampa.
Ahora bien, conociendo mínimamente a Pardo Bazán, cabe preguntarse si es una trampa tendida por ella, o algo impuesto por el momento. El tema de la novela es ya de por sí un tanto escabroso, como lo es el de Ana Karenina, El crimen del padre Amaro, La Regenta, Madame Bovary, y Fortunata y Jacinta, por poner unos cuantos ejemplos.
Quizás doña Emilia temió la reacción de críticos y voceras, y calló aquello que le indicó el sentido común. Se amagó como el Guadiana en el capítulo 7 para volver a surgir, con fuerza, en el 17 y último, tras el sueño que cierra el 13, las tijeras, la paloma sin alas, y la caída en picado hacia una gruta, que no se sabe si es la de Lourdes y la tumba, o la ciudad de León. Ana Ozores, la Regenta, y Lucía, son las muertas vivas, aunque ésta, al contrario que aquélla, no haya llegado al adulterio. Las otras heroínas, por el contrario, optan por la muerte.
Es posible, deseando exculpar a la autora, que no resultara fácil ser escritora en la España de finales del siglo XIX. Por muy aristócrata que fuera doña Emilia. Y nada lo pone más a las claras que esos capítulos de Un viaje... donde desaparece la protagonista de una novela que se intuía naturalista.
Una pena que en dicha obra no se atreviera a plantear, describir y analizar los sentimientos de la protagonista. Una absurda moral, o una manifiesta incapacidad de la autora, nos privó de ello. Engañándonos, además. Pese a su carga de moral y de deshonestidad, la novela hizo ruido. Tanto como lo puede hacer un esqueleto cayendo en un panteón.
Al final del libro La cuestión palpitante, de Emilia Pardo Bazán, hay una serie de cartas atacando y defendiendo las posturas "naturalistas" de doña Emilia. Una es de un tal Eduardo Calcaño. Y otras, que toman la defensa de este autor, de Eduardo Alonso.
Las cartas, una de Calcaño y varias de Alonso, tienen un sabor rancio, de teorías y planteamientos pasados de moda y un tanto absurdos. Dichas cartas molestan ya desde la distancia. Como molesta intentar constreñir al arte mediante una supuesta moral, que es la de los autores de las cartas. Y no es porque el arte no tenga ninguna moral, que la tiene, sino por confundir su propia moral con la de la Santa Madre Iglesia. Son, sabido es, dos cosas distintas. Mezclar la una con la otra, nos puede llevar a negar a Lázaro de Tormes, La Celestina, Rinconete y Cortadillo... Y a engañarnos a nosotros mismos. No olvidemos que el arte es una convención.
Creo que fue Camilo José Cela quien dijo, en una entrevista televisada, que no se puede escribir sobre un sargento del tercio sin soltar tacos. Al menos cuando éste tome la palabra para dirigirse a la tropa a fin de incrementar el ardor bélico de la misma.
No hace falta extremar tanto ni irnos tan lejos: hoy, desde ese punto de vista, ya no se puede escribir sobre los alumnos de secundaria sin lanzar lindezas. Al menoscuando ellos tomen la palabra. ¿Es así? Ya hemos dicho que el arte es una convención. Y hay textos que nos hacen dudar de algunas convenciones actuales.
Aunque también se puede extender esta duda a otras voces y otros ámbitos. Así, por ejemplo, se puede ver y oír a Julio César o a Marco Antonio arengando al pueblo, o a los legionarios, sin que salga de sus bocas ni un mal taco o una frase mal sonante. En las traducciones hechas del latín, tanto en el instituto como en la universidad, jamás ha aparecido un taco. Resulta increíble, sin embargo, que un legionario, ante una herida recibida, tan sólo exclamara "¡Oh, dioses infaustos!". O algo similar. Sin embargo, así consta en los textos. Lo cual plantea una pregunta tan absurda como interesante: ¿cuándo se inventó el taco? No lo inventaron los naturalistas, desde luego. Pues don Francisco de Quevedo y Don Quijote de la Mancha ya los sueltan cabales y redondos. No se queda atrás el bueno de Sancho Panza.
El taco o la frase malsonante pueden darle mucha expresividad al lenguaje. Indudable. Desde luego, hay que tener en cuenta el momento, el lugar, y lo que se desea obtener. Lo mismo acontece con ciertas escenas escabrosas o eróticas. Ahora bien, debe de resultar insufrible una novela en la que los personajes no sepan decir más que improperios. Ni en la novela negra, que se ocupa de personajes marginales, aparecen. Ni en el patio de Monipodio. Pero sí se pueden oír en las películas, sobre todo las norteamericanas. ¿Es así en el original o es producto de las traducciones? Película hay en la que no existe diálogo, salvo que por ello entendamos el intercambio de lindezas. Lo cual nos prueba el grado de pensamiento al que han llegado autores y público.
Es molesto oír tantos tacos. Por ellos y por la pobreza que denotan los guionistas. El arte es una convención, desde luego. Pero una cosa es aproximarse a la realidad, y otra competir con ella. O tomar ésta como una mala excusa. Y aquí sí que tiene algo que decir, y aun mucho, la moral del propio arte.
Una cierta moral artística quizás tenga bastante que ver con la verosimilitud. Ya don Miguel de Cervantes se las vio y deseó en el capítulo en el que dialogan Sancho y su mujer. El tal capítulo, a los oídos de un lector del siglo XVII, debía de resultar totalmente inverosímil. De ahí que Cervantes tomara tantas precauciones. Y el diálogo vaya avanzando lentamente en tanto se excusa el autor, una y otra vez, por el lenguaje, culto, tanto de Teresa como de Sancho Panza.
No es ni moral ni inmoral describir los bajos ambientes, o los bajos apetitos del hombre, sino jugar con el lector o el espectador como lo puede hacer el gato con el ratón. Por motivos crematísticos o morales. Tanto como escudarse en un lenguaje mal sonante para ocultar que ni hay denuncia ni el más mínimo intento de cuestionar nada.
El personaje de una novela, cuento, película u obra de teatro, jamás se puede expresar como una persona normal lo haría en la realidad. Cierto es que existen mecanismos de acercamiento, o que dan la impresión de proximidad. Pero hay que saber mantener el equilibrio. Pues un personaje que sólo se exprese de esa forma tan pobre a poca gente le puede interesar. Y a la larga resulta totalmente inverosímil. Aunque puede funcionar como un subterfugio para darle a la obra un cierto toque de naturalismo o de realismo.
Es limitarse innecesariamente. Es posible que descubrir la influencia del medio en un personaje fuera una genialidad. Como lo fue percatarse de la influencia de los padres, de sus enfermedades y de sus manías. Pero la realidad no siempre es lógica. Y no siempre actúa el determinismo. También existen la voluntad y el azar.
Hoy en día se hace difícil de leer una novela escrita bajo los dictados de una escuela. Pero no menos farragosa resulta alguna que por huir de una senda, cayó en otra. Quizás porque ambos autores, o escuelas, tuvieron en cuenta más sus principios, sus reglas, que la cambiante realidad.
Es posible, como quería doña Emilia, que no exista el determinismo. Para ella, católica convencida, el libre albedrío era indiscutible. Ahora bien, la existencia o no del determinismo puede causar tantas dudas como las puede causar la existencia del libre albedrío. Al fin y al cabo es muy poco lo que podemos escoger. Nacer en Europa, un acto involuntario, es una suerte. Hacerlo en África, un destino. Nadie escoge el lugar de su nacimiento. ¿Es esto llevar las cosas al extremo? Tal vez. Pero quizás escogemos menos de lo que creemos. Mucho menos. Lo que sucede es que el siglo XIX fue en muchas cosas un siglo optimista pese a todo. Ahí están Marianela y El doctor Centeno para ratificarlo. La voluntad domina el medio: desde la pobreza más abyecta se puede llegar a la universidad y convertirse en una eminencia. Hoy semejante aserto parece una ingenuidad.
