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Análisis de la novela La Orden del Tigre, de J. J. Armas Marcelo, con miras a su traducción

Teresa Iturriaga Osa
(Doctora en Traducción e Interpretación)
tarasia@terra.es

Las reflexiones traductológicas que se derivan de mi lectura de la novela La Orden del Tigre, de J. J. Armas Marcelo, no pueden reducirse al análisis interpretativo de su obra literaria. Más bien se dirigen hacia el estudio del programa conceptual del autor a la luz del sentido del texto original, lo que me permite indagar en su idiolecto y descubrir sus afinidades ideológicas, emocionales o espirituales. Consiste en un planteamiento de aproximación a los procesos cognitivos que guían al escritor en su búsqueda de recursos textuales, siempre al servicio de sus motivaciones e intenciones. Ése es el primer paso que debe darse ante el desafío de traducir cualquier obra literaria. En efecto, en esta novela, mi investigación sobre un corpus de texto complejo se ha enfocado directamente hacia el mapa personal del autor, que en ella se desnuda sin ambages, afrontando la madurez como una experiencia en transformación.

Si ahondamos primero en las motivaciones del autor, analizaremos después el texto -un estudio exhaustivo del lenguaje a través de sus marcadores textuales-, y no al revés. Entonces, no nos será difícil comprobar que la escritura de Armas Marcelo ha dejado de ser enigmática y que su ímpetu aflora con fuerza a la superficie con la virulencia de un oxígeno interior, pulmonar, surgido de la interiorización de su propio ser. Estos aspectos son importantísimos a la hora de traducir una obra literaria de una cultura a otra, por la sutileza en la captación del sentido de los textos y de sus efectos estilísticos. Desde este enfoque, ligado a un interés que trasciende lo lingüístico, el texto se comprende como un complejo tejido con inabarcables extensiones en redes donde no existe una escisión entre el lenguaje y el mundo. Por todo lo expuesto, se hace necesaria una aproximación interdisciplinar que interprete la compleja situación comunicativa que estamos analizando en la búsqueda de la equivalencia comunicativa que persigue toda traducción.

Centrándonos ahora en la lectura de la novela La Orden del Tigre, constatamos que la burbuja encapsulada que, en el caso de muchos escritores, es fruto de su debilidad e incoherencia expresiva -incluso en la estructura narrativa-, se deshace por completo ante la honestidad de Armas Marcelo, escritor que se reconoce en medio de una difícil singladura. Es la revisión de la vida y la muerte, la diagnosis de la existencia sin miedo a los límites, con una mirada distante y serena, desde un observatorio privilegiado desde donde el autor divisa las constelaciones humanas. Es la inmersión en el vasto océano de la incertidumbre que siempre acompaña al artista -novelista, en este caso- en su crecimiento.

Puede afirmarse que La Orden del Tigre es un viaje de regreso hacia la integridad personal, esa desconocida que una vez conocimos en alguna estación de nuestra vida, pero que termina por olvidarse en el cansancio de los años, en ese ir y venir por los laberintos del mundo. Por ello, la novela nos habla de la memoria de lo genuino, de aquellos idilios que marcaron nuestra personalidad incipiente, de las ilusiones de juventud en que nos creímos héroes -casi dioses- en la recreación de un mundo bello y justo. El autor incide especialmente en ese punto, allí donde la punta de flecha toca de lleno el corazón y el plexo del ser humano. La novela nos retrotrae transportándonos a la voz de nuestras experiencias primeras y, a la vez, nos enfrenta, a través de todos sus personajes, con esos aspectos de nuestra personalidad -dignos de mención- que hemos tenido que desarrollar en la corriente del mundo como sombras necesarias en nuestra identidad madura. No obstante, el autor insiste en que esa aceptación de la sombra como habilidad consciente del ser humano puede producir efectos desastrosos en aquellos que pierden la memoria, porque la distracción y el olvido son como el pregón que anuncia el reinado del príncipe de las moscas. La memoria, gran antídoto contra las dictaduras que despiertan a sus larvas en medio de la noche, en cualquier momento de la Historia. Precisamente, la enseñanza de esta novela es todo lo contrario de la obediencia ciega y el sometimiento. De ahí que sea tan importante para Samurái, el personaje masculino principal de la novela, conservar la memoria de Morelba Sucre, una mujer que une los puntos cardinales ausentes en su masculinidad. Ella reúne en su nombre evocaciones moriscas, sensualidades sazonadas con el azúcar de un buen ron venezolano, el aroma que riega los ambientes y manjares de una exquisita gastronomía francesa.

