Vicente Adelantado Soriano
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"No se puede gobernar al mundo según el Evangelio", encarecía Lutero; las leyes no pueden hacerse cristianas, porque en un mundo de la voluntad corrompido y totalmente falto de homogeneidad, lo cristiano nunca llegará a ser precepto, compromiso ni ley.
Ernst Bloch, Thomas Müntzer, teólogo de la revolución.
La lectura de la obra de San Agustín (Lutero era monje agustino) La ciudad de Dios, no deja de plantear algún que otro problema filosófico o, cuanto menos, serias reflexiones sobre la historia y los métodos humanos. Una de ellas es que el hombre siempre acaba cayendo en aquello que critica, o que las soluciones humanas, por desgracia, siempre son unas y las mismas.
Muchos de los ataques que San Agustín dirige contra los gentiles en su magna obra podrían ser lanzados contra los cristianos, no ya de ahora sino del siglo XVI, el siglo de Lutero y de Thomas Müntzer. Entre esos ataques está el uso de la violencia por parte de la Iglesia, o el caer los cristianos en no menos idolatría que en la que cayeron los gentiles, según el obispo de Hipona. Es incontable, al respecto, la enorme cantidad de reliquias que existen por todas las iglesias del mundo.
San Agustín escribe en un momento muy determinado, cuando el cristianismo todavía es joven y minoritario; y cuando lucha por imponerse a las otras religiones. De todo ello surge un ataque inmaculado, propio de quien de nada tiene que arrepentirse; y está convencido, por eso mismo, de la superioridad de su creencia. Las actuaciones, sin embargo, una vez alcanzada una cierta preeminencia, o poder, son similares o parejas, a las de las los practicantes de otras religiones. Y es eso, esa repetición de las soluciones, lo que más inquieta o preocupa del libro de san Agustín, excesivamente voluminoso como para ocuparnos de él en toda su extensión. Y así el obispo de Hipona adecuará el mandamiento "No matarás" a los nuevos tiempos.
Dejando aparte el problema de la fe, una de las cosas que importa, y mucho, del libro de San Agustín, es la rectificación que se hace de la doctrina cristiana, de los mismos mandamientos. Con ello deja la puerta abierta para las viejas soluciones. Desde nuestro punto de vista es esto, entre otras cosas, lo que lo conecta con Müntzer, Vives y Erasmo. Lo que va a dar pie a discusiones sin fin, y va a justificar todo tipo de barbaridades. Vives y Erasmo no las aceptarán. Müntzer, por el contrario, sí.
Todos beben de la misma fuente, la Biblia; pero cada uno hace de ella una interpretación distinta. Interpretación más o menos válida, pero siempre acorde con sus deseos íntimos, con sus apetencias. Erasmo y Vives se revolvieron contra tantos distingos y sutilezas, contra tanta absurda y sutil lectura, buscando, por el contrario, la pureza del original. El propio Erasmo ridiculizó los sofismas en su obra Elogio de la locura. Se estaba olvidando, con los matices y sus diversas lecturas, lo más importante.
El hombre es capaz de filosofar sobre cualquier cosa. Todo es susceptible de convertirse, por la erudición de escuelas y universidades, a veces por egolatría, en todo un sistema que justifica la existencia o inexistencia de esto o de aquello; tal comportamiento o el contrario; la paz y la guerra. Y a veces tantas sutiles distinciones y matizaciones llevan al olvido de lo principal. Es una situación peligrosa. Y más cuando se crea escuela y el maestro adquiere valor de dogma.
En otras religiones, en el budismo por ejemplo, se castiga a un monje aunque no haya hecho nada reprobable. Es para eliminar el ego, se explica. Es el maestro quien decide si se ha hecho algo bueno o no, si uno es merecedor del castigo o no. Esa actitud supone la total anulación, el sometimiento al maestro. Lo cual también es muy peligroso. Parece más lógico despertar el sentido crítico sin caer desde luego en el orgullo de quien cree saberlo todo. Equilibrio muy difícil de lograr, como se comprenderá. No menos equilibrio se requiere en el profesor budista.
En contra de tanto maestro y de tantas escuelas, serán los humanistas, Moro, Erasmo y Vives, entre otros, los que llamarán la atención sobre el mensaje original y más importante del cristianismo. Sobre lo olvidado por las jerarquías eclesiásticas. Lo más arduo y silenciado. Lo recordado, no obstante, una y otra vez por Erasmo y Vives en el siglo de Lutero y Müntzer. El amor tanto a quien nos ama como al enemigo. Semejante comportamiento sólo lo consiguen los santos, si es que se logra. Es una empresa ardua, situada muy por encima de una persona normal y corriente. Y aquí no caben distinciones ni interpretaciones.