Nadie está libre de manías, fobias y rarezas. O, dicho de otra forma, todos tenemos nuestras limitaciones, un punto a partir del cual dejamos de ser ecuánimes y nos convertimos en exorcistas de nuestros propios fantasmas, que, a menudo, arrojamos a la cara de los demás. Es muy difícil estar por encima de las propias manías y limitaciones, ser capaz de dominarlas. Y prácticamente imposible no ser subjetivo.
Por todo eso las respuestas de doña Emilia a Eduardo Alonso, su crítico, adquieren, todavía, más relevancia: en ningún momento llega a alterarse doña Emilia, en ningún momento pierde su buen humor, y en ningún momento recurre a la expresión soez y malsonante. Responde a las críticas con una elegancia y sencillez envidiables. Pese a los anacrónicos planteamientos de Calcaño y Alonso. Ambos participan del desesperado y absurdo intento de meter la realidad en su limitada visión del mundo. Lo que no cabe en ella es soez y malo. Y lo que cabe es bueno aun cuando no tenga ningún valor literario. Importa la defensa de una idea, de una moral. Ambos pedían novelas de tesis. Al fin y al cabo es lo que escribía doña Emilia; pero sus tesis no gustaban a estas personas. De ahí la polémica.
Cabría preguntarse si en la novela actual hay alguna ideología o escuela que defender. Pongámonos en el caso, como quería Stendhal, de que la novela es un espejo a lo largo del camino. Ésta, en consecuencia, debería ir reflejando al hombre conforme pasa la vida. Ahora bien, el novelista, humano al fin y al cabo, no es un espejo sino una persona. Y, como tal, con una visión de la vida y de la muerte, con sus manías y sus limitaciones. Y, por supuesto, con un método de aproximación al hombre. ¿Cuál es éste en la actualidad? ¿Hay escuelas literarias hoy en día?
De entrada ya es difícil y complicado, por no decir imposible, definir la novela. Sería una ardua tarea determinar los puntos de contacto entre, por ejemplo, Guerra y paz, de León Tolstoi, y El camino, de Miguel Delibes. Aun así, al parecer, todos estaríamos de acuerdo en que ambas obras son novelas. Quizás porque relatan o cuentan hechos. Si es así, ¿sería también una novela el relato de cómo un gusano se mueve y asciende por una pared? ¿O ese relato tiene que tener siempre a un ser humano como protagonista? ¿Gargantúa es humano? ¿Y dónde encajamos las novelas simbolistas o los relatos de ciencia-ficción?
Determinar, por otra parte, a qué escuela o corriente pertenece una novela es dar por sentado que hay escuelas, corrientes y hasta ideologías. Lo cual interesa más para una taxonomía que para una estética. Así podemos concluir, a modo de ejemplo, que Los pazos de Ulloa es una novela naturalista, pero de un naturalismo español o cristiano. Lo cual le hubiera puesto los pelos de punta a Zola.
No es eso lo importante, sin embargo. Lo determinante es si una novela es buena o no, si estéticamente es bella y nos aporta algo, dejando escuelas aparte. Y, a veces, hasta las propias manías.
Nada hay más arriesgado que asegurar que una obra considerada buena hoy, también lo será mañana: las condiciones, los gustos y la forma de percibir la realidad cambian con suma facilidad. Ha cambiado, sobre todo, desde el siglo XIX, la forma de vivir el tiempo, de vivirnos nosotros mismos. Hoy en día, siempre con prisas, es impensable la escritura de las grandes novelas rusas. No por lo voluminosas sino por la densidad de las mismas. Pues, y parece una contradicción, hoy en día se escriben y se publican grandes mamotretos. Tan grandes como vacíos de contenido. Aire embotellado. Algo que se lee tan fácilmente como se olvida. No hay una lectura lenta y pausada, la que exigen Tolstoy o Dostoiewsky. Y no la hay porque nada en la novela actual hace meditar o pensar. Es la denominada literatura de consumo: el libro que se compra en el quiosco de una estación y se arroja en la papelera de la siguiente.
En este tipo de libros, los que abundan y son premiados en los concursos de literatura, no puede haber ningún planteamiento ideológico de ninguna clase, salvo que se quiera escandalizar para mejor vender la obra. Y como quiera que la religión todavía sigue dando buenos resultados, se recurre a ella con una frecuencia pasmosa. Cualquiera diría que vivimos en una época religiosa.
Es muy complicado, además, construir un personaje. Y más en este mundo actual donde todo parece correr demasiado deprisa. Novelas y guiones se hacen pensando en lo que va a enganchar al público. En el brutal poder del mercado. Por eso estos pobres personajes nacen cojos, tullidos, ciegos, mancos, tuertos y, a veces, hasta muertos.
No se puede hablar del teatro actual porque semejante cosa no existe. En todo el año en Valencia hemos visto dos obras de rabiosa actualidad: Don Juan Tenorio, de Zorrilla, y La señorita Julia, de August Strindberg.
Es este otro motivo de reflexión: ¿Por qué se representa más a menudo Don Juan, con sus famosos e insufribles ripios, que El burlador de Sevilla, muy superior a la obra de Zorrilla? Quizás en esta pregunta esté la clave de todas estas reflexiones: el teatro, como la novela, va dirigido a las medianías. Y las medianías cada vez están más a ras de suelo. Tal vez Tirso de Molina sea demasiado profundo. El espectador actual se puede ahogar con él.
Se representa poco teatro, se hace un cine muy comercial. Y la novela no interesa si no se vende como la fruta a punto de caducar en un mercado. Y gastarse dinero en libros no es una afición muy extendida por aquí. No deja de ser interesante la anécdota contada por doña Emilia: le pedían prestadas sus propias novelas para leerlas. Sin palabras.
Si actualmente alguien escribe para el teatro, éste no llega a las tablas. Como esos ávidos lectores que piden prestados los libros, el teatro, al menos una parte de él, se nutre del cine o la novela: si éstas tienen éxito, se adaptan para las tablas. Y se adaptan mal, pues los ritmos son distintos. Al final todos terminamos disgustados. El panorama no es nada halagüeño. En verdad recuerda los versos de Quevedo:
Y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
Aunque aquí más que hablar de la muerte deberíamos hacerlo de la nada, de la sombra del viento o del humo. Nada de sustancia. Dicho con todas las sangrantes limitaciones del mundo.
Apareció la noticia en los periódicos del 5 de enero de 2008. Una noticia rara, extraña, insólita: según el titular de la misma se buscaban lectores de calidad. Algunas personas, debido a la crisis, leyeron el cuerpo de la noticia rápidamente por si les era dable cambiar de oficio y mantenerse, de paso, haciendo aquello que más les gusta: leer. Pero no, no se trataba de ninguna oferta de trabajo, sino de una nueva manera de hacer publicidad; de lanzar al mercado, dice dicha noticia, buenos libros en busca del lector desencantado del best-seller. Es una forma de comenzar nuevas empresas, que se pretenden honestas, de calidad. Hay que reconocer, no obstante, que buenos libros nunca han faltado. Otra cosa es que no se lean. O que sean minoritarios.
Es de agradecer esta nueva orientación de las editoriales, que deben de ver que ya no se venden los libros tan fácilmente, al menos los promocionados por la publicidad y las campañas mediáticas. Sin embargo, el problema es un poco más complicado. La mejor publicidad que han tenido ciertos escritores, llamémosles así, y algunas editoriales, han sido los concursos literarios. Y en éstos, como sucede con los personajes creados para el cine, no se tiene en cuenta la calidad, o el desarrollo propio del personaje, sino el funcionamiento de la maquinaria: el dinero que va a producir. Para lo cual se requiere no cansar al lector o espectador medio, darle falsos planteamientos y bonitas soluciones. En una palabra, no crearle problemas. En el caso del cine todavía es más patente: las películas en cuestión, sobre todo las dirigidas a los adolescentes, no tienen que generar preguntas, pensamientos profundos o sensibilidad, sino venta de camisetas, gorritas, carpesanos y un montón de objetos a cual de todos más inútil y perecedero.
