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El rebenque recobrado

Irma Carbia
irmacarbia@hotmail.com

Una noche puede ser una tentación para la aventura o un pasaje para el miedo. De noche, el campo es oscuro y solo, y parece que no hay nada que se interponga entre uno y el horizonte. A veces es una falsa impresión. Hay árboles, hay matorrales, puede haber una laguna, los animalitos salen de las cuevas y los más grandes son masas oscuras confundibles con cualquier cosa o ni son, a la vista obnubilada por la noche.

El hombre que camina envuelto en el pesado poncho, boina bien calada y una huasca en su mano derecha, para no sabe bien qué, por costumbre nomás, está yendo sin ir, casi a ningún lado. Camina al descuido en la noche fría sin estar perdido sino por el simple placer de sentir el aroma del pasto mojado por el rocío, el olor de un zorrino que escapa, algún vaho sutil a hojas quemadas que el viento aún lleva en la noche.

En realidad va hacia su puesto, pero es como un no ir porque el placer está no en llegar sino en andar.

Entre matorrales y campos de trébol, se cruza con una luz tenue que oscila en la oscuridad. El asombro le hace abrir bien los ojos, para cerciorarse de qué cosa es. No hay miedo en sus movimientos, en el campo no hay temores cotidianos, salvo durante alguna faena con animales, pero en una caminata nocturna, no. La luz vuelve a moverse, casi al ras del suelo. El hombre se para y observa detenidamente, lo más que puede en la noche cerrada, pero nada indica un algo concreto. Cuando vuelve a retomar el paso, otra vez ese reflejo tan tenue y tan bajo, rozando los pastos mojados por el rocío. El hombre vuelve a pararse, esta vez en seco, y da la voz:

-¿Quién anda?

Le responde el silencio de los pajonales y la oscuridad ha vuelto a restablecerse en forma absoluta. Sigue andando. Otra vez la luz que se mueve ahora casi detrás de él mismo. Da media vuelta violentamente y se para con las piernas abiertas, bien apoyado en el suelo húmedo, y esgrimiendo la huasca ya en forma instintiva.

-¡¡¿Quién anda, dije?!!

Silencio de campo adormecido, temblar de alas de algún pájaro nocturno que huyó despavorido, correteo amortiguado de algún animalejo en busca de refugio. Esa es la respuesta que obtiene.

Pero el hombre ha decidido enfrentar lo que sea. No cree mucho en la luz mala de los muertos y sí en la de los vivos, por lo que no ceja, y vuelve a repetir la pregunta, alzando la voz en un tono entre amenazante y temeroso, a pesar suyo. La noche ha dejado de ser una aventura para convertirse en la antesala del miedo. Un miedo que no debería sentir pero que se impone aun sin el reconocimiento del propio hombre que lo siente.

La respuesta es el silencio otra vez, bordado de leves chasquidos de alpargatas pisando el pasto húmedo, que quizás buscan huir. Pero la mirada atenta y entrenada ha divisado una figura que intenta desaparecer. Unos pasos certeros, un brazo extendido y un puño que toma con fuerza un brazo, lo topan con un chico de no más de 8 o 10 años, que linterna en mano y gesto aterrado lo mira sin poder evitarlo de tan cerca que están.

-¿Qué andás haciendo por acá a esta hora?

No hay respuesta; miedo en los ojos jóvenes y un temblequeo que no acierta a saber si es de frío nocturno o de pavor ancestral.

-¿Y qué es esa luz? ¿Es tuya acaso?

-Una linterna...

-¿Y para qué querés una linterna en medio el campo a esta hora de la noche? ¿No conocés el camino al rancho? ¿Qué clase de hombre de campo sos?

-Es que hoy se me perdió algo y lo vine a buscar.

-¿Y a esta hora?

-Para que mi papá no se entere.

-¡Ah! ¿Y qué es lo que se te anda perdiendo a vos en medio el campo?

-Un rebenque.

Y el hombre se vio niño, montado es su primer petiso, orgulloso y lleno de ansiedad, escuchando la recomendación paterna:

-Y ojo con el rebenque, que si lo llevás  en la misma mano de las riendas, se te puede caer y lo perdés. El rebenque en la derecha, ¿eh?

¿Cuál de los dos niños es más real? ¿El que ahora busca un rebenque perdido o el que siente la voz paterna ordenando y aconsejando?

La historia parece repetirse infinitamente. El hombre transmite al hombre que lo seguirá en su camino por la vida lo que cree conveniente y lo que la práctica le indica que es lo mejor.

El niño de ahora huele a miedo en la noche mojada por el rocío. El niño que ve en su primer petiso huele a glicinas y madreselvas del patio de su casa, en una mañana de sol. Y él, hoy, huele a años de campo y desilusiones, de trabajos y amores rotos o construidos. Y entonces piensa que todo un futuro ya negado a él, le espera al chico que busca miedoso un rebenque perdido.

-A ver, dame esa linterna.

El chico no sabe muy bien si es una orden o un intento de ayuda por parte de un desconocido. Recela. Da unos pasos hacia atrás, asustado, arrastrando las alpargatas que deben estar ya empapadas.

-No, gracias, yo puedo -dice, por las dudas.

-¡Dámela, te dije!

El chico está aterrorizado. ¿Irá a pegarle como su papá cuando hace algo mal o desobedece? ¿Quién es el hombre ese del poncho? Él solo ha salido a la noche a buscar algo en el campo. Una caminata solitaria, pero sin temor, casi un paseo por el monte cercano a la casa y al campo de tréboles, y de pronto, esto. Tampoco tiene edad suficiente  como para pensar en algo que lo ayude a salir de la situación o transforme su miedo aunque sea en algún gesto de valor.

El hombre también estaba caminando solo y tranquilo entre los restos del olor a pastos quemados y a noche campera. Ya han salido las estrellas; el cielo es un espectáculo refulgente, pero sin luna -hoy no la habrá- y por lo tanto, aquí en la tierra la oscuridad sigue siendo espesa. En medio de ella, el hombre se adelanta unos pasos, los necesarios para enfrentar nuevamente al chico que ha tratado de alejarse.

-¿Me vas a dar esa linterna de una buena vez?

-Pero, don...

-Que me la des -dice tratando de buscar la mano que se esconde tras la espalda-, si solo voy a ayudarte a buscar el rebenque que yo casi pierdo hace un montón de años.

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9 de November de 2009

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