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La mirada

Carlos López
destinoliterario@hotmail.com

Antes era yo dado a formular una explicación fantástica sobre los hechos que se guardan en mi memoria cuando no tienen una justificación cabal, es decir: me sentía capaz de formular deformaciones en la realidad, que rayan en asuntos imposibles, siempre que buscaba entender cómo y por qué han sucedido ciertas cosas. Esta no es una confesión de locura, todo lo contrario, pretende ser una exposición de lucidez pues, y así me lo ha demostrado la experiencia: cuando la realidad no basta, sólo aquello que es inverosímil puede comprenderlo todo. Uno quiere ayudar siempre, apoyar al desvalido, al que pasa por momentos difíciles, pero no siempre es posible. No se me entienda como una persona ligera: si bien es cierto que el ámbito de lo maravilloso es basto, no acepto que todo sea posible, antes bien, mi agudo sentido de la intuición me permite formular y acercarme a ciertas cosas que puedan estar más allá de lo visible, pero que cumplen con los principios claros de causalidad que son irrenunciables en este mundo. Así que la explicación fantástica a la que me refería en un principio no es un recurso de ingenuidad o ignorancia. No, es más bien la solución a aquellos aspectos misteriosos que nublan la vida y que, sin la adivinación, serían como movernos bajo la sombra negra de un fantasma.

He de confesar sin embargo que no siempre pensé así, hay herencias que llegan sin que nada ni nadie puedan anticiparlo, son producto de la actividad visionaria y desinteresada de ciertos seres que están cerca de nosotros sin que lo sepamos, o que nos preexistieron y dejaron su legado; aunque no niego que también un cierto azar tiene sus aportaciones cuando hablamos de los orígenes innombrables de las cosas más sorprendentes que algunos podamos vivir. Mi caso es un buen ejemplo, pues hace muy poco tiempo descubrí algo que me dejó atónito por muchos días, por meses incluso y hoy creo que habrá de acompañarme el resto de mi vida. Esto no es una carga, por favor, no lo considero así de ninguna manera. Es simplemente que el propio sino tiene sus recovecos y trasfondos. Algunas alegrías simples o placeres cotidianos se van y no vuelven nunca más cuando un tipo de saber llega a nosotros para quedarse y no dejarnos a partir de entonces. Se trata de una cierta imposibilidad de participar de la ingenuidad comunal y fresca con la que cualquier otra persona vive sus días y sus noches. Ayer por ejemplo, sin ir más lejos, se acercó a mí una hermosa chiquilla y, antes de poder mirar sus sonrisas simples, su lozanía y candidez: me vino la imagen fantasmagórica de los pesares que quizá pasará en tiempos cercanos. Verá usted, la alegría es flor de un instante, aroma que se disuelve en la noche de los olvidos, abono que se siembra en las tierras del ayer para fortalecer la nostalgia y las tristezas de la vida. ¿Cuándo es más fuerte la tristeza, sino siempre que ha sido precedida de los mayores goces y felicidades? Así pues, anticipé sólo dolor al mirar la pequeñuela; no para mí, claro está, mi sufrimiento es la dádiva que respiro y la luz con que abro mis ojos. No, anticipé los pesares de ella, la vi frágil y doliente, sometida por los embates del tiempo, la miré y descubrí cómo con los años sería vieja y marchita y su vida terminaría en alguna cloaca que el destino le pudiera dejar tener gracias a cualquier accidente. No necesitaba saber su nombre, aunque oí que la llamaron, quizá su padre: "¡Margarita!". ¿Margarita? -pensé- y cavilé sobre las ironías con que la fatalidad deja unir unos y otros cabos. Vaya caso, mar-garita, perfecta forma de prever lo que será la prisión de un vigía: el mar, el mundo: la vida misma como un espacio que es preámbulo inconmensurable de delitos sufridos, de penurias recibidas. Vivir para llorar, la vida entonces como una atadura, un presagio de interminable cadalso. Acaso reirá usted de lo que formulo y de la analogía con que trato unas y otras cosas, pero no lo tome a la ligera, porque esto son pretensiones de profundidad, de entendimiento; estoy lejos de simplonería o de mirar a mi alrededor sin la seriedad que merece el sufrimiento de cada quien. La vida es grave, la existencia es grave, a pesar de la liviandad con que la alegría o incluso la frivolidad tratan de llevarnos. Sí, eso es: yo vivo, no, permítame corregirlo: vivimos en un compás entre gravedad y frivolidad. No muchos años hace que tomé consciencia de esto, aunque quizás siempre fue así y no me di cuenta sino hasta una tarde en San Mateo, en temporada de lluvias; época de esa pletórica humedad que todo lo envuelve, todo lo inunda; no sólo en las calles, también en el alma. Bajaba por la Avenida Lomas Verdes y torcí a la derecha en la estrecha Calle de Purépechas donde a escasos metros encontré abierto el camposanto de una pequeña, escondida y abandonada parroquia. Nunca vi esta parroquia en uso, parecía olvidada hacía mucho tiempo, así que me sorprendió encontrar que estuviera la puerta del rejado sin cerrar. Me di paso y caminé entre las tumbas, llegué directo al portón. Una llovizna pertinaz dio inicio, pensé en la lluvia desolada y me pareció que las gotas que impactaban en las lápidas emitían un eco sordo, herrumbroso, de oquedad marchita. El ruido se hizo insistente pero seguí avanzando con resolución aunque lentamente y justo al llegar a la cúpula, me pareció que aquel sonido proveniente de la lluvia lo envolvía todo. Quedé largo rato frente al altar derruido por los años, en deterioro avanzado por el paso del tiempo. No puedo precisar cuánto permanecí en la húmeda penumbra de ese lugar. Sucedió entonces, bajo aquella bóveda, en la sombra de la tarde, estando sólo y de pie con ese sonido que taladraba insistentemente mis oídos, que vi llegar hacia a mí un hombre que salió tras del altar. Se trataba de un hombre pequeño que se movía con dificultad y pesadez. Llegó hasta mí y levantó su cara hacia la mía. Aquella persona inspiró uno de los momentos más espasmódicos de mi existencia. Su sola presencia me conectaba con la noción de entidades atávicas y distantes; aunque siempre presentes. ¿Me entiende? A veces vivimos los días como si el tiempo y la vida fueran sólo eso que está al alcance de nuestras manos y ojos, perdemos contacto con la realidad profunda del universo, con su lado oculto, presente y hondo. Me pareció que detrás de sus ojos se veían pequeños seres que vivían tras el cristalino de su mirada y que ahí estaban desde siempre, observándome desde muy lejos; y me miraban a través del iris como si se tratase de un vidrio opaco y rayado brutalmente, así que el pequeño hombre parpadeaba constantemente, quizá para ver mejor o porque acaso creía mirar mejor a través del párpado. -No duermo hace mucho señor -me dijo-, y lo que usted ve en mí, son los demonios que me tienen al acecho, para asaltar mi sueño tan pronto entre en él, así que cabo tumbas para aplazar el momento del descanso, o para llegar a él con el cansancio desmedido de un esclavo; de modo que pueda repararme sin soñar, sin infernar en mis sueños o al menos, sin recordarlos al despertarme. Pero no lo logro, siempre recuerdo la obscena ingratitud de esos momentos del olvido nocturno.