Es posible que, durante algún tiempo, los concursos literarios sirvieran de modelo a algún despistado lector, o a quien no sabía qué libro escoger en algún momento determinado. Hoy en día forman parte de la maquina del sistema cuando no están totalmente politizados. No hay pauta estética o de calidad. También se podía recurrir entonces al librero, cuando el librero tenía un establecimiento por vocación. Hoy es mejor no hablar de muchos dependientes de librerías, ni de las librerías en sí. Se han convertido en tiendas al por mayor. Posiblemente con toda razón: la cultura parece ser que no es rentable.
Ante tan árido panorama, el lector de ahora, así lo anuncian los periódicos, ya puede tirar mano de unas editoriales que le prometen libros de verdadera enjundia. Será cosa de ver si ese lector está preparado para devorar las nuevas propuestas. Y será cosa de ver el criterio que van a seguir las editoriales en cuestión. Lo que entienden por calidad, y el precio al que la venden.
Todo esto está muy bien, no se puede negar. ¿Cómo no decirle a alguien que sí, que vaya por el camino de la virtud y de la honestidad? Pero no va a solucionar nada: a quien le gusta leer, siempre ha escogido libros de calidad. Siempre ha habido buenos lectores.
Por supuesto que, a instancias de amigos, conocidos, alumnos, primos que necesitan reafirmarse, o por mera curiosidad, se han leído libros que no valen ni el tiempo que se tarda en ojearlos. Quien escoge sus lecturas tiene su propio gusto y criterio; y, a veces, sus propios intereses. Que coincidirán o no con la edición de nuevas novelas, o con la de otras, viejas, nada fáciles de localizar. A este lector no le va a hacer falta la edición de semejantes libros, porque ya los había localizado. ¿O se van a editar, también, viejos libros injustamente desaparecidos de la circulación como, por ejemplo, Las máscaras, de Pérez de Ayala? Por una parte eso estaría muy bien, y por otra terminarían, aunque me temo que no, con los momentos de tensión del buen lector: la caza y captura del ansiado libro, el gozo de tenerlo, por fin, entre las manos, y el inmenso placer de acceder a él tras meses de búsqueda.
No será así: resulta desesperante ver cómo, año tras año, siempre se editan los mismos libros de los mismos autores.
Está bien que algunas editoriales se preocupen por la calidad de sus libros. Muy bien. Pero para crear lectores de calidad, gente con criterio propio, se tiene que potenciar la lectura, creemos, desde la familia y el colegio. En una etapa tan importante como es la infancia o la adolescencia, unos buenos profesores pueden marcar aficiones o rechazos. Es fundamental la lectura en clase, el comentario del libro, no de textos, y acercar los clásicos a los niños. Tan fundamental como hacerles ver que las matemáticas, y todas las asignaturas en general, no son cosas, integrales y objetos directos, fusas o semifusas, inútiles en su vida diaria por inexistentes.
Sobre el gusto hay mucho escrito. Para hacerse con un buen gusto, literario o musical, hay que educarse. ¿Y qué mejores profesores que los clásicos? Es cierto que para muchas personas hablar de los clásicos es como hablar del aburrimiento. Ha habido un necio contraste, propiciado muchas veces por el cine americano, entre lo clásico y lo moderno. La conocida historia del típico niño que olvida a Beethoven y se pone a tocar la guitarra al son del rock. Así alcanza la felicidad, y, por supuesto, al amor de su vida. Antes sólo se relacionaba con la naftalina y las viejas y apergaminadas profesoras. ¿Por qué no puede ser compatible Mozart con el buen rock? ¿No lo es, acaso, la literatura clásica con la risa, con la sana diversión? ¿Hay algo más divertido en la novela actual que la historia de Pitas Payas, personaje de El libro de buen amor? Eso sin dejar de lado que no todo va a ser diversión y risas. Habrá libros que, tal vez, no resulten tan divertidos como el libro del arcipreste, pero que son imprescindibles, y que producen otro tipo de goce y placer. Por ejemplo, Las disciplinas, de Luis Vives, reflexiones de este pensador del Renacimiento que debería conocer todo maestro o profesor. Por no hablar de Platón, Séneca y demás. Y ni son aburridos ni huelen a naftalina. Requieren, eso sí, un cierto esfuerzo para acercarse a ellos y entenderlos. Y ahí está el problema.
Si la escuela creara gustos, si sirviera para dar una buena base a los alumnos, quizás los editores no se estarían planteando ahora lo que dicen estar buscando: el buen lector, o dicho con la necedad que caracteriza al lenguaje periodístico: al lector con un determinado perfil. O al lector de culto. Nos traicionan las palabras. No hay más que analizar lo que supone un lector de culto. No creo que se refieran a quien ha leído Historia de la liturgia, de Mario Righetti. Creo que no van por ahí los tiros.
Contaba un profesor, hablando de las relaciones de los padres con los hijos, la petición que, en la antigua Roma, hizo un senador poco antes de ser juzgado. La denuncia y el juicio, incluso a un cargo político, no eran novedosos. La novedad, según el viejo profesor, estuvo en la demanda de dicho senador: pidió ser juzgado por gente de su edad, de su misma época. Así reo y tribunal partirían de los mismos presupuestos, de la filosofía no escrita, y no de otros diferentes que, a menudo, lo son por el rechazo de lo viejo más que por lo que llevan en sí de nuevo.
En la clase, ante la anécdota de tamaña petición, se generó una pequeña discusión: había alumnos partidarios de no atender la demanda del senador. Lex dura lex, decían. La ley es igual para todos. Y es indistinto quién la aplique. A otros, por el contrario, les pareció normal dicha petición.
El profesor quería hacerles ver a sus alumnos la relatividad de todas las situaciones. Con la vieja anécdota trataba de ilustrar que hasta la ley tiene que ser contextualizada. Nadie ni nada, ni la misma legislación, es independiente de su época, de su momento y de su país. Tampoco la crítica.
"Nadie se tenga por independiente de su época, de su patria, de su raza y familia, de la enseñanza que ha recibido, de cuanto fue germen y alimento de su cuerpo y de su espíritu. Pero dependencia no equivale a esclavitud; las circunstancias influyen en el grande hombre sin coartar su albedrío; el grande hombre, a su vez, modifica y causa circunstancias, sucesos e ideas: recíproca acción que importa tener en cuenta para interpretar rectamente la historia y la biografía"[4].
Si hasta la ley, pues, necesita ser contextualizada pese a su aparente carácter objetivo, como demandaba aquel senador, mucho más lo necesitarán otras creaciones humanas que han ido evolucionando a lo largo de los años. Necio es, por ejemplo, estudiar Roma desde la perspectiva marxista o feminista, por poner un par de ejemplos. Roma debe ser estudiada desde sus propios presupuestos si es que, realmente, queremos entender algo. Pero no por ello nos tenemos que ceñir a la visión de Tito Livio. Ni nosotros, a la hora de estudiar a San Francisco, a la de Pardo Bazán. Ni tampoco nos tenemos que contentar con su análisis y su visión.
Tal vez deberíamos contextualizar la historiografía en la época de doña Emilia para comprender, en toda su amplitud, el largo prólogo con el que se abre su obra San Francisco de Asís, siglo XIII. Sin embargo, es tan virulento y parcial que al lector le parece imposible que la historiografía de la época de doña Emilia tenga similar o parecido tono.Dicho prólogo es un largo ensayo, de apretadas páginas y menuda letra, con afirmaciones peregrinas e insostenibles. Algunas de ellas resultan excesivas, estuviera como estuviese la historiografía del siglo XIX.
