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El hereje y la familia

Vicente Adelantado Soriano
viadso@telefonica.net

I

Dios prohíbe matar. Si se acepta la pena de muerte entre cristianos, llegamos a la conclusión de que los Mandamientos obligan cuando lo determinan las leyes humanas.

Thomas Moro.

Es probable que la novela de Miguel Delibes, que ha celebrado su décimo aniversario en este año que agoniza, se pueda calificar de novela histórica, dada la fecha de su ambientación. Hablamos de probabilidad por la escasa insistencia en los sucesos de la época, que se reducen a la penetración de protestantismo en Valladolid y poco más. Ahora bien, sea o no una novela histórica, no es, desde luego, una obra redonda: excesivamente larga, tiene capítulos que no aportan nada, como no sea una recreación de los propios fantasmas del autor. Aun así, hay algo que queda muy claro y diáfano a lo largo del relato: Miguel Delibes es un gran escritor y, como tal, todo cuanto narra consigue llenarlo de interés, tenga o no relación con el tema que trata. Por supuesto que la novela hubiera ganado en intensidad si se hubiera centrado más en los problemas religiosos, en el ambiente que propició la Reforma, y no en las escenas de caza, en las de alcoba, muy similares a las de Mi idolatrado hijo Sisí, o en los viajes de Valladolid a Burgos, la ruta de la lana.

De todos es sabido que allá por el siglo XVI, y aun antes, la Iglesia necesitaba de una reforma urgente, una reforma que se estaba pidiendo a gritos desde mucho tiempo atrás. Participaron en esos aldabonazos renacentistas personas tan inteligentes, pacíficas y poco sospechosas como Erasmo de Rotterdam, Luis Vives y Thomas Moro, entre otros. Pero la Iglesia, atenta a sus intereses, más terrenales que de otro tipo, desoyó a tan autorizadas voces para dar paso, con su cerrilismo, a la escisión en el seno del cristianismo, cosa que, en sí, no tenía más importancia, y a una persecución bestial, cruel, que sí es importante, hacia todos aquellos que la abandonaron o lo intentaron, como es el caso de Cipriano Salcedo, el protagonista de El hereje.

Es en los últimos capítulos de la novela donde ésta gana en intensidad. Se produce entonces el descubrimiento del conventículo protestante formado en Valladolid, y su caída en manos de la Inquisición. Y ésta se pone en marcha para defender los sacrosantos intereses de la Iglesia, que son el preservar su influencia, su poder y su dominio. Nada más. Cristo, por supuesto, es una excusa.

Causa espanto que gente, pretendidamente creyente, fuera capaz de torturar y quemar vivas a personas que discrepaban en la interpretación de la Biblia. Aunque bien nos podemos preguntar si en realidad era ese el problema y eso lo que se combatía. Todo parece indicar que no.

Miguel Delibes no es nada condescendiente: llama la atención cómo, a lo largo de la conducción de los prisioneros, va insistiendo en los insultos que los agricultores, en medio del campo, les dirigen a los mismos, y cómo se burlan de ellos. Cabe preguntarse si los campesinos estaban tan enterados de la religión, de lo que suponía la Reforma y del estado de la Iglesia, o si sencillamente fueron paja lanzada al viento, como define el sacerdote al pueblo en la admirable película Faraón, de Jerzy Kawalerowicz.

Desde luego pone los pelos de punta que sacerdotes, frailes y curas fueran capaces de torturar y matar a personas que discrepaban de ellos en varios puntos sobre la interpretación de la Biblia. No menos espanto causan las risas de la gente cuando uno de los condenados consigue escalar el palo al que estaba atado huyendo de las llamas que terminan por abrasarlo. Que se llegue a semejante bestialidad en nombre de no sé qué religión cuanto menos llama la atención, y hace cuestionarse algunas cosas.

II

Nada hay más ruinoso en la vida humana que aquella depravación del juicio por la que no se otorga a cada cosa el valor que tiene.

Luis Vives.

