Martín Carrasco Quintana
martin_quintana@speedy.com.ar
Ganador del primer premio del Concurso Los Juegos Florales de City Bell en la modalidad de Cuento Breve.
El hombre salió del ascensor y en el vestíbulo del segundo piso no prestó atención a las jugarretas de luz que un sol ya moribundo dibujaba al entrar por los cristales de colores que había elegido el arquitecto para las aberturas que daban al poniente.
Lentamente, el edificio todo dejaba oír los ruidos previos a la noche, como el chas-chas de las puertas del ascensor, el paff, de las persianas al caer, y todos los sonidos de esas edificaciones de costo barato, casi articuladas sobre la escasa nobleza de sus estructuras.
Acalorado, el hombre, que tenía un cuello ancho, de tono rojizo y perlado de sudor, sacó el aro de la cintura, seleccionó una llave, la introdujo en la cerradura del departamento C y la hizo girar, todo casi en un solo movimiento.
Y cuando la puerta se abría, dijo "Laura".
No había elevado la voz, pero la tensión la hacía vibrar. Al sonar del hombre, Laura se acercó hacia la puerta. Ni alta ni baja, apenas redondeados los perfiles, la silueta se movía con comodidad en el ambiente oscuro.
Ante la mujer, que se había detenido como si esperara órdenes, el hombre dijo sin solución de continuidad: "Hace un calor terrible y aquí no corre una gota de aire; tuve una trifulca con el portero que quería cobrarme las expensas por segunda vez; cualquier lugar del mundo es mejor que este país que se va al tacho, y sabés que no me gustan la oscuridad".
Lo dijo sin mirarla y sin parar; encendió las luces del techo, se sacó el saco, aflojó la corbata y se dejó caer sobre el sillón de pana, frente al televisor. Desde ese lugar, quedaba de frente también a la puerta por la que había entrado, la única del departamento.
Dijo nuevamente "Laura", con el mismo énfasis y la mujer, que llegaba ya a la cocina, se volvió; no dijo "voy" o "qué"; toda ella era movimiento.
La mujer que se llamaba Laura se paró al lado del hombre derrumbado en el sillón que suspiraba con fuerza y que preguntó qué había para comer.
Ella, que calzaba un pantalón que le quedaba flojo por debajo de la cintura, dijo "Empanadas" y se volvió hacia la luz de la cocina, a través del pasillo a oscuras, que era como un túnel.
El hombre accionó el control remoto y el aparato frente a él se llenó de luz. Con la misma frecuencia que había usado al llegar, se estiró apenas, dejó que los zapatos quedaran sobre el suelo y puso ambos pies sobre la mesa ratona que había comprado, precisamente, para eso.
Dejó el televisor a la sordina y repitió "Laura". Pero, la mujer no acudió a la voz. Había llegado a la cocina, se había sentado y tenía abierta una revista. Sólo levantó la cabeza y el movimiento del pelo evidenció la sombra de una atracción natural, ya casi del todo escamoteada.
El hombre siguió, sin esperarla, en un tono más alto para que la voz llegara hasta la mujer: "Te repito que este país se va al tarro y que en cualquier lugar estaríamos mejor que aquí; me descontaron réditos como si fuera millonario; un pibe me arrancó la antena del auto, que si lo pescaba iba a ver; no me gustan las empanadas; sabés que no me gustan y las comprás sin parar, porque oís, pero no me escuchás".
Era notorio que el hombre no esperaba respuesta, porque elevó el volumen del audio y todo el departamento del 2.º-C se llenó con una voz que pedía fuertes aplausos. La voz revelaba un fervor casi suplicante.
Se oyeron aplausos. El hombre bajó el volumen y repitió "Laura". Esperó y no recibió respuesta. Levantó la voz y volvió a llamar.
El silencio se impuso hasta sobre el murmullo que salía del televisor. El hombre se incorporó a media y siguió: "Laura". Fue un grito moderado y no hubo respuesta. Tomó impulso y se levantó con un murmullo anidado en la garganta.
Atravesó el pasillo por el que había pasado la mujer. Mientras entraba en el espacio iluminado de la cocina dijo "Laura" y agregó: "Estoy llamándote". Pero allí se quedó en suspenso, porque en el lugar no había nadie.
El hombre repitió "Laura" y miró hacia la puerta vidriada del lavadero: nada. Giró, encendió la luz del pasillo, pasó. Vacío el cuarto de baño, vacío el dormitorio. El departamento era el mismo, pero estaba vacío de Laura.
"Por acá no pudo haber salido", dijo el hombre en voz media; sabía que hablaba solo. De todas maneras, abrió la puerta y se encontró con el vestíbulo de siempre, ya apagadas las luces del sol en los vidriosos, vacío.
El hombre creyó o quiso recordar que había oído el ruido del ascensor. Se calzó, tomó las llaves y bajó los dos pisos por al escalera.
Ya en la calle, donde Laura tampoco estaba, el hombre levantó la mirada, había las luces de su departamento y tuvo la certeza de que lo suyo ahí era un papelón.
Hasta la medianoche el teléfono se hizo sentir, activo, imparable: el hombre había llamado a los parientes y los más amigos y, después, éstos devolvían la inquietud y preguntaban si Laura había regresado y él decía que no, que si hubiera vuelto habría avisado.
A las diez del día siguiente, con la medida casi tomada de su propia dimensión, el hombre fue hasta la comisaría. Lo acompañó el hermano de Laura, que no disimulaba la inquietud.
Ante un oficial de rango bajo, el hombre sintió primero la indiferencia en la voz que le decía que tenía que esperar, que esas cosas ocurrían, que eran tiempos críticos para algunas personas.
Después, cuando él dijo "Como esfumada", el gesto del muchacho cambió; se hizo suspicaz. Mudaron los tonos: le preguntaron si tenía discusiones con Laura, si tenían problemas de dinero, si había algún tipo de dilema o de enfermedad.
Finalmente, cuando el muchacho le preguntó si él tenía algún vínculo secreto, él, que sí lo tenía, se enojó y miró al hermano de Laura y le vio en la mirada la misma suspicacia que anidaba en la del policía.
Con el pasar de los días, en el ir y venir de los tribunales, en la pérdida de contacto con la familia de Laura, en los esquives de los amigos, el hombre sintió que más que enojo, más que añoranzas, tenía una intriga fija: la mujer no podía haberse desvanecido en el aire así, como en una película de baja calidad.
Y después, con los meses uno tras otro, llegó a pensar que la mujer, directamente, había sido un fuego fatuo, una sombra que pasa por la pared.
Eso, hasta que el portero le alcanzó una postal ensobrada. El hombre hizo pedazos la envoltura y miró la postal: la foto, con un desmesurado verdor, mostraba la primavera en un bosque de hayas de Longny-au-Perche.
Si se hubiera detenido a observar, habría visto que la postal era francesa, pero que el matasellos en el sobre decía "Villa Unión-Provincia de La Rioja", en tinta verde y que los datos del remitente eran imposibles, porque en Villa Unión, la calle Joaquín V. González carece de numeración y muere en el cerro.
Excelente forma de borrar el rastro.
¿Y la postal? Bueno, en el reverso, la letra de Laura: "Es cierto; cualquier lugar mejor que allá".