No por ello San Agustín deja de incitarnos a amar al razonamiento y al intelecto, Intellectum valde ama. A través de él, según el santo, llegaremos a Dios.
Ignoro qué razonamientos últimos conducen a San Agustín a la fe. Quizás esto sea tan inexplicable como la misma fe. Cierto es, siguiéndolo, que si compara a Jesús con Zeus, como hace el santo, aquél lleva una vida ejemplar, en tanto éste no hace sino cometer continuas infidelidades. Jesús, pues, sería el modelo a seguir.
Pero quizás los comportamientos nos hablen más de las épocas y de las culturas, de la forma de entender la vida, que de las creencias. Desde luego de los comportamientos conocidos no se puede deducir la existencia de Dios, ni el evemerismo de Zeus. Teniendo en cuenta, además, la restauración de una cierta moral en la época de Augusto, la invasión romana, también Jesús podía resultar una figura idéntica a la de Zeus, desde el punto de vista de Evémero, pero en otro momento de la historia. En un momento en el cual no tiene mucho sentido hablar de la paz y de la concordia, tal vez el elemento más olvidado del cristianismo. Los humanistas lo volverán a recordar en el siglo XVI, el siglo de Müntzer, de Vives y Erasmo. Vives hasta llega a apuntar el amor a los turcos por parte de los cristianos.
También nos recordarán que Dios es la sabiduría, y que es imposible alcanzar ésta fuera de él. No sorprende nada, en este contexto, la cristianización de Séneca. Éste deduce la existencia de una providencia del hecho de que el mundo está bien regido. No es caótico ni casual. Todo lo casual acaba en el caos. En el mundo, por el contrario, hasta lo imprevisto tiene su razón de ser1
La guerra, sin embargo, no es imprevista. Tiene sus reglas y su lógica. Vives, Moro, Müntzer y Erasmo vivieron una época ciertamente violenta. La Iglesia, víctima de sus abusos, se estaba resquebrajando. Tuvo que soportar críticas desde el momento en que salió de las catacumbas. Es posible que su fundador no previera que toda institución termina por anquilosarse, o por caer en manos de burócratas cuando no de pragmáticos y de fanáticos. Sea como fuere, Roma, leída al revés, dejó de significar amor para ser un conjunto de siglas, Radix Omnia Malorum Avaritia. La avaricia es la raíz de todos los males.
Las órdenes mendicantes son ya el primer grito de advertencia en contra de ese afán de lucro. Dando un salto en el tiempo, no menos virulenta, aunque tamizada por el humor, es la crítica de la primera novela picaresca española, Lazarillo de Tormes. No por eso la Iglesia dejó de continuar enriqueciéndose y de actuar, muchas veces, al margen de la misma fe que predicaba. Siempre había justificaciones en la Biblia.
Se hace muy duro aceptar la existencia de una Santa Inquisición en una institución creada por quien predicaba el amor a los enemigos. Tal vez los pragmáticos intuyeran que dicho amor está muy bien como teoría, pero o se actuaba con mano de hierro en contra de los herejes y disidentes o las palabras de Satán prevalecerían contra la Iglesia. De alguna forma le estaban rectificando la plana al fundador, cosa ya detectada por Thomas Moro en su Utopía: Dios prohíbe matar; si se acepta la pena de muerte entre cristianos, llegamos a la conclusión de que los Mandamientos obligan cuando lo determinan las leyes humanas2
Ahora bien, san Agustín ya había matizado la prohibición decantándose por la utilización de la violencia:
"Hay algunas excepciones, sin embargo, a la prohibición de no matar, señaladas por la misma autoridad divina. En estas excepciones quedan comprendidas tanto una ley promulgada por Dios en dar muerte, como la orden expresa dada temporalmente a una persona. Pero, en este caso, quien mata no es la persona que presta sus servicios a la autoridad; es como la espada, instrumento en manos de quien la maneja. De ahí que no quebrantaron, ni mucho menos, el precepto de no matarás los hombres que, movidos por Dios han llevado a cabo guerras, o los que, investidos de pública autoridad, y ateniéndose a su ley, es decir, según el dominio de la razón más justa, han dado muerte a los reos de crímenes."3
Lo malo de la historia es que ha habido muchos hombres movidos por Dios. Demasiados. Y todos se creen con derecho a matar porque es un mandamiento divino. Estamos en la Guerra Justa o Santa.
