Javier Cifuentes Sanz
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Me protegía una sombra húmeda y familiar de vegetación amazónica. No obstante, el calor asfixiante reinaba en el ambiente enrarecido de la tarde. El lugar estaba desierto, y sólo una quietud de pasos apagados se percibía en la distancia. Me senté en un banco de piedra del parque zoobotánico de Belem intentando recobrar el aire fresco que le faltaba a mis pulmones. Hacía tiempo que notaba esa sensación desagradable de la ropa mojada en mi piel. A decir verdad, justo desde que salí esta mañana de mi hogar. Porque en esta ciudad ecuatorial el calor se mantiene dentro de las casas todo el año. Y, dentro del cuerpo, toda la vida. A pesar de los años de residencia en este país tan lejano a mis raíces, todavía me cuesta acostumbrarme al ritmo cansino que impone este clima bochornoso, preámbulo de tormentas diarias. Aguas torrenciales que refrescan las hojas de los mangos, pero casi nada a las personas que buscan su sombra mientras deambulan por las amplias avenidas de la ciudad.
Suenan las campanas de la cercana iglesia de Nazaret señalando las tres de la tarde. Me he citado por teléfono con una persona en este céntrico parque de Belem. Los escuetos datos aportados por la voz anónima me indicaban que se trataba de una mujer de mediana edad, alta y de melena rubia. Creo que con esa breve descripción seré capaz de identificar a la chica, que con voz temblorosa, reclamaba con premura mi presencia. La misteriosa mujer me comentó también que nos conocimos hace muchos años, cuando ambos eramos más jóvenes y residíamos en otra ciudad diferente. La voz de mujer no quiso darme más referencias por teléfono ya que consideraba urgente que nos viéramos cuanto antes.
Una corriente de aire fresco acompañó la llegada de una bella mujer por una de las esquinas del parque. Sin vacilar en su paso, se dirigió directamente hasta llegar a mi altura. Era una mujer de larga melena rubia, con un vestido blanco de amplio escote que realzaba sus formas. Mis ojos valoraron en pocos segundos su esbelta figura, enmarcada sobre un fondo vegetal verde esmeralda que presagiaba un misterio por resolver. Me extrañó no reconocer enseguida a esa mujer que, sin mediar palabra, me besó directamente en la boca. Una presentación tan directa exigía una rápida aclaración.
-¿Parece que no has reconocido mi forma de besar? Sigues poniendo la misma cara de sorpresa de cuando antaño te cazaba en falso intentando disimular.
-Pero... ¿quién eres? -me removí inquieto en mi asiento, asiéndome con fuerza al borde de piedra.
-De todas formas, no me extraña -continuó ella sin hacerme mucho caso-. Ha cambiado mucho mi aspecto en todos estos años. Me llamo Anabela, y soy aquella joven que besaste con pasión en las dunas del Parque Nacional de los Lençois.
Me quedé atónito. Mi memoria intentaba en vano remover en los posos que deja el pasado para poder identificar a esa mujer, pero sólo retornaba la imagen de un chica totalmente diferente a ésta, ni tan sensual, ni tan provocadora como aquella joven Anabela que conocí en el entorno maravilloso de los Lençois.
-Hace unos cuantos años tuve un accidente de coche que me desfiguró la cara -aclaró Anabela con semblante desafiante-. No quería estar marcada el resto de mi vida, por eso me puse en manos de un cirujano plástico que ha obrado el milagro que contemplas.
-¡Joder; qué me dices...! ¡No sabía que hubieras tenido un accidente tan grave! -quise expresar mis sentimientos, aunque con torpeza y mediante un hilo de voz entrecortado-. Anabela, de verdad que lo siento. Debiste sufrir mucho...
Anabela permaneció callada durante un tiempo prudencial, como si meditara una respuesta que en ningún momento iba a parecer sencilla. Me limité a mirarla directamente a los ojos, a intentar crear un vínculo con esa parte de su cuerpo que reconocía de la que antaño fue mi primer gran amor.
-Quiero que sepas la verdad, que conozcas la miseria que pasé desde que rompimos nuestra relación -me soltó de golpe, como el que arroja una piedra con la intención de hacer daño-. La vida dejó de tener importancia para mí, por eso empecé a beber mucho, a todas horas -Anabela se calló de repente, como si quisiera imprimir más fuerza a su argumentación tras una pausa meditada-. Hasta que un día amanecí medio inconsciente, hecha un ovillo desmadejado encima del sofá. Y, delirando a gritos los estertores de una borrachera que no tenía fin, me monté en el coche como pude. Me guiaba una única intención: despeñarme por alguna curva de la carretera y poner fin a tanto sufrimiento, pero el accidente sólo me dejó gravemente herida y desfigurada.
-Anabela..., no sé qué decirte..., me has dejado completamente helado -volví a balbucir desconcertado. Estaba absolutamente rígido, clavado de forma literal al banco de piedra-. Pero perdona que te lo diga, después de tanto tiempo sigo sin comprender la necesidad de volver a vernos -intenté rehacerme, notando mis manos cada vez más sudorosas a causa de la presión desafiante de su mirada.
-¿Crees que no es necesario? -preguntó enfurecida Anabela-. Hace mucho tiempo que un sueño envenena mi cabeza: es la imagen de mis sentimientos podridos por los suelos. Y esa amargura está ligada a tu recuerdo desde que me abandonaste un día de lluvias torrenciales. He luchado toda mi vida por olvidarte, por superar mis complejos que te engrandecían negándome bajo tu sombra. Hasta que hace bien poco conseguí dar con el hilo de mi existencia, y comprendí que mis fantasmas se esfumarían si conseguía encararme directamente con ellos. Por eso necesitaba buscarte, aunque tuviera que recorrer todo el mundo. De una vez por todas, quería sentir que también tú eres humano y vulnerable, y mirarte a la cara, para saber con certeza que mis sentimientos ya te tienen olvidado.
Me quedé bloqueado bajo el peso de tanta responsabilidad. Desconocía hasta este momento el mal que, sin proponerme, había infligido en mi antigua novia. Mis recuerdos se remontaban a una escena de crisis, con los gritos y amenazas propias de toda ruptura sentimental, pero nunca hubiera imaginado tal destrozo en los cimientos de su alma. Imaginaba que la distancia acordada entre los dos, e impuesta por la necesidad de olvidar, supondría el mejor bálsamo para aliviar la tensión generada en tan agrias circunstancias. Por eso, ahora, un mecanismo de autodefensa me repetía constantemente una pregunta: ¿y, a estas alturas de la vida, cómo se me podía exigir tan ingrata deuda moral?
-Sólo espero que esta cita te haya servido para saldar cuentas con el pasado -le contesté apesadumbrado a Anabela en el momento que pude recuperarme de la impresión-. Ya has podido desahogarte a gusto, y descargar tanto odio enquistado preñado de sapos y culebras.
-Sí; tienes razón. A partir de este momento, -y Anabela sonrió por primera vez, a la vez que hacía un gesto como de liberarse de unas cadenas imaginarias-, ya puedo olvidarme de tu rostro para siempre.
Anabela, sin añadir ni una palabra más a la conversación se dio media vuelta, y el eco de sus tacones se perdió en dirección a una de las salidas del parque. Yo me quedé sentado en el banco, a solas con mi sombra alargada extendida sobre un suelo de tierra encharcada. Poco a poco, la noche me cobijó con su manto de estrellas; con su luna de plata iluminando mi cara de pena.