Carlos Galán Pascual
Profesor de la Universidad Carlos III
cgalan@der-pu.uc3m.es
Voy a escribir sobre Orhan Pamuk. Él es el protagonista de estos párrafos, él y los recuerdos que encierra Estambul, sus primeras memorias -si acaso no lo son todos los libros, en alguna medida-; pero también he de escribir sobre mí. No crea, sin embargo, amable lector, que tal comportamiento obedece al inevitable deseo de sucumbir a la tentación de hablar de sí mismo que, a la postre, todo escritor tiene. Nada de eso: si finalmente he tomado esta decisión ha sido porque me ha parecido entrever que al glosar los recuerdos del joven Orhan se hacía necesario hablar también de mis propios recuerdos y, quizás -y esto es lo verdaderamente importante-, de los de muchos hombres que, en un mismo tiempo, han tenido pareja edad y educación, pese a las distancias y los continentes.
Mientras leía Estambul, ciudad y recuerdos -que alguien muy querido había regalado a mi hijo en su último cumpleaños- me ha parecido, en más ocasiones de las que ahora me vienen a las mientes, estar evocando mi pretérita historia: mis años de niñez y juventud; reviviendo en el camino de la lectura sentimientos dormidos -que no olvidados-, deseos y comportamientos tan naturales como, en ocasiones, inconfesables. Esos años, al fin, en los que Rilke instalaba la verdadera patria del hombre. Nunca he percibido tan clara la tesis del poeta praguense como leyendo estas páginas de Pamuk. Que el escenario de su libro se encuentre a miles de kilómetros de distancia, en la eterna y siempre distinta ciudad turca, no tiene importancia alguna.
Pamuk nació en el seno de una familia acomodada que, lejos de esplendores pasados, conservaba el sosiego del que se halla, pese a todo, muy por encima de la media. No se desprende de sus páginas, por tanto, sensación de angustia, de pérdida irreparable; si no es aquella que el autor hace extensiva a toda la sociedad turca, a la amargura que destila una ciudad que fue grande durante el apogeo del imperio otomano y que contempla ahora, con la belleza que Baudelaire atribuía a la melancolía, cómo se consume entre las llamas de sus constantes incendios y la progresiva pérdida de una identidad que se va diluyendo al socaire de la tan ancestral como inútil lucha entre oriente y occidente.
Yo mismo, como Pamuk, tres años después que él, nací y crecí en una familia que, aun alejada del brillo de aquella estambulí, nunca sufrió la estrechez con la que una larga posguerra condenó a nuestros vencidos política, moral o económicamente. Aquí arrancan los parecidos. Sin embargo, claro está, muchas habrán de ser las diferencias, mas como se verá, más aparentes que reales en no pocos casos.
El niño Orhan -así llamado en recuerdo de un discreto sultán pretérito- se crió en el íntimo triángulo de un padre amante de la mujer -en el más generoso de los sentidos-, una madre de singulares belleza y melancolía, y un hermano algo mayor que él, cuyo recuerdo infantil le evoca, a un tiempo, peleas y amparos.
Por su parte, el niño Carlos -nombre debido al deseo paterno de huir de aquel Manuel con el que se habían bautizado los primogénitos de varias generaciones previas- compartió los escasos metros cuadrados de la vivienda familiar con un padre -más tranquilo quizás que aquel Gündüz turco, aunque no menos entusiasta de las mujeres y sus cualidades- y una madre, posiblemente no tan bella, pero, en según qué casos, igualmente temible. No hubo, sin embargo, hermano alguno con el que medir las fuerzas o del que solicitar consejo o cobijo. He aquí la primera -y quizás- más ruidosa diferencia.
Ruidosas también, y formidables -según afirma en su libro-, las frecuentes peleas del matrimonio turco. No menos habituales las del español, y -vengo a colegir- por iguales o análogos motivos.
Durante su infancia, el niño Orhan creció creyendo tener un duplicado, un alter ego oculto en alguna de las casas de madera que parecían brotar de la misma tierra, en las orillas del Bósforo. El niño Carlos, por las cosas en las que de ordinario se detenía su pensamiento, lo hizo creyendo ser único, un ejemplar irrepetible y un poco raro que, desde luego, se guardaba mucho de participar a los demás, pero que anidaba en su interior, tanto como su timidez y, como aquel otro, su atracción por la pintura y la música.