A fin de poder seguir rectificando la plana al fundador y no pasar por herejes, se tiró mano de la Biblia. Allí caben interpretaciones para todos los gustos. La Iglesia, no obstante, trató de imponer la suya como la única verdadera. Pero hubo gente que no estuvo de acuerdo en que hubiera una sola y única interpretación. Desde luego, como dijo Lutero, no sólo el Papa está autorizado para interpretar la divina palabra. Por eso mismo pudieron interpretarla él y también personajes como Miguel Servet o Thomas Müntzer. Interpretaciones divergentes que les costaron la vida a ambos. En ningún momento de las ejecuciones, especialmente cruel la de Servet, se recordó lo del amor al enemigo. Había demasiados intereses de por medio. Hay olvidos muy intencionados.
No se olvidó Servet, sin embargo, de llamar a Calvino para perdonarlo antes de ser quemado.
Erasmo y Vives, aunque sin separarse de la Iglesia, no dejaban de reconocer que Lutero tenía su parte de razón en muchas de sus críticas, que ya provenían de cuando el cristianismo salió de las catacumbas. Inútilmente Erasmo trató de negociar con unos y con otros. Pero ni en la más radical de sus locuras se le hubiera ocurrido movilizar a los mineros, como hizo Müntzer, en contra de los príncipes alemanes. Movilizarlos para lanzarlos a la guerra. Y también Müntzer, con la Biblia en la mano, justifica esta violencia. Como la justificaba, en su provecho, la Inquisición. Había que matizar la orden de "No matarás". Y la matizaron. Ya comenzó a hacerlo San Agustín.
Erasmo y Vives se van a volver en contra de tanta interpretación para justificar todo tipo de desmanes. Con ellas se estaba olvidando la verdadera esencia del cristianismo: el amor al enemigo, que también es hijo de Dios.
Es en La comunicación de bienes donde Vives arremete contra la violencia. No la define. Pero queda claro, en su exposición, que la violencia siempre viene de abajo. San Agustín cita a Platón a lo largo de su obra. Vives escribe Los comentarios a la ciudad de Dios, por tanto conoce las obras del filósofo griego. Además, Utopía, la obra de su amigo Moro, puede pasar por una réplica a las teorías de Platón. Y éste en La República o De lo justo dice: "Por violencia entiendo la pena y el dolor que obligan a uno a cambiar de parecer"4. Los príncipes alemanes, lo mismo que los nobles de cualquier país medieval, no sólo es que obligaran a los pobres a cambiar de parecer, es que no les dejaban lo suficiente para subsistir en tanto ellos derrochaban el dinero en banquetes, fiestas y todo tipo de suntuosidades. Condenar a una persona a la miseria, cuando no a morir de hambre, es ejercer la máxima violencia en contra suya. Nada más esclarecedor que las magistrales páginas de Moro en el capítulo "Lo que se podría hacer para disminuir el número de ladrones"5:
"Ahí están los nobles cuyo número exorbitado vive como zánganos a cuenta de los demás. Con tal de aumentar sus rentas no dudan en explotar a los colonos de su tierra, desollándolos vivos. Derrochadores hasta la prodigalidad y mendicidad, es el único tipo de administración que conocen. Pero además, se rodean de hombres haraganes que nunca se han preocupado de saber ni aprender ningún modo de vivir y trabajar".
La única forma de seguir con sus privilegios, sin que los pobres se los arrebataran, era imponer durísimos castigos al robo de la propiedad privada. La pena por robar era la de muerte. Y si se sublevaban, Biblia en mano, Carta de San Pablo a los romanos, se les recordaba que debían someterse a los gobernantes, pues éstos habían sido elegidos por Dios. No cabe interpretación más correcta y objetiva. ¿Dónde queda la misericordia y el amor al prójimo? Para acallar conciencias, se reparten limosnas dentro de un orden. Y se hace con boato y algazara.
Lo que se debería hacer es modificar las leyes. Y buscar un reparto más equitativo de la riqueza. Forzando a los príncipes o a los países ricos si fuera necesario. Aunque eso sería la pescadilla que se muerde la cola: justificar una violencia utilizando otra. No hay solución. Müntzer se lanzó por el camino de la violencia.
Sabemos, dado que Erasmo, Moro y Vives viven en el Renacimiento, y ellos mismos son Humanistas, que conocían las obras de Sófocles. Y que, por lo tanto, no se harían muchas ilusiones con respecto a los príncipes alemanes o a la nobleza inglesa.
