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La moral de la picaresca

Vicente Adelantado Soriano
viadso@telefonica.net

No vamos a discutir ahora sobre si Rinconete y Cortadillo, la novela de don Miguel de Cervantes, pertenece o no al género picaresco. Tamaña discusión está bien para andarse a la greña en un simposium, o para una conferencia sobre Literatura del siglo XVII. Lo que aquí nos interesa, dada la situación actual del país, tan bien retratada por don Miguel, es comprobar cómo hasta los pícaros, o los ladrones, prostitutas y fulleros, puestos últimamente en la picota, tienen su propio código ético. Así nos los presenta el mismísimo Cervantes.

No podía ser de otra forma ni manera. Y por lo tanto Monipodio gobierna a toda aquella canalla sevillana como un capitán de bandoleros rige a los suyos. Pues de lo contrario, el mundo se vendría abajo, y sería imposible todo tipo de sociedad. La de Monipodio está tan bien dirigida que hasta se pagan misas por los cofrades muertos. También hay que contar con el soborno: "No es mucho que a quien te da la gallina entera, tú le des una pierna della", concluye el bueno de Monipodio[1]. Éste, además, como es sabido, tiene la ciudad de Sevilla dividida entre los cofrades para que todos hurten y roben en paz y armonía, y sin enfadarse los unos a los otros.

No solamente en Rinconete y Cortadillo habla Cervantes de la ecuanimidad entre los injustos. Lo hace también en su más grande novela.

El bueno de Sancho se asombra de la justicia que reina entre los bandoleros, y considera a ésta cosa excelente cuando también se usa entre los mismos ladrones:

"[...], mandó traer allí delante todos los vestidos, joyas y dineros y todo aquello que desde la última repartición habían robado; y haciendo brevemente el tanteo, volviendo lo no repartible y reduciéndolo a dineros, lo repartió por toda su compañía, con tanta legalidad y prudencia, que no pasó un punto ni defraudó nada de la justicia distributiva. Hecho esto, con lo cual todos quedaron contentos, satisfechos y pagados, dijo Roque a don Quijote:

-Si no se guardase esta puntualidad con éstos, no se podría vivir con ellos."[2]

La ironía de don Miguel de Cervantes y el asombro de Sancho corren paralelos; pero aquellas sociedades no podían ser gobernadas de otra forma. Y es muy probable que ninguna de sus Novelas ejemplares, pese a los temas tratados, pueda ser considerada como una novela picaresca. No por ello don Miguel dejó de atender a la realidad de su país, un país donde nació Lázaro de Tormes, un país y un momento que cada vez se asemeja más al actual. Para comprobarlo no hay más que echar un vistazo a las traídas Novelas ejemplares. Baste con citar el conocido Coloquio de los perros:

"Agachéme detrás de una mata, pasaron los perros, mis compañeros, adelante, y desde allí oteé, y vi que dos pastores asieron de un carnero de los mejores del aprisco y le mataron, de manera que verdaderamente pareció a la mañana que había sido su verdugo el lobo. Pasméme; quedé suspenso cuando vi que los pastores eran los lobos y que despedazaban el ganado los mismos que le habían de guardar. Al punto hacían saber a su amo la presa del lobo, dábanle el pellejo y parte de la carne y comíanse ellos lo más y lo mejor. Volvía a reñirles el señor, y volvía también el castigo de los perros. No había lobos; menguaba el rebaño; quisiera yo descubrillo; hallábame mudo. Todo lo cual me traía lleno de admiración y de congoja. ‘¡Váleme Dios! -decía entre mí-. ¿Quién podrá remediar esta maldad? ¡Quién será poderoso a dar a entender que la defensa ofende, que las centinelas duermen, que la confianza roba y que el que os guarda os mata!'".[3]

¿Y qué decir si encima se elogia a dichos pastores o ya no se los persigue porque han cambiado de oficio, o sobornan a los jueces para lograr su impunidad?

Hace muchos años había en España una colección de libros que llevaban, en las contraportadas, la definición de la palabra ‘clásico'. Era la misma que da el diccionario de la Real Academia en la 3.ª acepción: "Dicho de un autor o de una obra: Que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia. U. t. c. s."

El diccionario no precisa si lo digno de imitación es la escritura en sí, la observación de la realidad, o ambas cosas. Pues leyendo el fragmento con atención, salta a la vista la impotencia del pobre Berganza ante la gran corrupción de los pastores: "quisiera yo descubrillo; hallábame mudo". ¿Refleja esta queja alguna situación vista, vivida y descubierta por don Miguel ante la cual tuvo que callarse y permanecer mudo? Una respuesta afirmativa no sería nada de extrañar.

No creo que nadie, hoy en día, ponga en tela de juicio que don Miguel de Cervantes es un clásico. Digno de imitación, por lo tanto. También se han considerado clásicos a los autores que, en su época, han sabido penetrar hasta tal punto en los entresijos del ser humano que lo han definido para siempre jamás. No ha mucho, aunque la película se haya estrenado con dos años de retraso en España, hemos tenido ocasión de ver a una Antígona revivida en el film de Andrzej Wajda, Katyn. Otra vez la heroicidad de una mujer frente a la mentira, a la sinrazón y al asesinato. Lo triste es que la situación vivida por la Antígona original se remonta a hace 2.500 años, cuando reinaba Creonte, y la relatada por Wajda a 70, cuando la Rusia de Stalin invadió Polonia. Stalin, eso sí, centuplicó los crímenes de Creonte. Cosas del progreso.

