Lourdes García Pinel
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Ya sé que no me van a creer, pero tengo que contarles esta historia que me quema por dentro. Quizá les parezca exagerado, que, en fin, no es para tanto, que ya han escuchado e, incluso, visto una historia así mil veces. Pero, les aseguro, que a mí me cambió la vida.
El ambiente estaba inusualmente revuelto. El verano no es época de cambios. No, al menos, en La Trace Corporation. Los Poderosos iban de acá para allá; de reunión importante en reunión importante. Tac-tac-tac-tac. Los Nadie no dejábamos de producir y de producir; de tirar páginas y más páginas, de suplirnos los unos a los otros los días de vacaciones, de adelantar trabajo para poder irnos.
Está pasando algo muy raro. No sé por qué no dejaba de asaltarme ese pensamiento. Muchas veces me pasa: olores, palabras, sonidos. Se convierten, irremediablemente, en pistas, en informaciones preciosas. Me permiten sentir un futuro que aún no existe; situaciones que aún no han ocurrido.
Javier Conde estaba muy interesado en leer un reportaje mío. Qué tontería, si es más de lo mismo, pensé. Aunque lo que más me extrañaba era que me llamara a su despacho. Nunca había ocurrido.
El pasillo, infinito, estrecho, oscuro.
-Estrella, ¿por qué no encendéis la luz en esta planta?
-Uy, si ésta es la parte más luminosa del edificio -contestó la secretaria de Conde.
-Pues yo no veo nada.
No estaba en su despacho. Papeles apilados, escrupulosamente, sobre su mesa; la pluma Mont Blanc destapada. No puedo explicar qué sentí. Tal vez, la palabra sea angustia. Sí, creo que fue eso, exactamente, angustia.
-Estrella, ¿dónde está Conde?
-Ah, pero, ¿no está en su despacho? -contestó La Secretaria, como si nada.
-No, ¡no está!
Tal vez me estaba pidiendo ayuda. Lo del reportaje podía ser una excusa. A nadie, en su sano juicio le interesa lo que escribimos. Somos el paripé de las redacciones. Todos los sabemos, pero nadie decimos nada.
-¿Qué pasa Carlitos? ¿Qué tal? ¿Todavía no te has ido de vacaciones?
Luis es un Nadie simpático, práctico y realista. No se complica demasiado la vida. Trabaja cuando tiene que trabajar y no se plantea grandes cosas, como si está en el lugar adecuado o si su trabajo le satisface completamente. Vamos, mi antítesis. Yo creo que por eso nos llevamos bien.
-Oye, Luis, acaba de pasar algo muy extraño.
-Pues cuando te diga de lo que me he enterado... -contestó de forma socarrona-: el mismísimo Garcés no ha venido a trabajar
-¿Cómo? ¿Garcés? Pero, ¿qué me dices? Si es un obseso del trabajo.
-Ya, pues por eso es extraño. Por lo visto está malo...
-¿Malo? ¿Garcés? Eso es imposible.
-Sí, si es posible, sí. Y, por supuesto, no está de vacaciones, claro. No coge días libres nunca...
¡Por Dios! ¡Otro! ¡Otro desaparecido! Cuando me sorprendí "pensando" esa palabra concreta: de-sa-pa-re-ci-do, sentí un miedo cerval, irracional, como sólo puede ser el miedo. Algo fuera de nuestro control, algo incierto y oscuro. No saber qué está pasando, y lo peor, no saber qué va a pasar. Pero, ¿por qué Luis estaba tan tranquilo? Era muy, muy extraño que Garcés no fuera a trabajar. Precisamente, él. Conde, al menos, sabía disfrutar de la vida y más ahora, que se había convertido en un Poderoso venido a menos. Como Garcés. ¡Garcés también era un Poderoso venido a menos! Dios, acababa de descubrir su principal punto en común. Eso, y que habían desaparecido, literalmente, de un día para otro, sin dar ningún tipo de explicación.