No deja de ser interesante el planteamiento que hace Sófocles en su famosa trilogía sobre Edipo. Parece el adelanto de Caín y Abel. En ella ya descubrimos, entre otras muchas cosas, el radical egoísmo del ser humano: descubiertos los crímenes de Edipo, sus hijos Eteocles y Polínices lanzan la maldición sobre él desterrándolo de la ciudad. Él les devuelve la moneda: dictamina que Tebas sea gobernada un año por un hermano, y al siguiente por el otro, turnándose. Sucede lo que no es difícil de imaginar: quien está en el trono, pasado su tiempo, no renuncia a él. Y así estalla la guerra entre los hermanos, muriendo el uno a manos del otro. Antes la muerte que ceder.
Conociendo la obra de Sófocles como la conocían dichos humanistas, Vives no se haría ilusiones con respecto a los príncipes alemanes: si un hermano es incapaz de renunciar a sus prerrogativas por otro hermano, menos lo va a hacer un orgulloso noble por un campesino al que, y toda la literatura está para confirmarlo, se desprecia una y otra vez.
El labriego no ha servido más que para reventar trabajando y para ser el gracioso de la comedia. O para envidiarlo por suponer que vive en un locus amoenus, y que es muy feliz, beatus ille, contemplando las vacas y viviendo al aire libre, libre de temores y cuidados. Como si un pedrisco no fuera a determinar que toda la familia iba a morir de hambre, o una helada no los condenara a perecer de inanición o a robar, y a acabar en las horcas y cadalsos de los señores. Como si no existiera la mortandad infantil ni las enfermedades derivadas de una mala alimentación. Eso por poner unos pocos y escuetos ejemplos. Dejemos de lado impuestos y explotaciones.
Bien es cierto, y esto honra a Vives, que se preocupa, y mucho, por la distribución de los bienes. Desde luego siguiendo sus consejos en Socorro de los pobres, se hubieran podido evitar bastantes problemas aun cuando hubiesen seguido existiendo las desigualdades y las injusticias. Tal vez mientras el hombre siga siendo como es, ningún sistema político, filosófico, ni ninguna religión, será capaz de terminar con dichas injusticias. Siempre habrá razones y justificaciones para ellas.
A fin de lograr la paz, de seguir el mandamiento de Jesús, San Pablo recomienda someterse al poderoso:
"Que cada uno se someta a las autoridades que están en el poder, porque no hay autoridad que no esté puesta por Dios; y las que existen, por Dios han sido puestas. Así que el que se opone a la autoridad, se opone al orden puesto por Dios, y los que se oponen recibirán su propia condenación."6
Thomas Moro no se sometió: "No veo que ninguna autoridad tenga derecho a forzar a nadie a cambiar de opinión y hacer que su conciencia pase de un lado a otro". "Soy el único que lleva la responsabilidad de mi propia alma". "Muero como súbdito del Rey, pero más de Dios."7
La Iglesia reconoció el proceder de Thomas Moro como bueno, ya que lo santificó. Queda claro entonces que se puede ejercer la violencia, rebelarse en determinados casos. Por supuesto que será cuando se atente contra la creencia en Dios, contra la religión católica, los poderes de la Iglesia y la honestidad de uno. Los mártires no se sometieron al poder. Ni tampoco lo hizo Thomas Moro, que pagó con su cabeza su oposición a Enrique VIII. Vives, por el contrario, predicando la paz entre los esposos, consiguió el odio de Catalina de Aragón y el exilio por parte del rey. No quería inclinarse por nadie: deseaba la concordia. Se pudo permitir ese lujo.
Es en La comunicación de los bienes donde Vives arremete contra la violencia. La obra es de 1535. Hacía diez años que había sido decapitado Müntzer, con gran alegría de los príncipes, y también seguramente de Lutero, que así se veía aliviado de un terrible y crítico rival. Pero fue en 1535 cuando Enrique VIII mandó decapitar a Moro.
Nada hace pensar que La comunicación... sea una diatriba contra el poder de los ricos. Es más bien un alegato contra la violencia de los pobres. Ha pasado mucho tiempo. No parece muy creíble que dicha obra sea un ataque a Müntzer. ¿Puede ser un velado ataque a los poderosos?
Si se justifica la violencia, y nada más violento que quemar vivo a un hombre por sus creencias, para preservar la religión, no se entiende por qué no se puede justificar la misma violencia para salvaguardar la dignidad de una persona. En un momento en el que se persigue a la gente, se la manda a campos de concentración, se la tortura, quema y mata, ¿no es legítimo empuñar un arma y terminar con semejantes alimañas? ¿No tenían razón Müntzer y los dulcinistas para acabar con tanto privilegio a costa de los sufridos campesinos? ¿No se comportaban acaso los príncipes y obispos como el hermano que no quiere ceder el trono, que también le pertenece, a su hermano?