El hombre se me quedó mirando largamente, yo estaba paralizado y lleno de terror. Mi sensación de ser observado desde un más allá imperecedero me llegó hasta los huesos y me impelía a huir de la presencia del sepulturero. Sin pronunciar palabra, y apenas pude, me regresé lentamente caminando de espaldas. El sepulturero avanzaba a paso lento hacia mí diciendo no sé qué cosas más y yo no le quitaba la vista de encima en mi paso hacia atrás. Cuando llegué al portón me di cuenta que la lluvia había arreciado y ya inundaba el camino que atravesaba el panteón. La luz eléctrica en Naucalpan siempre se va en esta temporada, este día no sería la excepción; así que no había forma de distinguir claramente el rumbo que pasa de entre las tumbas para llegar hacia el portal que daba a la calle. Recordaba perfectamente que no era una línea recta, así que me di vuelta y caminé torpemente entre el chapoteo de las gotas y mis pasos. La oscuridad densificó apenas puse un pie en el camposanto y sólo distinguía no muy lejos la verja de salida; entre la espesa negrura alcancé a distinguir su silueta y me sorprendió descubrirla cerrada. Giré mi cabeza para mirar a mi perseguidor y en ese momento un rayo de proporciones escandalosas y alucinantes golpeó tierra cerca de nosotros, iluminando y ofreciendo la visión tétrica y fantasmal de las tumbas, las flores muertas y la abandonada parroquia. Comencé a correr al sentir que venían sobre mí los objetos, las paredes y las manos, la mirada de mi persecutor.

