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La piedra negra

Alejandro Herrnsdorf
alejandro@herrnsdorf.net

Día tras día, fue tan sólo su mirada lo que me atrajo hasta allí: después de mirar en sus ojos me di cuenta que debía de romper ese muro que me impedía saber más de él.

Pues -hace muchos años ya- yo fui como él; y como todos los que se arrastran en esta calleja también mendigué, robé, maté. Me arrastré por todos los vicios que el hombre ha inventado, y sin embargo hubo misericordia al final. Dos hombres vinieron, y a pesar de mi orgullo -absurdo en mi repugnante estado- me hablaron, me dieron de comer, y poco a poco me convencieron de que fuese con ellos. Fue Navidad, recuerdo, aunque esa palabra no tenía más sentido para mí que el saber que los botes de basura al día siguiente estarían más llenos.

Y fue entonces mi propio Nacimiento el que se festejó, aunque sin la presencia de una Madre y un Padre santos, porque yo pensaba, como muchos otros, que había caído al mundo como cae una hoja de una planta, como una basura arrojada a la calle desde un vehículo en movimiento. Ahora sé que no fue así. Y de corazón perdono y amo a quienes me trajeron al mundo, porque vivir es una cosa hermosa.

Y entonces, se despertó en mí un hambre voraz de recobrar esos quince años de ceguera en el callejón. Terminé la escuela en tres años, y los hermanos maristas, quienes me habían recogido, me instaron a probar la secundaria. Otros tres años y yo estaba rogando por un trabajo para pagarme la universidad. No podían creer -ni yo- lo fácil que me era aprender. En poco tiempo terminé la universidad trabajando todos los días en la gigantesca huerta que tenían, que teníamos, porque al final eran mi familia. Y pronto la propia universidad me ofreció proseguir mis estudios en el extranjero.

Y fue así que volví para casarme y fundar una familia. Y a seguir coordinando tareas con los hermanos maristas, y a escaparme todos los fines de semana a buscar a aquellos que habían quedado en el callejón. Y cada fin de mes, el Hermano Jörg, el gigantesco bretón, me entregaba un cheque: "Tuvimos excedentes en la huerta, Gaspar". Yo sonreía, tomaba el cheque, lo endosaba y se lo devolvía. "Qué bien, podremos comprar más comida para la labor de los sábados". El Hermano Jörg se reía y me aceptaba el cheque. Luego destapaba un licor traído de su neblinosa tierra y nos tomábamos un trago. "Te importa mucho esa gente, ¿no, Gaspar?". "Sigo siendo uno de ellos, aún con mi casita y mi familia...".

Y así, todos los sábados nos encaminábamos al callejón entre quince voluntarios, y dábamos de comer, bañábamos, vacunábamos, hacíamos todo lo que entendíamos como necesario para sacar a aquellos de la miseria, y demostrarles que había algo más. Y para insuflarles optimismo y esperanza en ellos, les hablábamos de lo que podrían hacer si dejaban el vicio.

Claro que no todo era color de rosa. Más de uno de nosotros tuvo que ser internado por una puñalada o un disparo, pues traspasó los territorios de las peligrosas pandillas que asolaban el barrio. Pero de a poco nos hicimos de buen nombre aun entre ellos, y nos dejaban pasar. A veces inclusive nos "soplaban" el dato de dónde ir, de dónde nos necesitaban más.

Fue el caso de Cristian, por ejemplo, que de prostituirse pasó a carpintero y por último a capataz de construcciones. Un hombre joven, feliz, que respiraba optimismo y excelencia por todos los poros. O bien el de Sue, que dejó la heroína para unírsenos. Ahora espera su segundo bebé. Su marido también nos regala sus sábados para trabajar.

Dije que no todo nos salía bien. Ronnie y Mercedes volvieron a las pandillas y terminaron muertos en una cuneta. Rose aún no deja la prostitución, pero va a nuestros centros cuando tiene hambre, que es casi todos los días. Le hemos advertido que terminará muerta por la droga, o la matará algún cliente, pero no quiere escucharnos.

