Elena Sánchez
ecarretero@telefonica.net
Me van a matar.
No tengo miedo. Sabía que este momento llegaría tarde o temprano y no me arrepiento de nada, ¿o acaso hay que arrepentirse de vivir, de ser quien uno es, aunque no sea nadie especial ni importante? He vivido con ganas, saboreando cada instante, cada día, cada año de mi vida, y eso es lo esencial.
El que está a mi lado no para de llorar. Es el más joven y tiene miedo. No me molesto en decirle nada, en darle consejos que ya no servirán. Estamos condenados. Esta covacha huele a sangre y excrementos: a miedo. Todo está oscuro. Queda toda una noche por delante, antes del fin, y me voy a concentrar en recordar mi vida para no pensar en mañana, en el alba ensangrentada, en los gritos, los golpes, el desprecio. Tal vez venga un verdugo piadoso y todo acabe pronto, hay a quien no le gusta recrearse en el dolor ajeno. Otros disfrutan con la tortura, la humillación.
Cuando llegué al pueblo y recorrí sus calles planas, sus casas sin jardines, una carretera que, cual cicatriz, lo atravesaba todo, tuve la corazonada de que no había llegado al lugar apropiado. Además de la competencia -los que están ahora aquí a mi lado, esperando la ejecución-, me encontré con miradas de desprecio, algunas de condescendencia -las más cobardes- y me dio en la nariz un olor extraño, como de cementerio. Y qué mal me sentí cuando, al pasar por el lado de una madre con su hijo -el niño tendría dos o tres años-, la mujer se sobresalto y agarró al pequeño como si me lo fuera a comer. A pesar de las apariencias tengo corazón, y esas cosas duelen. Pero me he propuesto no pensar en lo que me ha traído hasta aquí.
Lo que más me apena en estos momentos es no recordar la cara de mi madre. A veces me parece rememorar su mirada triste, sentir su ternura, su calor, y acaricio algo parecido a la felicidad. Ella no tuvo la culpa, nos arrancaron de su regazo, a mí y a mis hermanos, siendo muy pequeños, y nos mandaron a distintas casas, adoptados por familias que no resultaron tan buenas. No sé qué fue de mis hermanos, pero los primeros años de mi vida transcurrieron de un hogar a otro, sufriendo penalidades, hasta que decidí escapar de la última casa y vivir por mi cuenta, buscar el porvenir.
Y bueno, a pesar de todo, he sido feliz, a veces de forma embriagadora, como cuando me enamoré por primera vez. Cuando la vi, estaba sentada en el porche de una casa azul. Contemplaba, arrobada, los últimos rayos de un sol que se perdía en el horizonte y parecía evocar cosas tristes. Llevaba un lazo rojo que ardía como el fuego en su pelo negro, y estaba admirándola, apostado en la verja de madera, cuando posó sus lindos ojos grises en mi pobre figura. He de decir que en esa época yo era, si no guapo, apuesto, con ese aire de golfillo que con el tiempo he sabido que tanto les gusta a ellas. Y creo que fue un flechazo, lástima que la herida de amor no fuera lo bastante profunda... Habladurías: no es de tu clase, esta relación sólo nos va a traer problemas, no sabemos ni de dónde viene, olvídalo... Yo siempre la llevaré en el corazón.
Luego tuve más relaciones, siempre esporádicas y breves. Una novia, como dicen, en cada puerto. Puede, incluso, que tenga algunos hijos dispersados por el mundo. Quién sabe, nosotros no los parimos, a veces no sabemos ni de su existencia; pero espero, al menos, que tengan más suerte que yo en la vida, que no acaben en un lugar inmundo como éste, sabiendo que no hay salida, olfateando la inmediatez de la muerte. Mejor morir en un accidente un día cualquiera, por sorpresa, o puestos a pedir, de viejo, a la sombra de un buen árbol.
Reconozco que tengo un carácter difícil. No es que no sea cariñoso, me han gustado como a todos las caricias, pero nunca he disfrutado con arrumacos excesivos, ni me he prodigado en piruetas sentimentales. Puedo pasar incluso por misántropo, pero tengo mis razones. No he necesitado a los demás para nada. He vagado por el mundo sin mendigar, he buscado comida cuando tenía hambre y agua cuando tenía sed; amor para dar calor a las largas noches de invierno y un lugar en la hierba para contemplar el gran tapiz estrellado y buscar su rostro en la inmensidad de las noches de estío.
Continúan los lamentos. Está temblando. A ratos se queda adormilado y parece que sueña con algo hermoso porque su expresión es serena. Pero el despertar es terrible, cada vez más duro, como si cuando abriera los ojos y comprendiera lo inevitable de nuestro destino, cada vez más cercano, continuar se le hiciera insoportable. No sé nada de él. Llegó al pueblo por la misma época que yo, alguna noche incluso compartimos las sobras de comida que quedaron encima de la mesa de algún bar, pero no crucé apenas una mirada con él. Y ya es demasiado tarde. De qué serviría ahora conocer más sobre su vida, sobre sus sentimientos. Sería más doloroso, rumiar el pasado, la pena...
En total somos siete y creo que yo soy el más viejo. Hay dos que parecen hermanos, son grandes y fuertes -seguro que resistieron hasta el último momento con valentía, antes de que los apresaran- y sin embargo están aquí encerrados, sin poder hacer nada. También hay una embarazada. Eso es lo peor. No quiero ni mirarla. Prefiero pensar que los captores no se dieron cuenta de su estado; que no me digan entonces que existe Dios, un dios que no les va a permitir que nazcan y vean la luz de este mundo, tan hermoso, aunque a veces se convierta en un preludio del infierno.
Nunca me he considerado muy inteligente y no me voy a poner a hacer filosofía barata en estos momentos, pero, ¿es esto justo?, ¿es necesario que haya tanto dolor en el mundo, que nuestra vida dependa de la generosidad o el desdén de unos cuantos?, ¿acaso no compartimos todos el mismo mundo y tenemos los mismos derechos?
Está amaneciendo, lo sé por un rayito de luz que se filtra por la puerta y entra en esta terrible oscuridad, tímido, como si al sol, comprendiendo nuestra desgracia, le diera vergüenza salir esta mañana y alumbrar el crimen que se va a cometer. Hasta a los gallos que me han despertado cada mañana, desde que vine al pueblo, les ha temblado la voz hace unos instantes, como si fueran conscientes de su condición de trompetas del Apocalipsis que está por venir. Porvenir. El silencio. La nada.
Ya oigo los pasos y las voces de unos hombres que se acercan. Ahora todos, me incluyo, estamos temblando, meándonos encima, pero de mi garganta no saldrá ni un aullido. La embarazada se esconde, intentando proteger así a sus criaturas; y cuando la agarran, suplica con la mirada que la dejen vivir para poder darle la vida a ellos. Yo sé que todo es en vano, ahora vienen a por mí y tengo que soportar su violencia, sus reproches:
-Malditos perros. Todos los veranos la misma historia. Llegan al pueblo vagabundeando y hasta que no conseguimos pillarlos tenemos que soportar que lo llenen todo de cagadas y pulgas. Y mira esa, preñada, unos cuantos bichos menos que echar al mundo...
-¡Hay que joderse!, y encima le dicen a uno criminal; claro, que son los mismos que los meten en sus casas y los tratan como si fueran sus hijos, habiendo tanta gente que pasa hambre en el mundo. Lo que yo te digo... Venga, tú, vamos a acabar pronto, que no he desayunado y tengo un hambre de muerte...