Como la misma Pardo Bazán indica, importa estudiar la época y la interacción de ésta con el personaje biografiado. Que nos juzguen nuestros contemporáneos. Pero el estudio se tiene que hacer sin ira ni parcialidad. Y ofreciendo datos. Un prólogo como el de doña Emilia a San Francisco... hoy no estaría permitido por la retórica universitaria, por lo que se entiende por un estudio serio, ni tal vez por ninguna editorial de prestigio: no hay ni una sola nota a pie de página. La autora, en consecuencia, hace afirmaciones un tanto peregrinas sin citar fuentes, estudios, artículos, ni nada. Imagina el paciente lector que son deducciones de la propia doña Emilia, o de algún credo político. O de ambas a la vez. Pues, insistimos en ello, no hay notas. Ni tan siquiera una mínima bibliografía.
Tal vez no sea legítimo, por parte del lector, esperar otra cosa que la ofrecida en el prólogo teniendo en cuenta el título del libro, San Francisco de Asís, y en qué momento se escribe. Pero quizás el lector también tenga todo el derecho del mundo a esperar una cierta crítica por parte de la autora de La cuestión palpitante. Es peregrino, cuanto menos, que Pardo Bazán llegue a donde llega con dicho libro, y se quede a ras de suelo en el prólogo a San Francisco... En él no asoma ni una crítica a la Iglesia, como tampoco lo hace en sus novelas. Todo lo contrario: de no haber sido por ella, viene a deducir doña Emilia, el hombre todavía estaría en el feudalismo y en plena barbarie. Todo lo bueno de la civilización, según Pardo Bazán, se debe a la Iglesia y a las órdenes y conventos nacidos bajo sus alas.
No sé si conocería la historia de Hipatia. Nada ejemplar, por cierto. La de Prisciliano de Ávila y la de tantos y tantos otros. Galileo ya se nos queda fuera del tiempo. A quien sí parecía conocer es a Simón de Monforte. A éste lo pone en los cuernos de la luna como capitán de las tropas cristianas, no herejes:
"A ningún personaje del siglo XIII denigran los historiadores con más empeño y menos razón que al vencedor de Mureto. Se mostró tan grande, que apenas se entiende cómo hay espíritu de partido que alcance a negar la majestuosa alteza de su figura. Con ser la Edad Media tan fértil en eminentes caracteres y almas de temple vigoroso, no cuenta muchas comparables a la de Simón de Monforte. Recio campeador, su fe le convirtió en otro Macabeo, hizo de él el general en jefe del Espíritu Santo. Empeñado en un combate desigual, decía: ‘No es dable que sucumba; la Iglesia entera ruega por mí'"[5].
De todos es sabido que no sucumbió. Sí lo hizo el rey de la Corona de Aragón. El cual perdió la vida, y, de paso, los territorios que se anexionó Francia. ¿Se luchaba por combatir la herejía o por aquellas viejas tierras? ¿O por ambas cosas? Porque, exterminados los cátaros, ¿por qué esas tierras no se las devuelven a sus legítimos dueños? ¿Por qué Jaime I tiene que firmar un documento y comprometerse a no intentar recuperarlas? Ya no quedaban herejes. Ese robo no se justifica ni con las arteras palabras de doña Emilia:
"[...]; la Iglesia predicó paz, pero entre cristianos, pues no ignoraba que con los infieles no cabía paz ni concordia, que el duelo era a muerte, a lid sin cuartel; que el preciado depósito de la verdad y la civilización estaba en sus manos, y que los grandes civilizadores, como Carlomagno, habían menester empuñar el arado con una mano, la espada con otra."[6]
Con lo cual ya tenemos claro de que aquello de "No matarás", y "cuando te golpearen la mejilla derecha, pon la izquierda", sólo va entre gente de la misma secta: los otros, sin duda, no eran hijos de Dios, ni el mismo rey aragonés. De ahí a ordenar que se maten a todos los habitantes de Albi, que Dios ya escogerá a los buenos cristianos, no hay nada. Y de ahí a esclavizar a los negros, que no tenían alma, menos. Evidentemente los cristianos son los elegidos. No cabe menor visión crítica. Por si esto fuera poco, añade a continuación:
"No basta que el sacerdote enseñe; hay ocasiones en que la doctrina pide la acción. Cuando los sarracenos llegaron a adelantarse hasta los arrabales de Roma, un Papa, elegido precipitadamente para la Sede vacante, León IV, se puso a la cabeza de ciudadanos y tropas, y encendiendo los ánimos con su denuedo acorraló a los invasores hasta la orilla del mar."[7]
Ante tamañas afirmaciones se llega a dudar de si Cristo hizo bien en dejarse crucificar. Ni San Francisco en imitarlo hasta ser digno de los estigmas.
No menos peregrina es su afirmación sobre las viejas historias de los judíos. En el fondo late la absurda historia del Santo Niño de la Guardia:
"[...]: en la historia de los siglos medios abundan procesos horribles, niños cristianos robados por los hebreos para sacrificarlos con espantosos refinamientos de martirio: son tantos y tan unánimes los testimonios, que apenas cabe dudar de la aterradora autenticidad del hecho: el pueblo se venga con degollaciones en masa, con hecatombes de judíos: los reyes tratan de salvar a miles de desventurados; pero la más especial protección a tan detestada raza, la dispensa la Iglesia."[8]
Luis Vives podría responder a estos asertos con buen criterio. Pero independientemente de quién dé la respuesta, hay algo que no queda claro: ¿quién lanza o crea las historias como la del Santo Niño de la Guardia? ¿Quién desde los púlpitos arremete contra los judíos? ¿Quién inicia las persecuciones aquí en España en 1391? No podemos reducir una situación tan grave a dos palabras y cuatro frases.
¿Y qué tiene que ver todo esto con San Francisco de Asís, quien, al parecer, apartaba las hormigas del camino a fin de que nadie las pisara y les diera muerte?
No se entiende muy bien qué hace tan combativo y parcial prólogo en una obra dedicada a San Francisco. Posiblemente haya sido éste, junto con Sócrates y Jesús, el más pacífico de los hombres. Sí, es cierto que Sócrates y Francisco llegan a empuñar las armas; pero en ningún momento se les puede acusar de nada: cumplen con su deber de soldados, un deber para el que no han nacido, y que abandonan inmediatamente. Francisco más tarde incluso regala lo poco que tiene a los bandidos. Y abandona el cobertizo cuando un labrador mete en él a su burro.
Parece ser que hay una doble moral: una cosa es Francisco actuando en nombre propio, y otra la Iglesia actuando como institución. Creo que tanto Jesús como Francisco se percataron de la dificultad de llevar a buen puerto sus enseñanzas. Hubo que remodelarlas para hacerlas viables. Con lo cual terminaron por desvirtuarse.
Jesús y Sócrates fueron condenados a muerte. Y Francisco, como simbolismo de su fracaso, vivido en vida, recibe los estigmas. Se hace duro y cuesta arriba imaginarse a ninguno de los tres predicando la persecución con la espada en la mano. Francisco parece más bien una crítica, hecha carne, a la Iglesia del momento. Quizás creyó que iba a resultar más efectiva su forma de vida que ingentes mamotretos.
Leyendo la biografía de Francisco se tiene la impresión, a veces, de estar leyendo un cuento o viendo una ñoña película de Walt Disney. Seguramente San Francisco no sería así. Al estudio de Pardo Bazán le falta profundidad. Pese a lo cual se llega a intuir que la vida del santo de Asís no fue sino la crítica hecha carne y sangre. Pero una crítica sin odios ni exclusivismos. Doña Emilia, sobre todo en el pesado prólogo, deja ver en demasía su trasnochada visión de la Iglesia.
Pardo Bazán no ve el amor de Francisco sino hacia las florecillas y los animalillos del campo. Doña Emilia está confundiendo cierta combativa ideología, de ella y de su marido, con el pobre de Asís.