Comenzaba a balbucear por ayuda, cuando caí de bruces sobre tierra y luego a un hondo agujero que no vi por continuar mi desbocada huida. Apenas me repuse del golpe me di cuenta que estaba en lo que podría ser una tumba. Comencé a sollozar sin poder controlarme, la lluvia caía por los cuatro costados del hoyo y yo me levantaba y arañaba penosamente lleno de lodo las paredes movedizas de lo que anticipaba sería mi muerte. Pensaba que ahí terminaría mis días, sin explicación alguna, sin motivo razonable, sólo porque sí, porque ahí había ido a parar: a los dominios de un sepulturero loco que tiene la muerte tras las pupilas. Al llegar me podría arrojar cualquier cosa, podría matarme a pedradas y yo estaba ahí perdiendo la vida por la desesperación y mi posición indefensa dentro de una sepultura. Pero ¿por qué? No lo sabía, simplemente ahí estaba yo: recibiendo el agua que caía por los cuatro costados y gritando como un desquiciado por ayuda que nadie me daba, que quizá nadie podía ofrecer. Los alrededores de la calle a esas horas están desiertos, no hay casas, sólo comercios abandonados. Así que ahora, con lluvia y sin luz, seguramente me habría de llegar la muerte. De repente lo comprendí todo: el sepulturero efectivamente estaba loco y abría las rejas esperando que algún incauto entre al panteón, luego urde una trama y lo hace caer en alguna de las tumbas, que son hondas para impedir que la presa escape, las cubre con cubiertas metálicas y por eso son sordos los sonidos de la lluvia al golpearlas. El sepulturero arma su sinfonía mortuoria con tumbas de diferentes profundidades: cada hoyo una nota, un escándalo de muerte. Imaginé al sepulturero loco bailando allá arriba, arrastrando quizá la lápida o la plancha con que me privará de cualquier luz por los breves momentos que me queden de vida. Lloré con llanto mudo, grité sin voz, y solo el ahogado latir de mi alma revoloteaba en mi corazón con su mueca de grillo desquiciado.

Miré hacia el cielo oscuro y levanté las manos gimiendo y gritando y me vino entonces la alucinante idea de que yo era uno de esos miles de seres que vi tras las pupilas del sepulturero. Antes de asimilarlo mayormente, recibí un golpe en la cabeza, pensé que mi fin había llegado; sin embargo, una linterna y una voz me indicaba que agarrara la cuerda que me acababan de arrojar. Una alegría impronunciable se apoderó de mí: gritaba como niño y el llanto me salía por los ojos como un manantial superior a la todavía insistente lluvia.

Cuando tiraban de mí para sacarme, mi pie quedaba atorado contra algo que me tenía sujeto en el tobillo, tuve que pedir tiempo para encontrar lo que pudiera mantenerme preso. Me agaché y sumergí algo del cuerpo entre las pestilentes y sucias aguas que me tenían cubierto. Un estremecimiento se apoderó de mí cuando con la escasa noción de entendimiento que podía tener en ese momento, palpé con las mías otra mano cadavérica que me tenía sujeto por el tobillo. Me convulsioné como un loco, grité con jadeo y vaivén desenfrenado para librarme y grité que me subieran ya, que no podía estar ahí por más tiempo.

Al llegar arriba, la policía me interrogó pidiendo explicación sobre mi presencia ahí. Yo no acertaba a coordinar palabra ante ellos. Me dijeron que si acaso era yo un profanador de tumbas. Que si no sabía que entrar a ese lugar estaba prohibido. Y yo, sabe usted, no supe responder, me aferraba al hecho de estar vivo y no podía quitar de mi mente lo que había pasado. No podía quitar de mi mente la cara del sepulturero ni su demencial mirada de ojillos y seres espiándome desde siempre clavándose en mi memoria como punta luminosa que galvaniza dolorosos recuerdos y quehaceres profanos, y luego yo mismo hundido en ellos como víctima y furia mirando hacia el cielo desde donde otro ojo gigante en un ser colosal me viera gritándole y huyéndome. Huí como fugitivo que teme por la cordura de su alma, sin dejar de ver en mis rescatistas a dos seres que recibirían dolores cercanos y muy duros: uno sin hijos y el otro viudo. Y yo me dolí de aquello como si fuera culpa mía.

Como si yo desencadenara todo aquello, como si fuera un emisario del mal, un ángel de la corrupción, del dolor y la desdicha. Me hablo a mí mismo frente al espejo, me convenzo de que no es así, de que sólo soy un ovillo insensible que no duerme en las noches, que prefiere dirigirse a cada quien con ojos cerrados para embelesarme en el escaso placer de la voz ciega y muda de dolores panfletarios, pues aunque sé que desde entonces miro a cada persona y la encuentro reflejándose en uno de esos ojillos minúsculos y malditos con que me miraba el sepulturero y que hoy en mis ojos ven dictaminarse el futuro sufriente; me pregunto y repito ¿qué privilegio hay en adivinar el sufrimiento de alguien? ¿Qué mérito se puede tener o reclamar al decirle a cada cual lo que habrá de sufrir? Me digo que nacimos para morir y sufrimos y habremos de sufrir más pues la alegría nunca está garantizada, antes presagia mayores sufrimientos, ya lo he dicho. Y yo miro al cielo, al sol, a la luna y me descubro de nuevo como uno de esos seres minúsculos que ahora mira desde la esfera ocular de la tierra a seres celestes que interrogan por su futuro. Y veo entonces que la vida es el eterno sepulturero de entidades ajenas y distantes. Les cavamos abismos donde habrán de caer para entretenernos con la luz tornada en sombra y dormimos para no sollozar la desventura de vidas eternas que nunca tuvimos.

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20 de July de 2008

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