Orhan lo descubrió en la intimidad solitaria de su cuarto, mientras miraba un comic de indios. Carlos no tuvo tanta suerte: su primera erección tuvo lugar mientras su tía, tras sacarlo de la bañera, lo vestía encima de la mesa de la cocina. Naturalmente, para ninguno de los protagonistas aquello representó nada especial. Para Orhan era un pito, para Carlos parecía más un cañón de los que salían en las películas de guerra. El turco logró llevar aquello en secreto. El español, sin embargo, tuvo que convivir una temporada con su incapacidad para entender aquella mezcla de risitas y azoramientos familiares.
Pasan los años, sentado en una silla e inclinado sobre una mesa de tijera, el joven turco traza con lápices y carboncillos los contornos del Estambul próximo al mar que se divisa desde la terraza. Dentro, en una cómoda, una fotografía familiar en blanco y negro deja ver un hombre de traje y gafas oscuras, bajando las cortas escalerillas de un avión comercial con un maletín en la mano derecha. En los mismos años, de pie, enfrentado al espejo del cuarto de baño, el joven español silueteaba su propia imagen en un block de dibujo. Dentro, en el salón de recibir, agrupada junto a otras en uno de los cajones del aparador, un hombre de delineado bigote sonriente, en mangas de camisa y con la americana doblada en torno a su brazo izquierdo, saludaba desde una fotografía, también en blanco y negro, mientras desciende de un cuatrimotor Douglas.
Ambos aprendices de pintor recibían con callado orgullo las alabanzas que, respecto de sus obras, les transmitían familiares y allegados, mas -¡ay!- mucho me temo que infinitamente más merecidas en el turco que en el español caso. Sea como fuere, tanto el de allá como el de acá decidieron un día colgar los caballetes y venir a sustituirlos, con el tiempo, por pluma y ordenador. Pero eso sucedió mucho más tarde.
Como otros, a Orhan le dolía Estambul; por eso, con la placidez de la melancolía buscada de propósito, se complacía recorriendo nictálope sus viejas calles; aquellas adoquinadas travesías en cuesta que caminaba con la tristeza de la contemplación de las roídas fachadas de madera de sus edificios, descoloridos y tristes como las ropas de los estambulíes que a aquellas horas regresaban a casa bajo la miserable luz de las farolas de gas.
Mientras tanto, Carlos se internaba en las no menos oscuras sendas de un Madrid a la par antiguo y viejo, dónde sólo esta piedra venía a sustituir aquella madera; y, como su coetáneo turco, podía sentir el dolor de una ciudad, de un país, que finalmente se había quedado dormido en los peligrosos brazos de una dictadura cateta y miserable.
En sus paseos, ya adolescentes Orhan y Carlos, portaban sendas cámaras fotográficas. Pamuk no precisa la marca, la mía era una Regula King alemana que -tras mucho insistir- había logrado que mi padre me permitiera sacar de casa. Con ambas, en las primaveras y veranos de mediados de los sesenta, se tomaron las instantáneas de dos ciudades y dos gentes que, si bien se mira, no habrían de diferir tanto.
Sin embargo, en algo -más importante de lo que a simple vista parece- se apartan las historias infantiles de Orhan y Carlos: el mar.
El mar es inseparable de Orhan, casi se podría decir que las aguas del Bósforo forman parte de él tanto como sus leucocitos, quizá más. Por lo que puede saberse, por lo que podemos adivinar de sus libros, de su extraordinaria narrativa, por todo eso que brota una y otra vez en estas tempranas memorias, el mar es en gran medida el culpable de que Pamuk sea lo que hoy es. Si no podemos concebir un Dickens sin Londres, tampoco seremos capaces de imaginar un Pamuk sin ese mar de nadie y de todos, entre el Negro y el de Mármara.
Carlos se crió en plena meseta castellana y aunque desde muy pequeño ya tuvo ocasión de viajar al turístico mar de la costa levantina, jamás aquella agua -la misma, si bien se mira, que baña Estambul- moldeó su carácter, aquietó su espíritu o lavó sus heridas, como, a no dudar, hizo con su coetáneo turco. No todo, por tanto, habrá de ser semejante entrambos, y este asunto -lamentando más que enunciando- constituye, creo, la mayor de las diferencias.