A lo largo del prólogo a San Francisco de Asís, siglo XIII, doña Emilia Pardo Bazán habla de la Iglesia como si ésta fuera una unidad compacta, un solo cuerpo y una sola alma. Actualmente dista mucho de ser así. Y tampoco debía de serlo en su época cuando, en una parte, se hallaba el famoso Cura Merino, y en la otra el mucho menos famoso José Blanco White. Tampoco el siglo XIII era compacto: los cardenales, olvidando el mensaje original de Jesús, nadaban en la opulencia, y San Francisco se convertía en su dura e inútil crítica hecha carne y sangre.
Doña Emilia justifica y alaba la postura de la Iglesia tradicional, a la que cree única y en la cual no hay fisuras. Doña Emilia, pese a todo, teme a quien defiende. No de otra forma se explica que llene de descripciones una novela anterior a San Francisco, Un viaje de novios, dejando al lector con la miel en los labios al amagar los más íntimos pensamientos de la protagonista.
En San Francisco... defiende a la Iglesia a carta cabal, sin preguntarse por el papel de quien biografía. Y en Un viaje... no sale mal parada dicha institución; pero en ninguna de las dos obras se plantean los problemas de fondo. Quizás por temor.
Ahora bien, una cosa es predicar y otra muy distinta seguir las propias prédicas. Es de sobras conocido que doña Emilia se separó de su marido, y que no era una señora remilgada. Imaginamos que, vista su vida, y leído Un viaje... no sería, precisamente, una defensora a ultranza del matrimonio. Tampoco lo era la Iglesia medieval. Así de pronto, se puede recordar el divorcio de Leonor de Aquitania, y su posterior enlace con el rey de Inglaterra. Y si lo pudo hacer ella, ¿por qué no lo pueden hacer otras personas?
Independientemente, por otra parte, de quienes se divorciaran o dejaran de hacerlo, con el consentimiento de la Iglesia, hay algo que no deja de llamar la atención: una persona se puede equivocar, puede caer en la tentación y pecar. No todo está perdido, por muy grave o mortal que sea el pecado: basta con pasar por el confesionario, confesar el pecado, y someterse a la consabida penitencia. A nadie se le niega la absolución. Todos, tras ésta, pueden reiniciar su vida tan blancos, puros e inmaculados como si acabaran de recibir el bautismo. Pero el matrimonio es harina de otro costal: si el marido o la mujer sienten que se han equivocado, y que la vida en común se puede convertir en un infierno, la Iglesia les dice que paciencia, véase Un viaje de novios, donde el jesuita repite tamaña fórmula una y otra vez. Paciencia y más paciencia. No hay forma de desandar el camino. Es como no conceder la absolución, como hacerle llevar a una persona, para toda la vida, el peso de su error. Eso es lo que se considera cristiano, y por lo que todavía, en este país, se manifiestan miles y miles de personas.
No sé si doña Emilia sería partidaria del matrimonio homosexual, del aborto o del uso de los preservativos. La Iglesia desde luego que no. Parece ser que es mejor, como predica alguna organización eclesiástica, tener todos los hijos que nos mande el Señor aunque sea imposible alimentarlos. Esta postura sí que se parece un poco a la de San Francisco en el Capítulo de las Esteras: el Señor proveerá. Sólo falta que fe tan grande nos permita no ir al trabajo, no hacer nada y no ocuparnos de nada. No es justo, creemos, cargarle a Dios con todos los problemas y con todas las soluciones. Se debe ser responsable de cuanto se hace o se deja de hacer.
Hay cosas en el dogma que, tal vez, no puedan cambiar. Pero hay otras que se han elevado a dogma por puro interés, o por malas lecturas y peores glosas. Son eso, interpretaciones. Y esas interpretaciones se deberían adecuar a los tiempos. Aunque deberían de haber sido discutidas en su época.
La gente que, en la Edad Media, no podía conseguir el divorcio se iba a otro pueblo o ciudad lejana, y comenzaba una nueva vida: no existían los ordenadores, ni los carnets de identidad. Aunque había, eso sí, vecinos ociosos, y viajantes. Si el hombre o la mujer que había abandonado a su pareja era descubierto podía ser quemado por bígamo. El ritual lo condenaba para toda la vida.
Tras siglos de prédica, hay un momento en el cual tan absurda y castrante moral se interioriza tanto que la protagonista de Un viaje... se niega a huir y a abandonar a su marido. Es la paciencia que le demanda el jesuita. Una vida triste, negra y perdida. Nada más alejado de la famosa alegría franciscana. Es inverosímil, además, creer que nos condene a la infelicidad una persona que soportó, según dicen, la crucifixión por amor al género humano. Es imposible que quien ha padecido tan horribles tormentos, y quien los heredó en vida, condenen a un ser humano por un error de apreciación. Ni es lógico ni verosímil.
Doña Emilia, al menos, no se enterró en vida. Ni se privó de nada. O no se creyó lo que decía, o mintió descaradamente.
La técnica de doña Emilia, tanto en el prólogo como en el grueso de la obra San Francisco de Asís, es tan sencilla como burda: se exalta todo aquello que predica la Iglesia, sin ninguna visión crítica, y se denigra cuanto se aparta de ella, sin concederle, además, el derecho a defenderse. Doña Emilia, como el novelista novel, arremete contra los personajes negativos de su propia creación impidiendo que se desarrollen por ellos mismos. Es el biólogo que insulta a la cobra por ser venenosa.
Habla mucho, y bien, de Simón de Monforte, mejor todavía de Domingo de Guzmán, y, por supuesto, de Francisco de Asís, al que no le ve ninguna relación con los cátaros. De estos, por el contrario, dice poco y mal: se limita a poner adjetivos calificativos como si sus fobias o manías fueran razones suficientes para explicar su aparición o denigrar sus creencias:
"Juntos [Diego de Acebedo y Domingo de Guzmán] cruzaron las provincias meridionales, y con espanto las vieron inficionadas hasta la médula de los huesos del virus albigense, secta sutil y penetrante, organizada entre el misterio, y que amén del cuerpo de doctrinas metafísicas que secretamente profesaba, poseía otro de principios sociales totalmente adversos a la constitución de la Iglesia, del poder y de la familia. Ambos viajeros se dieron mutuamente cuenta del terror experimentado al advertir en las entrañas mismas de Europa tan honda úlcera, más peligrosa que el alfanje sarraceno."[9]
Por supuesto que tan insigne escritora no explica nada de cuanto afirma en la cita mencionada. Y sería muy interesante saber qué quiere decir con eso de "secta sutil y penetrante, organizada entre el misterio...". Más claro queda, sin duda por el uso de las palabras menos ambiguas lo siguiente: "poseía otro [cuerpo de doctrinas] de principios sociales totalmente adversos a la constitución de la Iglesia, del poder y de la familia." Pertenencia que justifica, sin duda, su persecución y exterminio.
Tal vez sería conveniente recordar al respecto que la persecución hacia los cristianos, en la Roma Imperial, no se produjo por motivos religiosos: nadie más tolerante que los romanos, pues ponían en su panteón a los dioses de todos los pueblos. Fueron los cristianos, siempre en poder de la verdad, quienes no quisieron compartir nada con Roma. Y pusieron en peligro la religión romana y sus instituciones. La diferencia, por supuesto, reside en que los cátaros y los romanos estaban equivocados y los cristianos que se hicieron sacrificar en el Coliseo, no.
También de la cruzada albigense tuvieron la culpa los cátaros por utilizar la violencia:
"Corrió al mismo tiempo la sangre del legado pontificio Pedro de Castelnau, vertida por los albigenses, y fue su alevoso asesinato señal de encarnizada guerra, que por diez años despedazó al Mediodía. Simón de Monforte y sus cruzados redujeron por el hierro y el fuego las provincias que ya en abierta sedición amenazaban a Roma y a la joven nacionalidad francesa."[10]
¿Se le han escapado a doña Emilia estas últimas líneas o la ha traicionado el subconsciente? "[...] amenazaban a Roma y a la joven nacionalidad francesa." ¿Cómo la amenazaban, con las armas? ¿O pensando y viviendo de forma diferente a como lo hacía la Iglesia oficial?