Hay situaciones en las que, por desgracia, parece, no se puede responder más que con la violencia. Aunque hay veces que no se puede utilizar por estar en franca minoría. No sé si la ejecución de su padre haría temblar la fe de Vives, si la consideraría buena, o gratuita y absurda. No dice nada al respecto. Calla. Y no deja de ser un creyente. Es digno de admiración. Ha logrado, como Servet, lo más difícil: amar al enemigo. Aunque por supuesto no faltan duras críticas a la Inquisición y a sus métodos.
El problema, sin embargo, no es justificar esta o la otra violencia sino ver la forma, tal vez sea una mera utopía, de luchar para que no haga falta utilizarla. En el camino por el cual se ha metido la sociedad, dicho planteamiento es tan necio como absurdo. Todo se cifra, ahora, en la riqueza, en el gasto, en el consumo. La meta es el dinero, la tarjeta Visa, los absurdos viajes a la otra parte del mundo cuando se desconoce la calle de al lado. Vivir el hombre fuera de sí mismo. Disfrutar de unos necios privilegios que cada uno cree propios y conseguidos por indiscutibles méritos suyos. Y olvidar que no estamos siendo justos ni con el Tercer Mundo, ni con el vecino. Sí, todos los problemas que se derivan de semejante concepción de la vida, o bastantes, ya los plantea Vives. Ahora bien, la solución no viene de las buenas intenciones o de la caridad de uno o de otro, o de interpretaciones de las leyes. Viene de toda la comunidad. Y esa comunidad tiene que trazar rumbos y metas. Huir de los espejismos y escoger. Y en función de lo que escoja, tendrá unos resultados u otros.
Por desgracia la ciudad actual no difiere mucho de una del Paleolítico. La Iglesia, buscando su subsistencia, tampoco supo encauzarla. Y si no enderezamos el rumbo vamos abocados, como siempre, a una más o menos lejana guerra. Quizás los libros de Moro, Vives y Erasmo nos puedan ayudar a no volver al campo de batalla. Difícil lo tenemos, muy difícil, pues esa pérdida de rumbo ha hecho que hasta la escuela se convierta en una pesadilla. Leer, estudiar y pensar parece cosa del pasado, de pobres y necios humanos. La televisión pensará por nosotros, y nos dirá lo que está bien y está mal. Y la televisión no es un profesor budista. No hay nada en ella que sea inocente o nos guíe a un mejor comportamiento. Invocando la libertad de prensa, nos llena de vaciedad, bazofia e ignominia. Lo importante es vender, gastar.
Siempre, por otra parte, es más fácil excitar las pasiones que la reflexión serena y sensata. Cuanto menos se piensa, más arrebatadamente se deja arrastrar el ser humano por predicadores, profetas o voceras. Parece ser que es más fácil manejar a un pueblo ignorante. Quizás esa educación tan vacía en contenidos que estamos sufriendo tenga algo que ver con todo esto. Y, desde luego, habría que estudiar los libros de Vives, Las disciplinas en este caso.
Lo de menos ahora es la fe, la existencia o no de Dios, el evemerismo y demás sutilezas más o menos pertinentes. Lo importante es el sentido de la justicia, de la equidad y de la virtud. Por parte de todos. Predicar en desierto, sí. Casandra revivida por enésima vez. Estamos fracasando de nuevo. El hombre recurre a las soluciones de siempre por su negativa a ver otros caminos. No cesan las guerras. Y como dijo Erasmo, en contra de San Agustín, no hay ninguna que sea justa. Ninguna. Ahora bien, no van a cesar en tanto no cambiemos nuestra forma de ser y nuestro comportamiento. Y ya que no podemos amarnos los unos a los otros, al menos respetémonos. O como quería Séneca, seamos más amables mutuamente: malvados entre malvados vivimos.
1.- Séneca, Diálogos. Editorial Gredos, pp. 65-66.
2.- Thomas Moro, Utopía, Libro Primero, "Los decretos de Manlio según Tito Livio", p. 86. Alianza editorial, sexta reimpresión, Madrid, 2006.
3.- San Agustín, La ciudad de Dios, B.A.C., Madrid, 1988, pp. 50-51.
4.- Platón, Diálogos. Ed. Porrúa, México, 1981. P. 491.
5.- Thomas Moro, op. cit., p. 78 y ss.
6.- San Pablo, Romanos, 13, 1-2.
7.- Tomás Moro, Utopía, Madrid, 2006, pp. 11-12.