En el Madrid de las cartillas de racionamiento no hay muchas cosas, tampoco hay bandas de perros callejeros. Al menos, el niño Carlos no las ve cuando, acompañado por su madre o por su abuelo materno, va camino del colegio, y eso pese a tener que atravesar un descampado en el que no tardarían en edificar aquellos modernos edificios con terrazas de ladrillo que terminaron por invadir una zona dominada hasta entonces por balcones de hierro forjado o acristalados miradores. De modo que, a diferencia del Estambul del niño Orhan, donde, según cuenta, las bandadas de perros parecen constituir, incluso hoy día, una segunda población de la ciudad, en el Madrid de aquellos años no hay perros; por contra, los gatos se multiplican inusitadamente. Permanentes serenatas de maullidos se hacen oír, especialmente en los lugares próximos a los mercados de abastos, dejando en el aire -como sus convecinos humanos- el aliento de la desesperada búsqueda de la subsistencia.
A Pamuk le gusta la noche y -estaría por asegurar- el aprecio debe ser recíproco, pues nadie como él para describir el misterio que encierran las silenciosas calles, solitarias y adoquinadas, del viejo Estambul; un silencio sólo turbado, de tanto en tanto, por los pasos de una pareja de ancianos que, sombríos como la propia noche, regresan a casa. Pamuk recuerda esas vigilias que recorría adolescente, como oscuras travesías entre claridades que se van y regresan, y esas otras noches, precursoras, que los personajes del padre y del hijo consumían recorriendo horas y vías, a bordo del Ford Taunus en el que Orhan se aficionó a la música de los Beatles, de Sylvie Vartan y de Tom Jones. Canciones todas ellas tan familiares para los niños Orhan y Carlos, el oriental y el occidental, como extranjeras para ambos.
De las noches infantiles, pese a todo, las que más cautivaban a Carlos eran aquellas que acompañaba a su padre a tomar el autobús en la parada que había al lado mismo de las Cortes Generales, en la carrera de San Jerónimo. Esa zona, muy transitada de mañana por el estamento oficial, se despojaba de todo signo de vida llegada la noche, pareciendo, incluso, que la luz de las escasas farolas languidecía a medida que las horas pasaban. Manuel y su hijo se arrimaban al poste del autobús y aguardaban. Aquello representaba la espera y la noche. Carlos empezó a aprenderlo entonces.
Era en esas ocasiones, conduciendo el Ford Taunus o en la parada del autobús, cuando Gündüz y Manuel contaban a sus hijos lo que pasaba más acá o más allá, lo que les parecía esto o aquello, lo que sentían sobre tal o cual cosa o persona. Era en esos momentos cuando Orhan y Carlos percibían que sus padres se sublimaban en el ser humano que tenían dentro. No consta lo que, llegado ese punto, pensaba Orhan; en mi caso, cuando mi padre se mostraba así, anímicamente desnudo, dejando al descubierto buena parte de su alma, me daba miedo; sentía pánico por el sólo hecho de atisbar que mi padre, que debía representar el paradigma de la seguridad, era también un ser humano, tan vulnerable como lo podía serlo yo. Entonces, como digo, me entraba tanto miedo que cambiaba de conversación y le obligaba a mostrarse otra vez seguro de sí mismo. Sólo así regresaba la calma a mi espíritu. Tuvieron que pasar muchos años -él ya se había ido- para darme cuenta de lo injustamente que lo había tratado entonces.
Manuel, mi padre, no solía desaparecer, como ocurría con Gündüz, el padre de Pamuk; eso no significa, sin embargo, que no se muriera de ganas de hacerlo de vez en cuando. Y si no lo hacía -sospecho- era porque sobre él pesaba más la comodidad de las comidas regulares y la cama cierta que una aventura sin duda placentera pero a buen seguro mucho más agotadora. En aquellos años, yo no entendía esa manía suya de hacer requiebros a las mujeres; es más, me producía tan fuerte desazón que, en ocasiones, derivaba en un explícito rencor que no podía disimular. No era capaz de ponerme en su lugar. A Pamuk -barrunto, por lo que podemos leer- le debió de pasar algo muy parecido. Él -dedicándole su libro de memorias- ha hecho público su reconocimiento a aquel que desaparecía como los gatos en celo, para regresar al cabo de los días o semanas como si nada hubiera pasado. Por mi parte, muchos años después, cuando resulta imposible toda manifestación de comprensión o complicidad -mi padre se marchó de este mundo apenas cumplió los cincuenta años- alcanzo a comprender muchas cosas. Por eso, a mi particular ausente, declarándolo erga omnes -igual que Pamuk, aunque algunos años antes que él- decidí dedicar mi primer libro.