Sea como fuere, sería ya hora de preguntarnos por qué surge el catarismo, por qué se extiende por el sur de Francia, y qué sentido tiene en aquellos años. Y sería el momento de preguntarnos, también, al mismo tiempo, por qué surge San Francisco en ese mismo instante, y predica, o vive, mejor dicho, de la forma que lo hace. ¿No es su vida un toque de atención y advertencia a una Iglesia cada vez más alejada de su fundador?
Catarismo y San Francisco se pueden interpretar como la continuación de una crítica a la Santa Institución. Comienza ésta en el momento mismo en que los fieles abandonan las catacumbas, y la Iglesia empieza a tener basílicas, tierras, dominios y hasta cuenta con la famosa donatio Constantini.
Inocencio III, (1198-1216) Papa durante la epopeya cátara, junta en su persona la tiara y la espada. Es el hombre más poderoso de Occidente. Tamaño poder está muy alejado de lo predicado por Cristo. Surgirán más y más críticas. Cabe recordar que si unos dicen que Roma, la ciudad donde habita el Papa, es amor leída al revés, también, para otros, es un acrónimo: Radix Omnia Malorum Avaritia. Es decir, la raíz de todos los males es la avaricia. Y la Iglesia no hace más que amontonar riquezas y poder. El protestantismo será la consecuencia lógica de este afán, entre otras cosas, y del negocio de las bulas.
Perfectamente se puede colocar al catarismo dentro de la línea de crítica a la Iglesia, del intento de vivir el cristianismo de una forma diferente a como lo hacía la iglesia oficial. Y es de sobras conocido que la Iglesia no ha sido nada tolerante con los disidentes. A veces, muy a menudo, como reconoce la misma Emilia Pardo Bazán, hasta recurrió a la espada y a la hoguera, aun cuando en los mandamientos se prohíbe matar.
San Agustín ya preparó el terreno para deshacerse de los enemigos:
"Hay algunas excepciones, sin embargo, a la prohibición de no matar, señaladas por la misma autoridad divina. En estas excepciones quedan comprendidas tanto una ley promulgada por Dios en dar muerte, como la orden expresa dada temporalmente a una persona. Pero, en este caso, quien mata no es la persona que presta sus servicios a la autoridad; es como la espada, instrumento en manos de quien la maneja. De ahí que no quebrantaron, ni mucho menos, el precepto de no matarás los hombres que, movidos por Dios, han llevado a cabo guerras, o los que, investidos de pública autoridad, y ateniéndose a su ley, es decir, según el dominio de la razón más justa, han dado muerte a los reos de crímenes."[11]
¿Eran los cátaros reos de crímenes? Si consideramos crimen minar la influencia de la Iglesia, cuestionarla, desde luego que sí. Y aquí no valía buscar la oveja perdida sino que había que exterminarla. Aunque, que se sepa, Jesús no mató a nadie, ni dio orden de hacerlo.
Sería muy interesante, pese a ello, saber si Jesús era consciente de que una iglesia como la que él demandaba era inviable. Es pedirle mucho al hombre que viva de forma austera. Y más, mucho más, que ame a su enemigo cuando muchas veces no se quiere ni a sí mismo. Lo de amar al enemigo no lo ha cumplido ni la misma Iglesia que, muy a menudo, y los cátaros es un caso, ha echado mano del hierro y del fuego, de la expulsión y de la Inquisición.
También renunció a su obra el mismo San Francisco. Se da cuenta de que todo está perdido, de que no se puede vivir en comunidad como él vivía en La Porciúncula con sus primeros discípulos, y renuncia a todo. Se desentiende. No quiere saber nada de conventos ni de reglas, suavizadas por el Papa. No deja de ser un fracaso, un reconocimiento de la imposibilidad de ir por donde él fue. La Iglesia, una vez más, volvió a ganar la partida. No hacía falta que la jaleara doña Emilia.
Es muy posible que cuando se escribe sobre alguien, o se investiga sobre una vida, ese alguien adquiera una importancia un punto superior al resto de los mortales. Es fácil, en esos momentos, caer en la focalización y bondad del personaje en tanto se desdeña un poco al resto de los mortales, que parecen actores secundarios entre bambalinas y sombras. Quizás no pueda ser de otro modo. Aunque sería lo deseable.
La biografía de doña Emilia, escrita por Eva Costa, está muy bien redactada. Con pasión. Casi como una novela. Y es indudable que despierta interés. Un doble interés por ser la protagonista una autora que figura en todos los libros de texto de Literatura española.
El libro de Eva Acosta es, por otra parte, una obra de divulgación; y, por lo tanto, resulta absurdo pedirle más notas a pie de página y más aparato crítico. Quizás tampoco es la edición idónea para demandar una contextualización más rígida de la biografiada. Pues hay momentos en los que los hombres contemporáneos de Pardo Bazán, y no hablamos de cualquiera sino de Alarcón, Menéndez Pelayo, Clarín, Blasco Ibáñez, etc., parecen un montón de pobres personas enfrentados con una genial doña Emilia, la figura destacada. Tal apreciación se hace un poco dura de roer. Seguramente estos hombres tendrían sus prejuicios, como los tenemos todos. Pero de ahí a esa pretendida inquina porque doña Emilia era una mujer inteligente hay todo un mundo. El siguiente paso consiste, desde luego, en leerse las biografías de estos buenos hombres y dilucidar lo que hay en ello de verdad o de exageración.
Siempre, por otra parte, se ha presentado a doña Emilia como la abanderada del feminismo de este país. Es cierto que tomó resoluciones en su época que no eran normales. Pero tampoco lo fue su situación. Una mujer normal y corriente no se podía ir de viaje a Italia, o a París, ella sola, porque su marido no estuviera de acuerdo con unos artículos publicados en un periódico, o por unas palabras dichas sobre la vecina. Ni tenían su instrucción ni sus medios. Y tampoco los tenían ellos. La solución era la que se daba allá por la Edad Media: se abandonaba a la mujer y a los hijos, se iba uno a un villorrio lejano, se volvía a casar y volvía a fundar una nueva familia. Había, eso sí, que tener suerte y pasar desapercibido. Pues si se tenía la desgracia de ser reconocido, se podía ser reo de bigamia, y entonces era la Inquisición quien tomaba cartas en el asunto. El futuro no se presentaba nada prometedor[12].
Doña Emilia no tuvo ninguno de esos problemas. Y le faltó valentía para plantearlo ni siquiera en su novela Un viaje de novios. Los dos protagonistas, tal como propone él, podían haber huido, perfectamente, a América, donde hubiesen podido compartir vida y sentimientos. No lo hacen porque ella no lo acepta. ¿Por qué? Por la religión. Por el pecado de adulterio, por un rito. Por sus creencias. Por un absurdo. Leída la obra hoy, resulta incomprensible la negativa de la protagonista. Y se llega a pensar de la religión lo que es posible no deseara que se pensara la autora: que es un impedimento y una barrera para la felicidad humana.
¿Cómo consiguió doña Emilia, además, casar sus creencias con su vida privada? Cierto es, y la biografía no dice nada en contra, que no se separó de su marido. Pero eso no le impidió mantener relaciones íntimas con varios hombres. Y si tenía doña Emilia manga tan ancha para sus debilidades, ¿por qué no las tuvo con un cura de aldea y no fue a visitar a Rosalía de Castro, que era totalmente inocente de "la culpa" de su padre, un pobre cura de aldea?
Es cierto que hubo una evolución en Pardo Bazán, como la hay en casi todo ser humano. Y es cierto que, pese a su posición, podía haber optado por no meterse en películas y haber llevado una vida más en consonancia con lo que se esperaba de una mujer de la época. Por suerte o por desgracia no lo hizo. Gracias a lo cual nos dejó unos buenos libros de cuentos, un excelente libro de crítica, y varias novelas más o menos famosas.