No deja de ser llamativo que alguna que otra persona, tan creyente como el mismo Papa, fuera quemada en las hogueras de la Inquisición. ¿Por qué? Leyendo la vida de Juana de Arco, y la obra de George Bernard Shaw sobre la misma, parece que el único problema que tuvo esta pobre doncella fue que no necesitaba de la sacrosanta Iglesia para interpretar las voces que oía, y que, según decía, eran divinas, provenían del cielo. El razonamiento de la jerarquía es impecable: ¿cómo se va a dirigir a una pobre doncella el Señor teniéndolos a ellos? Al menos son ellos, por supuesto, los llamados a interpretar los mensajes. Juana de Arco no lo creyó así, y eso fue lo que le costó la vida: no se puede cuestionar la mediación de la Iglesia. Esa es la herejía.

Más suerte que ella tuvo san Vicente Ferrer. También a este fraile se le ocurrió admitir la eficacia del arrepentimiento de Judas en el momento de su muerte, motivo por el cual, y sin la mediación de la Iglesia, obtuvo el perdón divino. Acusado de herejía por el inquisidor Nicolás Eymerych, el Papa Luna, gran amigo de Vicente Ferrer, sobreseyó la causa y lanzó el proceso inquisitorial al fuego: el papa de Aviñón estaba necesitado de apoyos.

Y, desde luego, Luis Vives nunca se atrevió a regresar a España, pese a ser propuesto para el Colegio Trilingüe de la Universidad de Alcalá de Henares. No debía de tener mucha confianza en los tribunales que, no lo olvidemos, habían mandado quemar a su padre y reducido a sus hermanas a la miseria. Todo sea por Dios.

Visto hoy en la distancia, todo esto no parece sino un cúmulo de atrocidades sin sentido. Y la religión, en infinidad de ocasiones, no es sino la excusa para doblegar y dominar al prójimo. Es lo que sucede cuando la religión y el poder se alían. Y ya se sabe que la máxima de los reyes estaba muy clara: una sola espada y una sola religión. Felipe II se aplicó muy bien el cuento, y como recuerda Miguel Delibes en su novela, le contestó a un reo, al ser interpelado por él, que él mismo acarrearía la leña para quemar a su propio hijo si éste fuera tan malo como lo era el mismo reo. Está claro que nadie se halla libre de fanatismos. Seguramente en tan magníficos momentos, en el auto de fe, el arrogante monarca debió de recordar el sacrificio que Yahvé le pidió a Abraham: la muerte de su hijo Isaac. Él también sacrificaría al suyo.

Y si un padre, por mor de Dios, está dispuesto a sacrificar a su propio hijo, ¿por qué no matar al prójimo que, además, sostiene ideas raras y contrarias a las dictadas por el papado? Al fin y al cabo es cierto que hay un mandamiento que dice que "no matarás", pero eso ya fue arreglado y modificado por san Pablo y san Agustín y nadie, ni el propio Erasmo, ni Thomas Moro, es quién para cuestionar a san Agustín ni su concepto de la guerra justa, que siempre es la nuestra. Máxime cuando el papa Julio II, espada al cinto, sale a enfrentarse con los enemigos de la Iglesia en el campo de batalla.

El estado de corrupción de la Iglesia era tal, allá por el siglo XVI, que basta, para quien quiera verlo, leer obras tan importantes como Libro de buen amor o Lazarillo de Tormes. Si se desea profundizar, por creer que los libros de imaginación siempre exageran, se pueden leer las ordenanzas del momento, Las partidas, de Alfonso X o la Contrarreforma llevada a cabo por el cardenal Cisneros.

¿Por qué se desoyeron aquellas voces y se castigó a quien denunciaba la nefasta situación de la Iglesia? ¿Por un problema de fe? Parece que no fue ese el fondo de la cuestión. La vida y la muerte de Juana de Arco lo deja bastante claro.

III

Me da hastío lo que a ellos no les da vergüenza.

San Agustín.