Y fue la mirada zahorí de uno de los mendigos la que despertó en mí viejos recuerdos de las cosas oscuras que leí y aprendí en mi estadía en Miskatonic. Borrosas imágenes de planetas desconocidos y seres que los habitaban, y de otros pertenecientes a lo no viviente, y a ritos anteriores a la caída del Hombre. Y entonces me acerqué a él. Y él se arrastró hacia atrás, como temeroso, enseñando los dientes negruzcos. Envolvía en sus harapos un bulto grande y pesado, sin apartar el brazo de encima. Al moverse, pude ver que no tenía piernas, y que los muñones estaban podridos y recubiertos de una costra inmunda y hedionda.

Todo su ser emanaba miseria y dolor. Y sin embargo, se aferraba a su bulto con una determinación indomable.

Me acerqué lo más que pude y dejé una escudilla en el suelo. "Come", le dije. Estiró la otra mano como una garra apenas lo suficiente y, rápido, con movimientos de lagartija, apoyó el plato sobre el bulto y comió con sus manos sucias.

Me senté cerca de él y lo vi comer, mientras me vigilaba desde el rabillo de sus ojos. Su pelo enmarañado y largo colgaba en grasientas guedejas blancas sobre su rostro. Sus uñas eran negras y su nariz estaba semicarcomida por la lepra. No me preocupé mucho en achicar la distancia, pues pensaba lograr su amistad y posteriormente internarlo para curarlo.

Pero no fue sino tres semanas después cuando por fin se animó a farfullar algunas palabras. "No me la quitarán" fue todo lo que pude entender, mientras masticaba el guiso. "¿Quitarte qué?", le pregunté. Él me miró asustado, como quien no esperaba respuesta. Se sumió en un silencio hermético, sólo roto por el chasquido de su lengua al comer.

Pero su mirada era la que me tenía atrapado. Él era diferente a todos los que estaban allí. Un examen más atento a sus andrajos me señaló que no eran de tejido común. Y que esas manos, ahora del todo inmundas, habían acariciado sedas y mejores alimentos. Entonces decidí visitarlo todos los días.

Un día falté. Al día siguiente cuando aparecí, el hombre ya se acercó a mí arrastrándose sobre sus muñones para arrancarme el paquete ávidamente. Mientras masticaba murmuró: "Ayer no viniste". Me sorprendí. "No pude, tenía que cerrar los archivos contables". Como si esta respuesta lo satisficiera, se limpió la boca con el dorso de la mano y mirándome con sus extraños ojos, me espetó: "Una vez fui rico y feliz. Pero he traicionado a mi mejor amigo, y por eso he sido castigado".

Asentí. Muchas veces escuché esas historias, e inclusive me las dije yo mismo. "En realidad mi padre es un rey, y cuando sepa lo que me está pasando, volverá por mí". Es un típico escape. Sin embargo, presté atención a lo que me farfulló en un arcaico español.

"No. No me crees. Es como con todos. Pero es la maldición. Y las maldiciones de Aberrahmad siempre se cumplieron."

"¿No habíamos sido los más grandes camaradas?", prosiguió. "¿No habíamos luchado juntos en las guerras contra el Bicorne de Macedonia y luego, tras la derrota, huido hacia las montañas, ayudándonos el uno al otro? Y fue allí, en las Montañas Negras de la Persia que encontramos al Hechicero que agonizaba. Y fue él quien nos contó del tesoro que ocultaban las rocas, y del poder que las acompañaba. Pues bien, apenas murió el nigromante, lo enterramos según fue su voluntad, y partimos a investigar las cavernas.

"Arriesgada fue la búsqueda, pues nos enfrentamos a peligros que hombres versados en antigua magia habrían deseado evitar. Pero nosotros éramos jóvenes, y habíamos sido templados en la guerra. Y deseábamos asentarnos en algún lugar donde gastar alegremente lo que encontrásemos.

"Y huyendo de horrendas criaturas hematófagas, encontramos el lugar y pudimos entrar y asegurar una roca como puerta, que sin embargo sabíamos no duraría mucho. Allí, junto a una extraña estructura, yacía sobre un pedestal la Piedra Negra. Y la advertencia del Hechicero nos golpeó la mente: sólo uno volvería. Pues has de saber, mortal, que quien fija la mirada en la piedra, cae bajo su maldición: la codicia y el deseo insaciable de poseerla. Y la Piedra nunca se apartará del desdichado, sino hasta que éste muera.

