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Reflexiones sobre la novela y el teatro

Vicente Adelantado Soriano
viadso@telefonica.net

I

El término medio

Sin duda las novelas, muchas, pasan de moda. Como las películas, las obras de teatro, la música, y todo cuanto de humano se hace. Hay novelas, no obstante, como obras de teatro, composiciones musicales y otras creaciones, que perduran a lo largo de los siglos, que conservan toda la frescura y el encanto de sus primeros días, aunque en su época no fueran apreciadas, salvo por algún crítico o una exigua minoría. Exige esto, cuando menos, alguna reflexión. Como lo exige el hecho de que una misma obra de teatro guste a gente tan dispar como la que llena la sala una misma noche.

Una obra de teatro, es una reflexión galdosiana, no puede ser ni muy excelsa ni muy elevada, sino que tiene que ir dirigida al espectador medio, ni muy inteligente, ni muy torpe. En ese estar entre el cielo y la tierra debe mantenerse si desea triunfar. Otra cosa es que no lo quiera, que haga el autor aquello que le apetece en contra de los espectadores, la moda, lo esperado y de todo el mundo. Fracasará sin duda. Aunque puede darse el caso de que lo aúpen las minorías. El problema de un teatro vanguardista. Que, a veces, deberá esperar años para su estreno o su buena recepción y justa valoración.

También se puede dar el caso del autor que desea, a toda cosa, estrenar, ganar dinero y ser famoso. Entonces buscará el halago del público por encima de todo. Hará un teatro amable, risueño y sin complicaciones de ningún tipo. Se puede afirmar, sin miedo a equivocarnos, que por el público que abarrota la sala, ya se sabe el tipo de obra que se va a presenciar. Salvo algún que otro despistado, hay un público fiel a un determinado teatro. En el patio de butacas se masca y vive perfectamente lo que va a suceder en el escenario. Cada obra selecciona su público, como cada verbo escoge unos determinado sujetos y no otros.

No obstante, los gustos del público cambian; y lo que ayer parecía o era divertido, hoy es motivo de burla cuando no de risa y menosprecio. Eran obras excesivamente ancladas en el tiempo, sin más interés que la anécdota y la fama de su autor, incapaces de transcenderla.

Otro tanto sucede con la novela. Sería interesante, al respecto, hacer un estudio, meramente estadístico, de cuántas novelas se escribieron en un determinado momento de la historia, cuántas ediciones se hicieron de alguna de ellas, las de más éxito, por ejemplo, y cuántas han sobrevivido al cabo de los años. En muchos casos el éxito de antaño ha quedado reducido al olvido de hogaño.

Cuando se escribe una novela, si se desea que ésta triunfe, igual que en el teatro, se tiene que dar con el gusto medio del lector. Eso supone el éxito, el dinero, la ganancia y poder seguir publicando. No quiere ello decir que no haya habido grandes escritores que han triunfado en vida. Sí, los ha habido. Don Benito Pérez Galdós sin ir más lejos. Pero a su lado es legión la enorme cantidad de autores, muy nombrados en su época, y totalmente olvidados hoy en día. Leyendo las novelas que triunfaban, y viendo las obras de teatro de éxito, se puede retratar a una sociedad con bastante fidelidad. Por sus gustos y aficiones los conoceréis, podríamos decir.


II

La tiranía de la empresa

Hay un factor muy importante, que entra en la danza del teatro y de la novela, y el cual resulta cada vez más decisivo y tiránico. Es, no hace falta resaltarlo, el editor, el promotor o quien pone el dinero para un montaje o publicación, y espera verlo duplicado o triplicado. Es posible que alguna vez el editor fuera un hombre de gusto, empeñado en realizar una tarea cultural o en elevar el nivel de conocimiento o de sensibilidad de un país. Pero no es menos probable, siendo realistas, que, con toda certeza, dicho hombre acabara arruinándose.

Es imposible sobrevivir editando tan sólo 750 ejemplares de un libro, tal como sucedió en el siglo XV con Tirant lo Blanch; una novelatodo lo excelente que se quiera, pero con una tirada muy reducida en su edición príncipe, y con tiradas reducidísimas hoy en día, aún cuando vayan dirigidas a estudiantes universitarios.

Es cierto que se hacen ediciones de los clásicos. Como es cierto que se siguen montando obras de teatro que no son mayoritarias, y que, de hecho, poca gente va a verlas. Se nota, de forma inmediata, en el precio de las entradas o en el de las ediciones, salvo que intervenga el estado. De lo cual surge otra pregunta más o menos importante o crucial: ¿es rentable la cultura? Por supuesto que estamos hablando de dinero, de ganancias, no de la cantidad de personas cultas o preparadas por haber leído o haber ido al teatro. La cuestión crematística. ¿Se puede, además, compaginar una razonable ganancia con un buen gusto literario?