De estas consideraciones salta, rápidamente, una pregunta: ¿los clásicos, y por eso lo son, penetraron en la verdad del ser humano y lo definieron para siempre, o es que éste no cambia a lo largo de los siglos, y ante problemas idénticos o similares, siempre da las mismas respuestas?

Don Miguel, como hemos visto, ya denuncia la corrupción. Y no lo hace hablando de la Corte o de los tribunales de justicia, sino de unos bandoleros, de una sociedad de ladrones y de unos pastores. Las connotaciones religiosas, con estos últimos, saltan a la vista. A estas alturas tampoco, imagino, nadie va a considerar a Cervantes como un ingenuo que no sabía lo que se llevaba entre manos. Hemos anotado diferentes pasajes de algunas de sus obras, y hay más, muchos más, en los que denuncia una situación de corrupción y de injusticia. Pero, ¿por qué tuvo que callarse? ¿Por qué Berganza no tuvo voz antes de conocer a Cipión? ¿Por ser sus dueños pastores?

Don Miguel de Cervantes vivió bajó las monarquías autoritarias por no decir absolutistas. Y la Inquisición estaba en pleno apogeo. Tal vez de haber sido más claro y explícito hubiera servido de material de combustión. Quizás por eso don Miguel se hubiera alegrado mucho de vivir en una época como la nuestra, en la que se puede decir casi todo sin sufrir ninguna consecuencia. Pero lo malo de esta época es que tampoco tienen muchas consecuencias nada de cuanto se dice. Don Miguel, aunque sin enmascararlas, se hubiese visto obligado a encarar las críticas hacia otros blancos, aunque de nada le hubieran servido. Tampoco sirve de casi nada todo cuanto dijo en sus Novelas ejemplares, dado el sistema educativo que tenemos, y que trata de acallar, precisamente, a los clásicos, aunque a todo el mundo se le haga la boca agua hablando de don Quijote. ¿Cómo no?

Si la Antígona de Sófocles vuelve a aparecer en la película de Wajda, ambientada en 1940, el patio de Monipodio, y cuanto denuncia Berganza, ha vuelto a aparecer en nuestra sociedad, si es que alguna vez había desaparecido. Pero lo malo de ahora es que la corrupción, el robo del ganado, ha llegado a tal extremo que, como se dice del cáncer, poniendo los pelos de punta, ha hecho metástasis. Y no hay ya órgano que no esté afectado, si es que en alguna época estuvo limpio.

Aquí quien puede no hace la declaración de renta y se lleva el pañizuelo del vecino. No se cotiza y se quiere cobrar. Estafar al estado es casi un deporte nacional, y las papeleras y el mobiliario urbano en las ciudades se ponen de adorno o para desahogo, en las fiestas, de los suevos, vándalos y alanos. Pero, no lo olvidemos, se demanda a quien corresponda cuando resbalamos y nos caemos por cualquier cáscara arrojada fuera de lugar. O cuando no ganamos lo que creíamos, o somos víctimas de una estafa. Queremos, entonces, que el estado corra con las pérdidas. De ser ganancias no se hubieran declarado, por supuesto.

No se educa a la juventud, pero se acotan zonas para que se emborrache con el traído botellón. Es más fácil eso que despertarle el interés por otras cosas.

Corruptos y asesinos siempre los va a haber. Ahora bien, lo que tenemos que hacer es protegernos contra ellos. Pero, claro, si los mismos pastores son los que esquilman al ganado, ya nada hay que hacer: la enfermedad es muy grave. Y, por supuesto, ya se cuidarán los pastores de buscar abogados y juristas que los defiendan y declaren inocentes en tanto, sin conmiseración alguna, apalean a los perros para justificarse. ¡Quién como Berganza pudiera huir de semejante hato! Pero, ¿adónde ir? ¿Tras los pasos de Tomás Rodaja? Ni él ni Berganza tuvieron mucha suerte. Pocas esperanzas nos brindó don Miguel. No por eso dejó de advertir que también la justicia reina entre los ladrones. Una justicia hecha sólo para ellos, y que ha hecho metástasis. Gobernantes y gobernados, a causa de esto, han pasado a ser uno y lo mismo.

Ojalá, como pedía Algarroba en La elección de los alcaldes de Daganzo, hiciera falta examinarse para llegar a alcalde, y aun a otras instancias superiores:

"Digo

Que, pues se hace examen de barberos,

De herradores, de sastres, y se hace

De cirujanos y otras zarandajas,

También se examinasen para alcaldes."[4]

Mientras no sea así, y jamás lo será, los corruptos elegirán a los corruptos, y guardarán la justicia entre ellos aunque no con los demás. ¿No es una pena que, con este sistema educativo que nos alumbra, tengamos cada vez más olvidados a los clásicos? O quizás el olvido, nada inocente, sea para no mentar la soga en casa del ahorcado.

Mientras sea así, con saberse cuatro oraciones, como dice Humillos, sobra lo demás:

"Con esto y con ser yo cristiano viejo,

Me atrevo a ser un senador romano."[5]

Sólo le faltó añadir que tenía que guardar la justicia distributiva con los suyos y entre los suyos.


[1] Miguel de Cervantes, Novelas Ejemplares, Editorial Crítica. Barcelona, 2001, pp. 186 y 191.

[2] Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Edición del IV centenario. RAE. II parte, cap. LX, p. 1013.

[3] Miguel de Cervantes, Novelas Ejemplares, Editorial Crítica. Barcelona, 2001, pp. 556-557.

[4] Miguel de Cervantes, Entremeses, Clásicos Castalia, Madrid, 1986, p. 110.

[5] Miguel de Cervantes, Entremeses, Clásicos Castalia, Madrid, 1986, p. 113.

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25 de November de 2009

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