Tal vez no resultara fácil ser mujer en aquellos momentos. Quizás ella, como los judíos y moriscos en el XVII, obligados a hacer alarde de su cristianismo a toda hora, tuvo que estar demostrando continuamente su valía. Sin descanso. Aunque lo podía haber hecho de otra forma a como lo hizo. El camino elegido, ser noticia, estar a la moda, se nota en las novelas, donde una y otra vez, sin que lo exija el argumento ni los personajes, nos premia con largas y prolijas descripciones o con pequeñas intromisiones donde deja claro el enorme caudal de su cultura. Como quiera que no lo exige la propia novela, ésta termina por hacerse farragosa, pesada y larga en exceso. Hubiera valido más que, con trabajo y tesón, demostrara que era una buena novelista. O que luchara por conseguirlo.
Quizás se deba, tanta y tanta descripción, no a la cultura de la autora, a tener que demostrar que sabe mucho pese a ser mujer, sino a que es una forma de hurtar la imposibilidad de crear un personaje de carne y hueso que se mantenga por sí mismo a lo largo de la acción. En Los pazos de Ulloa, por ejemplo, hay que tener unas excelentes tragaderas para dar por buenas las relaciones del señorito Pedro con su mayordomo Primitivo; el infantilismo de aquél cuando va a casarse con alguna de sus primas, y sus posteriores y brutales relaciones matrimoniales. ¿Por qué tanta brutalidad? ¿Porque ella no ha tenido un hijo que lo herede? Dada la bestialidad y las incongruencias del tal señorito hubiera sido de esperar que la hubiese dejado embarazada de nuevo, con desprecio de la vida de la mujer, en vez de irse a la cama con la criada. De ahí, y él lo sabe, sólo va a sacar bastardos. Y que ponga su hacienda en manos del criado, de Primitivo, por pegar cuatro tiros y salir de caza, resulta absurdo cuanto menos. No, las novelas de doña Emilia no son novelas acabadas, ni mucho menos.
Nada tiene que ver la endeblez y poca consistencia de sus personajes con su vida privada. La crítica literaria se tiene que centrar en los resultados obtenidos en el libro, independientemente del sexo, la raza y la religión. Y tan malo es caer en un extremo como en el otro. Y las obras de doña Emilia distan mucho de ser buenas novelas: los personajes son endebles. Y a ella le falta valor o dotes para darles verdadera vida.
La novela es un género difícil, muy difícil. Y harto complicado. No resulta nada fácil lograr un cierto equilibrio e interesar a un público heterogéneo. Doña Emilia apenas si lo intentó. Sus novelas resultan pesadas. Llevan excesivo lastre y ni atisbo de vida.
La biografía de Eva Acosta puede ser leída como la biografía del esfuerzo, de la voluntad y de la lucha contra los medios. El problema, al parecer, era el sexo. Pero los resultados, independientemente del sexo, fueron más bien flojos, digan lo que quieran sus estudiosas.
No por su falta de objetividad la biografía de Eva Acosta debe ser rechazada. Es un intento, muy serio, de aproximación a una de las más predicadas escritoras españolas del siglo XIX. Es indispensable, hablando de doña Emilia, hablar del feminismo o de la cuestión femenina. Al fin y al cabo Pardo Bazán no se quedó encerrada en casa. Salió y luchó por unos derechos. No obstante, a la biografía le falta, si acaso, un cierto distanciamiento, una mirada crítica sobre doña Emilia y algunas de sus actuaciones, como feminista y como escritora. Quizás lo más difícil de conseguir cuando se habla de alguien sobre quien se lleva mucho tiempo investigando. Es lo que se echa de menos en esta voluminosa biografía.
Nada hay más estéril que pasar días y años discutiendo sobre si una obra pertenece a esta o aquella escuela; si es digna de adscribirse a esta o a la otra corriente. Son estudios que, en el mejor de los casos, sirven para poner a prueba la ingeniosidad de quien los escribe y la paciencia de quien los lee. Nada aportan, por supuesto, a la belleza de la obra, ni sirven, desde luego, para su comprensión.
Otro tanto sucede con las escuelas y las corrientes. Saber si ha habido Humanismo o no en la Corona de Aragón ha hecho correr ríos de tinta. Igualmente ha sucedido con el Romanticismo español; y, cómo no, con el Naturalismo.
A veces las historias de la Literatura se convierten en verdaderos ensayos sobre escuelas y modelos. Más que en hacer honor a su título e intento de comprensión de las obras en sí.
Las historias de la Literatura, por otra parte, suelen ser unas refritos de otras. Unos autores se citan a los otros sin nombrarse y sin cuestionar apenas cuanto se ha dicho anteriormente. Por desgracia nadie está libre de prejuicios. Y un prejuicio aparecido en una historia de la Literatura, al no ser reconsiderado, criticado, se va perpetuando a lo largo de los años y de las generaciones.
Por unas cosas o por otras, por prejuicios, por política o por la lengua utilizada, Vicente Blasco Ibáñez no ha contado con la benevolencia de críticos e historiadores. Siempre se le ha considerado un escritor de segunda fila. Pardo Bazán, por el contrario, es de primera. No se sabe muy bien por qué. Y tampoco se entiende, cuando se habla de Naturalismo, por qué no se cita La barraca, de Blascoentre otras de sus obras. Ejemplos, mucho más acabados no sólo de Naturalismo, sino también de novela como género, que Los pazos de Ulloa o La madre naturaleza. Doña Emilia ha gozado de cierta benevolencia.
Los prejuicios siempre son excluyentes. Se puede rechazar una obra porque el autor es de otra ideología o religión distinta a la del crítico, o aceptarlo porque comulga con las mismas ideas. Independientemente del valor de su obra. También, por supuesto, se le puede aceptar o rechazar en razón de su sexo y de su credo político.
Es interesante comprobar cómo en algunas de las historias de la Literatura aparecen y desaparecen autores. De un tiempo a esta parte, gracias a los hechos diferenciales de unas comunidades con respecto a otras, han aparecido infinidad de autores sin más valor que el de haber nacido dentro de unos mojones. Dichos autores son buenos no por su bondad literaria, sino por la lengua que utilizan, lo hagan como lo hagan.
A veces da la impresión de que a Pardo Bazán se la edita, critica y lee (?) más por ser mujer que por el valor de sus obras, que, ciertamente, es reducido.
Políticamente no es muy correcto hacer tal afirmación dado que se puede pasar por enemigo de ciertas tendencias que, hoy por hoy, parecen indiscutibles. Es posible que sea así. Pero también debemos recordar el cuento del rey con los burladores que le fizieron un paño. Así que fijémonos bien no sea que el rey vaya desnudo.
Hay panegiristas dispuestas a dar todo cuanto hizo o escribió Pardo Bazán por bueno no porque lo sea, sino por el simple y sencillo hecho de ser mujer. Hay quien no se atreve a ver la desnudez real. Lo cual, como se puede entender, no es ninguna razón de peso. Es, por el contrario, una postura tan absurda como defender que cualquier persona de color que coja un pincel es tan bueno o mejor que Goya. Por ser negro o amarillo.
Así resulta peregrina la afirmación de Carmen Bravo-Villasante cuando dice que Menéndez Pelayo trató de disuadir a Pardo Bazán de escribir una historia de la Literatura porque temía su competencia[13]. No parece probable que don Marcelino temblara mucho ante semejante perspectiva. Ese pretendido temor más bien suena a consejo de un buen profesor.