"Y has de saber también que la Piedra tiene vida propia. Y odia a su poseedor, y le trae todo tipo de miserias, buscando matarlo. Pues fue así que cuando entramos a la caverna, mientras yo, más prudente, miraba alrededor levantando mi antorcha, Aberrahmad vio la piedra en el altar y se lanzó sobre ella. Yo me detuve antes a leer las inscripciones en la roca junto a la extraña estructura. Y las leí y supe de los poderes de la misma y de los peligros que la acompañaban. Y cuando quise decírselo a mi amigo, descubrí que él ya estaba levantando la enorme gema a la vez que me gritaba: "¡Será sólo mía, maldito! ¡Nunca la tendrás!". Quise advertírselo, pero la trampa ya se había puesto en funcionamiento. Quedó atrapado desde las rodillas para abajo por la ciclópea losa que se desprendió de la pared. La Piedra Negra se desprendió de sus manos y cayó a mis pies.

"Entonces la tomé y miré en ella y entendí el Lenguaje que partía de ella. Y no pude, o no quise cerrar mis oídos. Y comprendí que nadie me la quitaría jamás.

"Y, volteándome, subí a la estructura y pronuncié las palabras que me dictaban las extrañas palabras talladas en la roca. Me reí al ver a mi amigo, mi más querido camarada, víctima de los repugnantes seres que habitaban las cavernas. Y cuando las imágenes se disolvían ante mis ojos, escuché su grito, mitad blasfemia, mitad gorgoteo: '¡Que la Piedra te traiga la desgracia como me la trajo a mí! ¡Que nadie crea en ti! ¡Que la lepra te posea, maldito!'.

"No oí más. Caí en este tiempo, en este lugar, con la estructura totalmente desecha e inservible como decía en las inscripciones. Al llegar, fui atacado y, dejándome casi muerto, malditos sean, no se llevaron la Piedra porque era muy pesada. Al poco tiempo se me despertó la lepra. Haciendo un esfuerzo de voluntad del que ya no soy capaz, intenté vender la piedra. ¿Y sabes lo que me dijeron?".

Su risa era un gorgoteo desagradable. Pero llegó un momento en que fue del todo repugnante escucharlo, puesto que se reía a carcajadas, con la risa de la demencia incurable. Y al final terminó en un sollozo:

"¡Me dijeron que era muy grande y perfecta para ser verdadera! ¿Entiendes? ¡Se rieron de mí, de Harbasúbal, guerrero del desierto! Y me dijeron que lleve mi bártulo de feria a otro lugar... y en todas partes recibí la misma respuesta... y la lepra se llevó mis piernas y quedé aquí…". El sollozo se fue apagando. Y me di cuenta que desde hacía largo tiempo estuve fijando la vista en la espejada superficie de la piedra que había quedado descubierta en uno de sus nerviosos movimientos.

Él lo vio y la cubrió de nuevo con temor. Pero algo se despertó dentro de él. Quizás el hartazgo, la tristeza desmedida. "¿La quieres ver?", me dijo, como quien se resigna. "Mírala. ¿No es hermosa? ¿No te cuenta de antiguos lugares ya olvidados, de hermosas mujeres que sólo saben tu nombre, de riquezas sin cuento, de copas de vino que nunca se acaban? Mírala... mírala, por favor, y libérame de mi desgracia".

Y miré en la negrura. Y escuché un lenguaje perdido en la noche de los tiempos, y a pesar de ello, entendí lo que hablaba. Y comprendiendo al fin toda la miseria con que el poseedor fue castigado y lo que aguardaba a quien después de él la tuviese, estiré las manos hacia el cuello del hombre y apreté. Apreté hasta que su lengua asomó negra por entre sus retorcidos dientes. Y Harbasúbal, guerrero del desierto, se entregó sin luchar.

Y entonces levanté su pequeño cuerpo y la piedra, los envolví en los harapos, y me dirigí a una construcción cercana. Allí hablé con Cristian. Sin hacer preguntas, aceptó arrojar el paquete en la gigantesca losa de los ciclópeos cimientos del futuro hotel. El cemento rápidamente envolvió al bulto y lo sepultó.

Hasta que en tiempos venideros, cuando los hechiceros del futuro sepan de la Piedra, sea de nuevo desenterrada para atraer miserias sobre su descubridor.

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8 de November de 2009

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