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Ni siquiera molinos de viento

Marta Iris Díaz Gioffrè
martadiazgioffre@fibertel.com.ar

Cada día observaba con desgano un mandato familiar: leer diez páginas del Quijote. Y lo hacía antes de dormir. No quería oír por la mañana esas quejas repetidas: «;¡a esta chica no le gusta leer! ¿Qué va a ser de ella cuando sea grande?». Diez páginas me compraban dos horas de tele a la vuelta del colegio: El hombre del rifle, Cheyene... ¡Eso sí que era!

Esa noche abandoné a medias al Ingenioso Hidalgo sobre mi mesita de luz. Ya se escuchaba en la casa el sueño de mis padres y algún quejido desacomodado de maderas viejas. Las lágrimas de mis bostezos aburridos humedecieron las sábanas. El tedio prolongado sudaba en mi nariz. Por fin, ya sin pensamientos, apagué el velador: entraba en la patria del ensueño. Algo impreciso, no recuerdo qué, quizá el silencio, la ausencia de movimientos cotidianos, a veces fastidiosos, pero protectores, me previno.

De pronto un sonido leñoso y el bufido de varios caballos subiendo la escalera sacudieron mi modorra. Deduje: es imposible, ¿caballos adentro?

Me levanté a los tumbos, desorientada asomé mi curiosidad a la ventana. Ya con medio cuerpo afuera vi en la bruma del jardín que varias personas corrían sin entenderse. Voces terrosas se mezclaban con un barullo sorpresivo. El establo había desarrollado un corpachón cilíndrico, altísimo, y enormes aspas cubiertas con telas viejas arrastraban al viento. Parecían cruces, con una movilidad desmedida de brazos amenazadores. ¡Qué pasmo!

Mi padre en pijama peleaba con un hombre enjuto que vociferaba en un idioma que me pareció antiguo. Discutían enardecidos. De mala forma papá trataba de hacerle entender que la casa era suya. Lo que el desconocido decía no alcancé a entenderlo. ¿Qué conmovía mi vida de estudiante "dedicada"? ¿Qué sucesos incomprensibles habían acaecido en tan poco tiempo? Fantasmas pendencieros trepaban con ruido por las escaleras. Mi familia, demasiado entretenida en controlar el aumento del molino, progresivo y usurpador, no escuchó mi llamado.

El miedo y el frío me retornaron a la cama. Pero antes de cubrirme lo advertí tratando de entrar en mi cuarto. Mal predispuesto atravesaba forcejeando el espacio que la puerta ensanchaba para hacerle sitio. Con voz carnosa, como de fagot soplado por vientos añejos, se dirigió a alguien que lo escoltaba y luego a mí:

-De pie niña, ¿qué haces acostada? ¿No te han avisado de que vendría? Así te preparas a recibir al menor, aunque muy esforzado, de los caballeros andantes.

Y sin otra palabra desmontó, pero una pierna le quedó mal enganchada en lo alto de la montura, y agarrado del cuello de su caballo, que pretendía hacerse lugar entre mis muebles, comenzó a gritar pidiendo ayuda. Yo, paralizada, ni pensé en ayudarlo. Un hombrecito lo seguía, rechoncho y sonriente, me guiñó un ojo y le destrabó el pie con gesto paciente. Permanecí debajo de las sábanas, quieta, el flequillo por periscopio suficiente y asustado.

-He venido a liberarte de tanto monstruo que te aflige, no me agradezcas, es obligación de la Orden que profeso.

Y dirigiéndose al hombrecito le dijo:

-Esta sin duda, Sancho, debe ser grandísima aventura, donde será necesario que yo muestre todo mi valor y esfuerzo. El lugar es estrecho pero el espíritu amplio.

Y entró en el guardarropa con un propósito misterioso. Acobardada en mi hueco deseaba enterrarme en el colchón. El rocín subió, impaciente, una pata sobre mi lecho, yo sentí que moría.

El hombre que acompañaba a la extraña figura se sentó en el borde de mi cama, y aunque él también traía ropas raras, me pareció más asequible, su acento sencillo me habló con ternura.

-Es mi señor caballero de grandes proezas, no te dejará abandonada ni permitirá que esos fatigosos gigantes te aquejen. No temas, ese que habla tan enseñoreado del lugar, también caerá bajo su lanza.

-¿Gigantes? ¿Cuáles? ¿Quién?

Aunque tartamudeaba, escuchar mi propia voz me dio coraje. Él no dudó en su respuesta:

-El que se dice amo de estas tierras. No diré que no temas; prudentes, deberíamos prever algún encantamiento.

-¿Qué dice? Esta casa es de mi familia.

-¿Te engañaron los gigantes? Todo lo explicará mi señor a su tiempo, es fácil equivocarse, el hombre está empecinado. Dice que es tu padre.

Esa palabra no debía aparecer, argumento y resumen del miedo infantil que ningún caballero andante lograría conjurar.

Don Quijote reapareció en la puerta del placard, una media azul y la boina del uniforme del colegio le colgaban irreverentes del yelmo chato. Si antes había tenido recelo, la suposición de un regaño injusto me produjo enfado. Y salté de mi cama con un brinco resuelto que me colocó en el centro de la escena. Lo encaré furiosa.

-«Por amor de Dios, señor caballero andante, que si otra vez me encontrares, aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi desgracia, que no será tanta que no sea mayor la que me vendrá de su ayuda de vuestra merced, a quien Dios maldiga y a todos cuantos caballeros andantes han nacido en el mundo».*

Sostuve el aliento, porque repetir de memoria el párrafo me había dejado exhausta. Pero la evocación aumentó mi audacia, blandí a Don Quijote y lo arrojé con tanta fuerza que fue a estrellarse despatarrado contra la puerta cerrada de mi habitación. El estruendo me despertó.

Después, ya despabilada, lo uní y engomé con todo mi cariño. Pero nunca más lo dejé en mi mesita de luz. De allí en adelante durmió a cuatro metros de mi almohada. El temor a mi padre jamás fue tan grande como el pánico a que el Ingenioso Hidalgo se colara en mis sueños.

*La cita es del C. XXXI


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25 de July de 2008

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