Franklin Briones
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Fue suficiente mirarlo cruzar el umbral del salón blandiendo la cuchilla con mango de carey en la mano zurda para que comenzara la intriga.
-¿Dónde está? -preguntó, parado en la mitad, entre la puerta y el mostrador, las piernas arqueadas y los ojos inquietos, buscándolo.
Ninguno respondió. Los que estaban más cerca de la puerta se pusieron parsimoniosamente de pie y fueron a plantarse bajo el dintel, a la expectativa. Ellos y los otros intercambiaron miradas con el hombre. Después miraron el retrete. Él creyó entender una señal.
-Sal de ahí, marica hijo de puta -exigió.
En el excusado no se oyó nada que no fuera el golpear de un hilo de orina sobre la taza.
-¡No lo hagas aquí! -escuchó, de atrás del mostrador.
Y la voz fue como una descarga eléctrica en la memoria de Villegas, porque al instante se volvió, rasgó el aire con la cuchilla y sintió los músculos tensos mientras dos cuerpos desnudos retozaban sobre su propia cama. Pero no pudo articular palabra porque en ese momento la puerta del retrete se abrió y de adentro miró salir al hombre que todos habíamos visto desde la mañana (cuando llegó husmeando acerca de quién es Villegas y nadie le dio una respuesta porque más de uno le conoció en el semblante el oficio.
-¿Quién es Villegas? -repitió. Y esta vez también permanecimos callados, tratando de escrutar tu pensamiento.
-Ya me dijeron que viene por aquí. Así que no lo nieguen. Y también me dijeron que me necesita para un trabajito -dijo.
Y por la sorna, ya no hubo más dudas: estabas frito.
-Voy a esperarlo -murmuró luego-. En un pueblo como este, nadie desaparece así por así), instalándose a beber cerveza mientras contaba su historia de hombre viviendo a la bartola hasta que descubrió que hay gente que quiere saldar cuentas sin mancharse las manos. Y desde entonces ahí estoy.
Todo esto hasta que ella entró.
Porque en adelante las cosas empezaron a ser diferentes: mientras ella estuvo parada junto al mostrador, él se quedó contemplándola, vislumbrando su desnudez bajo la bata rala.
(Y nosotros pensando. Pensándolo. Tentados a decírselo:
-Felisa es la mujer del hombre que busca.
Aunque quizá él habría respondido:
-Ajá. Ya lo sabía.)
Y después se puso de pie y se acercó al mostrador. Fue entonces cuando él me preguntó con los ojos quién es ésta. (¿Qué le dijiste? ¿Qué?) Y yo tuve que alzar los hombros y luego hacerme el desentendido al conjeturar lo que se venía.
-Ya mismo vendrá el marido -advirtió alguien, tratando de disuadirle el atrevimiento-. Ella es la mujer de...
-... de todos -lo interrumpiste-. Las mujeres hermosas nos pertenecen a todos.
Todo esto hasta antes de la cachetada.
Porque después sus ojos fueron buscando en los nuestros una solidaridad que ninguno manifestó.
-Son una bola de maricones -dijo ella (más por ti que por cualquier otro) mientras salía y el destajero quedaba frotándose la mejilla.
-Así son todas -traté de apaciguarlo-: ariscas.
Dejó de mirar hacia el umbral en el instante en que oyó la voz. Cuando se volvió, acodó los brazos sobre los tablones ásperos y escrutó en mis ojos un sentimiento que no encontró. Luego miró a los otros, pero ya nadie tenía el gesto de burla en la cara. De modo que pidió otra cerveza y dijo así son todas.
-Ajá -le dije-. Todas.
Detrás de él, sentados a las mesas rústicas, los hombres miraban hacia la calle, como aguardando.
El que estaba sentado a un costado del mostrador, solo, aserranado, me hizo un gesto casi imperceptible, como si dijese eres un mierda, Rufo.
El destajero todavía pidió otra cerveza antes de entrar en el orinal. Mientras caminaba hizo más patente que nunca el bulto bajo la pretina del pantalón. Y el serrano me dijo entre dientes cañón largo, casi al mismo tiempo en que Villegas aparecía en el vano de la puerta, resguardado por su mujer (¿Qué le habrá dicho? ¿Qué iría a exigirle?).
-¿Dónde está ese enano desgraciado? -preguntó, con una firmeza falsa y ya en la mitad del salón.
Nadie dijo nada. Desde el costado del mostrador en donde estaba mi mesa, fue más fácil que nunca verle el candor cuando exigió al afuereño que saliera del retrete porque te voy a enseñar a meterle la mano a mi mujer. Y cuando le dijiste no lo mates aquí, él entendió el sarcasmo y se volvió a mirarte con todo el odio del mundo carcomiéndole el alma por la noche en que te encontró con Felisa. Y se le notó la impotencia contigo cuando no pudo ni usar el arma ni decirle lo que quiso, porque en ese momento el retrete se abrió y Villegas ya no tuvo tiempo para ver al grandulón -con el arma en la mano y disparando-, a Felisa y a ti y empezar a comprender, y yo comencé a preguntarme cómo habrá entendido esta bruta lo que quise decir cuando le dije al destajero ella es la mujer del hombre que Villegas quiere matar.