Carlos decía que su novia se llamaba Silvia. Ambos, él y ella, tendrían ocho o nueve años. Naturalmente, su relación no pasó del amor platónico que él le profesaba y que se evidenciaba en las largas y tiernas miradas que le dirigía durante el recreo. Ella jamás correspondió a su amor con muestra alguna de aprecio. Lo más seguro es que nunca sospechara lo que encerraba aquella cabeza de cabello ensortijado. La segunda novia de Carlos vino al tiempo que lo hacía aquella otra -voluntariamente anónima- que amó nuestro joven turco. Los cuatro muchachos ya eran universitarios, y aunque de comportamiento parejo por lo general, Carlos jamás llegaría a mantener relaciones sexuales con su novia. Mientras el universitario Pamuk disfrutaba de un piso propio en el que desplegaba su creatividad plástica y donde materializara al tiempo su primer desnudo femenino y su primer coito, el universitario Carlos sólo disponía de la porción de acera más alejada del farol de gas de una calle solitaria, y sólo de ocho a diez de la noche. Poco, por tanto, puede materializarse en tales circunstancias. Ambos, pese a todas las limitaciones, descubrieron por entonces el amor, el sexo, los celos… Ninguno -creo, aunque sólo puedo hablar por el más cercano- pensaba entonces en el futuro. Quizás por eso eran enormemente felices.
La novia de Orhan lo abandonó y se marchó a estudiar a un colegio de Suiza. Él le escribió varias cartas de encendido amor. Carlos también escribió a su novia cuando esta, asimismo, lo dejó. Ninguno de los dos obtuvo respuesta jamás.
La amargura: he aquí una de las esencias del libro de Pamuk.
Para el premio Nobel la amargura es un estado de ánimo -más que un sentimiento- que, sin distinción de personas, puede hallarse -incluso hoy- a poco que se rasque, en cualquier lugar de Estambul. En el Madrid de aquellos años también podía detectarse cierta sensación de amargura, aunque -así lo recuerdo, al menos- de forma más callada, más hipócrita. En Estambul la amargura no se oculta. En el Madrid de finales de los cincuenta la amargura debía ocultarse. Por eso, los menos avisados atribuyeron a la ciudad de la meseta una amable despreocupación muy alejada de la realidad. Era en aquellos años, sin testigos, cuando el niño Carlos apreciaba la seriedad de las caras, la tristeza que se adivinaba tras unos ojos, la indecisión de unas manos. Madrid -como Estambul- era una ciudad triste, pero a diferencia de la turca, la española se afanaba por demostrar lo contrario. Madrid debía dar ejemplo al resto del estado, tenía que ser una ciudad alegre, llena de hombres y de mujeres alegres. Plena, por consiguiente, de niños también alegres.
Y ambas tenían sus poderosas razones para intentarlo: una, como atacada por una enfermedad degenerativa, estaba en trance de perder lo que del esplendor pasado tuvo; la otra se sentía amargamente callada, o calladamente amarga o… Una, sin futuro, se debatía en su inevitable devenir histórico; la otra, sin presente y obligada a olvidar su pasado, le estaba vetado pensar más allá. Ambas eran ciudades amargas aunque, seguramente, ninguna de las dos era plenamente consciente de ello.
Para su maestra, el infante Orhan era listo y era bueno. No sé qué podría pensar la mía; me inclino más por lo segundo que por lo primero. La ambición de Orhan era que aquella le preguntara algo y que, tras el invariable acierto en la respuesta, le felicitara públicamente por ello. La ambición de Carlos era que su maestra se casara con él, sólo que, en este caso, el asunto comportaba la dificultad añadida de su condición de monja. Él no lo menciona respecto de la suya, pero la mía se llamaba Guadalupe: la madre Guadalupe. Tendría entonces unos dieciocho o veinte años y era -de eso estoy seguro- muy guapa. Un día se lo dije y añadí a la declaración mi propuesta de matrimonio. Me acarició la mejilla y me mostró un anillo dorado. 'Estoy casada con Dios', me dijo. Ante tal rival, creo, no cabía objeción alguna.