Y si nos detenemos en Morelba, es porque ella representa el símbolo de la coherencia personal, ella es el testigo de una carrera de obstáculos que se prolonga a través de la lealtad que fundamenta La Orden del Tigre. Es un referente de maduración personal, como también lo son quienes han llevado adelante el compromiso de su literatura con su propia ética individual y social, entre otros, Ernesto Sábato y Roberto Arlt, presentes en la novela a través de las alusiones de la compleja red intertextual. La figura de Morelba extiende, además, sus implicaciones a un nivel que sobrepasa el personaje literario y estético, porque su personaje nos propone una nueva imagen de mujer independiente que destruye los patrones de sumisión que ahogan el desarrollo de esa Nueva América del siglo XXI, sueño imposible sin el cambio que impulsa la mujer.

Desde la base se forjan los cambios, en la crisálida. Y así, comenzando por el parto, pasando por la crianza de los habitantes del futuro, en la calle y en el trabajo, el nuevo modelo de mujer libre -que representa Morelba- no deja de ser madre, pero tampoco se olvida de ser mujer. Nadie la castra. Por tanto, la voz de Samurai, unida a la de Morelba, es una invitación a la formación de un nuevo entramado social sin autoritarismo en el que la mujer no se someta al papel denigrante del poder físico y sexual, sino que encuentre el poder de su presencia en las tareas que van construyendo la verdadera identidad madura de un pueblo, allí donde la caligrafía de la femineidad representa un desafío a cualquier sistema inquisidor. Por ello, este mensaje de la novela La Orden del Tigre es fundamental: "Cada uno es cada uno y cada cual es cada cual". Es un grito de independencia y libertad. El autor, a través de su propia experiencia personal, filtra en la novela los datos más objetivos de la realidad sudamericana y mezcla los elementos de ficción sin alejarse de la verosimilitud de una crónica de sucesos. Esos datos documentales y profesionales, manifiestan abiertamente la esperanza de Armas Marcelo en la defensa del desarrollo humanista, moderno, igualitario y mestizo para todos los pueblos. Un aviso para navegantes.

Ciertamente, esta novela es reflejo de la mutación que se está produciendo en las relaciones de pareja como consecuencia de un nuevo modo de ver el mundo. Samurái, en su virilidad, atrae a Morelba, pero éste no está preparado para vivir esa nueva forma de relación amorosa porque aún conserva los patrones educacionales del tiempo antiguo. Morelba es su enlace con la modernidad. Ella vive su madurez desde lo espontáneo, es decir, desde el presente, abiertos los sentidos, como un poema que llega en un instante y no se puede desdeñar, porque después se ha marchado para siempre. Se observa que en sus diálogos hay una pared que Samurái no quiere hacer desaparecer, como un hielo que le protege de su miedo a dejarse llevar por la corriente de la vida, pero se aprecia un interés por comprender esa magia de Morelba, ella aún conserva el aroma de los ritos de las diosas madre de todas las culturas, la conexión de la civilización con la naturaleza, la única condición para salvarse del desastre mental de la civilización. Pero ahí, Samurái está perdido, no conoce, tiene que aprender de esa mujer cuya personalidad la libera de toda culpa. ¿Quién podría culparla por respirar cada instante del presente? Desde esa actitud, el error deja de oler a fracaso y se convierte en el compañero asiduo de la madurez. Morelba Sucre vuela alto, incluso en estados de confusión y estrés, porque… ahora seduce al hombre que le estalla los sentidos… luego, desayuna con su hijo pequeño… después, se casa con su admirado profesor y lo cuida en su enfermedad. Morelba conoce la compasión y la borda con la pasión. Y lo comprende todo, sin tiempo ni espacio, sin chantaje, lo "com-prende" porque ella eligió su destino con olfato de hembra. Por eso es la Tigra.