Pardo Bazán era mujer, eso es indiscutible. Pero también lo es que no tenía la suficiente preparación como para meterse en semejantes honduras. Una cosa, y eso ya lo debían saber ciertas estudiosas, es ser un buen lector, haber leído mucho, y otra muy distinta ser capaz de sintetizar y sistematizar lo leído, de enmarcarlo en épocas, estilos, corrientes e influencias. Y, francamente, tras ver lo que hizo con San Francisco, mejor es que dejara estar su pretendida historia de la Literatura española. Menéndez Pelayo sabía lo que se decía. El largo y tedioso prólogo a San Francisco es, probablemente, lo más oscuro que se ha escrito sobre la Edad Media. Lo menos ecuánime y lo más doctrinario. Y cierto es que don Marcelino le alabó la obra, aunque nada dice del prólogo. No se le puede acusar de liberal, desde luego; pero tampoco de tonto.
¿Por qué le iba a tener miedo Menéndez Pelayo? ¿Tan mezquino era que no sabía reconocer el valor de las otras personas? Bravo-Villasante desde luego no aporta ni una prueba sobre la pretendida mezquindad de don Marcelino. No basta con insinuar que él era hombre y la otra mujer. Eso ya lo sabíamos todos. Y no tiene más importancia que la que quiera concedérsele.
Por supuesto que doña Emilia, y quien sea, puede tener la ideología que le venga en gana, y las creencias que le apetezcan. Y saber mucho y ser muy entendida en plantas y flores. Pero lo que no puede hacer es intentar hacer pasar por novelas lo que no son sino farragosas descripciones sin ton ni son. Doña Emilia es incapaz de crear un personaje y de mantenerlo, con un mínimo de sensatez, a lo largo de 150 páginas. Unas veces, Un viaje de novios, por impedimentos religiosos o por miedos, y otras por manifiesta incapacidad. En vano las descripciones tratan de ocultar semejantes carencias. Las disfraza con esas pesadas y burdas interrupciones de la acción, y con el amontonamiento de personajes y más personajes, La madre naturaleza, que nunca actúan: cuenta su vida y milagros y los abandonan para contar las de otros y otros y otros... Y nada de cuanto dicen o hacen tiene ninguna importancia dramática. Así el libro se hace ilegible: las cosas suceden porque algo ha de pasar, porque doña Emilia quiere o porque desea escribir una novela naturalista y que lo sea a la española. Y el producto final ni es naturalista ni es novela.
No hay ni un personaje en Los pazos de Ulloa que se mantenga en pie ni cinco minutos seguidos. A no ser que la tomemos como habitantes de una novela de ciencia-ficción. Menos creíble, y más pesada, es todavía la continuación, La madre naturaleza. Esta novela es un amontonamiento de palabrería sin ton ni son. No vemos, como predicaba el Naturalismo, el estudio del medio ni de los caracteres por ningún lugar.
Pero para Bravo-Villasante, defensora de doña Emilia a carta cabal, la escritora era una mujer muy erudita. A fin de comprobar esto no hay más que leer sus novelas. Se olvida la ilustre crítica que una cosa es la erudición y otra la novela. Y a un autor le pueden gustar mucho los caballos y las cuadras, pero no tienen por qué aparecer en las obras, a no ser que lo requiera la acción, que tengan un sentido dramático. En las obras de Pardo Bazán hubiera sido más útil menos flores y plantas y más estudio de los caracteres. Lo mismo sucede con la biografía de esta mujer, de Bravo-Villasante: sobran descripciones y descripciones y falta profundidad, verdadero deseo de llegar a comprender un carácter. Las alabanzas sirven de bien poco.
Es probable que Sófocles no pensara que la diferencia de edad entre Edipo y Yocasta no iba a facilitar mucho su matrimonio. Pero con Edipo nos estamos moviendo en el terreno mítico. Yocasta es un premio. Y una reina. Además, a Edipo, en el caso de que se diera cuenta de la diferencia de edad, no se le ocurre pensar en el incesto. Ni se le pasa por la imaginación. Al fin y al cabo ha huido de Corinto por ello mismo. En La madre naturaleza es el mismo personaje quien acude a Tebas sabiendo que es Tebas, es decir los Pazos. Ni por un momento se plantea don Grabiel Moscoso que casarse con su sobrina puede ser un incesto. Entre esto y otras cosas, hay en toda la novela un aire de inverosimilitud rayano en lo infantiloide.
Pero no solamente sucede esto en estas dos obras. Ya en La tribuna doña Emilia hace de su capa un sayo y la protagonista actúa como le da la gana a la escritora, y no como un personaje con vida propia. El último capítulo es de antología: no se sabe si se está asistiendo a un parto o a un aborto. ¿Y qué importancia tiene su descripción? Ninguna, salvo demostrar que se está a la última, y que se es naturalista. Por desgracia, se puede eliminar todo el capítulo, y aun toda la novela, sin que pase nada.
Con bastantes obras de doña Emilia se tiene la impresión de no estar leyendo sino meras palabrerías, nada de sustancia. Y bastantes pedanterías que no vienen a cuento. Otra cosa son algunas de sus narraciones, donde la brevedad del espacio no le permite tantas florituras. Tal vez si doña Emilia no hubiera sido mujer hoy no se acordaría nadie de ella. Es, ya lo sabemos, un planteamiento absurdo. Tanto como escribir l@s alumn@s para englobar a chicos y chicas y que nadie se sienta herido. Gracias al empeño de algunas personas las palabras tienen sexo, y las novelas, al parecer, también. No deja de ser curioso que en las encuestas le pregunten al encuestado su género, que no su sexo.
Tal como defendía doña Emilia no existe más determinismo que el que uno quiere aceptar. Así que una obra, por el mero hecho de estar escrita por una mujer, no es buena. Son otras cosas las que determinan la calidad de una novela o de una poesía. Por ejemplo, no hace falta tanta alharaca para hablar de Rosalía de Castro o de María de Zayas. Sus obras se defienden por sí mismas.
[1] El naturalismo en España empieza a tener un cierto eco a partir de 1880, cuando comienzan a aparecer las traducciones de las novelas francesas. Pero Emilia Pardo Bazán había vivido en París, si bien en la época de la literatura decadente. De ahí que dijera que ella, en aquella época, sólo podía ser decadente. Véase La cuestión palpitante, edición de Rosa de Diego, p. 28.
[2] La novela cuenta el matrimonio de Lucía, joven provinciana, con Miranda, un donjuán provinciano en busca de dinero. Durante el viaje de novios, en una estación, él baja del tren perdiéndolo a continuación. Lucía, joven inexperta, se siente desamparada. Pero un nuevo viajero, Artegui, saldrá en su ayuda. Se enamoran los dos. Y, esperando al marido, pasan los días más felices de su vida. Aun así, Lucía no se atreve a abandonar a Miranda, al que espera en Vichy, y donde aparecen los insufribles Gonzalvo y hermana. Lucía, tras una serie de avatares, vuelve al pueblo sin marido y sin esperanzas.
[3] Algo hay al respecto, aunque no se trate de matrimonios forzosos, en el libro de Eva Acosta, Emilia Pardo Bazán. Luz en la batalla. Biografía. Editorial Lumen, pp. 74-76.
[4] Emilia Pardo Bazán, San Francisco de Asís, siglo XIII. Imprenta Sáez, Madrid, 1941, p. 75.
[5] E. Pardo Bazán, Op. cit.p. 97.
[6] E. Pardo Bazán, Op. cit. p. 48.
[7] E. Pardo Bazán, Op. cit. p. 48.
[8] E. Pardo Bazán, Op. cit. p. 66.
[9] E. Pardo Bazán, San Francisco de Asís, p. 205.
[10] E. Pardo Bazán, San Francisco de Asís, pp. 206-207.
[11] San Agustín, La ciudad de Dios, B. A. C., Madrid, 1988, pp. 50-51.
[12] Véase al respecto Los olvidados de la historia. Rebeldes. Serie dirigida por Ricardo García Cárcel. Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.
[13] Carmen Bravo-Villasante, Vida y obra de Emilia Pardo Bazán, Magisterio Español, Madrid, 1973. Véase en especial el capítulo V.