La gran parentela de Orhan, además de vivir en el mismo edificio (el edificio "Pamuk" en el que las familias nucleares se repartían los pisos, dejando de ordinario las puertas abiertas para facilitar el tránsito entre viviendas) disfrutaba compartiendo mesa y mantel en la menor ocasión. La familia de Carlos, por su parte, también se reunía en las fiestas señaladas -él siempre recordaría las inolvidables veladas tras la cena de fin de año en casa de su abuela- donde, como los turcos, también ellos apartaban momentáneamente las diferencias y se concentraban en el mutuo deseo de felicidad. El padre de Carlos, llegado ese momento, solía tomar la voz cantante -literalmente- y, ayudándose de un vaso a modo de micrófono y acompañado por el laúd de mi tío, cantaba aquel bolero de moda o algún tango que entonaba al mejor estilo de su adorado Gardel.
No conservo recuerdo claro sobre el particular, pero en el Madrid de mis ocho o nueve años -creo- resultaba poco menos que imposible escuchar ninguna conversación entre españoles que no tuviera lugar en la lengua oficial.
Mis primos eran catalanes, mas cuando venían a Madrid o nosotros íbamos a Barcelona siempre hablábamos en castellano. En el Madrid de aquellos años, en la España de los sesenta, según recuerdo, sólo estaba bien visto expresarse en esta lengua, a la que entonces debía denominarse español.
En la Estambul de los ocho o nueve años de Orhan Pamuk, según él nos cuenta, había mucha gente que hablaba griego, o armenio, pero sólo estaba bien visto hacerlo en turco, siendo así que la gente era increpada públicamente si no lo hacía.
¿Cosas de los nacionalismos o de la mera estupidez humana? Quién sabe.
Con todo, creo que las mayores diferencias entre Oriente y Occidente se ponen de manifiesto en el trato que los habitantes daban -¿dan?- a sus muertos.
Pamuk describe una infancia donde los cementerios se mezclan con las casas. Se iba caminando por una calle cualquiera y, ¡zas!, uno se daba de bruces con un cementerio; pasado el cual reaparecían, sin solución de continuidad, los edificios que bordeaban el adoquinado.
Nunca he visto eso en Madrid; más aún: nuestros cementerios siempre se han alejado deliberadamente de las poblaciones, marcando claras distancias entre vivos y muertos. Como si la propia evidencia no fuera suficiente.
Lamento que esta costumbre oriental -que no hace sino disponer cerca lo que cerca está- se esté perdiendo en todo el mundo. La occidentalización de la muerte, su descarado ocultamiento, parece estar prevaleciendo sobre lo que debería ser la lógica y el sentido común.
Y, como he dicho, llegó la universidad: ya eran universitarios. Los anhelos de sus familias se habían cumplido.
Orhan estudiaba -eso decía- Arquitectura; Carlos -así afirmaba-, Ingeniería de Minas. Sin embargo, para ambos, la asistencia a clase, agradable al principio por lo novedosa, acabó por convertirse en un suplicio. Los dos aprovechaban cualquier pretexto para abandonar las aulas o para excusar su asistencia. Ambos dedicaron aquellas horas a pasear por la ciudad, a leer, a escribir, a hacer o a escuchar música, a compartir el tiempo con amigos no estudiantes…
Hemos llegado al final. Si el autor de estas líneas ha logrado que, entreverados con los recuerdos del muchacho turco y el español, el amable lector haya dispuesto los suyos, se dará por satisfecho. Hemos percibido muchos parecidos, también algunas diferencias, nada en todo caso que no haya venido a arreglar el tiempo. Dos muchachos nacidos y crecidos en lugares muy apartados entre sí. Tan lejos y tan cerca. Orhan halló pronto cuál habría de ser su dedicación en los años que le quedaran de vida: deseaba ser escritor. ¡Cuánto habríamos de celebrar su decisión! De Carlos, por hoy, ya hemos hablado bastante.