Necesitaba un cigarro, urgentemente. A la mierda el reportaje, Conde y Garcés. Los pasos intranquilos, los trajes de Emidio Tucci paseándose por todas las redacciones, el nerviosismo de Los Jefes, el silencio de Las Secretarias... Ahora todo encajaba. Ese tumulto de sensaciones, esas pequeñas pistas me estaban generando una pequeña vorágine que no quería escuchar. Soy un Nadie, no me interesa nada de esto. No quiero saber nada. Saber demasiado sólo genera problemas... No era consciente de hasta qué punto me había repetido esto mil veces. Mientras hacía entrevistas, mientras buceaba en Internet, mientras salía a hacer fotos... No quería saber nada, pero sabía demasiado.
-Ja, ja, ja.
Una risa fingida y un timbre de voz reconocible. Marta, la hija de Conde charlaba con otro compañero. Sonrisas de humo, comentarios sin sustancia.
-¡Marta! ¿Qué tal? Oye, hace un momento he ido al despacho de tu padre y no estaba. ¿Qué pasa? ¿Está malo? -dije de forma precipitada.
La verdad, no me pude contener. Marta no me contestó. Sus ojos, llenos de sombras.
Creo que Marta me dio todas las respuestas. Tal vez, éste sea el momento más crucial de esta historia. Fue cuando entendí que tendría que contarlo todo, que tendría que advertir al Mundo: esto te puede pasar también a ti. En cualquier momento.
Los Poderosos nos reunieron a todos los empleados en una macrosala. Muchos de nosotros, la mayoría Nadies, desconocíamos la existencia de un espacio tan descomunal. Las paredes eran ingentes, no se acababan nunca y había luz, mucha luz, pero una luz que angustiaba y gemía. Como el pasillo oscuro de Conde, como el silencio de Las Secretarias, como lo absurdo de nuestros reportajes.
Todos estábamos allí. Absolutamente, todos. Las dos Castas: los Nadies de los textos con sentido y los Nadies de la morralla. Las Secretarias, Los Jefes, Los Jefecillos, Las Recepcionistas, Los Fotógrafos, Los Maquetadores, todos los Nadies del Mundo estábamos allí reunidos, allí presentes.
La mesa presidencial estaba situada en una especie de cúspide, una atalaya que el resto no podíamos alcanzar. Se necesitaban micrófonos y una buena acústica para hacernos llegar sus voces, sus palabras. Unas palabras que yo ya no quería escuchar, por consabidas, por insubstanciales, por inherentes a mi paso por la Trace Corporation. Y un vacío. Un vacío tan espectacular como la inconmensurable macrosala: todos Los Poderosos Venidos a Menos habían desaparecido. Sencillamente, no estaban. Ni Conde, ni Garcés, ni Ruiz-Díaz, ni Fernández-Cano, ni un largo etcétera de editores de no sé qué y de adjuntos de no sé cuántos. Pero había un rastro de todos ellos: la pluma Mont Blanc, la pulcra pila de papeles, el aburrimiento y la vida desperdiciada de Garcés, la ambición desmedida de Fernández-Cano... Una grisalla de colores, olores, sabores, existencias, deseos, frustraciones y tiempo perdido. Marta tampoco estaba allí.
-La fusión nos ha jodido a todos -se lamentaba Luis.
Es curioso, pero era la primera vez que veía en Luis el desánimo. Su cuerpo se había empequeñecido, agrietado. La palabra despido le había transformado.
-Todos hemos desaparecido, estamos desapareciendo.
-Carlos, Carlitos. No hay desaparecidos ni desapariciones: hay despidos, des-pi-dos. Nos hemos ido todos a la puta calle, de un plumazo. Sólo se han quedado los enchufados y los chupapollas.
No. Luis no había entendido nada. Todos habíamos desaparecido, a todos nos han engullido el poder, el capitalismo, el 'los tiempos cambian', el 'la optimización de la producción'. Porque como Los Poderosos nos dejaron claro en la reunión: no somos nada. Pero vamos dejando nuestro rastro, nuestra huella indeleble. Nuestro olor, nuestro sabor, nuestros deseos, nuestro tac-tac. Si ustedes encuentran alguna parte de mí, por favor, háganmelo saber. Les estaré esperando.