Esta didáctica afectiva que nos ofrece Armas Marcelo es muy importante en la actualidad, cuando muchas parejas siguen encadenándose a través contratos, intercambiándose la libertad personal de un modo recíproco, para excluir de su vida las relaciones con el resto del mundo mientras se levanta una red de espionaje alrededor del campo de prisioneros donde conviven. En ese sentido, el autor nos lanza preguntas sin respuesta para que, a través de la memoria, vayamos reordenando nuestro mundo de creencias, revisando cada uno de nuestros espacios mitológicos con habilidad quirúrgica, para ir dejándonos desnudos de los conceptos, pasiones y miedos que nos llevan a realizar "pactos" de todo género.

Por último, no podemos pasar por alto la utilización que hace Armas Marcelo de los símbolos. Es muy importante que el lector despliegue su mundo sensorial e imaginario a través de los personajes de esta novela que es un lento camino de introspección. La radiografía de los estados anímicos que provocan las historias personales de los miembros de La Orden del Tigre se acompaña del poder irrefutable de los símbolos: en los animales, los cuentos, los ritos, los colores, etc. Entre ellos, podemos destacar el caballo blanco, el mimbre -ligado a la cultura japonesa como el junco, filosofía del Tao, el camino de la flexibilidad madura en los samuráis que buscan su fuerza en el mundo numinoso del pantano y no en el sable-, el vestido blanco de Morelba, el lobo y Caperucita, María Lionza -con un claro sincretismo religioso y cultural-, la quiromancia, el azúcar, el corcho, el plomo, el Tigre, las hormigas, etc. De este modo, el símbolo va transportando al lector hacia espacios interiores, ayudándolo a extrapolar el escenario de la novela argentina como un espejo donde mirarse, sin nombre, sin tiempo, sin nación. El enfrentamiento con la propia conciencia no necesita del auxilio de las coordenadas de espacio y tiempo, porque el lector, en su lento camino de reflexión, va trazando sus propias fechas y ante su memoria desfilan los nombres, los rostros y los lugares que identifica sin dificultad consigo mismo. Por ello, no se añora la descripción excesiva de paisajes -acostumbrados a la exuberancia barroca tan característica en otras obras-, porque una vez sumergidos en ese estado de abismamiento psicológico, no queremos ser molestados, para penetrar en el silencio y la soledad, que es el cristal donde se lavan nuestras tristezas y decepciones, para digerir lo que somos y lo que no somos, mirándonos de frente y a la cara. Ahí sobran las palabras y los adornos.

En conclusión, nos encontramos ante una novela excepcional, que contiene todos los elementos necesarios para navegar entre la ficción y la realidad: reflexión, crítica, sensualidad, fantasía, simbolismo, rigor histórico intachable, belleza, poesía, amor. En una época marcada por el ocaso de las grullas, Armas Marcelo defiende que hoy más que nunca es necesaria la recuperación del ser humano. No obstante, sus modelos humanos no pretenden batallar contra gigantes imaginarios, o toparse con los cíclopes, para deslumbrar a Dulcinea y a Penélope, sino solamente quieren ser fieles a sí mismos desde un compromiso escogido en libertad. Por tanto, a través de La Orden del Tigre, el novelista nos propone un mundo de hombres y mujeres que forjen el presente con valor y esfuerzo. Nada sin esfuerzo: otro aviso para navegantes del siglo XXI. Concluye así una novela de enseñanza paciente, que incluye una amplia documentación sobre la dictadura argentina con la que Armas Marcelo va apuntalando todos sus planteamientos filosóficos. Su fin es instruir al lector en el compromiso de una prosa poética cotidiana, bella y profunda como Morelba, guerrera y silenciosa como Samurái.


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23 de November de 2009

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