A veces parece que no pasa el tiempo, que todo sigue igual que hace siglos. No obstante, sería difícil, no imposible, que hoy fuera condenado nadie a la hoguera por defender la religión que defendió Cipriano Salcedo, el protagonista de El hereje. No en vano han pasado muchos siglos, y la Iglesia, para el bien de todos, ha perdido mucha de la influencia que tuvo y poseyó en siglos pasados. No obstante, no por ello se resignan. Todo lo contrario.

Ayer, día 28 de diciembre de 2008, se celebró en Madrid una eucaristía, como se dice ahora, en honor de la familia, pues ésta, al decir del actual papa, Benedicto XVI, es la principal agencia de paz. No deja de ser significativo que dicha eucaristía se celebrara el Día de los Inocentes. Tal vez por una broma de mal gusto, pues el organizador de la macro misa se empeñó en establecer un paralelismo entre los Santos Inocentes, los mandados matar por Herodes, y los inocentes muertos en clínicas donde se practican abortos.

Sí, evidentemente, se deberían evitar los embarazos no deseados, por supuesto. Para ello se tendría que informar a los jóvenes de ciertos peligros y de la forma de evitarlos. Pero parece ser que la Iglesia también es contraria al uso del preservativo. ¿Entonces? Entonces se nos propone a la familia cristiana como modelo y agencia de paz. Virginidad y castidad hasta el ritual oficiado por la Iglesia.

Han hecho bien en poner el calificativo de ‘cristiana' junto a ‘familia', pues cualquier persona puede pensar enseguida en familias ilustres como la de los Átridas, o la del bueno de Agamenón. Un ejemplo a seguir. Pero no, hablamos de la familia cristiana. De la formada por san José, la Virgen y el Niño Jesús. Y el ejemplo no puede ser más descabellado. Pues aquel san José en la Edad Media era motivo de burla y risa. Y decía cosas tan interesantes como ésta:

Oh, viejo desventurado,

negra dicha fue la mía

casándome con María,

que me tiene deshonrado.

Ya la veo bien preñada,

no sé de quién ni de cuánto.

Hablan de Espíritu Santo,

mas yo de esto no sé nada.

Son los primeros versos de un auto de Gómez Manrique, escrito para las monjitas de Calabazanos (Palencia), allá por el siglo XV.

Se supone, además, que el pobre san José fue condenado a castidad perpetua. ¿Y qué importancia tiene eso? ¿No es una locura estar casado con una mujer y no poder hacer el amor con ella? Es de orates. Es, una vez más, el suplicio de Tántalo. Pero, además, un suplicio sublimado, quizás, por su mismo absurdo y su total carencia de poesía. ¿Y en aras de qué?

Al parecer en la macro eucaristía, en defensa del matrimonio cristiano, no se citaron más familias cristianas. A veces la Iglesia se parece a los nacionalismos: éstos cortan la historia por donde les parece, y aquélla la Biblia por donde le viene bien. ¿Por qué no poner como ejemplo a la familia de Abraham? Éste no hacía sino compartir camas buscando el hijo. ¿O a la mejor avenida de Adán y Eva, con sus simpáticos hijos Caín y Abel? ¿O a la de Noé, cuando los hijos encuentran al padre como una cuba y medio desnudo?

Faltó tiempo, por supuesto, ya que de la defensa de la familia y el matrimonio se trataba, para arremeter contra los homosexuales. De acuerdo con que la unión de dos personas del mismo sexo no se puede llamar ‘matrimonio'. Pero si es cuestión de semántica, inventemos otra palabra. Al fin y al cabo una relación así no es tan antinatural como puede serlo un convento de personas del mismo sexo, sean frailes o monjas y que, encima, al menos en teoría, renuncian a éste. ¿Es eso natural? ¿Dónde consta que lo demandara Cristo o lo impusiera como condición? Hoy en día, sin embargo, nadie rebate la vida conventual, aunque los conventos se van vaciando como riachuelos en época de sequía. Como decía Erasmo: "No hay nada tan infame, nada tan atroz que la costumbre no logre convertir en aceptable." No por eso debe dejar de cuestionarse todo. Incluso la más inocente de las afirmaciones. No digamos nada de otras disfrazadas de piel de cordero.