Al parecer editar a los clásicos nunca ha sido un buen negocio. Hace años se comentaba que cierta editorial conseguía sacar las poesías de Garcilaso, de Villamediana y demás, o los cuentos de don Juan Manuel, por ejemplo, gracias a las fotonovelas que imprimía la misma casa. Las ganancias de aquellas infames revistas servían para amortizar las pérdidas que originaban los clásicos.

Haría falta contrastar dicha anécdota, contada por estudiantes concienciados, como se llamaba hace años a quienes se ocupaban de política o sociología. Ahora bien, y sin contar con ello, ¿obligaba alguien a editar a Quevedo y al resto de los escritores? ¿Era aquel editor un altruista cultural? ¿Hasta cuánto dinero pueden perder las editoriales? A veces era un verdadero misterio saber cómo se han mantenido algunas de ellas. Ahora bien, fuera o no cierta la anécdota, no deja de ser significativa. Y, la verdad, muchos de esos libros, de nuestros clásicos, se descatalogaron pasado el tiempo, vendiéndose a precios irrisorios en librerías de lance. Es una forma, como otra cualquiera, de poner la cultura al alcance de todos. Aunque los libros permanecieran en los estantes durante años y años. Incluso estando a precio de saldo.

Quizás por esa terrible necesidad de atender al nivel medio del espectador o del lector, cada vez más bajo, la novela y el teatro, en el sentido de descubrimiento de nuevas vías, formas de ver la realidad, etc., esté condenada a ser objeto de una minoría y no un valor comercial. Pues puede suceder que el autor no acepte esa tiranía, no quiera hablar en necio, o escribir para pasar el tiempo, o plantear una más o menos entretenida intriga. En cuyo caso, el montaje de la obra será una temeridad económica que ningún empresario se arriesgará a correr. Así poco o ningún estreno se produce, teatral, que no venga avalado por algún éxito en el extranjero. Nadie se aventura por una senda virgen. Sería interesante estudiar desde cuándo no se produce ninguna primicia en nuestros escenarios. Siempre temerosos, asustadizos y en pos de lo trillado.

La novela es más compleja de seguir dada la ingente cantidad de obras que se publican. A primera vista parece que es un negocio floreciente, pues entrar en cualquier librería es ver novedades por doquier. Mesas y mesas repletas de nuevos volúmenes. Un exuberante jardín en el que, sin duda, hay más cardos que flores. Libros que tienen tanta vida como una hoja caída del árbol. Hemos llegado a tal situación que un libro publicado hace un par de años ya es un libro viejo, periclitado, una rareza; algo tan difícil de encontrar como la gozosa alegría y el buen gusto, o la manida aguja en el pajar.


III

Los concursos

Es difícil, en estos tiempos, tropezarse con una novela o un autor que no haya ganado un premio literario, o no esté avalado por una empresa mediática. Parece, como en el teatro, que ningún editor se arriesga con un autor novel. A éste no le quedan más salidas que los famosos concursos. Y los hay para todos los gustos y pelajes. Muchos y muy variados. Pero con una característica común: rara vez se sabe quién compone los jurados, cuáles son los gustos de éstos, y qué preferencias literarias tienen. Eso suponiendo que no obedezca dicho jurado a consignas de la propia editorial, y sea ésta quien marque las novelas que tienen que ganar. Lo cual explica tanta obra anodina, tan del momento y con tan escaso o nulo interés literario. Sirve dicha novela, eso sí, para regalarla durante las Navidades de ese año, y para tenerla arrumbada en cualquier estantería. Con el paso del tiempo, que nada perdona, hasta la dedicatoria de quien la regaló deja de tener importancia. Mientras, no obstante, han chirriado las prensas, se ha movilizado mucha gente, y otra mucha ha ganado dinero. Al año siguiente se vuelve a repetir la jugada. Funciona.

No se puede descartar la posibilidad, sin embargo, del autor novel al que nadie conoce y aun así consigue editar. En cuyo caso se le hace una buena campaña mediática: entrevistas, críticas favorables, fotos, etc. La publicidad es otro elemento a tener en cuenta. Y muy en cuenta.

