Irma Carbia
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Siempre que se sentaba en su escritorio frente a la ventana escribía. Sí, escribía, y él lo asumía como un trabajo, que lo era, y lo realizaba con la meticulosidad de un empleado bancario. Se ponía los lentes, se arremangaba los puños de la camisa o el sweater, y se acomodaba en el asiento como si fuera a recorrer un largo trecho en ómnibus o en tren. Buscaba un lugar para su cuerpo, que no era gordo, ni muy largo, normal diríamos, pero al que igualmente acomodaba con ciertos movimientos muy particulares.
Sabía que tenía dominio de la escritura, de los tiempos, los ambientes y también de los personajes. Así que elegía el dónde, el cuándo y el quién, y comenzaba el armado de su rompecabezas. Esta vez ya tenía una buena tercera o cuarta parte de la historia en su máquina. Así como había decidido la ambientación y el tiempo de la narración, al personaje también lo delineaba él, le hacía hacer y decir lo que quería y hasta lo mataba si cuadraba. ¿Quién iba a oponerse? No creía, por supuesto, en otras teorías, y siempre pensó que Augusto Pérez se murió porque Unamuno quiso... y ya está. No había otras posibilidades. No era en realidad un escritor que avalara teorías poco convencionales. Por eso, un gesto contundente de sus manos un poco huesudas y un bajar la cabeza medianamente cana, como inapelable confirmación de lo dicho, cerraban la digresión.
Hoy, como todos los días, estaba ya acomodado frente a la mesa de su escritorio. El escritorio en sí mismo formaba parte de una especie de living, de sala de música -había un piano- y de lugar para todo. Pero cuando él escribía, era "su" escritorio. Nada particular por otra parte: paredes blancas, algunos cuadros, la mesa-escritorio y grandes ventanales que justificaban, por su vista, vivir en un piso 19. La biblioteca era otra historia: tal vez no hacía juego con nada, pero ahí estaba y no se movería, y cada vez más se llenaba, más bien se rebalsaba, de libros. Pero esa era su biblioteca y nadie osaba ni chistar acerca de ella. De roble, no muy moderna y sí muy desordenada, llenaba dos paredes completas y para él era casi parte de la casa, como una viga del techo o la puerta de un dormitorio. Estaba. O era. Nunca reparaba en ella por eso, porque era, porque estaba. Y no había dudas acerca de que dejara de ser o estar.
De pronto, alguna cortina se agitó y el pequeñísimo aleteo de la tela interrumpió su labor. Pero después fue el golpeteo de la lluvia en los vidrios y finalmente el trueno sonoro y lejano, que sobresalta aunque sepamos que es un trueno y nada más. El viento comenzó a soplar silbando en las copas de los árboles y, metiéndose por alguna rendija, hizo volar papeles que cayeron como aladamente al suelo; después rodaron algunos lápices y bolígrafos y terminó todo en un desorden impredecible repartido por la mesa, el piso y donde fueran a parar en su loca carrera impulsada por ese viento loco. Nada quedó en su lugar.
Ante la rabia y desesperación del hombre, y cuando se disponía a ordenar tal estropicio, un granizo indiscreto comenzó a golpear en los vidrios, y más lejos, en los carteles de venta de departamentos, en los capó de los autos y en cualquier cosa que fuera posible que sonara. Pero no se amilanó. Se levantó con un leve quejido del piso donde estaba tratando de rescatar náufragos del desastre tormentoso, y cerró todo, bajó las persianas y, nuevamente frente a su mesa, se sintió dueño y señor de la situación. Al menos en el papel era quien mandaba, ya que en la atmósfera no podía. ¡Más bien que hubiera querido hacer callar ese monótono sonsonete de la lluvia que seguía incesante!
Se puso los anteojos nuevamente, ya con la mesa ordenada, o al menos casi ordenada, e intentó seguir su relato: un hombre estaba sentado en un jardín leyendo un periódico. Iba a hacerle exclamar "¡qué hermoso día!" o algo parecido para comenzar un pequeño monólogo sobre la vida, cuando el personaje, algo así como telepáticamente le insinuó que de hermoso el día no tenía nada y que él se estaba muriendo de frío. Sonrió ante lo que creyó su propia ocurrencia e intentó de nuevo una frase amable. Pero entre el golpeteo del viento y los truenos que rompían metafóricamente el cielo y realmente los tímpanos, el personaje se negaba a decirla. De alguna manera le transmitía su disconformidad y le mostraba la necedad de él, dado el momento que vivían con semejante tormenta, de insistir con lo del lindo día. Y él, que no podía escribirla. "Falta que me venga a visitar, como a Unamuno", pensó, sacudiendo la cabeza y arrellanándose mejor en su silla. Acomodó el cuello de su sweater verde, se bajó las mangas antes arremangadas y sin embargo un escalofrío recorrió su cuerpo. No era la tormenta que se colaba por algún lado, era algo extraño, alguien que le decía "yo así no sigo, me estoy mojando y vos querés que siga en el jardín; me niego".
Volvió a la carga, lapicera en mano, pero nada, su personaje no estaba dispuesto a decir "qué lindo día" ni a quedarse en el jardín. Ya sentía que se lo transmitía más directamente aunque no podría explicar cómo. El escritor comenzó a impacientarse. Se revolvía en la silla. Luego pasó al enojo consigo mismo, ¡qué tontería!, escribo lo que quiero se decía mientras comenzaba a transpirar. Pero una angustia le recorría el cuerpo, le oprimía el pecho. Había una gran insistencia intelectual en su postura, pero la angustia venía no de la razón, sino de muy adentro de sí porque sentía no poder dominar la situación. Lo estaba ganando la impotencia .Comenzó a sentir calor y a transpirar aún más; se subió las mangas del sweater otra vez, abrió una ventana por donde el viento furioso de la tormenta entró violentamente, y, sin saber qué hacer, se sentó nuevamente, agobiado, con la espalda vencida y las manos quietas sobre la mesa, como a la espera de algo.
Entretanto, el personaje había decidido abandonar el sillón del jardín y se acercó a una chimenea encendida; entonces sí parecía dispuesto a continuar con la historia ya dentro de la casa. Es más, parecía esperar que le hicieran hacer o decir algo. El escritor no sabía qué pensar. ¿Pero quién manda en la hoja? ¿Cómo es posible que este señor, al que yo inventé, me venga a decir lo que tengo que hacer con él? Y el personaje seguía firme en su sillón, calentito, esperando que el autor continuara con la historia, sí, pero más lógicamente, según su criterio.
El buen hombre perdió toda noción de realidad e irrealidad y, como se negaba a enfrentarse en una pelea que le parecía totalmente absurda con su propio personaje, decidió seguir la historia dentro de la casa, al calor de la estufa. Hasta había empezado a parecerle ya más apropiado...
Mientras tanto, la tormenta casi había cesado, pero él no podía pensar más en jardines ni en nada. Hasta estaba ya por aceptar alguna que otra peregrina teoría literaria porque en realidad se sentía totalmente descolocado.
Se dejó llevar por la situación y acabó su cuento tal vez como él no hubiera deseado.