Hasta la muerte por la hoguera se hizo aceptable y divertida. Se convirtió en un agradable espectáculo. Y las torturas. Más delito había en sentirse justificado por la crucifixión de Jesús que en las sacrílegas burlas del vulgo a quien han torturado y van a quemar vivo. A tal punto llegamos. Y en nombre de Cristo, por supuesto. Debía retorcerse de placer, él, muerto en la cruz, viendo el sufrimiento de los quemados en vida. Patético.

IV

Señor mío, el mejor jurisconsulto es la concordia.

Francisco de Quevedo.

Hay una parábola en la Biblia, pocas veces citada, y muchas menos glosada, que no deja de suscitar serias reflexiones por cuanto supone o puede suponer. Las interpretaciones de los libros sagrados son peligrosas. Y esa fue una de las causas que llevó a la escisión de la Iglesia: el Papa quería ser el único con poder y autoridad para interpretar la Biblia. Lutero no se lo reconoció. A estas alturas lo mismo da lo que digan unos y otros. Por supuesto que damos por sentado que la interpretación que vamos a ofrecer no es la correcta, al menos para la Iglesia, por supuesto. Sí, todos, menos ella, vivimos en el error.

Se cuenta en dicha parábola que un señor se va de viaje, y entrega, a cada uno de sus criados, una determinada cantidad de dinero. Al regreso pide cuentas, premiando a aquellos dos criados que han invertido su dinero y lo han hecho fructificar. Castiga, por el contrario, a quien, temeroso, enterró el capital entregado, restituyendo la misma cantidad que le fue entregada a él. El reino de los cielos es semejante a este demandar cuentas.

Supongamos, lo cual no deja de ser otra broma de mal gusto, que el hombre está hecho a semejanza de Dios. Sin duda debe de ser un dios muy pobre, dadas las enormes limitaciones humanas. Aún así, y por eso mismo, tenemos todo el derecho del mundo a poner en funcionamiento la poca inteligencia que se nos ha dado para llegar al máximo conocimiento posible. Pues luego, cuando vuelva el señor, se le podrá decir, como en el evangelio: me diste dos gramos de inteligencia, y te devuelvo dos y medio; me entregaste dos manos y dos brazos, y con ellos he fabricado casas, zapatos... Y me hiciste dueño de un sexo con el que he amado y gozado, con el que he sido feliz y hecho feliz a los demás. Ni he violentado a nadie, ni nadie que no lo deseara ha estado conmigo. No hace falta recordar que no pueden decir lo mismo muchos miembros de la Iglesia.

Sí, es probable que Lutero no tuviera razón en su interpretación de la Biblia, no olvidemos que también los protestantes utilizaron la hoguera y la tortura; pero muy a menudo se confunde una tradición, una absurda costumbre, con el dogma. También es más que probable que la interpretación de la parábola de los talentos, ofrecida más arriba, hubiera conducido a su autor a la hoguera para diversión de neófitos y catecúmenos medievales o renacentistas o decimonónicos.

Creerse una persona la única capaz de interpretar la Biblia es negar la inteligencia que, también, se derramó sobre el resto de los mortales. Y eso es lo malo de mucha gente: que se cree en poder de la verdad. Lo cual les lleva a creer, como en la novela de Delibes, que Cristo derramó su sangre sólo por ellos. Cada uno se justifica como puede. Pero hay cosas que no se pueden justificar. Máxime cuando hay en este mundo problemas tan graves y terribles. Dejemos de imponernos nada los unos a los otros, vivamos y dejemos vivir. Desde la familia de Nazaret han pasado muchos años. A otras las están masacrando, y a muchas las separaron para venderlas como esclavos. Hoy, para el mal de cabeza, hay aspirinas. Y otras muchas cosas. No nos empeñemos en vivir de espaldas a la realidad convirtiendo en dogma lo que no es sino una forma más de dominación.

Afortunadamente, esperemos, no nos quemarán como a Cipriano Salcedo.

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8 de November de 2009

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