Es posible que la publicidad haya existido desde siempre. No lo dudamos. Pero nunca ha tenido la relevancia que tiene hoy en día. No es, por lo tanto, nada descabellado que, en colegios e institutos, se explicara a los alumnos cómo funciona ésta, y qué es lo que pretende. Si se sabe aprovechar bien, incluso la publicidad puede ser útil para aquello que tantas veces se ha dicho y que nunca se ha cumplido: que los alumnos no sólo adquieran contenidos, sino que desarrollen su capacidad crítica. No nos estamos desviando del problema: la publicidad trata de educar el gusto.

Y evidentemente trata de educar para mejor vender algo, para convencernos de las virtudes de algún producto. Pero casi siempre lo hace de forma indirecta. No habla del producto en sí describiendo las bondades del mismo, sino que presenta una imagen ideal del hombre y de la mujer, y nos invita a beber lo que bebe él o ella, o a utilizar su colonia, o a llevar su corbata porque así seremos tan seductores, guapos o delgados como quien nos está dando gato por liebre. Se crea, por lo tanto, una necesidad ficticia, no una aceptación del producto en sí, o de nosotros mismos. No es que la publicidad sea engañosa o no. Es seductora. Pero hay seducciones que no llevan a ningún lugar. O sí, al fracaso y a la frustración.

También la publicidad se ha utilizado, y mucho, en la literatura. Escritor hay que ha convertido sus apariciones públicas en bufonadas más o menos divertidas o ingeniosas para mejor vender sus libros. Y editoriales hay que lanzan un volumen tras haber montado alguna campaña publicitaria: entrevistas, más que preparadas, al autor, reseñas de periodistas, citas de periódicos o de artículos, etc. Con todo lo cual se va creando la necesidad de leer dicho libro. Máxime cuando lo han leído los amigos o las personas cercanas. No conocerlo supone quedar al margen de una pequeña sociedad. Y hojearlo, la mayoría de las veces, un engaño o una burla. Es mejor automarginarse.

Estos autores, por otra parte, son productos de una ficción, o de un interesado concurso literario. No tienen vuelos para más. Ni la editorial premia dos veces al mismo autor en distintos concursos. Flor de un día.

La editorial se comporta, entonces, como un insaciable vampiro: el cadáver de ese autor ya no da más de sí. Está agotado. Se busca otro, nuevo, inédito, y se vuelve a repetir la jugada. Y las prensas vuelven a chirriar y las mesas de las librerías a llenarse de novedades. La novela del año. Paquetes navideños. Más publicidad. Más reseñas para el socorrido regalo de un cumpleaños. Tanto como si quien envejece es aficionado a leer como si no.


IV

El ganador

Se podría pensar que el género humano es verdaderamente absurdo por caer, una y otra vez, en la misma trampa. No todo el mundo es así, desde luego. Pero hablamos de la inmensa mayoría. De una mayoría que lee, pero que lee lo que le dicen. Es el público que se busca hoy en día. El público de consignas.

Las editoriales y los concursos se crean sus propios clientes, un público anodino, sin criterio, que necesita que le digan lo que tiene que leer, pues es incapaz, por sí mismo, de crearse sus propios gustos. Por su propia inercia muchas veces y, tal vez, por la nefasta educación que no lo formó como lo debía hacer. No hizo la escuela alumnos críticos ni buenos lectores. Tal vez porque la crítica es un arma de doble filo: se puede y se debe criticar a quien ha inoculado el virus de la crítica. Lo cual debería hacer que éste estudiara y mantuviera una actitud abierta y expectante ante las nuevas realidades. Excesivo trabajo para tan escaso prestigio.

Ante tal fracaso, una persona con ganas de leer, y sin saber qué, podría echar mano de los ganadores de los premios literarios. Al fin y al cabo, se puede reconocer, un jurado debe saber lo que se lleva entre manos. Es posible. Y tal vez en alguna ocasión los premios literarios fueran justos, y premiaran la obra buena, la de calidad, en lugar de la que obedece a los intereses del momento, a los crematísticos, o a los de la propia editorial. Es posible que en alguna ocasión un lector, perdido en la marabunta de las novedades, tirara mano de un premio, y acertara con una buena novela. El premio, en ese caso, podía ser la expresión de un determinado gusto estético, un orientador. Una brújula.

Todos sabemos que no es así. No deja de ser significativo al respecto que, según cuentan, cuando le dieron el Premio Nobel a Gabriel García Márquez comentó éste, al ver la galería de fotos de los galardonados, que apenas si conocía a alguien. Sobra todo comentario. Baste recordar, por si acaso, que no le dieron el Nobel a Pérez Galdós, y sí se lo entregaron a Echegaray. Tampoco se lo dieron a Valle-Inclán; pero sí se alzó Benavente con tal honor. Tampoco consideraron digno de él a Borges ni a Miguel Delibes...

¿De qué o de quién fiarse entonces? ¿Y por qué hacerlo? Al llegar a este punto no tarda en surgir quien pronuncia, sentencioso, la manida frase de "sobre gustos no hay nada escrito", justificando así el mal gusto cuando no la más pura chabacanería. Sobre gustos hay mucho escrito. Muchísimo. Hay teorías literarias y dramáticas para todas las épocas y ocasiones. Y hay, sobre todo, muchos y muy buenos libros. El gusto se educa leyéndolos. Como se educa o se estropea el gusto musical oyendo música o confundiendo ésta con el mero y molesto ruido continuado.

Por supuesto que debería ser la escuela, ya en sus enseñanzas básicas, quien educara el gusto. Como esto no se hace, se puede hacer lo que hizo un buen señor con afán de saber: se cogió el libro de literatura de su hijo mayor, y se puso a leer a todos los autores que aparecían en dicho manual: comenzó con la Ilíaday terminó con las novelas de Benito Pérez Galdós. Tuvo la suerte este buen hombre de que aquel libro, viejo, también hablara de las literaturas europeas. Conoció, pues, a Flaubert, Dickens, Thomas Mann y a León Tolstoi entre otros.

Reconoció, no obstante, que aquello fue una locura. Confesó, riéndose, que la Ilíadano le gustó nada, que se le hizo enormemente pesada, y que todavía ignora cómo siguió leyendo. Creo saberlo: continuó con su lectura porque reconoció que apenas sabía algo, y que quien había escrito el libro de texto, debía, por el contrario, saber mucho. Esta persona era un hombre humilde y muy paciente. Más tarde volvió a leer la Ilíada. Esta segunda vez le pareció una buena obra.

No es mi deseo contar la vida de este señor, ni la de nadie, sino su tesón. Ya afirmó la filosofía socrática que todo, en esta vida, cuesta alcanzar. Sócrates dice, en alguna parte, que los dioses nunca conceden ningún verdadero bien sin esfuerzo y sin una fuerte pugna por conseguirlo. También el buen gusto, por supuesto. Y, muy a menudo, el camino es arduo y difícil. No querer emprenderlo nos puede llevar a arrojarnos en brazos de pretendidos críticos e interesadas editoriales. Ellas y ellos moldearán lo que no fue bien moldeado para que produzca pingües beneficios sin quebraderos de cabeza.

Cada vez, por lo tanto, las obras son más groseras, más previsibles y con menos contenido. Además, en muchas de ellas ni se cuida el estilo. O el estilo es escribir como el autor se cree que habla el pueblo a su vecino. Contar una historia, verdadera o ficticia, con el mismo tono que puede contar, una vecina a otra, cualquier chascarrillo de la finca. Y por supuesto, y ello va con los tiempos, no puede faltar la escatología, venga o no cuento. Es sencillamente para allanarlo todo, para que todo el mundo sea igual y se comprenda todo. Ya no se mantiene la novela en un tono medio, entre el cielo y la tierra, sino que directamente ha aterrizado en el estercolero del mal gusto por el mal gusto, por la necia llaneza que tan bien criticó Larra.

Se cumple así, una vez más, lo típico de estos siglos: la confusión de todo, espacios, tiempos y lugares. Esa confusión no es sino la negación más palpable de la falta de imaginación, o lo que tal vez sea lo mismo: la imposibilidad de aproximarse al hombre para describirlo en su esencia y en su tiempo. Es quedarse en lo anecdótico, en la sal gruesa, en la cáscara de la almendra, como le pasó a la mona de la fábula.

Poco quedará de este tipo de libros. Pasarán sin pena ni gloria. Sí, habrán dado, en el ínterin, dinero, habrán servido de sucedáneo de lectura o de buena literatura, y provocado que corran los euros y chirríen las prensas. Y obtenemos de esta forma lo que tenemos: una sociedad tan raquítica que hasta le tienen que decir lo que debe leer. La consigna es lo importante.

Si pudiéramos contemplar nuestras mentes, sin duda las veríamos caminar por un páramo polvoriento y seco, e irían tan tristes, famélicas y moribundas como esos seres, vergüenza humana, que, muriéndose de hambre, nos muestran los televisores de vez en cuando. Ellos no tienen qué comer, y nuestras mentes desdeñan el alimento, los clásicos, que tienen en abundancia. Que los dioses nos perdonen tanta desidia y tan horrible mal gusto.


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23 de November de 2009

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